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La ilusión vital

Jean Baudrillard

 

 Traducido por Alberto Jiménez Rioja

Siglo XXI, Buenos Aires, 2002

 

 

Titulo original:

The Vital Illusion
Columbia University Press, 2000

 

 

 

 

 

 

 

La paginación se corresponde
con la edición impresa. Se han
eliminado las páginas en blanco.

 

 

 

 

 

 


I

LA SOLUCIÓN FINAL:
LA CLONACIÓN MÁS ALLÁ DE LO HUMANO
E INHUMANO

 

La cuestión concerniente a la clonación es la cuestión
de la inmortalidad. Todos anhelamos la inmortalidad.
Es nuestra fundamental fantasía, una fantasía
activa también en nuestras modernas ciencias y tecnologías:
activa, por ejemplo, en la congelación de
la suspensión criogénica y en la clonación en todas
sus manifestaciones.

El ejemplo más conocido de suspensión criogénica
es, por supuesto, Walt Disney, pero al estar
destinado a la resurrección, se dice que ha sido congelado
entero, en su “integridad”. Hay más situaciones
anómalas. En nuestros días, en Phoenix, Arizona
(el lugar predestinado para la Resurrección),
sólo se congelan las cabezas, porque a partir de las
células del cerebro —consideradas como el núcleo
del ser individual— los investigadores esperan reconstituir
a los difuntos en su integridad corporal.
(No puede sino sorprender por qué, en este caso,
no conservan simplemente una sola célula o una
molécula de ADN.)

Para complementar estas cabezas sin cuerpos, en
el otro lado del océano Atlántico, ranas y ratones
descabezados están siendo clonados en laboratorios
privados, como preparación para la clonación de
cuerpos humanos sin cabeza que servirán como re-


servorios para la donación de órganos. ¿Por qué
cuerpos sin cabeza? Como la cabeza se considera el
lugar de la conciencia, se piensa que los cuerpos con
cabeza podrían plantear problemas éticos y psicológicos.
Mejor fabricar simplemente criaturas acéfalas
cuyos órganos puedan recolectarse libremente, porque
tales criaturas no competirían con los seres humanos
originales, ni recordarían demasiado a ellos.

Éstas, por tanto, son las formas experimentales
y artificiales de clonación; sin incluir a Dolly, por supuesto,
ni al resto de su clase. Pero la clonación espontánea,
y de hecho la inmortalidad espontánea,
también se puede encontrar en la naturaleza, en el
corazón de nuestras células.

Por lo general, una célula está destinada a dividirse
un cierto número de veces para luego morir.
Si, en el curso de esta división, algo perturba este
proceso —por ejemplo, una alteración en el gen que
previene los tumores o en los mecanismos que gobiernan
la apoptosis* celular—, la célula se convierte
en una célula cancerosa. Olvida morir.; olvida cómo
morir. Continúa clonándose a sí misma una y otra
vez, creando miles de copias idénticas de sí misma,
y forma por tanto un tumor. Lo habitual es que el
sujeto muera como resultado de ello y que las células
cancerosas mueran con él. Pero en el caso de Henrietta
Lacks, las células tumorales tomadas de su


* [N. del T.] La apoptosis o “muerte celular programada”
es una forma de suicidio celular genéticamente definida, que
ocurre de manera fisiológica durante la morfogénesis, la renovación
tisular y en la regulación del sistema inmunitario.


cuerpo fueron cultivadas en un laboratorio y continuaron
proliferando incesantemente. Constituyen
un espécimen tan sorprendente y virulento que han
sido puestas en circulación por todo el mundo e incluso
enviadas al espacio, a bordo del satélite norteamericano
Discoverer 17. Así, el cuerpo diseminado
de Henrietta Lacks, clonado a nivel molecular, está
realizando sus periplos de inmortalidad.

* * *

Hay algo escondido dentro de nosotros: nuestra propia
muerte. Pero algo más está oculto, al acecho, dentro
de cada una de nuestras células: el olvido de la
muerte. En las células acecha nuestra inmortalidad.
Es habitual hablar de la lucha de la vida contra la
muerte, pero hay un peligro inverso. Y tenemos que
luchar contra la posibilidad de que no muramos.
Ante la más ligera vacilación en la lucha por la muerte
—una lucha por la división, por el sexo, por la alteridad
y, por tanto, por la muerte— los seres vivos
se vuelven de nuevo indivisibles, idénticos entre sí
e inmortales.

Al contrario de lo que pudiera parecer obvio y
“natural”, las primeras criaturas de la naturaleza
eran inmortales. Sólo por lograr la capacidad de morir,
a fuerza de una lucha constante, nos hemos convertido
en los seres vivos que somos hoy. Ciegamente
soñamos en vencer la muerte a través de la
inmortalidad, cuando la inmortalidad es siempre el
más terrible de los posibles destinos. Codificado en


la temprana vida de nuestras células, este destino
está ahora reapareciendo en nuestros horizontes,
por así decirlo, con la llegada de la clonación. (La
pulsión de muerte, según Freud, es precisamente la
nostalgia de un estado anterior a la aparición de la
individualidad y de la diferenciación sexual, un estado
en el que vivíamos antes de convertirnos en
mortales y de distinguirnos unos de otros. La muerte
absoluta no es el fin del ser humano individual;
más bien, es una regresión hacia un estado de diferenciación
mínima entre los seres vivos, de una
pura repetición de seres idénticos.)

La evolución de la biosfera es lo que conduce a
los seres inmortales a convertirse en mortales. Se
mueven, poco a poco, desde la absoluta continuidad
encontrada en la subdivisión de lo mismo —en las
bacterias— hasta la posibilidad del nacimiento y de
la muerte. A continuación, el óvulo es fertilizado por
un espermatozoide y las células sexuales especializadas
hacen su aparición. La entidad resultante ya
no es una copia de cada célula del par que lo ha engendrado;
más bien es una combinación nueva, singular.
Hay un cambio desde la pura y simple reproducción
a la procreación: las dos primeras morirán
por primera vez y la tercera nacerá por primera vez.
Alcanzamos la etapa de seres sexuados, diferenciados
y mortales. El orden arcaico de los virus —de los
seres inmortales— se perpetúa, pero en lo sucesivo
este mundo de cosas inmortales queda contenido
dentro del mundo de los mortales. En términos evo-


lutivos, la victoria es para los seres mortales y distintos
unos de otros: la victoria es para nosotros.

Pero el juego todavía no ha acabado y la reversión
siempre es posible. Se puede encontrar no sólo en
la revuelta vírica de nuestras células sino también
en la enorme tarea que nosotros, seres vivos, emprendemos:
un proyecto para reconstruir un universo
homogéneo y uniformemente coherente —un continuum
artificial esta vez— que se despliega dentro
de un medio tecnológico y mecánico, extendiéndose
sobre nuestra vasta red de información, donde nos
encontramos en proceso de construir un clon perfecto,
una copia idéntica de nuestro mundo, un artefacto
virtual que abre las perspectivas de una reproducción
incesante.

Nos encontramos en el proceso de reactivar esta
inmortalidad patológica, la inmortalidad de la célula
cancerígena, tanto a nivel individual como al nivel
de las especies como un todo. Es la venganza contra
los seres mortales y sexuales de las formas de vida
inmortales e indiferenciadas. Es lo que podríamos
llamar la solución final.

Después de la gran revolución en el proceso evolutivo
(la llegada del sexo y de la muerte) aparece
la gran involución: su objetivo es, a través de la clonación
y de muchas otras técnicas, liberarnos del
sexo y de la muerte. Donde una vez las criaturas vivas
se esforzaban, a lo largo de millones de años, por
liberarse de esta clase de incesto y de entropía primitiva,
ahora nosotros nos encontramos, a través de
los avances científicos mismos, en el proceso de re-


crear precisamente esas condiciones. Estamos trabajando
activamente en la “des–información” de nuestra
especie a través de la anulación de las diferencias.
Aquí debemos plantear la cuestión del destino del
proyecto científico. Hemos de considerar la posibilidad
de que el verdadero “progreso” de la ciencia
no sigue en realidad una línea recta, sino una curva:
una curva sinuosa o muy cerrada que se dirige hacia
una total involución. Y debemos preguntarnos si esta
solución final hacia la que trabajamos inconscientemente
no es el destino secreto de la naturaleza, así
como el de todos nuestros esfuerzos. Esto arroja una
luz muy clarificadora sobre lo que todavía hoy continuamos
considerando una evolución positiva, un
paso adelante.

* * *

La revolución sexual (la real, la única) es el advenimiento
de la sexualidad en la evolución de las cosas
vivas, de una dualidad que pone fin a la indivisión
perpetua y a las sucesivas iteraciones de lo
mismo. En esto la revolución sexual es también la
revolución de la muerte. Es la revolución de la muerte,
en tanto que opuesto a la infinita supervivencia
de lo mismo. El movimiento inverso que estamos
describiendo aquí es un movimiento involutivo de
las especies, un retroceso de la revolución del sexo
y de la muerte, un masivo movimiento revisionista
de la evolución de las cosas vivas.


Desde este punto de vista, la “liberación sexual”
es absolutamente ambivalente. Aunque la liberación
sexual parece en principio estar en armonía con la
revolución sexual de la cual es el momento final, positivo
y definitivo parece, después de un análisis ulterior,
tener repercusiones ambiguas. Al final, estas
repercusiones pueden ser del todo opuestas a los objetivos
de la revolución sexual misma.

La primera fase de liberación sexual implica la disociación
de la actividad sexual de la procreación a
través de la píldora y otros dispositivos anticonceptivos:
una transformación con enormes consecuencias.
La segunda fase, en la que empezamos a entrar
ahora, es la disociación de la reproducción con relación
al sexo. En primer lugar, el sexo fue liberado
de la reproducción; hoy es la reproducción la que está
liberada del sexo, a través de modos de reproducción
asexuales y tecnológicos como la inseminación artificial
o la clonación de todo el cuerpo. Es también
una liberación, aunque antitética de la primera. Hemos
sido sexualmente liberados, y ahora nos encontraremos
liberados del sexo; es decir, virtualmente
liberados de la función sexual. Entre los clones (y
muy pronto entre los seres humanos) el sexo, como
resultado de este medio automático de reproducción,
se convierte en una función superflua, inútil. Por
consiguiente, la liberación sexual, el así llamado logro
supremo de la evolución de las formas de vida
sexuadas marca, en sus consecuencias finales, el fin
de la revolución sexual. Es la misma ambigüedad la
que preocupa a la ciencia. Los beneficios calculados


tanto de la revolución sexual como de la revolución
científica están inextricablemente ligados a sus contraefectos
negativos.

¿Y la muerte? Entrelazada como está con el sexo,
debe sufrir finalmente el mismo destino. En efecto,
hay una liberación de la muerte que es paralela a
la liberación de sexo. Como ya hemos disociado la
reproducción del sexo, intentamos disociar la vida
de la muerte. Para proteger y fomentar la vida, y sólo
la vida, y para dar a la muerte una función obsoleta
de la que se puede prescindir, como en el caso de
la reproducción artificial, podemos prescindir del
sexo.

Por tanto, la muerte, como evento fatal o simbólico,
debe ser borrada. La muerte debe ser incluida
sólo como realidad virtual, como una opción o configuración
cambiable en el sistema operativo del ser
vivo. Es una reprogramación que avanza por las líneas
de la virtualización del sexo, el “cibersexo” que
nos espera en el futuro, como una suerte de “atracción”
ontológica. Todas estas funciones inútiles —el
sexo, el pensamiento, la muerte— serán rediseñadas,
rediseñadas como actividades recreativas. Y los seres
humanos, en adelante inútiles, podrán ser preservados
como una especie de “atracción” ontológica. Esto
podría ser otro aspecto de lo que Hegel ha llamado
“la vida en movimiento de lo que está muerto”. La
muerte, que una vez fue una función vital, se podría
convertir en un lujo, una diversión. En los modos futuros
de la civilización, donde la muerte habrá sido
eliminada, los clones del futuro podrán pagar muy


bien por el lujo de morir y de convertirse en mortales
de nuevo de forma simulada: la cibermuerte.

