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GILLES DELEUZE EN LA REPÚBLICA DEL SILENCIO (1984)


Hay lecturas que nos exigen contar al revés, replegar la alfombra temporal. En otra oportunidad me pareció que escribir sobre Sartre constituía un ejemplo de buen calibre. ¿A quién podía interesarle las peripecias de Jean-Paul Sarre en el mundo del ochenta? Interrogante que se hace mayor cuando el Sartre elegido es aquel que vivió la "ocupación , el especialista en ontología fenomenológica, el que se preocupaba de los seres en sí, seres para sí, seres para otro, miradas de otro, y las consecuentes secuelas de libertad, responsabilidad y compromiso. ¿A quién le queda resto para continuar la reflexión sobre los difíciles esponsales entre el intelectual y su medio, qué otra cosa sino ironía cabe cuando alguien se pregunta sobre los alcances del compromiso y los embates del héroe literario?
Sin embargo, y a pesar de ecos no muy favorables, ratifico mi parecer y considero que Sartre es actual, aunque sólo fuere por haber inventado el calificativo de República del Silencio a las metrópolis que no saben sacarse la venda, ni de la boca, ni de los ojos. Ciudades que se obstinan en su propia muerte.
Una de las características de la República del Silencio es permitir algún ruido de vez en cuando. Décadas van, décadas vienen, se escuchan murmullos, y antes de que se constituyan en bramidos, vuelve a caer el manto negro. Silencio. Y así fue que Deleuze, filósofo francés, fue cubierto por la penumbra sonora. Desaparecieron sus libros, no él, feliz habitante de tierras galas.
También sucede que en toda República del Silencio están los que sí pueden hablar. Son los propietarios del cinismo ecuménico. Pregonan que en la República del Silencio sus habitantes tienden a la mudez por falta de atrevimiento. Sostienen que en cada esquina hay micrófonos para lodos, y que los peatones no se apoderan de ellos por cobardía. En una palabra, hablan de "Autocensura", la famosa censura motorizada. Es curioso que en épocas en que reina el más desencubierto horror, los medios de difusión estén sumamente interesados en los problemas de autocensura.
Sigamos esta corriente tan peculiar y admitamos que Gilíes Deleuze fue graciosamente autocensurado, y su libro AntiEdipo, Capitalismo y Esquizofrenia, simplemente ignorado. No perdimos gran cosa, apenas una moda. Rompimos con la tradición que nos hacía seguir de cerca, con pocas temporadas de atraso, los avatares culturales de París. Hoy celebramos los primeros diez años desde que Deleuze pasó de moda, y ahora en la tranquilidad del olvi-  ' do, sin posibilidades de recrear un éxito sepultado varias veces, releamos a Gilíes Deleuze. Es posible que su voz produzca algún eco en nuestra ruidosa República del Silencio...

Superficie y profundidad...


