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 Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte. Esquizoanalisis. Rosario. Argentina (1989)
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Clínica. Covisión. Clínica de obra &  Seminario/ laboratorio/ performance de escritura y lectura
Una cuestión de identidad de producción:  poetizar, habitar y anticipar la salud performáticamente 
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Deleuze en la Argentina
 
 
Este trabajo y el de Néstor Perlongher forman parte de las exposiciones que se hicieron en el Seminario de los jueves para explicar el ingreso del pensamiento deleuziano a la Argentina.
 
 
Por Javier Benyo, Daniel Churba,
Verónica García Viale y Pablo Ragoni
 
Considerada como una de las más audaces innovaciones en el campo filosófico del siglo XX, la obra de Gilles Deleuze circula en la actualidad con una constante profusión en los ámbitos académicos, estéticos y entre el público lector aficionado a la filosofía. Pese a que no goza del status de popularidad de su compatriota y contemporáneo Michel Foucault, no es extraño en nuestros días encontrarse con citas del filósofo francés en notas y artículos periodísticos que versan sobre algunos de los temas desarrollados en su vasta obra: política, psicoanálisis, música, literatura, teatro, cine, y, por supuesto, filosofía. Sin embargo, los primeros intentos por introducir la obra de Deleuze no fueron fáciles y chocaron con serias resistencias.
Para comprender los comienzos de la recepción de Deleuze en Argentina, es necesario comentar la experiencia de la ruptura con la Asociación de Psicoanálisis de la Argentina producida por el Grupo Plataforma a fines de los años ‘60. La novedosa experiencia de Plataforma intentó provocar una doble ruptura, que se dirigía tanto al aspecto teórico como a los político-institucional. Producto del malestar existente con la ortodoxia psicoanalítica que proclamaba una práctica aséptica, la escisión del grupo buscaba una apertura al análisis de una la dimensión socio-histórica de la subjetividad. Algunos de los principales protagonistas de esta ruptura fueron Marie Langer, que tenía una larga trayectoria como analista en la Argentina y cuya formación psicoanalítica se remontaba a la Viena de los años '30; Emilio Rodrigué, presidente de la APA en la década del '60; y Armando Bauleo, de estrechos contactos con el movimiento antipsiquiàtrico europeo.
Sin embargo, será otro sector de Plataforma el que vaya a producir posteriormente un desarrollo teórico a partir de la obra de Deleuze. Este sector estaba integrado por Gregorio Baremblitt, autor del manifiesto de ruptura con la APA; Eduardo Pavlovsky, de una amplia trayectoria en el ámbito de la terapia grupal y en el del teatro como autor, actor y director; Hernán Kesselman; el joven Osvaldo Saidón; y Juan Carlos De Brasi, que provenía del ámbito de la filosofía. De Brasi se convertiría en uno de los principales introductores de la obra de Deleuze en los ambientes psi de Buenos Aires. Este grupo llevaba adelante una crítica no sólo en el ámbito institucional sino también en una dimensión teórico-técnica. Es por esta razón que tomaba la obra de Deleuze como una herramienta fundamental en la elaboración de la crítica al psicoanálisis más ortodoxo. Los trabajos de Deleuze se articulaban con los del sociólogo Robert Castel y René Lourau, uno de los padres fundadores del análisis institucional. La obra de ambos junto a la de Foucault, abrió un espacio posible para la elucidación de las relaciones de saber y poder en el campo psicoanalítico y los espacios institucionales.
 