Una suerte de anticipación de la clonación se puede
encontrar en la misma naturaleza, en el fenómeno
de los gemelos y de la gemelaridad (gemellité.). Podemos
percibir una especie de clonación en la duplicación
alucinatoria de lo mismo, en la primitiva
simetría que hace que los dos gemelos sean como
las dos mitades de una única concha, de la misma
persona, y escapamos del fantasma sólo en forma de
ruptura, de ruptura de la simetría. Pero quizá nunca
hemos escapado a nuestro doble; y la clonación, por
tanto, puede estar reviviendo esta alucinación de lo
mismo, del gemelo del cual nunca hemos estado separados,
Al mismo tiempo, vemos en la clonación el
resurgimiento de nuestra fascinación por una forma
arcaica de incesto con el gemelo original y las graves
consecuencias psicóticas de esta fantasía primitiva
(la película de David Cronenberg Inseparables es una
dramática ilustración de ello).

La mayor parte del tiempo esta gemelaridad permanece
oscura y simbólica, pero cuando se materializa,
ilumina el misterio de la separación simbólica,
de la división invisible que se encuentra en el corazón
de cada uno de nosotros. (Es más, hay algunos
que sostienen haber descubierto su rastro biológico.)
De esta división interna, seguramente, viene lo sagrado,
o más bien el carácter maldito de la gemelaridad
en todas las culturas. En la nuestra, sin embargo,
también vemos la otra cara de ese lado maldito:
el resentimiento interminable y el remordi-


miento asociado con la individuación. En efecto, es
sólo a través de esta separación original, esta división
“ontológica” del gemelo, que el ser individual aparece
primero y, con él, la posibilidad de alteridad y
de una relación dual. Y por tanto estamos individuados,
y nos sentimos orgullosos de ello; pero en algún
lugar dentro de nosotros, en un inconsciente todavía
más profundo que el inconsciente psicológico, nunca
venceremos, nunca aceptaremos completamente
esta separación y esta individuación.

¿No hay un terror y una nostalgia por este doble
y, para ir un poco más lejos, por toda la multiplicidad
de semblables desde los cuales nos hemos dividido
en el curso de la evolución? Después de todo ¿no lamentamos
profundamente nuestra individuación?

En efecto, tenemos aquí un doble arrepentimiento.
No sólo nos arrepentimos de la emancipación del
individuo de la especie sino, más profundamente todavía,
nos arrepentimos de habernos convertido en
formas de vida sexuadas, de nuestra evolución del
mundo inorgánico al vivo. Así es como es. Cualquier
liberación, emancipación o individuación dada también
se experimenta como anomia y como traición,
de hecho como fuente de una neurosis interminable,
una neurosis que se hace cada vez más grave a medida
que nos desplazamos más lejos del nostálgico
punto de origen. La libertad es difícil de asumir. La
vida misma, finalmente, puede ser difícil de asumir,
como una ruptura de la cadena inorgánica de materia.
En cierta forma es la venganza de las especies,


la venganza de las formas inmortales de vida que
creíamos haber vencido.

En la clonación (esta fantasía colectiva de un regreso
a una existencia no individualizada y un
destino de vida no diferenciada, esta tentación de regresar
a una inmortalidad indiferente) vemos la verdadera
forma de arrepentimiento de lo vivo hacia lo
no vivo. Este arrepentimiento surge de las profundidades
del pasado; suspiramos por un estado que
ya se ha ido pero que será posible de nuevo por virtud
de nuestras tecnologías, convirtiéndose finalmente
en un objeto de nuestra fascinación, nuestra nostalgia
y nuestro deseo.

Esto puede ser también la historia de un proyecto
deliberado para poner fin al juego genético de la diferencia,
para detener las divagaciones de los seres
vivos, ¿No estamos en realidad enfermos de sexo, de
diferencia, de emancipación, de cultura? El mundo
de los individuos y de las relaciones sociales mismas
ofrece sorprendentes ejemplos de este agotamiento
—o resistencia— o vinculación nostálgica a un estado
anterior del ser. En cualquier caso, estamos tratando,
con una especie de revisionismo, una revisión crucial
de todo el proceso de evolución y especialmente del
de la raza humana: una especie incapaz de hacer
frente a su propia diversidad, su propia complejidad,
su propia diferencia radical, su propia alteridad.

Pero quizá podamos ver esto como una especie
de aventura, una prueba heroica: llevar la artificialización
de los seres vivos lo más lejos posible para
ver, finalmente, qué parte de la naturaleza humana


sobrevive a la gran y terrible experiencia. Si descubrimos
que no todo puede ser clonado, simulado, programado,
gestionado genética y neurológicamente,
entonces sea lo que sea lo que sobreviva podría de
verdad llamarse “humano”: se podría identificar por
fin alguna cualidad humana inalienable e indestructible.
Por supuesto, esta aventura siempre conllevará
el riesgo de que nada pase la prueba y que lo humano
será permanentemente erradicado.

Tal era la lección de Biosfera 2, la síntesis artificial
de todos los sistemas planetarios, la copia ideal de
la raza humana y de su entorno. Biosfera 2 revela
a pequeña escala el hecho, de que la raza humana
y todo el planeta se están convirtiendo ya en su propia
realidad virtual, que bajo su vasta bóveda geodésica
de información, el planeta ya se ha embarcado
en una vía experimental sin retorno. Desde este momento
es posible preguntarse si todavía estamos tratando
con seres humanos. ¿Es todavía esta especie
que logra sintetizar su propia inmortalidad, y que
busca transformarse en pura información, una especie
humana?

La humanidad no discrimina; de buen grado se
convierte en su propio conejillo de indias bajo los mismos
términos que el resto del mundo, animado e inanimado.
La humanidad se juega alegremente su propio
futuro como especie de la misma forma que se
juega el futuro de todas las demás criaturas. En su
búsqueda ciega para alcanzar un mayor conocimiento,
la humanidad programa su propia destrucción con
la misma ferocidad casual con la que se aplica en la


destrucción de todo lo demás. La humanidad se sacrifica
como especie a un destino experimental desconocido:
desconocido antes de esto, en cualquier
caso, para otras especies, que nunca han conocido
ningún destino salvo el natural. Y, mientras este destino
natural podría parecer relacionado con algo como
el instinto de autoconservación, el nuevo destino experimental,
al cual la raza humana se dedica, arrasa
con todo instinto de autoconservación. La desaparición
de este concepto de los campos de investigación
indica que, detrás de la obsesión ecológica por la protección
y conservación (que tiene mucho más que ver
con la nostalgia y el remordimiento), una inclinación
totalmente diferente ha asumido el control: la propensión
a sacrificar todas las especies a una experimentación
sin límites.

Y de ahí un doble y contradictorio movimiento:
sólo la humanidad, entre todos los seres vivos, intenta
construirse un alter ego inmortal y al mismo
tiempo una perfecta selección natural a través de la
selección artificial, un acto que confiere al ser humano
un absoluto privilegio. Incluso al mismo tiempo
y precisamente por esta acción, la humanidad
pone fin a la selección natural, un proceso que implica,
según las leyes de la evolución, la muerte de
cualquier especie, incluyendo la propia. Al poner fin
a la selección natural, la humanidad contraviene la
ley simbólica, y al hacerlo se arriesga efectivamente
a su propia desaparición. Esta vez, no por la ley natural
sino por su desvío. En su plan arrogante de llevar
la evolución a su final, los seres humanos ponen


en movimiento la involución de su propia especie,
que está en proceso de perder su especificidad, su
verdadera inmunidad. Porque la tasa de mortalidad
de las especies artificiales es más rápida incluso que
la de las especies naturales. Al tomar este curso artificial,
nuestra especie puede encaminarse más rápidamente
hacia su propia decadencia.

Todo esto procede de un hecho extraño: en apariencia,
la raza humana no se soporta, no puede soportar
reconciliarse consigo misma. Paralelamente a
la violencia que descarga sobre otros seres vivos, hay
una violencia peculiar a la humanidad, descargada
por ella misma sobre sí misma. Es como si, a través
de esta violencia autoinfligida, la humanidad quisiera
estar preparada desde ahora en adelante para
ser la superviviente de alguna gran catástrofe inminente.
Como si, al tiempo que orgullosa y convencida
de su superioridad, la humanidad no admitiese sin
embargo el proceso evolutivo que la ha elevado a su
privilegiada posición y la ha empujado, de alguna
forma, más allá de sus límites naturales como especie.


La misma configuración aparece en la descripción
de Canetti de nuestra salida de la historia. En la experimentación
encontramos un movimiento similar,
pero esta vez es un viaje fuera de lo humano per se,
un viaje más fatal aún, un movimiento hacia un punto
más allá del cual no podemos reconocer nada humano
ni inhumano. Similar al punto, en Canetti, más
allá del cual las palabras “verdad” y “mentira” dejan
de tener significado. Es más, para llevar más lejos


el análisis de Canetti, las apuestas ya no son sólo que
la “historia” se está deslizando en lo “poshistórico”,
sino que la raza humana se está deslizando al vacío.

¿Hemos llegado, mediante un desvío inesperado,
al mismo punto en el que las especies animales,
cuando alcanzan un punto crítico de saturación, acometen
automáticamente una especie de suicidio colectivo?


La inhumanidad de esta tarea es legible en la abolición
de todo lo que es “humano, demasiado humano”
en nosotros: nuestros deseos, nuestros defectos,
nuestras neurosis, nuestros sueños, nuestras desventajas,
nuestros virus, nuestras locuras, nuestro
inconsciente e incluso nuestra sexualidad. Se están
preparando recetas para todas las cualidades específicas
que nos hacen ser seres vivos únicos. El espectro
que ronda a la manipulación genética es el
ideal genético, un modelo perfecto obtenido por la
eliminación de todos los rasgos negativos. En el prototipo
experimental Biosfera 2, por ejemplo, no
encontramos virus, ni gérmenes, ni escorpiones... ni
reproducción sexual. Todo en Biosfera 2 ha sido purificado,
inmunizado —inmortalizado— mediante la
transparencia, la desencarnación y la desinfección
profiláctica.

La vida se convierte en pura supervivencia cuando
se reduce al mínimo común denominador, al genoma,
a la herencia genética, donde se encuentra el
movimiento perpetuo de los códigos del ADN que conducen
a la vida, y donde las marcas distintivas del
ser humano desaparecen ante la eternidad metoní-


mica de las células. Lo peor de todo esto es que, sin
duda alguna, los seres vivos engendrados por sus
propias fórmulas genéticas no sobrevivirán a este
proceso de reducción. Lo que vive y sobrevive por
los códigos morirá por ellos.

Los límites de lo humano y de lo inhumano están
en proceso de ser erosionados, pero lo humano no
va a dar paso a lo sobrehumano, como Nietzsche había
soñado, con su transvaloración de los valores. Por
el contrario, da paso a lo subhumano, a algo que no
supera a lo humano, sino que está por debajo de lo
humano, a una tachadura de esas marcas simbólicas
que conforman las especies. Un hecho que demuestra
que Nietzsche estaba en lo cierto después de todo
cuando dijo que la raza humana, abandonada a sus
propios constructos, es capaz sólo de redoblar sus esfuerzos,
de re–doblarse a sí misma... o de destruirse
a sí misma.

 

 

El humanismo tradicional, es decir, el de la Ilustración,
estaba basado en las cualidades del hombre, en
sus dones y virtudes naturales: en su esencia, que
iba a la par con su derecho de libertad y con el ejercicio
de esa libertad. El humanismo contemporáneo,
en su versión ampliada, está afiliado cada vez más
a la conservación del individuo y de la humanidad
como una entidad genéticamente definida. Cuando
se consideran los Derechos del Hombre, ya no encontramos
un ser moral o soberano, sino por el con-


trario las prerrogativas de una especie amenazada.
Entonces estos derechos se tornan problemáticos,
porque plantean la cuestión de los derechos de otras
especies, de los niños, de la naturaleza misma... en
contraste con los que la naturaleza humana tiene que
definirse a sí misma.

Pero ¿hay todavía una definición genética de lo
humano? Y si existe, ¿tiene derecho la especie a su
propio genoma y a su propia eventual transformación
genética? Compartimos el 98% de nuestros genes
con los monos y el 90% con los ratones. Basándose
en esta herencia común, ¿qué derechos podrán
revertir a los monos y a los ratones? Es más, parece
que un 90% de los genes que conforman nuestro genoma
no tienen ninguna función. ¿Qué derecho tienen
esos genes a existir? Ésta es una cuestión crítica:
si los describimos como inútiles, nos arrogamos el
derecho para destruirlos.