Lectura difícil, exige pericia conceptual, paciencia filosófica. Desde sus primeras monografías sobre los filósofos clásicos, hasta sus últimos ensayos sobre la imagen en la pintura inorgánica y el cine, encontramos a un escritor complejo, técnico. Sus posiciones teóricas se dispersan en un torbellino anclado en los bajos fondos de un vórtice, se pule en los crisoles del empirismo, se nutre de sangre-Artaud y neuronas-Nietzsche.
La dificultad no es de estilo, no compensa con elipsis y rodeos estéticos la carencia de blancos precisos. Es buen cazador, de pupilas felinas y pulso firme. Nos impone concentración por la profusión de datos filosóficos y la riqueza de su instrumental bibliográfico. Sus temas son varios y aparentemente heterogéneos. El alcoholismo y el aburrimiento en Scott Fitzgerald, los efectos alucinógenos en Malcolm Lowry, los juegos lingüísticos e imaginativos de Lewís Carroll, el agujero negro que hundió palabras y cuerpo en Antonin Artaud, la fascinación de los recuerdos que pasan por Combray y la memoria de Proust, los oscuros pasadizos de las compañías de seguro de Praga, Kafka, muestran algunas de sus preferencias literarias. Francis Bacon, sus imágenes de hombres desfigurados, mutilados, sus cuerpos roídos, son ejemplo de su paladar artístico. La esquizofrenia es la enfermedad mental premiada y erigida en modelo teórico para pensar la función desestructurante del deseo o para detallar los efectos subjetivos de un capitalismo que "esquiza" y además, no nos olvidemos de los filósofos que habitan en sus meditaciones.
Algunos, los que saben literatura, los que miran pintura, pueden intuir el peso específico de la atmósfera que cubre la escritura de Deleuze. Artaud, Kafka, Francis Bacon, no son artistas que se destacan por concebir la vida como un Jardín de Alá. Los paisajes emotivos de estos creadores rondan los desiertos, circulan por sus dunas de fuego, por sus heladas estepas, por sus lobos y sus beduinos, son extensiones removidas por grietas y terremotos, lo que Deleuze llama mundo de las profundidades. Es el infierno o volcán de Empédocles que consume las formas y los cuerpos, es la existencia de los que sufren la “organización” como una tortura, el orden como un tormento, es el mundo de los que rechazan el lenguaje aprendido por ser letras extrañas e impuestas, los que quieren que la palabra caca huela a mierda, el ejército del absoluto.
Frente a este universo "terrible", Deleuze disfruta de alegres perversiones. Alicia Carroll atravesando el espejo, los juegos de azar, los festivales de máscaras, el humor. Este es el mundo de las superficies. Pero al no ser "terrible", por no ser físico, subterráneo, químico, no hay por qué pensarlo "precioso" o "inocente". Hubo lectores de Deleuze que interpretaron el juego y la mascarada como un canaval de confites o como una raspa, tomaditos de la mano, inventaron, mientras el lobo no está, una filosofía lúdica. Hicieron agua, se equivocaron. Lo que Deleuze llama "mascarada" o "simulacro" no es un ideal decorativo. La estética es asunto serio, imagínense al viejo Carroll dejando el lápiz del país de las maravillas al ver pasar bajo su ventana a una niña de ocho años, y mas-turbarse con pasión. No todos se atreven a jugar. Desde las cavernas del inconsciente hasta las planicies de la forma, Deleuze arma un rompecabezas erudito con las mejores salsas y busca en las ficciones alimentos para su paladar. Y, ahora, la filosofía.