Primera etapa (1973 - 1976)
A Gregorio Baremblitt le cabe el honor de haber sido el primero en mencionar a Deleuze. En el libro El concepto de realidad en psicoanálisis (1974), recopila textos sobre esta temática e incluye a modo de presentación un artículo propio llamado “Consideraciones en torno al problema de la realidad en psicoanálisis y al psicoanálisis en la realidad” fechado en abril de 1973. Allí, Baremblitt se vale principalmente del Antiedipo para hacer una crítica del freudomarxismo y las variantes althusserianas y lacanianas del estructuralismo. De acuerdo a su visión, las consecuencias políticas del freudomarxismo culminan “o bien en un movimiento anticostumbrista previsto, tolerado e incorporado por el sistema, o bien en una revuelta sexopolítica donde no se discrimina bien con precisión cuánto y qué puede esperarse de esa lucha”.
Deleuze y Guattari, al cuestionar los núcleos más inamovibles de la teoría psicoanalítica, van más lejos que Lacan y Althusser. Con su concepción de las máquinas deseantes, explica Baremblitt, trascienden las formas de análisis de los procesos sociales de producción de significaciones permitidas por el marxismo y el psicoanálisis. A partir de la conceptualización hecha en El Antiedipo, que remite a la producción deseante singular y social a una misma instancia, queda abierta la puerta para el surgimiento de una nueva disciplina: el esquizoanálisis.
Hacia la época de publicación de este artículo, y luego de la autodisolución de Plataforma, Baremblitt, De Brasi, Kesselman y Pavlovsky constituyeron una serie de grupos de estudio dedicados principalmente a trabajar Deleuze. Baremblitt y De Brasi fueron los que se encargaron de dar a conocer su obra a un grupo heterogéneo integrado por psicoanalistas, psicólogos, y gente proveniente de disciplinas estéticas, principalmente el teatro, como Roberto Villanueva. La obra del francés se estudiaba a la par de los textos de Nietzsche, Marx, Freud, y Spinoza que eran releídos a la luz de las nuevas ideas. En 1975, De Brasi viajó a Francia y asistió a una conferencia de Deleuze en la Universidad de París. Al finalizar la charla, se produjo un breve encuentro en el que conversaron sobre la reversión de la composición del silogismo aristotélico propuesto por Deleuze en Lógica de sentido, tema que guió recurrentemente las reflexiones de De Brasi y que es posible rastrear en su libro Subjetividad, Grupalidad, Identificaciones (1990).
Durante estos primeros años los “deleuzianos argentinos” no llegaron a constituir una entidad que fuera más allá de la forma difusa de los grupos de estudio. Tampoco llegarían a formarla durante esta etapa. El golpe militar de marzo de 1976 implicó que muchos debieran tomar el camino del exilio. En ese año, De Brasi se refugió en México, Baremblitt y Saidón en Río de Janeiro, y Kesselman en Madrid. Dos años después, Pavlovsky siguiría el mismo rumbo de Kesselman.
 