Lo mismo se aplica a cualquier aspecto de la propia
humanidad: una vez que el ser humano ya no
se define en términos de trascendencia y libertad,
sino en términos de funciones y de equilibrio biológico,
la definición del propio ser humano comienza
a desaparecer, junto con la del humanismo. El humanismo
occidental ya fue desafiado por la irrupción
de otras culturas en el siglo XVI. Ahora no sólo es contra
una cultura particular sino contra todas las especies:
la desregulación antropológica, junto con la
desregulación de todos los códigos morales, jurídicos
y simbólicos que configuraron el humanismo. ¿Se
puede hablar de alma, de conciencia, o incluso de


forma inconsciente desde el punto de vista de los autómatas,
las quimeras y los clones que reemplazarán
a la raza humana? El capital de las especies y de los
individuos peligra por la erosión de los límites del
ser humano, por el deslizamiento no sólo en lo inhumano
sino en algo que no es ni humano ni inhumano:
concretamente la simulación genética de la
vida.

La interacción entre lo humano y lo inhumano (y
su equilibrio) ha sido trastocada. Ciertamente la
eventual desaparición del ser humano es muy grave,
pero la pérdida de lo inhumano no es menos grave.
La especificidad de lo inhumano (y de lo que hay dentro
del ser humano, es decir, de lo inhumano) está
siendo amenazada por la hegemonía de lo humano,
según su definición, de carácter completamente moderno,
completamente racional y completamente occidental.
El impulso de anexar naturaleza, animales
y otras razas y culturas (para ponerlos a todos ellos
bajo su jurisdicción) se encuentra en efecto en todas
partes. Todo está asignado a un lugar dentro de una
antropología evolucionista y hegemónica, un verdadero
triunfo de pensamiento uniforme, del pensamiento
único (une pensée unique) del ser humano
tal como se define en Occidente, bajo el signo de lo
universal y de la democracia. Los Derechos del Hombre
son hoy un vector de este pensamiento antrópico
y antropocrático, detrás del cual proliferan lo humano
y lo inhumano (en contradicción aparente pero
en verdadera complicidad entre ellos). Y así, ahora
estamos experimentando tanto la “mejora” de los de-


rechos humanos como el recrudecimiento de su violación.


Las culturas no occidentales no discriminan entre
lo humano y lo inhumano. Nosotros hemos inventado
la distinción y nosotros estamos en proceso de eliminarla.
No cruzando la línea y reconciliando a ambos;
por el contrario, la eliminación opera en ausencia,
a través de la indiferenciación tecnológica.

De nuevo, la solución final, el vértigo de una solución
final.

Se podría argumentar que sea cual sea el destino
genético del clon, nunca será exactamente el mismo
que el del original. (Claro, por supuesto que no, ya
que el clon habrá tenido un original, lo que no se
puede decir del mismo original.) Pero el principal argumento
es que no hay nada que temer de la clonación
biogenéticamente fraguada, porque suceda lo
que suceda la cultura continuará diferenciándonos.
La salvación radica en nuestros logros: sólo la cultura
nos preservará del infierno de lo Mismo.

En realidad, también lo contrario es cierto. Es la
cultura la que nos clona y la clonación mental anticipa
cualquier clonación biológica. Es la matriz de
los rasgos adquiridos que, en nuestros días, nos clona
bajo el signo del pensamiento único (y son todas estas
diferencias innatas las que están anuladas, inexorablemente,
por las ideas, por formas de vida, por
el contexto cultural). A través de los sistemas educativos,
los medios de comunicación, la cultura y la
información de masas, los seres singulares pasan a
ser copias idénticas de los otros. Es esta clase de clo-


nación (clonación social, la reproducción, industrial
de cosas y personas) lo que hace posible la concepción
biológica del genoma y de la clonación genética,
que sólo sanciona la clonación de la conducta humana
y de la cognición humana.

Todo esto modifica radicalmente las cuestiones
éticas que rodean los límites preceptivos sobre la clonación
y los derechos de las personas al enfrentarse
a la experimentación científica y tecnológica; en pocas
palabras, todo lo que en la actualidad se discute
en los consejos de ética y en los comités de pensamiento
colectivo moral. No obstante, más allá de sus
propósitos políticos, ideológicos y comerciales, las especulaciones
de los comités son inútiles, ya que es
la propia cultura de la diferencia, nuestro propio
ethos humanista, la que opera más eficazmente hacia
la indiferenciación, la fotocopia humana y el pensamiento
único. Sin embargo, este nuevo régimen al
menos tiene un aspecto positivo en la medida en que
nos ofrece la oportunidad de cuestionarnos los elementos
básicos de la moralidad milenaria.

Este tema de los clones, en realidad, puede cuestionar
muchas cosas y ahí radica la ironía de la situación.
El clon, después de todo, también podría
aparecer como una parodia grotesca del original. No
es difícil imaginar toda la gama de problemas potenciales
y de nuevos conflictos que surgen de la clonación
que podrían trastocar nuestra psicología edípica.
Considérese, por ejemplo, un clon del futuro
derrocando a su padre, no para acostarse con su madre
(lo que sería imposible, por otra parte, ya que


no tiene nada salvo una matriz de células y, además,
el “padre” podría muy bien ser una mujer) sino para
asegurar su estatus como el Original. O imagínese,
por ejemplo, a este original privado de sus derechos
actuando en venganza de su clon... toda suerte de
conflictos que nunca más se centrarán en el niño y
en sus padres, sino en el original y su doble. Es posible
imaginar funciones totalmente nuevas para los
clones, de forma bastante diferente a las asignadas
en la actualidad, que giran todas en torno a la perpetuación
de la vida. Por ejemplo, podrían funcionar
como instrumentos para la satisfacción del instinto
de muerte (como receptores de un deseo de muerte).
Mate a su clon, destrúyase sin el riesgo de morir realmente:
el suicidio vicario.

Pero nuestros moralistas y biólogos todavía no llegan
a este punto; todavía no han descubierto el funcionamiento
de la pulsión de muerte como la parte
fundamental del individuo y de la raza humana. Porque
así como hay una pulsión de inmortalidad, para
la cual tienen respuestas técnicas como la clonación,
también hay una pulsión de muerte. Como hemos
visto, estas pulsiones entran en juego simultáneamente
y es posible que una no sea nada más que una
variante de la otra, nada más que su rodeo.

Lo positivo de esta empresa fatal es que nos revela
algo que ya conocen las filosofías radicales: no hay
moralidad que oponer a este deseo inmoral, a este
deseo tecnológico de inmortalidad. No hay ninguna
ley de la naturaleza ni ninguna ley moral que pudiera
ser su manifestación. La noción de una ley así surge


de una visión idealizada del mundo, visión que la
misma ciencia, podría añadir, perpetúa. No hay derechos
humanos del individuo, o de las especies, desde
el punto de vista de una definición ideal. Por tanto
no hay inhabilitación que pudiera basarse en una división
entre el bien y el mal.

Sin embargo, hay una división diferente. Las posiciones
no son morales sino simbólicas. Hay reglas
en el juego de vivir, cuyas formas son secretas, cuya
finalidad es inescrutable. La vida “no significa”
nada, ni siquiera la vida humana; si es preciosa, no
es un valor sino una forma, una forma que excede
todo valor individual y colectivo. Hoy, la vida se conserva
en la medida que tiene valor, es decir, en la
medida que comparte valor. Pero si la vida es preciosa,
lo es porque no tiene valor de intercambio, porque
intercambiarla por algún valor definitivo es
imposible. El mundo no puede comerciarse como si
fuera moneda por otro mundo, sobre todo por un
mundo virtual. El ser humano no puede intercambiarse
como si fuera moneda por ninguna especie artificial
determinada, como clones, ni siquiera si los
clones lo hicieran mejor, si fueran un “valor mejor”.
Una forma (y la vida es una forma) sólo se puede intercambiar
por otra forma, nunca por un equivalente.
Hay un cambio de una forma a otra, pero no hay manera
de intercambiar una forma por un equivalente
general.

A este respecto, las formas (las especies, o la vida
misma) no obedecen a ninguna ley moral sino que
son vectores de una ilusión vital. Por tanto no tiene


sentido oponerse a la inmortalidad de lo Mismo, o
repetición, del clon, del virus, con una moralidad de
valores y diferencias; es necesario oponer la inmortalidad
con la inmoralidad superior de las formas.
Y de pensamiento, por supuesto, porque el pensamiento
es otra cosa que no se puede intercambiar,
ya sea por una verdad objetiva (como en la ciencia)
o por un doble artificial, como la inteligencia artificial.
El pensamiento es singular y en su singularidad
el pensamiento puede ser capaz de protegernos.

Por consiguiente, hay un doble movimiento: en
primer lugar el reino de los inmortales, luego los seres
mortales y sexuados que superan a los inmortales.
Sin embargo, en la actualidad, los inmortales se
están vengando silenciosamente a través de los procesos
de clonación, a través de la duplicación interminable,
a través de la destrucción del sexo y de la
muerte.

Pero el juego todavía no ha terminado. Podemos
esperar una implacable resistencia de las criaturas
mortales que somos, una resistencia que surge de las
profundidades de la especie, de su exigencia vital,
de su rechazo a cualquier solución final. Este rechazo
no es un asunto de derechos humanos: es un asunto
de vida o muerte.


II

EL MILENIO
O EL SUSPENSE DEL AÑO 2000

 

 

¿Cómo podemos superar nuestras sombras cuando
ya no nos queda ninguna? ¿Cómo podemos superar
el viejo siglo (por no hablar del milenio) si no nos
decidimos a ponerle fin, comprometidos como estamos
en la tarea indefinida de lamentarnos por todos
los incidentes, ideologías y violencia que lo han marcado?
Estas conmemoraciones y abjuraciones, más
o menos hipócritas, dan la impresión de que estamos
intentando recuperar los acontecimientos del siglo
a través del filtro de la memoria, no para encontrar
un significado (que claramente han perdido en algún
lugar del camino) sino para encalarlos y blanquearlos.
La limpieza es la primera actividad de este fin
de siglo: la limpieza de una historia sucia, de una
moneda sucia, de una conciencia corrupta, de un
planeta contaminado... la limpieza de la mejora indisolublemente
unida a la limpieza (higiénica) del
entorno o de la limpieza (racial y étnica) de las poblaciones.
Estamos dándole la espalda a la historia
“en progreso”, sin haber resuelto ninguno de los problemas
planteados, y nos estamos hundiendo en una
historia regresiva, con la nostálgica esperanza de hacer
de ella algo políticamente correcto. Y con esta
obsesión retrospectiva y necrospectiva, estamos perdiendo
las oportunidades de que los acontecimientos


fóricamente hablando, nunca pasaremos al futuro.
lleguen a su fin. Por este motivo he adelantado la
idea de que el año 2000 no iba a tener lugar: sencillamente
porque la historia de este siglo ya había
llegado a su fin, porque la estamos rehaciendo de forma
interminable y porque, por consiguiente, meta-

Nuestro milenarismo —porque hemos llegado,
igualmente, a una fecha límite milenaria— es un milenarismo
sin mañana. Mientras que la llegada del
año 1000, aunque se percibía como una amenaza, fue
un preludio a la parusía y a la llegada del Reino de
Dios, y por tanto el preludio de una promesa infinita,
nuestra propia fecha límite sigue siendo una fecha
cerrada e involucionada. Todo lo que hemos dejado
a la fecha límite milenarista es la cuenta hacia atrás.
Un símbolo perfecto para el siglo (que no pudo hacer
nada más que contar los segundos que lo separaban
de su final) es el reloj digital del Beaubourg Center
de París, que mostraba la cuenta atrás en millones
de segundos. Ilustra el cambio de nuestra moderna
relación con el tiempo. El tiempo ya no se cuenta
progresivamente, por adición, comenzando desde un
origen, sino por sustracción, comenzando por el fin.
Esto es lo que sucede en los lanzamientos de cohetes
y en las bombas de relojería. Y ese fin ya no es el
punto final simbólico de una historia sino la marca
de una suma cero, de un agotamiento potencial. El
tiempo se contempla desde la perspectiva de la entropía
(el agotamiento de todas las posibilidades), la
perspectiva de una cuenta atrás... hacia el infinito.
Ya no poseemos una visión previsora, histórica o providencial,
que era la visión de un mundo de progreso


sideradas únicamente desde la perspectiva biológica
de la explotación del genoma. Cuando se cuentan los
segundos que te separan del fin, significa que todo
ha llegado ya a su final, es más, que ya hemos llegado
más allá del final.
o producción. La ilusión final de la historia, la utopía
final del tiempo ya no existe, ya que está registrada
allí como algo potencialmente explicado, calculado
en hora digital, justo cuando las finalidades del ser
humano dejan de existir en el punto donde comienzan
a ser registradas en un capital genético y son con-

Por cierto: algo ha sucedido a ese reloj digital. Se
ha retirado de la parte frontal del Beaubourg, ha sido
relegado a un almacén en el Parc de la Villette sin
que nadie sepa qué ha sido de él. Durante mucho
tiempo estuvo allí marcando el tiempo en la oscuridad:
un símbolo muy intenso del destino del Tiempo
al final del siglo XX. Después fue desplazado de
nuevo a la Plaza de la Bastilla (la historia del inventor
y de EDF*: el tiempo ha dejado de funcionar). Es un
emblema verdaderamente clarificador del fracaso
del efecto Y2K**. Incluso su presencia fue eliminada
anticipadamente. Parece que no se encuentra el lugar
adecuado para el fin.