Filosofía y máquinas visuales


Aislemos una frase de su primer libro, El Bergsonismo: "En verdad, no es lo real lo que se parece a lo posible, es lo posible lo que se parece a lo real". Y otra de su ensayo Empirismo y Subjetividad: "La más diminuta de las ideas, la más pequeña de las impresiones, no constituye un punto matemático, ni un punto físico, pero compone un punto sensible".
Este apego pensante a lo real y lo pequeño es una constante de su diagrama filosófico. ¿A qué se opone lo real? A lo ideal. ¿Y lo pequeño? A lo grande. Lo real y pequeño se enfrenta al Gran Ideal. Lo micro-real al macro-ideal. Deleuze pertenece al grupo de filósofos que tienden a lo diminuto, a lo bajo, la perversión, la minucia, la estupidez y la muchedumbre. Estas figuras de lo "bajo" nos ilustran el modo en que el minirrealismo elige disfraz. Volvamos a Sartre y ubiquemos su mini-ideal de lo bajo: "No es en no sé qué retiro nos descubriremos, sino en el camino, en la ciudad, entre la muchedumbre, como una cosa entre las cosas, un hombre entre los hombres...". Del filósofo perdido en el anonimato, el hombre entrelazado de manos e intenciones con el resto de la humanidad, de la propuesta de la calle, pasamos al taller, otro bajo fondo del filosofar: "¿Quiere alguien mirar un poco hacia abajo, al misterio de cómo se fabrican los ideales en la tierra? ¿Quién tiene valor para ello...? ¡Bien! He aquí la mirada abierta a ese oscuro taller", ésta es la propuesta de Nietzsche vestido con mameluco y soldador en pleno trazado de genealogías. Cuando Deleuze reduce sus dimensiones para confraternizar con ios "bajos", no se dirige a las mesas o al mozo de café como Sartre, ni a la metalurgia ética de Nietzsche, ni al secreto de la peonada o al aura de marineros de "Retiro", como alguna vez lo hizo Gombrowicz, ni al divino adolescente que perdía las ideas de los filósofos griegos. Su estilo para el descenso es rico en acontecimientos. ¿Cómo resumir su bajeza? Bergson propone una llamativa receta para el que intenta transmitir un pensamiento ajeno, sorpresa mayor si el blanco elegido es un sistema de ideas generales y abstractas, carentes de personajes, situaciones y decorados, como puede serlo la filosofía del Obispo Berkeley, padre del Idealismo subjetivo. Bergson emprende un esforzado camino de análisis con un fin anti-analítico: crear una imagen alucinatoria que dé cuenta de la metafísica en cuestión. No es fácil producir un hecho físico para ilustrar una metafísica exige una revolución de los códigos, la implementación de un juego de abalorios que ponga colores allí en donde se despliegan las definiciones, que desparrame lanza-perfumes en el lugar exacto en que pretenden establecerse las ecuaciones ontológicas.
El concepto, en filosofía, es una herramienta de trabajo y, al mismo tiempo, el resultado del mismo. Una de sus características es el de explicitar sus alcances y la indicación de sus límites, que lo articulan a otros conceptos. Forjar una "imagen" que muestre el funcionamiento general de una teoría, es tarea de alquimista. Segregar una imagen viva y espacial del concepto "modo de producción" en Marx, concepto de inconsciente en Freud, voluntad en Schopenhauer, "nada" en Heidegger, exige un arduo trabajo pensante y un acentuado desgaste cerebral.
La vitalidad de la imagen alucinante, su corporeidad, la ubica en las antípodas de la concepción por la que la imagen que tenemos de un objeto real, es un cuadrito o un retrato que ocupa el lleno de nuestra pantalla concien-te. Esta imagen no re-presenta al sistema, lo "presenta", exhibe y muestra en un artefacto visual, en una "máquina célibe" como las estudiadas por Deleuze siguiendo la inspiración de Michel Carrouges: Máquinas de Duchamp, la de la "Colonia Penitenciaria" de Kafka, la "Isla de More!" de Bioy Casares, "La Máquina de la Inquisición" de Poe, y otros dispositivos a-metafóricos que nada quieren decir ni nada que develar u ocultar.
Para el caso del Obispo Berkeley, Bergson presenta el orden de sus ideas como una "película fina y transparente", desde esta primera intuición se desteje la sucesión de jeroglíficos metafísicos. Bergson ha fabricado un ideograma del tumulto creativo de Berkeley, algo así como un "símbolo" de la tradición gnóstica, un emblema condensador de energía que al liberarse produce una forma, en este caso una metafísica. Esta lámina de cristal, mándala bergsoniano, ya nos alerta de los prejuicios comunes que asignan al idealismo subjetivo el síntoma del desvarío: el mundo existe porque yo lo veo, si no, no.
Si quisiéramos repetir esta operación con el sistema ideativo de Gilíes Deleuze, caeríamos en la redundancia. Es difícil lograr la imagen de un pensamiento que ya genera una multiplicidad de imágenes de sí mismo. Nos entrega un material varias veces digerido.
En su libro Lógica del Sentido, Deleuze intenta el reemplazo del modelo teatral, el de la representación figurada, por el del cine, y sus haces proyectándose sobre una superficie de espesor mínimo. Nos da la imagen de un pensamiento que se está deslizando. Sartre, de modo análogo, en El Ser y la Nada, nos describe el descenso de un esquiador sobre un campo nevado, y por la detallada explicación el roce de texturas entre esquíes y la compacta y cremosa nieve, de la aparición y desaparición de huellas, va desmontando el funcionamiento de la conciencia.
una garganta roja que expulsa deshechos, el volcán de Empédocles-Lowry, el baile especular de Alicia Carroll y sus naipes de cartón, el AntiEdipo con los aceitosos talleres de la periferia, un mundo de engranajes y enchufes, imágenes de¡ pensar intenso, del pensar-simulacro.
No tennina aquí la lista de imágenes que colorean la palabra de Deleuze: el campo de vida que generan los mi-cro-organismos, espasmos hidráulicos, torrentes de flujos desmayándose contra diques, la babosa retráctil del "cuerpo sin órganos", ¿quién se anima a alucinar una forma que corresponda a este torrente imaginativo?
El segundo tomo del AntiEdipo, para seguir con las imágenes, comienza con el capítulo "Rizoma", raíz particular de trayecto indefinido y plural que Deleuze opone a las genealogías arborescentes, tronco común y ramas que se prolongan por selectiva división; ¿qué hace que Deleuze dedique la última parte de este texto a la figura del nómade?; ¿por qué esta afición por el paso del profeta por las arenas del desierto?; ¿por qué la insistencia en  relatarnos los "paseos" del esquizofrénico o el curioso retomo de la imagen de la "ventana abierta .'