Segunda etapa (1976 - 1983)
Los primeros frutos del encuentro de un grupo de intelectuales argentinos con la obra de Deleuze maduraron en el exterior. Una vez instalados en Madrid, en 1978, Pavlovsky y Kesselman, junto a Sergio Frydlewsky comenzaron a delinear a partir de ciertas nociones provenientes de Deleuze y Guattari, entre otros autores, lo que llamarían La multiplicación dramática. Se trata de un dispositivo grupal en el cual a partir de una escena inicial, y a través de una serie de consonancias y resonancias entre los miembros de grupo, componen un flujo de escenas de carácter imprevisible y rizomático. La ruptura y la innovación que produjo este dispositivo con relación a desarrollos teóricos anteriores de estos autores tiene que ver con un alejamiento de las lógicas representativas en favor de un lógica de las intensidades y del devenir.
Este primer desarrollo de un dispositivo terapéutico a partir de la obra de Deleuze y Guattari tendrá posteriores ampliaciones teórico-técnicas y aplicaciones institucionales-pedagógicas. En el mismo año (1978) que en Madrid, Pavlovsky y Kesselman creaban la multiplicación dramática, Baremblitt y Saidón fundaban en Río de Janeiro, Ibrapsi (Instituto Brasileño de Socianálisis, Grupos e Instituciones), que funcionó como una plataforma de difusión de la obra de Gilles Deleuze y Félix Guattari en Brasil. Por aquella época, Baremblitt entró en contacto con Guattari, consiguiendo posteriormente que el pensador francés viajara a Brasil a un importante congreso institucionalista organizado por Ibrapsi (1).
Mientras que Brasil y España conocían a fines de los '70 un proceso de apertura política que posibilitaba llevar adelante una labor intelectual sin demasiados sobresaltos, en la Argentina la dictadura se encontraba en pleno apogeo. Dentro de este contexto represivo, la Revista Argentina de Psicología de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires publicó en 1979 un curioso y extenso artículo titulado: “Deleuze, de una lógica del sentido a una lógica del deseo”. Su autor era Tomás Abraham, un joven filósofo que se había contactado con la obra de Deleuze durante su estadía en Francia de 1966 a 1972 . En este periodo, Abraham, cursó, un poco por azar, como alumno de Guattari. El texto repasaba los principales conceptos forjados por el filósofo francés y tenía como interlocutor tácito a “las sombras autóctonas de Lacan, psicoanalistas y filósofos que se especializaban en la lógica del significante, hablaban de la palabra y removían sus lenguas teorizando sobre el lenguaje”. Deleuze es presentado como un filósofo que escapa a la densa atmósfera intelectual francesa aportando un aire de renovación y escapándose de la opresión de la historia de la filosofía mediante la invocación de figuras literarias como Malcolm Lowry y Scott Fitzgerald. La razón de Abraham para prestar atención a Deleuze, era porque su pensamiento logra quebrar con la idea de representación que acompañó a la filosofía desde su nacimiento. Las repercusiones del artículo fueron decididamente nulas. “Nadie debe haber entendido un carajo”, dice en la actualidad su autor. Pero, obstinado, Abraham se dedicó a explicar en diferentes ámbitos la teoría deleuziana. En un primer momento, su “alumnado” estaba constituido por analistas de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. Posteriormente, en 1979, dio clases sobre el mismo tema en Aletheia, una institución mayoritariamente compuesta por analistas de orientación lacaniana, un ambiente, según él mismo, “en donde el dogmatismo más cerrado se viste de ciencia”. “La ley mayor” –un artículo publicado en 1982 incluido en el volumen colectivo, El discurso jurídico– resume el resultado de esas clases y se muestra como una reacción ante la proliferación del discurso lacaniano.
El libro de Baremblitt, La interpretación de los sueños, una técnica olvidada, pasó menos desapercibido y llegó a gozar de una segunda edición en 1979. Allí, Baremblitt realiza una nueva embestida contra Lacan y sus seguidores desde una perspectiva que retoma muchas de las formulaciones de Deleuze. Contra la pretensión de cientificidad del psicoanálisis lacaniano, Baremblitt vuelve a blandir a Deleuze para sostener que en realidad como dice el filósofo francés “casi todo el psicoanálisis es precientífico aún”. Más adelante, el autor considera que se puede revitalizar la vieja técnica freudiana de interpretación de los sueños a partir de la desedipización propuesta por Deleuze y Guattari. Es decir que al concebir el complejo de Edipo no como un complejo reprimido sino como dispositivo reprimente del deseo, se lo puede conectar con los devenires históricos.
El siguiente “hito” en la difusión de Deleuze en Argentina también se divulgó en medios psicoanalíticos. Se trata de tres artículos de Néstor Perlongher publicados por la Revista de Psicología de Tucumán en el año 1981. Pero si Baremblitt es relevante por ser el primero en mencionar a Deleuze, Kesselman y Pavlovsky por crear una técnica a partir de su teoría, y Abraham por exponer específicamente su obra; la importancia de Perlongher radica en que fue el primero que aplicó Deleuze al campo de la ciencias humanas en su análisis de la prostitución masculina. Perlongher se sirvió de Deleuze para eludir los gastados tópicos habituales sobre el tema de la prostitución poniendo el énfasis en el entrecruzamiento del proceso de libidinización de los flujos monetarios y monetarización de los flujos libidinales. Sin embargo, pese a esta nueva formulación del deseo persisten ciertas concepciones marcusianas, que luego serán dejadas de lado.
Los pocos casos citados dan cuenta de que en ninguno de estos dos períodos la obra de Deleuze logró difundirse significativamente en el país. Esto se debió a varios obstáculos. No es menor la incidencia de la censura general a las actividades culturales impuesta por dictadura. La llegada del Proceso vino a abortar el incipiente desarrollo de la obra de Deleuze al promover el exilio de las principales figuras que se proponían su divulgación. Pero también existieron factores ajenos a la represión estatal y vinculados con el funcionamiento del campo intelectual. Una vez instalado el gobierno militar, por ejemplo, Deleuze encontró una nueva barrera para su difusión, esta vez en la progresiva proliferación del discurso lacaniano, funcional a los imperativos de la política oficial de la época. A esta resistencia se han referido tanto Baremblitt como Abraham. Este último al señalar el desfasaje entre el “furor deleziano” europeo contemporáneo a la edición de El Antiedipo y su escasa circulación en la Argentina: “mientras este divertimento tuvo su pequeña euforia en tierras europeas, nuestra República del Silencio se salvó de la parasitosis y descansó en su muelle diván, asociando libremente el terror”. Como resume Pavolvsky: “Acá ocurrieron dos desgracias: una, la dictadura; otra, los lacanianos. El lacanismo intentó exacerbar la introspección, la individualidad. Para ellos todas las experiencias previas no eran psicoanálisis y lo transmitían a los jóvenes en hospitales y facultades. La ética de Plataforma fue reemplazada por una nueva ética: la ética del deseo como ética del mercado o ética del bienestar”.
Sin embargo, la recíproca actitud refractaria de lacanianos y deleuzianos, no parecería tener relación tanto con una incomposibilidad intrínseca de ambas teorías sino con una configuración específica del campo intelectual argentino. En España, por ejemplo, Oscar Masotta al prologar Empirismo y subjetividad, sostenía que era en torno a la discusión del inconsciente como lenguaje que Deleuze debía ser leído. Esto se debía a que Deleuze había escrito en su etapa monográfica “comprometido con la vertiente en que despuntan ciertas ideas husserlianas sobre filósofos, y también la impronta de Jaques Lacan”.
 