¿Quizá era por miedo a esta fecha límite? ¿O tal
vez una creciente ansiedad acerca de esta fecha límite?
¿O significa, como afirmamos, que este fin ya


* EDF: Electricité de France.

** Y2K: acrónimo en lengua inglesa. La Y significa Year, el
número 2 significa 2 y la K significa 1000 en el sistema métrico.
El acrónimo alude el temido «efecto 2000».


ha ocurrido, secreta y furtivamente, quizá al comienzo
de la cuenta atrás, y que ahora lo hemos dejado
atrás? Por tanto, su registro habría sido inútil. Lo
mismo se aplica al Apocalipsis. El verdadero acontecimiento
del Apocalipsis está detrás nuestro, está
entre nosotros, y nos enfrentamos ahora a la realidad
virtual del Apocalipsis, a su comedia póstuma. Quizá
ocurriera lo mismo en el cambio del primer milenio,
con el Apocalipsis del Y1K*. “Los autores del Apocalipsis
se enviaron misiva tras misiva, en lugar de
cuestionarse al Anticristo.” Por tanto, incluso ellos
ya estaban tratando con la realidad virtual del Apocalipsis.


En la cuenta atrás, el tiempo que queda ya ha pasado
y la máxima utopía de la vida da paso a la mínima
utopía de la supervivencia. Estamos experimentando
el tiempo y la historia como una especie
de coma profundo. Ésta es la histéresis del milenio,
que se expresa como una crisis interminable. Ya no
tenemos ningún futuro ante nosotros, sino una dimensión
anoréxica (la imposibilidad de que algo acabe
y, al mismo tiempo, la imposibilidad de ver más
allá del presente). La predicción, la memoria del futuro,
se reduce en proporción exacta con la memoria
del pasado. Cuando hay una transparencia general,
cuando todo se puede ver, nada más puede preverse.

 

 

* Año 1000.


¿Qué hay más allá del fin? Más allá del fin se extiende
la realidad virtual, el horizonte de una realidad
programada en la cual todas las demás funciones
(memoria, emociones, sexualidad, inteligencia)
se vuelven progresivamente inútiles. Más allá del fin,
en la era de la transpolítica, lo transexual, la transestética,
todas nuestras máquinas deseantes se convierten
en pequeñas máquinas de espectáculo, y luego
en máquinas solitarias, antes de arrastrarse hacia
la cuenta atrás de la especie. La cuenta atrás es el
código de la desaparición automática del mundo y
de todas nuestras pequeñas máquinas benéficas, por
medio de las cuales anticipamos que su desaparición
(los teletones, los sidatones y todas las clases de tanatones)
son únicamente acontecimientos de ventas
promocionales de la miseria de este fin de siglo.

Sin embargo, y esto es todavía más paradójico,
¿qué tenemos que hacer cuando realmente nada llega
a su fin, es decir, cuando nada ocurre realmente,
ya que todo está calculado, auditado y realizado por
adelantado (el simulacro precede a lo real, la información
precede al acontecimiento, etc.)? Nuestro
problema ya no es: ¿qué vamos a hacer con respecto
a los acontecimientos reales, a la violencia real? Por
el contrario, ahora es: ¿qué vamos a hacer con respecto
a los acontecimientos que no tienen lugar? No:
¿qué vamos a hacer después de la orgía? Sino: ¿qué
vamos a hacer cuando la orgía ya no ocurra... la orgía
de la historia, la orgía de la revolución y la liberación,
la orgía de la modernidad? Poco a poco, a medida
que las agujas del reloj se van desplazando (aunque,


tristemente, los relojes digitales ya no tienen agujas),
nos decimos, teniendo todo esto en cuenta (teniendo
todo esto en cuenta atrás), que la modernidad jamás
ha sucedido. En realidad nunca ha habido una modernidad,
ni un progreso real, ni ninguna liberación
asegurada. La tensión lineal de modernidad y progreso
se ha roto, el hilo de la historia se ha enredado:
el último gran “acontecimiento” histórico, la caída
del muro de Berlín, significó algo más próximo a un
enorme arrepentimiento por parte de la historia. En
lugar de buscar nuevas perspectivas, la historia parece
escindirse en fragmentos dispersos, mientras
que se reactivan fases de los eventos y conflictos que
creíamos cerrados hace tiempo.

Todo lo que creímos acabado y terminado, lo que
había quedado atrás por la marcha inexorable del
progreso universal, no está muerto del todo; parece
estar volviendo para luchar en el corazón de nuestros
sistemas ultrasofísticados y ultravulnerables. Es un
poco como la última escena de Parque Jurásico, en
la que los dinosaurios modernos (artificialmente clonados)
irrumpen en el museo y causan graves daños
a sus ancestros fosilizados conservados allí, antes de
ser destruidos a su vez. Hoy estamos capturados,
como especie, en un punto muerto, atrapados entre
nuestros fósiles y nuestros clones.

La cuenta atrás se extiende pues en ambas direcciones:
no sólo pone fin al tiempo en el futuro sino
que se agota a sí mismo en el obsesivo resurgimiento
de los acontecimientos del pasado. Una recapitulación
inversa, lo opuesto de una memoria viva, es la


el tiempo y los recuerdos al espacio se amplía, prefigurando
la gran migración del vacío a la periferia.
memorización fanática, la fascinación por conmemoraciones,
rehabilitaciones, museificaciones culturales,
la lista de los lugares de la memoria, la ponderación
de la herencia. En realidad esta obsesión por
revivir y reavivar todo, esta neurosis obsesiva, este
forzamiento de la memoria es equivalente a la desaparición
de la memoria, a la desaparición de la memoria
actual, a la desaparición del acontecimiento en
el espacio de la información. Esto significa la conversión
del mismo pasado en un clon, en un doble
artificial y su congelación en una exactitud fingida
que en realidad nunca le hará justicia. Pero es debido
a que no tenemos nada, ahora, excepto objetos en
los que no creemos, no tenemos nada más que esperanzas
fosilizadas, por lo que nos vemos obligados
a tomar ese camino: para elevar todo al estado de
una pieza de museo, a un elemento de herencia. De
nuevo, el tiempo se invierte: en lugar de que las cosas
pasen primero a través de la historia antes de convertirse
en parte de la herencia, ahora pasan directamente
a la herencia. En lugar de existir primero,
las obras de arte van directamente al museo. En lugar
de nacer y morir, los seres humanos “nacen” ya
como fósiles virtuales. Neurosis colectiva. Como resultado
de ello, la capa de ozono que protegía la memoria
se deshilacha; el agujero por el cual se escapan

* * *


¡Cerramos, cerramos! Es la rebaja del fin de siglo.
¡Hay que acabar con todo! La modernidad ha acabado
(sin haber ocurrido nunca), la orgía ha acabado,
la fiesta ha acabado: empiezan las rebajas. Las grandes
rebajas de fin de siglo. Pero éstas ya no tienen
lugar después de las estaciones festivas; ahora las
rebajas empiezan antes, duran todo el año, incluso
las fiestas mismas también están en rebajas todo el
año... Las existencias deben agotarse, el capitaltiempo
debe agotarse, el capital–vida debe agotarse.
En todas partes observamos la cuenta atrás; lo que
estamos viviendo a través de este simbólico fin del
antiguo milenio es una especie de prescripción fatal,
ya sea de los recursos del planeta o del sida, que se
ha convertido en el síntoma colectivo del término
obligatorio de muerte. Es todo esto lo que pende sobre
nosotros a la sombra del año 2000, junto con el
delicioso, aunque aterrorizante, placer del intervalo
que todavía nos queda. Sin embargo, ¿es que tal vez
el año 2000 todavía no ha ocurrido? Quizá, con la ocasión
del año 2000, ¿nos concederán una amnistía general?


El concepto de cuenta atrás evoca de nuevo el
cuento “Los nueve billones de nombres de Dios”, de
Arthur C. Clarke. Una comunidad de monjes tibetanos
se ha dedicado desde tiempo inmemorial a listar
y copiar los nombres de Dios, de los que hay
nueve mil millones. Cuando finalicen, el mundo acabará.
Así dice la profecía. Pero los monjes están cansados
y, para apresurar el trabajo, llaman a los expertos
de IBM, que llegan con sus ordenadores y


acaban el trabajo en un mes. Es como si la operación
de la dimensión virtual fuera a llevar a la historia
del mundo al final en un instante. Desafortunadamente,
esto significa también la desaparición del
mundo en tiempo real, porque la profecía del fin del
mundo asociada con esta cuenta atrás de los nombres
de Dios se cumple. Concluido el trabajo y mientras
vuelven al valle, los técnicos, que no creían en
la profecía, ven desaparecer las estrellas del firmamento,
una por una.

Esta parábola describe muy bien nuestra situación
moderna: hemos llamado a los técnicos de IBM
y han ejecutado el código de la desaparición automática
del mundo. Como resultado de la intervención
de todas las tecnologías digitales, informáticas
y de realidad virtual, ya estamos más allá de la realidad;
las cosas han traspasado sus propios límites.
No pueden, por consiguiente, llegar a ningún fin y
se hunden en lo interminable (historia interminable,
política interminable, crisis interminable).

Y, en efecto, perseveramos, con el pretexto de una
tecnología cada vez más sofisticada, en la deconstrucción
infinita de un mundo y una historia incapaces
de trascender y completarse a sí mismos. Todo
es libre para continuar de forma infinita. Ya no disponemos
de los medios para acabar los procesos. Se
desarrollan sin nosotros, más allá de la realidad, por
decirlo de algún modo, en una especulación infinita,
en una aceleración exponencial. Pero, como resultado
de ello, lo hacen en una indiferencia que también
es exponencial. Lo que es infinito también carece de


deseo, de tensión, de pasión; está privado de acontecimientos.
Una historia anoréxica, que ya no está
impulsada por verdaderos incidentes y se agota en
la cuenta atrás. Exactamente lo opuesto al final de
la historia, es decir: la imposibilidad de acabar con
la historia. Si la historia ya no puede llegar a su fin,
entonces, hablando con propiedad, ya no hay historia.
Hemos perdido la historia y también, como resultado,
hemos perdido el fin de la historia. Hemos
trabajado bajo la ilusión del fin, bajo la ilusión póstuma
del final. Y esto es grave, porque el fin significa
que algo ya ha tenido lugar. Mientras que, en el apogeo
de la realidad (y con la información en su punto
máximo) nosotros ya no sabemos si algo ha tenido
lugar o no.

Quizá el fin de la historia, si en realidad podemos
concebir algo así, ¿es algo irónico? Quizá sea únicamente
un efecto de la treta de la historia, que consiste
en que nos ha ocultado el fin, en que ha finalizado
sin que nos diéramos cuenta. Por tanto, es
únicamente el fin de la historia el que está siendo
impulsado, mientras creemos que seguimos haciéndolo
nosotros. Todavía seguimos esperando su fin,
mientras que el fin, en realidad, ya ha tenido lugar.
La treta de la historia consistió en hacernos creer en
su fin, cuando de hecho ya ha comenzado la cuenta
atrás en la dirección opuesta.