Apunte histórico

Deleuze es parte del pensamiento francés de los años sesenta. Década brillante para la filosofía. Fueron años de recogimiento y elaboración. En pocos años la filosofía francesa dio fama y nombre a una reflexión plural. Ofreció nombres: Lacan, Foucault, Barthes, Derrida, Lé-vi-Strauss, Althusser. El marxismo, la antropología, el psicoanálisis, constituían la savia y el alimento de la filosofía. Desde una lectura que a veces pretendía ser revolucionaria, los filósofos descifraban una nueva lista de interrogantes. Era la posibilidad de cortar el cordón umbilical que los ligaba al Padre-Sartre, artífice del compromiso y de la "mala conciencia". El pensante ya no estaba obligado, a pesar de una profunda decepción, a realizar ejercicios de fortalecimiento de espalda para soportar el peso del mundo, ocupaba un lugar que no se saturaba en una ética de la solidaridad. Su nueva misión estaba sellada: pensar con rigor. Abrir los ojos a los descubrimientos científicos y actualizar su saber. Los antiguos gestos de buena voluntad no valían sus intenciones. El poder les mostró la cruda verdad, no esperó la voz de los claustros universitarios ni esperó las plumas calientes para afinar las puntas y reforzar las redes. El fin del colonialismo francés estuvo en las hábiles manos de un general conservador, un militar de pensamiento autoritario, pero un "gran republicano" como reconocen hoy los que lo combatieron. Y los intelectuales se dedicaron a adiestrar su saber, una vez humillados por el poder. De las ciencias disponibles, fue la del lenguaje la que se ofreció como modelo. La lingüística de Saussure y Jakobson encabezó cada uno de los textos "estructurales", el concepto de "valor" permitía conectar a través de la lingüística, acontecimientos que se extendían desde los ideales hasta la economía política. El "valor" define la identidad de un elemento por su diferencia con otro. Esta sencilla y breve definición dio miles de páginas a la voracidad filosófica. La filosofía, que había situado en el máximo aliar a la Unidad cerrada en sí misma: Ser, Uno, Sustancia, Razón, Sujeto, las grandes mayúsculas del pensamiento, debería conformarse con la sola consistencia de la "relación". Relación, distancia, diferencia, las identidades de los elementos remitían a una ausencia, y la ausencia trazaba la figura del sistema.

