Baudrillard Jean. Cultura y Simulacro. Ed. Kairós, Barcelona, 1978.
Si ha podido parecemos la más bella alego- ría de la simulación aquella fábula de Borges en que los cartógrafos del Imperio trazan un mapa tan detallado que llega a recubrir con toda exac- titud el territorio (aunque el ocaso del Imperio contempla el paulatino desgarro de este mapa que acaba convertido en una ruina despedazada cuyos girones se esparcen por los desiertos —belleza metafísica la de esta abstracción arrui- nada, donde fe del orgullo característico del Imperio y a la vez pudriéndose como una carroña, regresando al polvo de la tierra, pues no es raro que las imitaciones lleguen con el tiempo a confundirse con el original) pero ésta es una fábula caduca para nosotros y no guarda más que el encanto discreto de los simulacros de segun- do orden.
Hoy en día, la abstración ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del con- cepto. La simulación no corresponde a un terri- torio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El terri- torio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al terri-orio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los girones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la super- ficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten espar- cidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desier- to de lo real.
De hecho, incluso invertida, la metáfora es inutilizable. Lo único que quizá subsiste es el concepto de Imperio, pues los actuales simula- cros, con el mismo imperialismo de aquellos car- tógrafos, intentan hacer coincidir lo real, todo lo real, con sus modelos de simulación. Pero no se trata ya ni de mapa ni de territorio. Ha cam- biado algo más: se esfumó la diferencia sobera- na entre uno y otro que producía el encanto de la abstracción. Es la diferencia la que produce simultáneamente la poesía del mapa y el em- brujo del territorio, la magia del concepto y el hechizo de lo real. El aspecto imaginario de la representación —que culmina y a la vez se hun- de en el proyecto descabellado de los cartógra- fos— de un mapa y un territorio idealmente su- perpuestos, es barrido por la simulación —cuya operación es nuclear y genética, en modo algu- no especular y discursiva. La metafísica entera desaparece. No más espejo del ser y de las apa- riencias, de lo real y de su concepto. No más coincidencia imaginaria: la verdadera dimensión
de la simulación es la miniaturización genética. Lo real es producido a partir de células minia- turizadas, de matrices y de memorias, de mode- los de encargo— y a partir de ahí puede ser re- producido un número indefinido de veces. No po- see entidad racional al no ponerse a prueba en proceso alguno, ideal o negativo. Ya no es más que algo operativo que ni siquiera es real puesto que nada imaginario lo envuelve. Es un hiperreal, el producto de una síntesis irradiante de mode- los combinatorios en un hiperespacio sin atmós- fera.
En este paso a un espacio cuya curvatura ya no es la de lo real, ni la de la verdad, la era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes —peor aún: con su re- surrección artificial en los sistemas de signos, material más dúctil que el sentido, en tanto que se ofrece a todos los sistemas de equivalencias, a todas las oposiciones binarias, a toda el álge- bra combinatoria. No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo, má- quina de índole reproductiva, programática, im- pecable, que ofrece todos los signos de lo real y, en cortocircuito, todas sus peripecias. Lo real no tendrá nunca más ocasión de producirse —tal es la función vital del modelo en un sistema de muerte, o, mejor, de resurrección anticipada que no concede posibilidad alguna ni al fenómeno mismo de la muerte. Hiperreal en adelante al abrigo de lo imaginario, y de toda distinción en- tre lo real y lo imaginario, no dando lugar más que a la recurrencia orbital de modelos y a la generación simulada de diferencias.
Disimular es fingir no tener lo que se tiene.
Simular es fingir tener lo que no se tiene. Lo uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia. Pero la cuestión es más complicada, puesto que simular no es fingir: «Aquel que finge una enfer- medad puede sencillamente meterse en cama y hacer creer que está enfermo. Aquel que simula una enfermedad aparenta tener algunos sínto- mas de ella» (Littré). Así, pues, fingir, o disimu- lar, dejan intacto el principio de realidad: hay una diferencia clara, sólo que enmascarada. Por su parte la simulación vuelve a cuestionar la diferencia de lo «verdadero» y de lo «falso», de lo «real» y de lo «imaginario». El que simula, ëestá o no está enfermo contando con que os- tenta «verdaderos» síntomas? Objetivamente, no se le puede tratar ni como enfermo ni como no–enfermo. La psicología y la medicina se de- tienen ahí, frente a una verdad de la enfermedad inencontrable en lo sucesivo.