Ya hablemos del fin de la historia, del fin de lo
político o del fin de lo social, de lo que estamos realmente
tratando es del fin de la escena de lo político,
el fin de la escena de lo social, el fin de la escena


su vez.
de la historia. En otras palabras, en todas estas esferas,
estamos hablando de la llegada de una era específica
de obscenidad. La obscenidad puede estar
caracterizada como la proliferación infinita, desenfrenada
de lo social, de lo político, de la información,
de lo económico, de lo estético, sin mencionar lo sexual.
La obesidad es otra de las figuras de la obscenidad.
Como proliferación, como la saturación de
un espacio ilimitado, la obesidad puede significar
una metáfora general para nuestro sistema de información,
comunicación, producción y memoria. La
obesidad y la obscenidad forman la figura contrapuesta
para todos nuestros sistemas, que han sido
apresados por una especie de distensión libresca. Todas
nuestras estructuras acaban hinchándose como
estrellas gigantes rojas que absorben todo en su expansión.
Por tanto, la esfera social, cuando se amplía,
absorbe totalmente la esfera política. Pero la esfera
política en sí misma es obesa y obscena, y al mismo
tiempo se está volviendo cada vez más transparente.
Cuanto más se hincha, más virtualmente deja de
existir. Cuando todo es político, es el fin de la política
como destino; es el comienzo de la política como cultura
y la inmediata pobreza de esa política cultural.
Y ocurre lo mismo con las esferas económica y sexual.
Cuando se dilata, cada estructura se infiltra y
se subsume con las otras, antes de ser absorbida a

Éstos son los fenómenos extremos: los que
ocurren más allá del fin (extremo = ex terminis). Indican
que hemos pasado del crecimiento (croissance)


al crecimiento excesivo (excroissance), desde el movimiento
y cambio al estasis, éxtasis, y a la metástasis.
Refrendan el fin, marcándolo por exceso,
hipertrofia, proliferación y reacción en cadena; alcanzan
la masa crítica, excedida la fecha límite crítica,
a través de la potencialidad y exponencialidad.

Éxtasis de lo social: las masas. Más social que lo
social.

Éxtasis del cuerpo: obesidad. Más grasa que la
grasa.

Éxtasis de información: simulación. Más verdad
que la verdad.

Éxtasis de tiempo: tiempo real, instantaneidad.
Más presente que el presente.

Éxtasis de lo real: lo hiperreal. Más real que lo
real.

Éxtasis del sexo: pornografía. Más sexual que el
sexo.

Éxtasis de la violencia: terror. Más violento que
la violencia...

Todo esto describe, por una especie de potenciación,
una elevación a la segunda potencia, un empuje
hacia el límite, un estado de realización incondicional,
una positividad total (cada signo negativo elevado
a la segunda potencia produce otro positivo),
desde el cual toda utopía, toda muerte y toda negatividad
ha sido eliminada. Un estado de “ex–terminación”,
limpieza de lo negativo, como corolario de
todas las demás formas de purificación y discrimi-


nación. Por consiguiente, la libertad ha sido borrada,
liquidada por la liberación; la verdad ha sido suplantada
por la verificación; la comunidad ha sido liquidada
y absorbida por la comunicación; la forma da
paso a la información y al rendimiento. En todas partes
vemos una lógica paradójica: la idea se destruye
por su propia realización, por su propio exceso. Y de
esta forma la misma historia llega a su fin, se encuentra
destruida por la instantaneidad y omnipresencia
del acontecimiento.

Esta clase de aceleración por inercia, esta exponencialidad
de fenómenos extremos, produce una
nueva clase de acontecimiento: ahora encontramos
acontecimientos extraños, alterados, aleatorios y caóticos
que la Razón Histórica ya no reconoce como
propios. Aunque, por analogía con acontecimientos
pasados, creemos reconocerlos, ya no tienen el mismo
significado. Los mismos incidentes (guerras, conflictos
étnicos, nacionalismos, la unificación de Europa)
no tienen el mismo significado cuando surgen
como parte de una historia en progreso que cuando
lo hacen en un contexto de una historia en declive.
Ahora nos encontramos en una historia que desaparece
y es por este motivo por lo que aparecen ante
nosotros como acontecimientos fantasmas.

Pero, ¿es una historia fantasma, espectral, es todavía
una historia?

No sólo hemos perdido la utopía como un final
ideal, sino que el mismo tiempo histórico se ha perdido,
en su continuidad y en su desarrollo. Ha ocurri-


do algo como un cortocircuito, un cambio de la dimensión
temporal —efectos que preceden a las causas,
los finales preceden a los orígenes— y esto ha
conducido a la paradoja de haber conseguido la utopía.
Ahora, la utopía conseguida echa por tierra la
dimensión utópica. Crea una situación imposible, en
el sentido de que agota sus posibilidades. Desde este
punto de vista, el objetivo ha dejado de ser la vida
transformada, que es la utopía máxima, sino más
bien la vida como supervivencia, lo que es una especie
de utopía mínima.

Por tanto hoy, con la pérdida de utopías e ideologías,
carecemos de objetos de creencia. Aun peor,
quizá, carecemos de objetos en los que no creemos.
Porque es vital (quizá más vital todavía) tener cosas
en las que no creer. Los objetos irónicos, por así decirlo,
las prácticas “des–investidas”, las ideas para
creer o no creer, como se prefiera. Las ideologías realizaban
esta función ambigua bastante bien. Todo
esto ahora es puesto en peligro, desapareciendo progresivamente
en una realidad extrema y una operacionalidad
extrema.

Otras cosas están surgiendo; utopías retrospectivas,
el resurgimiento de todas las formas primarias
o arcaicas de lo que, en un sentido, es una historia
retrospectiva o necrospectiva. Porque la desaparición
de las vanguardias, aquellos emblemas de la
modernidad, no ha traído la desaparición también de
la retaguardia. Justo lo opuesto es cierto. En este proceso
de retroversión general (¿quizá la historia está


infectada con un retrovirus?), la retaguardia misma
se encuentra en la posición delantera.

Resulta bastante familiar el acontecimiento paródico
y palinódico que Marx analizó cuando describió
a Napoleón III como una copia grotesca de Napoleón
I. En este segundo acontecimiento (una encarnación
vulgar del original) tenemos una forma de dilución,
de entropía histórica: la historia que se repite
se convierte en una farsa. La historia falsa se presenta
a sí misma como si estuviera avanzando y continuando,
cuando en realidad se está derrumbando.
El período actual ofrece numerosos ejemplos de esta
forma degradada, agotada de los acontecimientos
primarios de la modernidad. Los acontecimientos
clónicos, los acontecimientos falsos, los acontecimientos
fantasmas —como los miembros fantasmas,
esas piernas o brazos que faltan pero que siguen doliendo
aun cuando ya no están allí. Espectralidad del
comunismo, en particular—.

Acontecimientos más o menos efímeros porque
ya no tienen ninguna resolución excepto en los medios
de comunicación (donde tienen la “resolución”
que dan las imágenes, donde están “resueltos” en
alta definición), ya no tienen ninguna resolución política.
Poseemos una historia que ya ha dejado de
consistir en acción, en actos, sino que por el contrario
culmina en una representación virtual; conserva un
aire espectral de déjà vu. Sarajevo es un ejemplo clarificador
de esta historia irreal, en la cual todos los
participantes sólo estaban a la espera, incapaces de


actuar. Ya ha dejado de ser un acontecimiento y en
cambio es el símbolo de una impotencia específica
de la historia. En todas partes, la virtualidad (el hiperespacio
de los medios de comunicación y el hiperespacio
de los discursos) se desarrolla de una forma
diametralmente opuesta a lo que se podría llamar,
si todavía existiera, el movimiento real de la historia.

* * *

En el pasado, se pretendía que lo virtual se convirtiera
en actual: la actualidad era su destino. Hoy la
función de lo virtual es proscribir lo actual. La historia
virtual está en el lugar de la historia real; la
información–réplica representa, sustituye, la ausencia
definitiva de la historia real. De ahí nuestra falta
de responsabilidad, tanto individual como colectiva,
pues ya estamos, en virtud de la información, más
allá del acontecimiento, que todavía no ha tenido
lugar.

Podríamos hablar de una suerte de “huelga de
acontecimientos”, para utilizar la expresión de Macedonio
Fernández. ¿Qué significa? Que el cometido
de la historia ha acabado. Que el cometido del duelo
ha comenzado. Que el sistema de información ha
sustituido al de la historia y que está comenzando
a producir acontecimientos de la misma forma que
el Capital ha comenzado a producir Trabajo. Al igual
que el trabajo, bajo estas circunstancias, ya no tiene
significado por sí mismo, el acontecimiento produ-


cido por la información ya no tiene ningún significado
histórico por sí mismo.

Éste es el punto donde introducimos lo transhistórico
o transpolítico; es decir, la esfera donde los
acontecimientos no ocurren precisamente porque se
producen y se emiten “en tiempo real”, donde no tienen
significado porque tienen todos los significados
posibles. Por consiguiente, tenemos que comprenderlos
ahora no políticamente sino transpolíticamente;
es decir, en el punto donde se pierden en el vacío
de información. La esfera de información es como
un espacio donde, después de que los acontecimientos
se vean desprovistos de su significado reciben
una gravedad artificial, donde, después de haber sido
congelados política e históricamente, se vuelven a organizar
transpolíticamente, en tiempo real, es decir,
perfectamente virtual. Podríamos hablar de la misma
forma de la esfera transeconómica; en otras palabras,
la esfera donde la economía clásica se pierde
en el vacío de la especulación, al igual que la Historia
se pierde en el vacío de la información.

Pero, al final, quizá tengamos que formular todos
estos problemas en términos distintos que los obsoletos
de alienación y destino fatal del sujeto. Y es
precisamente el lado ubuesco de este crecimiento tecnológico,
de esta proliferante obscenidad y obesidad,
de esta virtualidad desenfrenada, lo que nos induce
a hacerlo. Nuestra situación es una situación enteramente
patafísica, es decir; todo lo que nos rodea
ha ido más allá de sus límites, se ha movido más allá
de las leyes de la física y de la metafísica. Ahora, la


patafísica es irónica y la hipótesis que se sugiere aquí
es que al mismo tiempo que las cosas han alcanzado
un estado de paroxismo, también han alcanzado un
estado de parodia.

¿Podríamos quizá avanzar la hipótesis, más allá
del estado heroico, más allá del estado crítico, de un
estado irónico de tecnología, de un estado irónico de
la historia, de un estado irónico del valor? Esto al
menos nos podría liberar de la visión heideggeriana
de la tecnología como la realización y la etapa final
de la metafísica; nos liberaría de la nostalgia retrospectiva
de ser y tendríamos, por el contrarío, una
visión gigante, objetivamente irónica del proceso
completo científico y tecnológico que no estaría demasiado
alejada del esnobismo radical, del esnobismo
japonés poshistórico del que habló Kojève.

Un cambio irónico de la tecnología, similar a la
ironía de la esfera mediática. La ilusión común acerca
de los medios es que son utilizados por los que
están en el poder para manipular, seducir y alienar
a las masas. Una interpretación ingenua. Una interpretación
más sutil, la irónica, es justo la opuesta.
A través de los medios, son las masas las que manipulan
a los que están en el poder (o a aquéllos que
se creen que lo están). Cuando los poderes políticos
piensan que tienen a las masas donde quieren, es
cuando las masas imponen su estrategia clandestina
de neutralización, de desestabilización de un poder
que se ha vuelto parapléjico. Finalmente queda sin
resolver: sin embargo, ambas hipótesis son válidas,
porque cualquier interpretación de los medios es re-


versible. Es precisamente en esta reversibilidad donde
reside la ironía objetiva.

Establezcamos la misma hipótesis con relación al
objeto de la ciencia, de la más sofisticada de las ciencias
actuales. Desplegando los procedimientos más
sutiles para capturarla, ¿no es el mismo objeto científico
el que juega con nosotros, presentándose como
un objeto y burlándose de nuestra pretensión objetiva
de analizarlo? Los científicos ya no están muy
lejos de admitir este punto, y esta ironía del objeto
es la verdadera forma de una ilusión radical del mundo,
una ilusión que ya no es física (ilusión de los sentidos)
o metafísica (ilusión de la mente) sino patafísica,
en el sentido que Jarry dio a la palabra cuando
hablaba de la patafísica como la “ciencia de las soluciones
imaginarias”.

Y podemos extender la hipótesis a todas nuestras
tecnologías, al universo técnico en general. Se está
convirtiendo en el instrumento irónico de un mundo
del que sólo imaginamos que es nuestro para transformarlo
y dominarlo. Es el mundo, es el objeto mismo,
el que se reafirma, el que se hace sentir a través
de las tecnologías interpuestas: un proceso en el cual
somos meros operadores. De nuevo, aquí vemos la
forma de la ilusión. Ilusión, no error (no estamos
equivocados sobre la tecnología, no hay fatalidad humana
acerca de la tecnología, como se pretende con
frecuencia): la ilusión no es un error o una decepción
sino un juego, un gran juego cuyas reglas desconocemos
y que quizá nunca conozcamos.