La guerra contra el dualismo

Una de las principales líneas de fuerza de la filosofía que nos llega desd¿ los tiempos de Platón, uno de sus esquemas más constantes, es la división entre lo que "realmente es" y lo que "parece ser". La distancia entre la verdad y lo verosímil. Esta pareja fue repetida de modos diferentes: esencia-apariencia; mundo inteligible-mundo sensible; verdad-ficción; ciencia-ideología; el Diablo y el Buen Dios.
Que exista una verdad "más allá" o en algún "otro lado", escondida por el "más acá", oculta por los velámenes de "este lado", una verdad permanente, abrigada en su nicho, es la idea más evidente que haya inventado la humanidad. Si los hombres no creyeran en un más allá, no tendrían otra cosa que el acá, el aquí y ahora, el fin de las esperanzas para quienes ya no pueden creer en "un mundo en el que todo fuese diferente, en el que... ¿por qué no?, quizá nosotros pudiéramos ser diferentes..." (Nietzsche).
Pero la valentía filosófica no queda satisfecha con sólo aseverar que no existe más lugar que éste y que "ésta" es nuestra única realidad. Los filósofos, por una pulsión ancestral e irrefrenable, así como otros lo hacen con las armas, siempre andan palpándose los fundamentos, y al escuchar realidad preguntan: ¿cuál?, ¿en qué se sostiene, cómo se justifica, a qué pertinencia remite o a qué remisión pertenece?
Desmenuzar la filosofía de Baruch Spinoza, como lo hizo Deleuze, poner en marcha su máquina monista-pan-teísta, hacer funcionar el mundo de Spinoza, en que la sustancia divina no es más que manifestación, en que la cosa no es más que forma, el Ser tan sólo modos (de ser con minúscula), en que el universo es un mar de perfiles, encender este dispositivo metafísico tiene alcances ético-políticos de consideración.
Si Dios no está en otra parte, si el Señor es inmanente al mundo, si no es más que el despliegue de haces horizontales y transversales, se derrumba la pirámide jerárquica, se sabotea la verticalidad.
El dualismo filosófico, tenga el nombre que quiera, alma-cuerpo, uno-otro, blanco-negro, racional-estúpido, ser-devenir, es una jerarquía, una división entre lo alto y lo bajo, entre lo superior y lo inferior.
Sólo conocemos un caso de dualismo que parece apartarse de este diagrama de dominación: es el caso del ma-niqueísmo, en el que el universo se esüra en una incontenible tensión entre opuestos. A pesar de sus contradicciones y flaquezas ideológicas, se sabe que la Santa Iglesia y su Papado no aceptaron con especial simpatía las elucubraciones de los maniqueos. Europa fue una sola y gran pira en la que descansaron las cenizas de estos cristianos heterodoxos que se atrevieron a jerarquizar el mal como fuerza cósmica. Todo dualismo, por dejar una instancia incolmable entre los polos, requiere un Delegado, un Demiurgo, para atar cabos. El dualismo juega al juego de ausencias y presencias. Si el gran cielo no se ve, si Dios es invisible, él, El Gran Ojo, si lo real se oculta y el Inconciente se trama en "otra escena", se requiere un interpretante, un elegido por los mejores jurados de la traducción.
Deleuze resume los avalares del mundo de las escisiones con un envío a Platón, especialista en delimitar aquello que realmente es de lo que se le parece pero no es< igual, lo semejante al ser, su "copia".
Arriba, en la cúspide, está el modelo, aquello que hay que imitar, los valores absolutos, abajo, en el llano, las cosas que nunca serán modelos pero sí posibles buenas copias. Como en fas fotografías. El negativo transparente y las copias positivas. Al negativo sólo se llega por lo que lo contrasta, se elaboran las medievales teologías negativas y se proclama la inefabilidad de lo Alto.
Arriba las ideas inmutables, abajo las cosas que nacen y pudren. Lo fijo y lo móvil, la esencia y la apariencia. ¿Cómo juntarlos? Con el delegado, el que elabora la política "participaüva". Hacer participar a los de abajo con los de arriba es una meta válida, encomiable, y posible acto violatorio. Lo (los) de arriba está demasiado bien (El Bien de Platón), perfecto se diría, para dejarse tocar (mucho) por lo bajo. Lo amenaza el riesgo de la corrupción, a veces de la tentación (los perversos de arriba), y por una distracción del Inmaculado, puede recibir una "tacha", y ser "tachado" de... Esta pigmentación o lunar es lo que el intermediario debe evitar, que el contacto arriba-abajo no altere los lugares y mantenga la jerarquía. Platón fue claro: llamamos Justicia al lugar para cada cosa y a la cosa en su lugar.