Pues si cualquier síntoma puede ser «produ- cido» y no se recibe ya como un hecho natural, toda enfermedad puede considerarse simulable y simulada y la medicina pierde entonces su sen- tido al no saber tratar mas que las enfermedades «verdaderas» según sus causas objetivas. La psicosomática evoluciona de manera turbia en los confines del principio de enfermedad. En cuanto al psicoanálisis, remite el síntoma desde el orden orgánico al orden inconsciente: una vez más éste es considerado más «verdadero» que el otro. Pero, ëpor qué habría de detenerse el simulacro en las puertas del inconsciente? ëPor qué el «trabajo» del inconsciente no podría ser «producido» de la misma manera que no impor- ta qué síntoma de la medicina clásica? Así lo son ya los sueños.
Claro está, el médico alienista pretende que «existe para cada forma de alienación mental un orden particular en la sucesión de síntomas que el simulador ignora y cuya ausencia no puede engañar al médico alienista». Lo anterior (que data de 1865), para salvar a toda costa un prin- cipio de verdad y escapar así a la problemática que la simulación plantea —a saber: que la ver-
dad, la referencia, la causa objetiva, han dejado de existir definitivamente. ëQué puede hacer la medicina con lo que fluctúa en los límites de la enfermedad o de la salud, con la reproducción de la enfermedad en el seno de un discurso que ya no es verdadero ni falso? ëQué puede hacer el psicoanálisis con la repetición del discurso del inconsciente dentro de un discurso de simula- ción que jamás podrá ser desenmascarado al ha- ber dejado de ser falso?
ëQué puede hacer el ejército con los simula- dores? Tradicionalmente, los desenmascara y los castiga en base a patrones fijos, y preclaros, de detección. Hoy por hoy, puede reformar al mejor de los simuladores como si de un homo- sexual, un cardíaco o un loco «verdaderos» se tratara. Incluso la psicología militar retrocede ante las claridades cartesianas y se resiste a lle- var a cabo la distinción entre lo verdadero y lo falso, entre el síntoma «producido» y el síntoma auténtico: «Si interpreta tan bien el papel de loco es que lo está.» Y no se equivoca: en este sentido, todos los locos simulan, y esta indistin- ción constituye la peor de las subversiones. Pre- cisamente contra ella se ha armado la razón clásica con todas sus categorías, pero las ha des- bordado y el principio de verdad ha quedado de nuevo cubierto por las aguas.
Más allá de la medicina y del ejército, cam- pos predilectos de la simulación, el asunto remi- te a la religión y al simulacro de la divinidad: «Prohibí que hubiera imágenes en los templos porque la divinidad que anima la naturaleza no puede ser representada.» Precisamente sí puede serlo, pero ëqué va a ser de ella si se la divul- ga en iconos, si se la disgrega en simulacros? ëContinuará siendo la instancia suprema que sólo se encarna en las imágenes como represen- tación de una teología visible? ëO se volatilizará quizá en los simulacros, los cuales, por su cuen- ta, despliegan su fasto y su poder de fascina- ción, sustituyendo el aparato visible de los ico- nos a la Idea pura e inteligible de Dios? Justa- mente es esto lo que atemorizaba a los icono- clastas, cuya querella milenaria es todavía la nuestra de hoy.1 Debido en gran parte a que pre- sentían la todopoderosidad de los simulacros, la facultad que poseen de borrar a Dios de la con- ciencia de los hombres; la verdad que permiten entrever, destructora y anonadante, de que en el fondo Dios no ha sido nunca, que sólo ha existi- do su simulacro, en definitiva, que el mismo Dios nunca ha sido otra cosa que su propio simula- cro, ahí estaba el germen de su furia destruc- tora de imágenes. Si hubieran podido creer que éstas no hacían otra cosa que ocultar o enmas- carar la Idea platónica de Dios, no hubiera exis- tido motivo para destruirlas, pues se puede vi- vir de la idea de una verdad modificada, pero su desesperación metafísica nacía de la sospecha de que las imágenes no ocultaban absolutamente nada, en suma, que no eran en modo alguno imá- genes, sino simulacros perfectos, de una fasci- nación intrínseca eternamente deslumbradora. Por eso era necesario a toda costa exorcisar la muerte del referente divino.