Tercera etapa (1983 - 1992)
La apertura democrática benefició la expansión de la circulación de Deleuze. Si hasta 1983 su difusión se restringía a ámbitos y publicaciones vinculadas con el psicoanálisis, a partir de esta fecha comenzó a cobrar impulso un importante desarrollo dentro del campo del análisis literario, la filosofía y las artes plásticas. La creciente actividad cultural, producto de la apertura democrática posibilitó también aparición de sus ideas en revistas, muchas de ellas de efímera, pero intensa vida. Un signo destacado de esta ruptura de los márgenes de la circulación habitual del pensamiento de Deleuze es la obtención, en 1984, por parte de Samuel Cabanchik del Premio Coca Cola a las Artes y las Ciencias. La obra premiada se titulaba El absoluto no substancial y tenía como tema la filosofía de Jean Paul Sartre. El libro hacía un uso múltiple de la filosofía de Deleuze. Por un lado, se sirve de él para justificar la perspectiva de análisis siguiendo la postulación expuesta en Empirismo y subjetividad según la cual en la filosofía lo importante no es hacer una crítica de las soluciones, sino una crítica de los problemas. El cuestionamiento que Cabanchik le hace a Sartre se puede resumir de la siguiente manera: ¿cómo es posible plantear una teoría generalizada que sirva a cualquiera si se la enuncia desde un punto de vista estrictamente personal? La solución a este interrogante, la encuentra en la formulación de Deleuze sobre la imagen del pensamiento. Luego de este libro Cabanchik no continuó desarrollando un pensamiento a partir de la obra de Deleuze sino que tomó el camino de otras corrientes filosóficas. Hoy, en sus clases suele recordar a El absoluto no substancial apenas como un “pecado de juventud”.
Publicado en 1986, el libro de Alan Pauls, Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth, funciona como otro exponente en la expansión de Deleuze a espacios que se encuentran más allá de los ámbitos dedicados a la psicología. Pauls, que había leído precozmente la obra de Deleuze en sus años de adolescente, daba de esta manera el puntapié inicial a una serie de fructíferas producciones en el campo de la teoría literaria a partir de la obra del filósofo francés. De acuerdo a sus propias palabras: “Deleuze irrumpe en el paisaje como un surfer: veloz, elegante, apasionado y desdeñoso. El señor de los bordes. Al lado del estructuralismo tan parroquial era de una soledad radical”. De acuerdo a su interpretación, la escritura de Puig pulveriza al narrador como cúspide de un sistema jerárquico de poder sobre el que se constituye todo el relato. De esta manera, Pauls descubría en la superficie textual de La traición de Rita Hayworth una orquestación de voces menores, libres de la sujeción de una mirada que les daría forma, las reglamentaría y organizaría en jerarquías. Puig, entonces, desarrollaría una escritura que tiene una variedad de puntos de contacto con las postulaciones de Deleuze. En una ulterior revisión de su escritura de estos años, Pauls constata cierto uso abusivo de la terminología deleuziana, que reconoce como un defecto propio pero también como rasgo de la época. Actualmente, este tipo de análisis, que explota la veta del análisis literario propuesto por Deleuze, goza de numerosos adeptos en las principales cátedras de la Carrera de Letras de la UBA.
Con la apertura democrática, Pavlovsky, Kesselman, Saidón y De Brasi regresaron a la Argentina trayendo con ellos distintos desarrollos teóricos que giraban en torno a la problemática de clínica grupal. Pavlovsky ideó entonces una publicación dedicada a difundir esta producción teórica, la revista libro Lo Grupal que editó una decena de números entre 1983 y 1992. En el primero de ellos, Baremblitt reflexionaba sobre la experiencia del exilio a contrapelo de las versiones dominantes de la época. En su artículo “El exilio: verificaciones o no de las teorías y técnicas terapéuticas”, distingue varias formas del exilio. Habría, por lo tanto, un “exiliado enfermo” que cree en su culpa, en su nostalgia, su piedad o su resentimiento. Pero también existía otro tipo de exiliado; sería aquel que saca provecho de su situación de destierro y de la derrota para recuperar la universalidad político-productivo-deseante. Esta era la situación de los antiguos integrantes del grupo Plataforma. Si Deleuze sostenía: “Vislumbro un mundo en que todos seremos exiliados”. Ese mundo presagiado, según Baremblitt ya se había concretado. De allí, la inutilidad de la reivindicación del destierro.