Deleuze se lanza sobre Spinoza para chuparle los jugos panteístas. El mundo de Spinoza es el mundo de la inmanencia opuesto al mundo de la emanación. El paisaje está surcado por cruces de canales sin la presencia de la Gran Fuente Surgenle. Dios es modificación, metamorfosis. Mascarada planetaria. Por eso echaron a Spinoza de la sinagoga, confundía a Dios con el Anticristo. No tenemos arriba-abajo, en el espacio horizontal-transversal, los seres participan del Ser en un plano de igualdad. Las diferencias son desniveles cuantitativos, ningún atributo es superior a otro y la dignidad se reparte equitativamente entre creadores y criaturas. Las cualidades se suceden en grados de una "misma" escala, digamos que hay "movilidad metafísica" como en las sociedades justicieras hay movilidad social, según los sociólogos. Los grados son reversibles y móviles y no se jerarquizan de una vez por todas en alcurnias, modelos aristocráticos o cualquier tipología de linajes trascendentales.
Sigamos con Spinoza. Dios no es tirano, no hace lo que quiere, no se manifiesta con actos de violencia física, el rayo de Zeus, las iras de Jehová, tampoco es legislador, una inteligencia suprema que crea el mundo acorde al modelo que transmite su Verbo, Dios nada es "en sí" si al mismo tiempo no es "en otra cosa". El ser en sí es la Sustancia, ancestral emblema metafísico, y ios modos constituyen el "ser en otra cosa", la sustancia es modos y nada más que modos de aparición. Manifestación, expresión, presencia, inmanencia, cantidad, metamorfosis contra representación, delegación, escisión, dualismo, ausencia, calidad, metáfora, combate entre dos meta físico-políticas.
'CA ¿Y la ética?: complicada. Deleuze nos cuenta el contenido de las cartas del Mal, misivas intercambiadas entre Blycnbcrg, comerciante en cereales, y Spinoza, maestro pulidor de lentes. El problema es simple: para Spinoza no existe legislación alguna, sostén o esencia cualquiera universal, ni basada en una naturaleza divina ni en una naturaleza humana, nada, absolutamente nada que pueda anegarse el privilegio de dictaminar lo que está bien ni lo que está mal. Ni siquiera Dios. Nadie tiene el privilegio de pretender ser el delegado de Dios o su interprete o su escucha, Dios no es más que lo que existe. Sólo podemos decir que es lo "bueno para mí o lo malo para mí". No existe El Bien ni El Mal, no hay cúspide desde alguna pirámide imaginable que sostenga a una Ley Fundamental. Está lo que nos conviene, bueno para mí, malo para mí. qué es lo que me da alegría o tristeza, aquello que aumenta mi potencia de existir y aquello que la disminuye. Pero el comerciante en cereales, Blyenberg, parece un ser de una inteligencia superior y de una osadía sin velos: ... "El mundo habría de caer en un estado de confusión eterna y perpetua, y nosotros volvernos semejantes a las bestias". Pero no hay confusión para Spinoza, el mundo para sí y el mundo en sí coinciden, se "componen", se armonizan según su necesidad. Lo que no es bueno para mí, lo que disminuye mi potencia de existir es, desde el punto de vista físico-químico, un veneno, un proceso de descomposición, y no hay otra ley posible que esta composición y descomposición de elementos, ningún otro universal. La ética de Spinoza es, entonces, amoral.--Nuestra naturaleza humana muestra por composición físico-química lo que necesita para sus alegrías y lo que se descompone en las tristezas. Spinoza no anda con rodeos: "Si algún hombre se percata de que puede vivir más cómodamente colgado del patíbulo que sentado frente a su mesa, actuaría como un insensato si no se colgara; del mismo modo, quien viera con claridad que puede gozar de una vida, o de una esencia mejor, cometiendo crímenes que adhiriéndose a la virtud, también merecería el nombre de insensato si no los cometiera. Pues respecto a una naturaleza humana tan pervertida, los crímenes serían virtud. Puede ser que haya exagerado un poco, pero en estas cuestiones fas exageraciones a veces constituyen los mejores ejemplos".
Enfrentarse a la moral vigente, ser lúcido y no soportar su funcionamiento hipócrita, puede llevarnos por caminos inesperados, Spinoza los recorre, Nictzsche también, y Deleuze los acompaña. Caen el Bien, el Mal, aparece la Potencia de existir, la Voluntad de vivir, la intensidad, vivir intensamente, inflar al máximo nuestra potencía, la nueva sirena ética ocupa el lugar del modelo. Deben tomarse las necesarias precauciones, es muy posible que toda ética o contra-ética no tenga otro funcionamiento que el "disimulo", ninguna otra misión o estrategia que el encubrimiento, ésa es nuestra dulce fatalidad.