Está claro, pues, que los iconoclastas, a los que se ha acusado de despreciar y de negar las imágenes, eran quienes les atribuían su valor exacto, al contrario de los iconólatras que, no percibiendo más que sus reflejos, se contenta- ban con venerar un Dios esculpido. Inversamen- te, también puede decirse que los iconólatras fueron los espíritus más modernos, los más aven- tureros, ya que tras la fe en un Dios posado en el espejo de las imágenes, estaban representan- do la muerte de este Dios y su desaparición en la epifanía de sus representaciones (no ignora- ban quizá que éstas ya no representaban nada, que eran puro juego, aunque juego peligroso, pues es muy arriesgado desenmascarar unas imágenes que disimulan el vacío que hay tras ellas).
Así lo hicieron los jesuitas al fundar su po- lítica sobre la desaparición virtual de Dios y la manipulación mundana y espectacular de las conciencias —desaparición de Dios en la epifa- nía del poder—, fin de la trascendencia sirvien- do ya sólo como coartada para una estrategia liberada de signos y de influencias. Tras el ba- rroco de las imágenes se oculta la eminencia gris de la política.
Así pues, lo que ha estado en juego desde siempre ha sido el poder mortífero de las imágenes, asesinas de lo real, asesinas de su propio modelo, del mismo modo que los iconos de Bizancio podían serlo de la identidad divina.
A este poder exterminador se opone el de las representaciones como poder dialéctico, mediación visible e inteligible de lo Real. Toda la fe y la buena fe occidentales se han comprometido en esta apuesta de la representación: que un signo pueda remitir a la profundidad del sentido, que un signo pueda cambiarse por sentido y que cualquier cosa sirva como garantía de este cambio
—Dios, claro está. Pero ¿y si Dios mismo puede ser simulado, es decir reducido a los signos que dan fe de él? Entonces, todo el sistema queda flotando convertido en un gigantesco simulacro —no en algo irreal, sino en simulacro, es decir, no pudiendo trocarse por lo real pero dándose a cambio de sí mismo dentro de un circuito ininterrumpido donde la referencia no existe.
Al contrario que la utopía, la simulación parte del principio de equivalencia, de la negación radical del signo como valor, parte del signo como reversión y eliminación de toda referencia.
Mientras que la representación intenta absorber la simulación interpretándola como falsa representación, la simulación envuelve todo el edificio de la representación tomándolo como simulacro.
Las fases sucesivas de la imagen serían éstas:
— es el reflejo de una realidad profunda
— enmascara y desnaturaliza una realidad profunda
— enmascara la ausencia de realidad profunda
— no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro.
En el primer caso, la imagen es una buena apariencia y la representación pertenece al orden del sacramento. En el segundo, es una mala apariencia y es del orden de lo maléfico. En el tercero, juega a ser una apariencia y pertenece al orden del sortilegio. En el cuarto, ya no corresponde al orden de la apariencia, sino al de la simulación.
El momento crucial se da en la transición desde unos signos que disimulan algo a unos signos que disimulan que no hay nada. Los primeros remiten a una teología de la verdad y del secreto (de la cual forma parte aún la ideología).
Los segundos inauguran la era de los simulacros y de la simulación en la que ya no hay un Dios que reconozca a los suyos, ni Juicio Final que separe lo falso de lo verdadero, lo real de su re- surrección artificial, pues todo ha muerto y ha resucitado de antemano.
Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra todo su sentido. Pujanza de los mitos del origen y de los signos de realidad. Pujanza de la verdad, la objetividad y la autenticidad segundas. Escalada de lo verdadero, de lo vivido,
resurrección de lo figurativo allí donde el objeto y la sustancia han desaparecido. Producción enloquecida de lo real y lo referencial, paralela y superior al enloquecimiento de la producción material: así aparece la simulación en la fase
que nos concierne —una estrategia de lo real, de neo–real y de hiperreal, doblando por doquier una estrategia de disuasión.