Como la hipótesis irónica (la de una ironía trascendental
de lo tecnológico) es por definición inverificable,
tomémosla como irresoluble. En realidad
nos encontramos enfrentados con dos hipótesis incompatibles:
la del crimen perfecto o, en otras palabras,
la de la exterminación de la tecnología y la
virtualidad de toda realidad; o la del juego irónico
de la tecnología, de un destino irónico de toda ciencia
y de todo conocimiento por el cual el mundo y la ilusión
del mundo se salvan y se perpetúan. Tomemos
las dos perspectivas irreconciliables y simultáneamente
“verdaderas”. Nada nos permite decidir entre
ellas. “El mundo es todo lo que acaece”, como afirma
Wittgenstein.

En la Crítica de la economía política, Marx escribe:
“La humanidad sólo se implica en aquellas tareas
que puede resolver; por tanto, al estudiar más
detenidamente la materia, siempre se encontrará
que la misma tarea surge sólo cuando ya existen las
condiciones materiales para su solución o al menos
están en proceso de formación”. Pero esto ya no se
sostiene, precisamente debido a la precipitación de
nuestro mundo en el virtual, que anula todas las condiciones
históricas que harían posible resolver los
problemas dialécticamente. Lo virtual es una forma
de solución final de la historia y de todos los conflictos
reales. Tiene tanto éxito que hoy, la humanidad
(o aquéllos que pensaríamos en humanidad),
sólo se plantea los problemas cuando ya se han vencido
virtualmente o cuando el sistema los ha desplazado
y absorbido con éxito. Pero, ¿no era esto ya así


en la época de Marx? La aparición del concepto de
clase, y de lucha de clases, la aparición de la idea
de la conciencia de clase marca el momento cuando
la clase comienza progresivamente a perder su carácter
violento e irreductible. De la misma forma, si
Foucault puede analizar el poder, es porque el poder
ya no tiene una definición que se pueda llamar
propiamente política; se ha convertido en cierto sentido
en un objeto perdido. Cuando la etnología dirige
su atención a las sociedades primitivas, es una señal
de que están en proceso de desaparición y, lo que
es más, los mismos análisis ayudan a acelerar su
desaparición.

La conciencia crítica, el pensamiento en general
quizá, viene siempre después del hecho, un día demasiado
tarde, como el Mesías de Kafka (o llega al
final del día, como la lechuza de Hegel). Sólo es una
profecía retrospectiva o una sombra platónica que
baila en el muro de los acontecimientos, en la caverna
de la historia. “Si hablo del tiempo”, escribió Queneau,
“es porque ya estamos fuera del tiempo”. La
historia no ofrece un segundo plato (L’histoire ne repasse
pas les plats); sólo lo hace la crítica.

¿Nos queda espacio para otra clase de pensamiento?
¿Otro pensamiento, un pensamiento paradójico
que podría, en una inversión de las palabras de
Marx, plantear sólo problemas sin solución, definitivamente
sin solución? Las condiciones materiales
para la resolución de tales problemas no se encuentran
en ningún sitio y jamás se encontrarán. ¿Nos
queda espacio para una clase de pensamiento que


pudiera volver a problematizar todas las antiguas soluciones
y ayudara a mantener el mundo en tensión
enigmática? No hay nada seguro. Éste será el riesgo
que el pensamiento deberá asumir: debe arriesgarse
a ser víctima de sus propias profecías, al igual que
la historia se arriesga a ser capturada en su propia
trampa.


III

EL ASESINATO DE LO REAL

 

 

Asesinato de lo Real: se parece a Nietzsche proclamando
la muerte de Dios. Pero este asesinato de Dios
era un asesinato simbólico e iba a cambiar nuestro
destino. Todavía estamos viviendo, viviendo metafísicamente
de este crimen original, como supervivientes
de Dios. Pero el Crimen Perfecto ya no implica
a Dios, sino a la Realidad, y no es un asesinato
simbólico sino un exterminio.

Esto no significa lo que significaba en el caso de
los campos de exterminio nazis. Allí fue físico y radical.
Aquí es más literal y más metafórico. Ex-terminis
significa que todas las cosas (y todos los seres
humanos también) van más allá de su fin, más allá
de su propia finalidad, donde ya no hay realidad, ninguna
razón para ser, ninguna determinación (motivo
por el que lo llamo “ex-terminación”). La exterminación
significa que ya no queda nada, ningún resto,
ni siquiera un cadáver. El cadáver* de lo Real, si es
que hay alguno, no se ha recuperado, no se encuentra
en ningún lugar. Y esto es porque lo Real no está
muerto (como lo está Dios), pura y simplemente ha


* Nota del revisor: En el texto “corps(e)”. El autor juega aquí
con el término “corps” (“cuerpo”, en francés) y “corpse” (“cadáver”,
en inglés).


desaparecido. En nuestro mundo virtual, la cuestión
de lo Real, del referente, del sujeto y su objeto, ya
no se puede representar.

Me vuelvo a referir, de nuevo, a Elías Canetti,
cuando escribe:

A partir de cierto punto, la historia dejó de ser
real. Sin darse cuenta de ello, la humanidad ha abandonado
repentinamente la realidad: todo lo que sucedió
desde entonces supuestamente no era verídico;
pero supuestamente no nos dimos cuenta. Nuestra
tarea ahora sería encontrar ese punto y mientras no
lo tengamos, nos veremos forzados a atenernos a
nuestra presente destrucción.

¿Qué podría decirse sobre este punto ciego de inversión,
en el que nada ya es verdad ni es mentira
y que todo oscila indiferentemente entre causa y
efecto, entre origen y finalidad? ¿Es reversible o irreversible?
¿Podemos volver al punto donde se ha roto
la línea de la historia y fuimos proyectados al otro
lado del espejo? ¿Podemos sobrevivir a las metástasis
de lo Real así como sobrevivimos a la Muerte
de Dios? ¿Estamos dedicados a sobrevivir o a revivir?
Me gustaría dar una respuesta, pero las promesas
del futuro van en la misma dirección que las memorias
del pasado: desaparecen con el principio de
realidad.

Pero la realidad es un concepto, o un principio,
y por realidad quiero decir todo el sistema de valores
conectados con este principio. Lo Real como tal implica
un origen, un fin, un pasado y un futuro, una


cadena de causas y efectos, una continuidad y una
racionalidad. No hay nada real sin esos elementos,
sin una configuración objetiva del discurso. Y su
desaparición es el desplazamiento de toda esta constelación.


Por supuesto, me estoy anticipando un poco. En
realidad, este perfecto exterminio sólo podría conseguirse
si el proceso de virtualización fuera totalmente
efectuado. Esto no es así; afortunadamente, como
en las mejores novelas de detectives, el crimen nunca
es perfecto. Todavía se pueden encontrar algunas
pistas. Vivimos como si lo hiciéramos dentro del apólogo
de Borges del mapa y del territorio; en esta historia
no queda nada excepto trozos del mapa esparcidos
a través del espacio vacío del territorio. Excepto
que debemos dar la vuelta al cuento: hoy no queda
nada salvo el mapa (la abstracción virtual del territorio)
y en este mapa todavía flotan y van a la deriva
algunos fragmentos de lo real.

Ningún cadáver, ninguna víctima. Y en lo que
concierne al presunto autor de este Crimen Perfecto,
es un misterio total: puede imputarse a cualquiera.
No se puede identificar a ningún sospechoso, ni siquiera
el arma; diríase que el arma utilizada en el
crimen es el mismo crimen. Nadie, ninguna clase,
ningún grupo, ningún sujeto puede ser cargado con
la responsabilidad de esta actualización radical de las
cosas, de esta hiperrealización incondicional de lo
real. En otras palabras, es como si todas las personas
fueran asesinos y víctimas simultáneamente, reversiblemente,
las dos posibilidades unidas en una especie
de banda de Moebius. Este efecto distorsionado


de irresponsabilidad es un aspecto específico del Crimen
Perfecto. El mismo proceso parece ser irreversible,
porque es el verdadero proceso de racionalización,
lo que orgullosamente llamamos progreso y
modernidad y liberación, que se vuelve exponencial
y caótico.

En lo que respecta a por qué continuamos irreversiblemente
hacia esta fecha límite, todo lo que podemos
hacer es valemos de hipótesis fantásticas
como la siguiente: la especie humana podría estar
dedicándose a una suerte de escritura automática del
mundo, a una realidad virtual automatizada y operacionalizada,
donde los seres humanos como tales
no tienen motivo para seguir existiendo. La subjetividad
humana se convierte en un conjunto de funciones
inútiles, tan inútiles como la sexualidad para
los clones. De forma más general, todas las funciones
tradicionales (las funciones críticas, políticas, sexuales
y sociales) se vuelven inútiles en un mundo virtual.
O sobreviven sólo en la simulación, al igual que
el culturismo en una cultura desencarnada, como
funciones de burla o coartadas. Parece como si fuéramos
conducidos por una inmensa e irresistible
compulsión que actúa sobre nosotros a través del
progreso de nuestras tecnologías (ampliándose, por
ejemplo, en lo que llamamos “autopistas de la información”
y que podríamos llamar “autopistas de la
desinformación”), una compulsión para llegar aun
más cerca de la realización incondicional de lo real.

En la realidad virtual, la transparencia absoluta
converge con la absoluta simultaneidad. Este cortocircuito
e instantaneidad de todas las cosas en la in-


formación global es lo que llamamos “tiempo real”.
El tiempo real puede verse como el Crimen Perfecto
cometido contra el mismo tiempo: porque con la ubicuidad
y la disponibilidad instantánea de la totalidad
de la información, el tiempo alcanza su punto de perfección,
que también es su punto de desaparición.
Porque, por supuesto, un tiempo perfecto no tiene
memoria ni futuro.

 

 

Vamos a aclarar este punto: si lo Real está desapareciendo,
no es debido a su ausencia; es más, hay
demasiada realidad. Y es este exceso de realidad lo
que pone fin a la realidad, al igual que el exceso de
información pone fin a la información y el exceso de
comunicación pone fin a la comunicación. Ya no estamos
tratando con una problemática de carencia y
alienación, donde el referente del ego y el de la dialéctica
entre sujeto y objeto siempre deben encontrarse,
apoyando posiciones filosóficas fuertes y
activas. El último y más radical análisis de esta problemática
fue abordado por Guy Debord y los situacionistas,
con su concepto de espectáculo y alienación
espectacular. Para Debord había todavía una
oportunidad de desalienación, una oportunidad para
que el sujeto recobrara su autonomía y soberanía.
Pero ahora esta crítica situacionista radical ha finalizado.
Al desplazarnos a un mundo virtual, vamos
más allá de la alienación, a un estado de privación
radical del Otro, o por el contrario a cualquier otre-


lidad, esta realización incondicional del mundo, esto
es lo que yo llamo el Crimen Perfecto.
dad, alteridad o negatividad. Nos movemos en un
mundo donde todo lo que existe sólo como idea, sueño,
fantasía, utopía, será erradicado. Nada sobrevivirá
como una idea o un concepto. No habrá ni tiempo
siquiera para imaginar. Los acontecimientos, los
acontecimientos reales, ni siquiera tendrán tiempo
para ocurrir. Todo será precedido por su realización
virtual. Estamos tratando con un intento de construir
un mundo totalmente positivo, un mundo perfecto,
exento de la misma muerte. Esta pura y absoluta rea-

Esto significa una mutación crucial de un estado
crítico a otro catastrófico. El mundo real e histórico,
con su masa de tensiones y contradicciones, siempre
ha estado en crisis. Pero el estado de catástrofe es
otra cosa. No significa apocalipsis, ni aniquilación;
significa la irrupción de algo anómalo, que funciona
según reglas y formas que no comprendemos y que
quizá nunca lo hagamos. La situación no es simplemente
contradictoria o irracional: es paradójica. Más
allá del fin, más allá de toda finalidad, entramos en
un estado paradójico: el estado de demasiada realidad,
de demasiada positividad, de demasiada información.
En este estado de paradoja, enfrentado con
fenómenos extremos, no sabemos exactamente lo
que está ocurriendo.