La ética de la ficción

Salir en busca de la ficción, atraparla vía Artaud, Lewis Carrol1, Hcnry Millcr, Malcom Lowry, Kakfa, Francis Bacon o Buster Keaton, meterla a empujones en la hostería en donde los filósofos son reyes, tarca delcuzea-na. Es en esta época que aparece Deleuzc como guía para lo que algunos denominaron filosofía y carnaval. Inspirados por el emblema del ruso Bakthmc, especialista de Rabelais y de las culturas populares, carnavalescas, los filósofos, atentos a las lucideces de la crítica, se adueñaron de la Máscara. Este signo kabalístico condensaba, como toda cifra hermética, energía primordial. De espesor máximo. Recordaba una verdad de alcances difusos. ¿Adonde o hasta dónde se pretendía llegar a repetir que detrás de una máscara hay otra máscara, o que detrás de una mueca hay otra mueca? ¿Qué propuesta moral se quería sugerir otorgándole tal densidad al espejismo? El humor, el juego, la perversión, la danza, la risa, la locura, el arsenal de filosofcmas deleuzianos intentaron insuflar un poco de oxígeno a la opaca filosofía.
Esta especie de pulmotor se concretó en el concepto de "diferencia", una derivación más de la noción de "valor". Repetición y diferencia en Freud, diferencia en Nietzsche, diferencia ontológica en Heidegger, los filósofos franceses manipulaban esta noción con polimorfismo y elegancia.
Problema difícil es percibir la "diferencia" y la "singularidad", pensar aquello que hace que algo sea eso que precisameme es, sin subsumirlo a una generalidad o al orden del concepto, sin emplear los recursos del invariable y sus variantes, del "tipo" y sus avalares, es arduo extraer la unicidad de los rasgos "comunes" del fichero universal. Este mundo por el que nos desplazamos presenta los seres en su redonda solidez. Las cosas son lo que son, iguales a sí mismas. Ocupan lugar, sufren el tiempo, tienen un rostro y una identidad. Son coágulos de materia, a^rctujamicnto de forma. Es esta solidez la que será tamizada por la perspectiva de la "diferencia". La solidez y la redondez de los cuerpos, su opacidad y su volumen, la aparente autosuficiencia de la forma, quedarán despellejadas, el espesor y la seguridad de las cosas no serán más que efectos ópticos, reverberaciones fugaces que destellan sobre una superficie. La lentitud de nuestro ojo lo hace incapaz de pcrcibirel veloz desplazamiento de las singularidades y sus metamorfosis. El llamado individuo, con su nombre y cuerpo, la identidad que nos presenta, es el encorsetamiento de una dispersión: huellas digitales, señas particulares, ¿que otra cosa es una identidad?
Las individuaciones, término empleado por Dcleuze, son impersonales, las singularidades emergen de lo pre-in-dividual. Del individuo a lo pre-individual, de la cara a la máscara, de la copia al simulacro, de la metáfora a la metamorfosis, preguntamos nuevamente, ¿que pretcnsiones morales tiene este pregón por la diferencia? ¿Qué mejorías aporta a la salud humana el reemplazo de la dialéctica de las contradicciones por la "afirmación" de las diferencias? ¿Cuál os el efecto ético de la sustitución de la filosofía de Hegel por la de Federico Nietzsche?
Nadie tiene por qué estar preocupado por cuestiones que conciernen a la salud de la especie, pero nadie tiene por qué asustarse si algún extraño espíritu se desvela por el problema. No se trata de higiene, pero la filosofía adquiere grandeza cuando va hacia adelante, con la frente bien alta, sin mirar atrás, con marcha sostenida y velocidad en aumento, sin claudicaciones, hasta que en su majestuosa y pétrea presencia, se impone el muro, y se estrella. Este muro es la moral, la filosofía llega a adquirir los rasgos más conmovedores cuando quiere disimular el aguijón ético incrustado en sus nalgas, imagen dalineana. La ternura nos llega hasta las lágrimas cuando vemos al filósofo que le declara la guerra al pensamiento edificante sin las tijeras suficientes para cortar las amarras del "deber ser". ¿Por qué preocuparse por la salud?
Sigamos con la diferencia y la sanidad. Un espíritu dialéctico protestará por la posición diletante, escapista, superficial y gratuita del pregón de la diferencia. La filosofía del antagonismo y la lucha, el torbellino dialéctico, es un gigante intocable si se lo compara con los afanes de multiplicidad y polimorfismo. La propuesta "diferencial" debilita al débil y fortalece al fuerte, justifica al amo y consuela al siervo. "Somos diferentes pero no por< eso opuestos"... "somos plurales pero no enemigos".... "somos muchos pero cabemos"..?, éste es el idioma del Alma Bella o Corazón de Oro, que merece respuesta sutil de Deleuze: "De todos modos creemos que cuando los problemas alcanzan un cierto grado de positividad que les es propio, y cuando la diferencia es objeto de una afirmación correspondiente, se libera un poder de agresión y selección que destruye el alma bella".
Deleuze admite la fuerza de la condena, la soporta, y arroja un grito de esperanza, por eso dice "creemos". El ente que se planta en la tierra y defiende su ser, que resiste a convertirse en el otro que una voz del amo le impone, aquel que afirma su derecho a la diferencia y a su singularidad, no es un destructor de semejantes, se ubica en una posición de resistencia y produce un acto afirmativo de su modo de ser. Afirmación, resistencia, espíritu alerta y ofensivo, apto para la pelea, sereno, altisonante, espíritu minoritario, la diferencia se impone, no pide reconocimiento. Ahora que hemos asistido a las virtudes de una política de la diferencia, instalémonos en cómodas butacas para escuchar algunos de sus defectos. Dice Bemard Henry Lévi: "¿Acaso no podríamos imaginar una «política de la diferencia» que fuera paradójicamente terrorista y asesina? De hecho esto podría muy bien ocurrir si, consecuentes con nosotros mismos, reconociéramos al verdugo, al perverso o al nazi, su sagrado derecho a la diferencia, su derecho a matar, a violar o a encerrar..., pretender fundar una ética sobre el primado de la diferencia, creyendo hacer de él el único artículo de una concepción del mundo, poblaría el universo de superhombres, que usurpan con sólo mostrarse, excluyen con sólo afirmarse. Sus primeras impresiones concientes serían —siempre lo es— la de descubrir a su lado un monu'culo de cadáveres".
Paisaje desolador el que nos han regalado, para cada Gran Hombre, por cada Hombre Total y Hombre Nuevo, cuatrocientos mi! convertidos en escombros. Curiosas consecuencias de esta política de la diferencia subordinada a la única y mayúscula Diferencia Apocalíptica, misterios de la ética, guiños de la Madre Verdad.