Entre los integrantes de la publicación, Saidón fue el encargado de emprender el desarrollo de uno de los conceptos cruciales esbozados en El Antiedipo: el esquizoanálisis. Al explicar en qué consistía la curiosa técnica, Saidón detalla: “Proponemos montar grupos dispositivos, discusión con amigos, intervenciones en la micro y la macro política”. Más adelante, en varios de sus libros, Saidón retomó estás preocupaciones al intentar una amalgama coherente entre la propuesta de Deleuze y Guattari y las problematizaciones del análisis institucional.
Al normalizarse por aquellos años el funcionamiento de la universidad, la obra de Deleuze logra insertarse dificultosamente en la Facultad de Psicología de Buenos Aires a través de la cátedra de ana María Fernández, Teoría y Técnicas de Grupos. Fuera de las instituciones universitarias, además de los clásicos grupos de estudio, se agregaron como foco de difusión los cursos que Saidón y de Brasi dictaron en el Centro de Psicodrama Psicoanalíctico.
A mediados de la década del '80 no era tan inusual encontrar el nombre de Deleuze en medios no especializados: suplementos y revistas culturales o políticas. En las páginas de Babel, que reunía a Alan Pauls, Christian Ferrer y Martín Caparrós, o El Porteño, entre cuyas figuras recurrentes estaban Abraham y Perlongher, los “deleuzianos argentinos” y los textos de los propios Deleuze y Guattari hallaron un canal de expresión privilegiado. La expansión de Deleuze en esta década alcanzó también a las diversas vertientes de las ciencias sociales. Autores como Gregorio Kaminsky u Horacio González han hecho un uso intensivo de la obra del filósofo.
La realización en octubre de 1992 del “Primer Encuentro en el Marco del Pensamiento de Deleuze–Guattari y Nuestra Actualidad” marca el pasaje a una cuarta etapa. El congreso, organizado por Plexus, una efímera organización fundada por Saidón entre otros, reunió, con excepción de Baremblitt, a todos los que hasta ese momento habían tenido un rol preponderante en la difusión de Deleuze en la Argentina: Kaminsky, Saidón, De Brasi, Pavlovsky, Kesselman, Abraham y Pauls. A ellos se les agregó la presencia de Suely Rolnik, que a esta altura ya había obtenido renombre como coautora junto a Guattari de Cartografías del deseo. El encuentro congregó también a personajes provenientes de disciplinas artísticas: el director de teatro Alberto Ure y el pintor Juan José Cambre. Este último, aunque desde una perspectiva diferente, es junto a Guillermo Kuitca uno los artistas plásticos que ha reivindicado cierta inscripción de sus trabajos dentro de la problematización deleuziana de la representación. Kuitca, por su parte, posee una serie de tres dibujos del año 1982 titulada explícitamente El Antiedipo. La realización de este Primer Encuentro pone de relieve la existencia, por un lado, de una acumulación de análisis en una perspectiva deleuziana desde distintos ámbitos que iban de la filosofía a la pintura y del psicoanálisis al teatro y la literatura. Por otro lado, demuestra la existencia de un público lector, que si bien no alcanza el status de la masividad, conforma un número suficiente para que se desarrolle un evento de este tipo. No es exagerado, entonces, sostener como lo hace Alan Pauls, que la década del 80' se vio afectada por un “salpullido deleuziano”, que el escritor atribuye a “ciertos propagadores del CBC y a cierta facción rockera”.
 