En cualquier caso no podemos confiar en los valores
tradicionales o en la rehabilitación de la realidad.
Después de todo, puede ser que la humanidad,
a través de una compulsión enigmática, está íntima-


mente implicada en este proceso catastrófico y por
tanto está condenada a desaparecer. Si esto es así,
sería mejor con mucho tratar nuestra desaparición
como si fuera una forma de arte: para usar, realizar,
crear un arte de la desaparición. Mejor que una alternativa,
que podría ser desaparecer sin dejar rastro,
sin ni siquiera el espectáculo de nuestra destrucción.

Para desafiar y enfrentarnos con este estado paradójico
de cosas, necesitamos una forma paradójica
de pensar; como el mundo bascula hacia el delirio,
debemos adoptar un punto de vista delirante. Ya no
debemos asumir ningún principio de verdad, de causalidad,
o ninguna norma discursiva. Por el contrario,
debemos conceder tanto la poética singularidad
de los acontecimientos como la radical incertidumbre
de los acontecimientos. No es fácil. Por lo general
pensamos que lo más difícil es atenernos a los protocolos
de la experimentación y verificación. Pero en
realidad lo más difícil es renunciar a la verdad y a
la posibilidad de verificación, para permanecer lo
más posible en el lado enigmático, ambivalente y reversible
del pensamiento.

La verdad ya no ofrece una solución. Pero quizá
podemos apuntar a una resolución poética del mundo,
de la especie prometida por la historia o por el
lenguaje. El estado actual del idioma humano es esclarecedor.
Nuestro idioma común intenta, por medios
discursivos, inscribir la realidad en un significado,
en una forma de intercambio recíproco. Pero
hoy el idioma se ve enfrentado por la fantasía hegemónica
de una comunicación global y perpetua:


el Nuevo Orden, el nuevo ciberespacio del lenguaje,
donde la ultrasimplificación de los idiomas digitales
prevalece sobre la complejidad figurativa de los lenguajes
naturales. Con la codificación y descodificación
binaria se pierde la dimensión simbólica del lenguaje;
la materialidad, la multiplicidad y la magia del
lenguaje se borran. En el límite extremo de la computación
y de la codificación y clonación del pensamiento
humano (inteligencia artificial), el idioma
como medio de intercambio simbólico se convierte
definitivamente en una función inútil. Por primera
vez en la historia nos enfrentamos con la posibilidad
de un Crimen Perfecto contra el lenguaje, una afánisis
de la función simbólica.

Pero, a contrario (no nos olvidemos de que el crimen
nunca es perfecto), debemos decir que la resistencia
más fuerte hacia esta virtualización destructiva
procede del mismo lenguaje, de la singularidad,
la irreductibilidad, la vernacularidad de todos los
lenguajes, que en realidad están muy vivos y que están
resultando ser el mejor elemento disuasorio contra
la exterminación global del significado. Por tanto,
el juego no ha acabado, pero nadie puede decir quién
dirá la última palabra. De forma más general, el mundo
y su doble no pueden ocupar el mismo espacio,
porque el doble es un perfecto sustituto artificial y
virtual del mundo. El conflicto entre ellos es inevitable.


* * *


Ahora llegamos al punto crucial. Porque incluso
cuando hablaba de la exterminación de lo Real, quería
significar, en realidad, la exterminación más fundamental
de la Ilusión. Pero debemos tener claro
este concepto antes de seguir adelante. No estoy hablando
de ilusión en sentido peyorativo, del concepto
negativo e irracional de la ilusión como falacia, fantasmagoría
y mal, la ilusión cuyo único destino es
ser rectificada. Hablo de la objetiva y radical ilusión
del mundo, la radical imposibilidad de una presencia
real de objetos o seres, su definitiva ausencia de ellos
mismos.

Porque nada es idéntico a sí mismo. Nunca somos
idénticos a nosotros mismos, excepto, quizá, en el
sueño y en la muerte. El mismo lenguaje nunca significa
lo que quiere decir; siempre significa algo más,
a través de su irreducible y ontológica ausencia de
sí mismo. La probabilidad, en este mundo, de una
total identificación, de una total adecuación de lo
mismo a lo mismo, es igual a cero. Afortunadamente.
Porque eso sería el Crimen Perfecto; un crimen que
nunca ocurre. En las relaciones entre las cosas siempre
hay un hiato, una distorsión, una fisura que impide
cualquier reducción de lo mismo a lo mismo.
Esto es incluso más cierto en el caso de los seres humanos.
Nunca estamos exactamente presentes ante
nosotros mismos o ante los otros. Por tanto, no somos
exactamente reales para el otro, ni somos siquiera
bastante reales para nosotros mismos. Y esta radical
alteridad es nuestra mejor oportunidad: nuestra mejor
oportunidad de atraer y de ser atraídos por los


otros, de seducir y de ser seducidos. Dicho simplemente,
nuestra oportunidad para la vida.

Este concepto de ilusión radical tiene su análogo
en la cosmología. Todos sabemos que la luz de las
estrellas necesita mucho tiempo para llegar a nosotros;
a veces la percibimos después de que la estrella
haya desaparecido. Este espacio entre la estrella
como fuente virtual y su percepción por nosotros,
esta no simultaneidad, es una parte ineludible de la
ilusión del mundo, la ausencia en el centro del mundo
que constituye la ilusión. Y de nuevo, esta distorsión
es beneficiosa. Porque la percepción simultánea
de la luz de todas las estrellas sería el
equivalente a un absoluto amanecer y esto nos resultaría
insoportable. Toda la energía de la vida procede
de la alternancia vital del día y de la noche, y
de forma más general, de su mediación vital. La ilusión
es la regla general del universo; la realidad no
es más que una excepción. Si lo mismo fuera idéntico
a lo mismo, nos enfrentaríamos con una realidad absoluta,
con la verdad incondicional de las cosas. Pero
la verdad absoluta es el otro nombre para la muerte.
Afortunadamente, no conozco ninguna teoría o construcción
intelectual que pudiera, con su compromiso
a la “verdad incondicional”, destruir este fantástico
material e ilusión vital.

También podemos encontrar pistas de la ilusión
en la historia de la formación del universo después
del Big Bang. En el momento en que ocurrió, dio comienzo
un gigantesco enfriamiento; como resultado
de ello, el universo empezó su existencia con la ge-


neración de materia y antimateria. Poco tiempo después,
la materia se separó de la antimateria y gradualmente
se fue desarrollando el universo con el
que estamos familiarizados. Por tanto, la materialidad
del mundo es una materialidad restringida, expurgada
de antimateria. La cual, volatizada, forma
una especie de mundo paralelo invisible, un antiuniverso,
sobre el que no sabemos prácticamente
nada pero sobre el cual la astrofísica está prestando
mucha atención. La ilusión, o el Espejo de Ilusión,
es un nombre idóneo para esta antimateria invisible
y poderosa, cuya interacción con nuestro mundo significaría
una aniquilación de materia en la producción
de pura luz. La realidad sería destruida en el
choque, la materia perdida en el abismo con su duplicado...


Lo que resulta sorprendente es que nuestra realidad,
nuestra realidad “objetiva”, sea el resultado de
la amputación de la antimateria. Esta forma restringida
y limitada de materia es lo que llamamos realidad.
Al menos en el nivel simbólico enigmático e
irónico, encuentro que nuestra realidad, nacida de
una simplificación radical del cosmos, ya no tiene
ningún valor de verdad; despojada de su duplicado,
de su mitad oscura, nuestro mundo es una ilusión
definitiva.

Que este nuestro mundo real, esta materialidad
restringida, obedezca a leyes físicas precisas, no es
suficiente para hacerlo verdad, ya que su relativa
coherencia es sólo la consecuencia paradójica de su
simplificación “ontológica”. Además, esta materia


sin antimateria se convierte en el campo de todo el
proceso de entropía e involución, según el segundo
principio de la termodinámica. Debido a esta ruptura
de simetría, el destino de la materia, desprovista de
la antimateria, es el desgaste. Nuestra tarea, hoy, es
deslocalizar estas hipótesis acerca del universo y volver
a desplegarlas a un nivel superior, donde puedan
desafiar a nuestros principios de realidad y de relacionalidad.


Por supuesto, soy consciente de que todo esto es
metafórico. Pero no estamos interesados en generar
una verdad más. Estamos intentando recuperar los
rastros de la ilusión, es decir, los vestigios del crimen
original contra la negatividad que comenzó con la eliminación
de la antimateria. Contra la exterminación
del mal, de la muerte, de la ilusión, contra este Crimen
Perfecto, debemos luchar por la imperfección
criminal del mundo. Contra este paraíso artificial de
tecnicidad y virtualidad, contra el intento de construir
un mundo completamente positivo, racional y
verdadero, debemos salvar los rastros de la opacidad
y misterio definitivo del mundo ilusorio.

Pero ¿estamos listos para jugar el paradójico, catastrófico
e irónico juego que esta ilusión radical parece
proponer? Significaría una drástica revisión no
sólo del principio de realidad sino también del principio
de conocimiento. “Conocimiento” implica habitualmente
una dialéctica entre sujeto y objeto, un
campo de representación donde el sujeto domina el
juego, ya que el sujeto ha construido el marco de representación
y lo ha proyectado en el mundo. Esto


presupone el privilegio del sujeto y del estatus inferior
concomitante del objeto, incluyendo el objeto
científico. Pero el conocimiento gobierna sobre la
verdad y las relaciones causales, no sobre la apariencia
o ilusión. En el dominio de la ilusión, el conocimiento
ya no es lógicamente posible, porque sus
principios y postulados no pueden funcionar. Y esto
no es únicamente una percepción metafísica: en la
actualidad las microciencias están en un punto en
donde el objeto como tal ya no existe. Desaparece,
se escapa, no tiene ningún estado definido, sólo aparece
en forma de rastros efímeros y aleatorios en las
pantallas de la virtualización. En su límite más exterior
las ciencias más avanzadas sólo pueden verificar
la desaparición del objeto. En otras palabras,
pueden verificar únicamente la forma en que el objeto
juega con su propia objetividad. Esta es la perversa
estrategia del objeto; quizá es una forma de
venganza. Aparentemente, el objeto es un embaucador,
frustrando todos los protocolos del experimento
del sujeto, para que el mismo sujeto pierda su posición
como sujeto.

La ciencia se ha equivocado. Es cierto que gracias
al progreso del análisis y de la técnica hemos descubierto
el mundo en toda su complejidad: sus átomos,
partículas, moléculas, virus. Pero nunca la ciencia
ha postulado, ni siquiera la ciencia ficción, que
las cosas nos descubren al mismo tiempo que las descubrimos,
según una inexorable reversibilidad.
Siempre hemos pensado que las cosas estaban esperando
pasivamente a ser descubiertas, de la misma


forma que América es imaginada como a la espera
de la llegada de Colón. Pero no es así. En este momento
cuando el sujeto descubre el objeto —ya sea
un “indio” o un virus— el objeto hace un descubrimiento
reversible, pero nunca inocente, del sujeto.
Es más, es en realidad una suerte de invención del
sujeto por el objeto inventado.

El conocimiento, definido convencionalmente,
avanza siempre en la misma dirección, desde el sujeto
al objeto. Pero hoy los procesos de reversión están
emergiendo en todas partes, en áreas que van
desde la antropología a la patología vírica. Es como
si hubiéramos desgarrado el objeto de su opaca o
inofensiva quietud, de su indiferencia, de su profundo
secreto donde estaba dormido. Hoy el objeto se
despierta y reacciona, determinado a mantener vivo
su secreto. Este duelo entablado entre el sujeto y el
objeto implica la pérdida de la posición hegemónica
del sujeto: el objeto se convierte en el horizonte de
la desaparición del sujeto. Obviamente, este nuevo
escenario, esta nueva dramaturgia, se opone a la teoría
clásica del conocimiento.

Bajo esta luz, la misma realidad se hace problemática.
Al igual que un sirviente obsequioso, obedece
a cualquier hipótesis, verificando cada una de
ellas, incluso cuando se contradicen entre ellas. La
realidad no se preocupa del conocimiento que estamos
destilando de nuestra observación y del análisis
de su comportamiento. Indiferente a cada verdad, la
realidad se convierte en una suerte de esfinge, enigmática
en su hiperconformidad, simulándose como


un espectáculo de virtualidad o realidad. Soporta
todo tipo de interpretaciones porque ya ha dejado de
tener sentido, porque ya no quiere ser interpretada.
Pero esta ininteligibilidad no es mística ni romántica:
es irónica. La ironía es el último signo que procede
del núcleo central del objeto, la moderna alegoría
de la reversibilidad de todas las cosas.