Anti-Edipo vs. Anti-Pandora

Para muchos Deleuze fue un pensador respetable, casi admirable, mientras duró su interés por el tema de la diferencia y el simulacro. Sin lugar a dudas, es un excelente lector de maestros filosóficos y un agudo analista de eminencias literarias. Su caída se produjo, por insistencia y repetición de la historia, cuando encontró a Eva la Serpiente, en Francia llamada Félix Guattari. La dupla Deleuze-Guattari tramó el ardid y hace diez años arrojó el Anti-Edipo, algunos tuvieron que agachar el esqueleto. Guatari, y Deleuze, unieron fuerzas y defectos para realizar el inmenso esfuerzo de dar vuelta la concepción freudiana del inconciente en la versión abstracto-simbólica de los lacanianos.
El Anii-Edipo, a diferencia de otros textos deleuzianos, produjo un llamativo fenómeno para el mullido y zombi mundo de la filosofía: una moda. Deleuze deja simulacros y diferencias. Los submundos de las profundidades, las corrientes intensas, las partículas caóticas transforman el orden de su prosa. Deleuze "inventa" la ficción del esquizoanálisis y produce efectos reales en los psicoanálisis. Al menos, algunos malestares en la cultura.
Haciéndose eco de la anglosajona anti-psiquiatría, desparramó sobre el continente, desde los Pirineos hasta los Apeninos, un arsenal de "máquinas deseantes", de flujos y corles, un enorme canto rodado de Esquizia. Los talleres aceitosos del deseo le declaraban la guerra a otro deseo, ajustado a los cálculos del Algoritmo del Signo.
Desde los seminarios del Maestro Lacan se dibujaba una cifra del deseo que a medida que se grababa, se diluía. Pero, discipulum obediens est, los escuchas de estos ditirambos esquizos, humorísticos y provocativos, los espectadores de este verbo zen y oscuro, atrapaban las palabras del Amo, las eternas mariposas del saber, y las metían presurosamente en sus cajas sin respiradero. Es la política Anti-Pandora.
Ami-Edipo contra Anti-Pandora, Deleuze abrió la caja, su caja, y los lepidópteros perturbaron el ambiente. Como los pájaros de Hitchcock. Y estos pájaros-pajarra-cos de Deleuze se llamaron Antonin Artaud, Franz Kafka y Francis Bacon. Deleuze emprende se cruzada anti-freu-diana con el Checo, el Inglés y el Francés.
Desde los Pirineos hasta los Apeninos, desde Leopoldo Panero hasta Franco Basaglia, el chorro deseante invadía los territorios del Déspota, lo que Deleuze llamó el Faraón del Deseo, el que "siempre viene de afuera y siempre nos mira de arriba", el Ojo de las Alturas.
Y desde los Apeninos no bajó a los Andes. El tren deseante fue detenido y descarrilado por los jinetes negros que rodean nuestras tierras, los "encapuchados que esperan en las cimas.
Nos perdimos una moda. Llegaron lejanos ecos de las hazañas del Loco, del Esquizofrénico, perdimos el paso que se borra del profeta del desierto, también el desierto. No conocimos las peripecias del nómade, el beduino deseante, ignoramos los últimos adelantos de la microfísica del deseo. Nunca nos han invitado a un laboratorio de moléculas y partículas libidinales. Los Guardianes de la Ley nos protegieron de semejantes esterilidades.
Mientras este divertimento tuvo su pequeña euforia en tierras europeas, nuestra República del Súencio se salvó de la parasitosis y descansó en su muelle diván, asociando libremente el terror.

 


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