Cuarta Etapa (1992- 2003)
A partir de mediados de la década del ’90, la difusión de Deleuze conoce un crecimiento exponencial. Se producen textos dedicados específicamente a dar cuenta de su obra, como Nomadología de Dardo Scavino o La anarquía coronada de Raúl García. Por otro lado, puesto que para ingresar en ese tipo colección se deben conjugar en dosis variables prestigio y masividad, la aparición de un Deleuze para principiantes es un síntoma que indica cierto grado de ampliación cuantitativa del campo de lectura del filósofo francés.
Existen algunas condiciones elementales para que se dé la posibilidad de este crecimiento en la circulación del pensamiento deleuziano. Una de ellas es la disponibilidad de traducciones. A partir de la década del '80, la obra de Deleuze conoció ediciones en español que diferían en unos pocos meses de su edición original. Al mismo tiempo se comenzaron a traducir obras que no habían sido publicadas en castellano. Otra condición para que se produzca este crecimiento es un malestar respecto a ciertos paradigmas, como el estructuralismo, desde el cual se podían llevar adelante análisis en diversas disciplinas que iban desde la antropología hasta el psicoanálisis pasando por la teoría literaria.
Recapitulando, se puede advertir que las disciplinas que han sido más receptivas con la teoría de Deleuze son aquellas que, como afirma Pauls, están “menos abrumadas por superyós teóricos o que poseen una estrecha relación con objetos creativos relativamente autónomos”. Es decir, aquellos saberes que se encontrarían en el polo opuesto a la filosofía, que recién ahora realiza un proceso de apertura a la obra de Gilles Deleuze.
 
 
(1) N de la R: el Segundo Congreso Institucional, realizado en Noviembre de 1992 en el Nacional Buenos Aires, en el que Baremblit formó parte activa de la organización junto a Juan Carlos Volnovich y otros, tuvo como invitados a Robert Castel y René Lourau

 

 

 

 


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