De nuevo, no es cuestión de una ironía subjetiva
y crítica sino de una ironía objetiva vinculada a la
radical ilusión material del mundo y de sus efectos
inesperados. Las cosas se están acelerando tanto que
los procesos ya no se inscriben en una temporalidad
lineal, en un despliegue lineal de la historia. Nada
se mueve ya de la causa al efecto: todo se transversaliza
por las inversiones del significado, por acontecimientos
perversos, por inversiones irónicas. Aceleración,
corrientes y turbulencias, autopotenciación
y efectos caóticos. Y esta desregulación del sistema
es en realidad resultado del mismo sistema (como
Marx dijo del proletariado, que su emancipación sería
el resultado del mismo proletariado; irónicamente,
la fórmula también se aplica al sistema autoaniquilante).
Empujado a extremos de sofisticación y
rendimiento, a un punto de perfección y totalización
(como es el sistema virtual de redes y de información),
el sistema alcanza su punto de ruptura e implosiona
todo. Esto no ocurre mediante acciones de
un sujeto crítico o de cualquier fuerza histórica de
subversión: ocurre a través de la autorrealización y
de la inversión automática, pura y simple.


Esto es lo que llamo ironía objetiva: hay una gran
probabilidad, rayana en la certeza, de que los sistemas
se desharán por su propia sistematicidad. Esto
es cierto no sólo para las estructuras técnicas sino
también para las humanas. Cuanto más avancen estos
sistemas políticos, sociales, económicos hacia su
propia perfección, más se deconstruyen a sí mismos.
Esto es cierto en el campo de los medios de comunicación
y multimedia, donde, debido a un exceso
de información, hemos perdido el acceso a la información
real y a los verdaderos acontecimientos históricos.
Pero esta lógica también funciona en los
campos religioso, sexual y productivo. E incluso a nivel
científico: cuando más perseguido sea el objeto
por procedimientos experimentales, más estrategias
de falsificación, evasión, disfraz, desaparición inventa.
Es como un virus; escapa al inventar incesantemente
contraestrategias. Este comportamiento del
objeto es también irónico en la medida que rompe
las enloquecidas pretensiones del sujeto, su deseo de
imponer leyes y de disponer del mundo de acuerdo
con su propia voluntad, sus propias representaciones.
Hoy el mismo mundo se dedica a la disidencia,
desobedeciendo, en su naturaleza paradójica, incluso
las leyes de la física (muy diferentes de la transgresión
humana de las leyes humanas, que carece de
la ironía implícita en la disidencia del objeto).

No voy a transformar el sujeto en un supersujeto.
Pero parecería que algo se nos escapa. Definitivamente.
No es porque nuestra ciencia y tecnologías
no hayan avanzado lo suficiente: al contrario. Cuan-


do más próximos nos encontramos, a través de la experimentación,
al objeto, más se escabulle de nosotros
y finalmente se torna indecidible. Y no preguntemos
dónde se ha ido. Simplemente, el objeto es lo
que escapa al sujeto: más no podemos decir, ya que
nuestra posición es todavía la del sujeto y la del discurso
racional. Cuanto menos, no podemos depender
del pretexto de un desarrollo insuficiente del aparato
científico, intelectual o mental. El aparato ha dado
todo lo que pueda dar; incluso ha superado sus propias
definiciones de racionalidad. No puedo decir
exactamente, en segundos, el punto decimal de la
constante de Planck más allá de la cual no habrá ningún
conocimiento posible del cosmos, porque la luz
no existe y la representación exacta es imposible. Es
el horizonte de sucesos, como dicen en física, más
allá del cual nada tiene sentido y nada se puede descubrir.


Éste, si hay alguno, es el secreto del universo.
Como metáfora, podría decir que en el núcleo de cada
ser humano y de cada cosa hay un secreto fundamentalmente
inaccesible. Ésa es la ilusión vital de
la que habló Nietzsche, el muro de vidrio de verdad
y de ilusión. Desde nuestro punto de vista racional,
esto puede parecer desesperado e incluso podría justificar
algo como el pesimismo. Pero desde el punto
de vista de la singularidad, de la alteridad, del secreto
y de la seducción es, por el contrario, nuestra única
oportunidad: nuestra última oportunidad. En este
sentido, el Crimen Perfecto es una hipótesis de radiante
optimismo.


Por supuesto, es cuestión de optimismo trágico,
tal como se expresa en la famosa línea de Hölderlin:
“Donde está el peligro, crece también la salvación”
(Wo die Gefahr wächst, wächst das Rettende auch).
Se aplica hoy con la salvedad de que, como el malvado
genio de la modernidad ha cambiado nuestro
destino, la frase de Hölderlin debe invertirse: cuanto
más crezca la salvación, mayor será el peligro. Porque
ya no somos las víctimas de un exceso de destino
y de peligro, de ilusión y muerte. Somos víctimas de
una ausencia de destino, de una carencia de ilusión,
y consecuentemente de un exceso de realidad, seguridad
y eficacia. Lo que pende sobre nosotros es
el exceso de protección y de positividad, la “salvación”
incondicional realizada por nuestras tecnologías.
Sin embargo, parece que algo se resiste a esta
irresistible tendencia, algo irreducible. Y aquí podríamos
citar, como contrapartida a la frase de Hölderlin,
esta frase misteriosa de Heidegger: “Cuando
estudiamos la esencia ambigua de la tecnología, contemplamos
la constelación, el curso estelar del misterio”.


La frase es bastante enigmática, ya que parece
contradecir la interpretación de Heidegger de la tecnología
como “ontología negativa”, como pérdida de
ser, como un develamiento definitivo del secreto del
universo, como una inspección desencantada, un
emplazamiento (Gestell.) del mundo, resumiendo,
como el mismo Crimen Perfecto. La alternativa sería
que, en el horizonte extremo de la tecnología, algo
más sucede, otro juego, con otras reglas. De lo que


se trata es de que la constelación del secreto todavía
se resiste, permanece viva. Ya sea que pensemos en
la tecnología como exterminador del Ser, el exterminador
del secreto, de la seducción y las apariencias,
o imaginemos que la tecnología, por medio de una
reversibilidad irónica, pueda ser un inmenso desvío
hacia la ilusión radical del mundo. Un masivo “clinamen”*,
una oculta estrategia que se mueve detrás
de todas nuestras técnicas y prácticas, un movimiento
absolutamente impredecible que finalmente nos
llevaría al otro lado de la metafísica. Podríamos entonces,
a través de este desvío, penetrar en el espejo
de la tecnología —contra Heidegger, para quien la
tecnología todavía sigue siendo el logro absoluto de
la metafísica. La tecnología como delirio, la tecnología
como ilusión definitiva.

Pero no podemos estar seguros acerca de este fin
virtual de las cosas. No hay forma de elegir entre estas
hipótesis alternativas y tenemos que ser conscientes
de que en el fin de toda teoría posible tendremos que
tratar con dos eventualidades antinómicas, y que esta
situación fatal nunca se va a resolver.

Sin embargo, aquí reside la tarea de cualquier
pensamiento filosófico: ir al límite de las hipótesis
y procesos, aun cuando sean catastróficos. La única
justificación para pensar y escribir es que acelera estos
procesos terminales. Aquí, más allá del discurso


* [N. del T] Concepto de Lucrecio que significa desviación
del equilibrio. Todo cuerpo debe caer hasta dividirse, pero en
su camino puede cruzar el clinamen, que desvía esa trayectoria.


de la verdad, reside el valor poético y enigmático del
pensamiento. Porque, al enfrentarnos a un mundo
ininteligible y problemático, nuestra tarea es clara:
debemos hacer a este mundo aun más ininteligible,
aun más enigmático.


NOTAS

 

 

 

 

 

I. LA SOLUCIÓN FINAL

P. 4: Éstas, por tanto, son las formas experimentales
y artificiales de clonación; sin incluir a Dolly, por
supuesto, ni al resto de su clase. Dolly, quizá la oveja
más famosa de toda la historia, es el primer mamífero
que ha sido clonado con éxito a partir de células
adultas. La clonación fue llevada a cabo por Ian Wilmut
y sus colegas del Roslin Institute, Edimburgo,
Escocia, en marzo de 1997.

P. 5: A bordo del satélite norteamericano Discoverer
17. El Discoverer 17 fue puesto en órbita terrestre
el 12 de noviembre de 1960.

P. 14: Tal era la lección de Biosfera 2, la síntesis
artificial de todos los sistemas planetarios, la copia
ideal de la raza humana y de su entorno. Biosfera
2 es un microcosmos experimental, una estructura
sellada de cristal y acero con un tamaño de 204.000
metros cúbicos aproximadamente, situada en las
montañas Santa Catalina de Arizona. Contiene siete
“ecosistemas” diferentes que incluyen un océano
(alojado en un vasto recipiente de acero inoxidable),
una sabana y un bosque tropical. Es un centro de


estudios sobre cosas tales como la creciente concentración
de CO2 en los arrecifes coralinos. En la actualidad,
Biosfera 2 está afiliada a la Universidad de
Columbia.

P. 16: Es como si, a través de esta violencia autoinfligida,
la humanidad quisiera estar preparada
desde ahora en adelante para ser la superviviente de
alguna gran catástrofe inminente. Elías Canetti podría
ayudarnos a entender la antipatía de Baudrillard
por el superviviente. En Masa y Poder (Barcelona,
Muchnik Editores, 2000), Canetti analiza la pulsión
de poder, a menudo megalomaníaca, que percibe en
el superviviente:

Todos los designios del hombre sobre la inmortalidad
contienen algo de este deseo de superviviencia.
No sólo desea existir para siempre, sino existir cuando
los demás ya no estén. Quiere vivir más que ningún
otro hombre, y saberlo; y cuando él ya no esté aquí su
nombre debe perdurar.

P. 21: “Nosotros hemos inventado la distinción y
nosotros estamos en proceso de eliminarla.” El nosotros
de Baudrillard podría entenderse aquí como
“nosotros, los legatarios del pensamiento de la Ilustración”,
más que “nosotros, los occidentales” o “nosotros,
los angloeuropeos”.


 

II. EL MILENIO O EL SUSPENSE DEL AÑO 2000

P. 30: Por este motivo he adelantado la idea de que
el año 2000 no iba a tener lugar... La conferencia fue
pronunciada el 27 de mayo de 1999 y en su forma
original era un artefacto de su tiempo, en equilibrio
sobre el filo del milenio, señalando “hacia delante”,
hacia un no acontecimiento, que nosotros, naturalmente,
no experimentamos. Se han cambiado algunos
tiempos verbales para reflejar nuestra posición
frente al final, pero otros muchos se han dejado tal
cual, en un presente “suspendido”.

P. 33: La cuenta atrás es el código de la desaparición
automática del mundo, y de todas nuestras pequeñas
máquinas benéficas, por medio de las cuales
anticipamos que su desaparición (los teletones, los
sidatones y todas las clases de tanatones,) son únicamente
los acontecimientos de ventas promocionales
de la miseria de este fin de siglo. En Francia, un
sidatón es una campaña destinada a recaudar fondos
para ayudar a las victimas del sida (véase, por
ejemplo, el sidatón de 1997 organizado por el grupo
Sid’Afrique en beneficio de los enfermos de sida de
Costa de Marfil).

P. 35: Como resultado de ello, la capa de ozono
que protegía la memoria se deshilacha; el agujero por
el cual se escapan el tiempo y los recuerdos al espacio
se amplía, prefigurando la gran migración del vacío
a la periferia. Alude a la inversión de la ley de los
cuerpos que caen formulada por Alfred Jarry: “La


ciencia contemporánea se funda en el principio de
inducción: la mayor parte de la gente ha visto que
un determinado fenómeno precede o sigue a otro determinado
fenómeno la mayor parte de las veces, y
concluye por consiguiente que siempre será así... En
lugar de formular la ley de un cuerpo que cae hacia
un centro, ¿cuánto más apropiado sería la ley de la
ascensión de un vacío hacia una periferia, un vacío
considerado como una unidad de no densidad, una
hipótesis mucho menos arbitraria que la elección de
una unidad concreta de densidad positiva como el
agua?”.

P. 36: El concepto de cuenta atrás evoca de nuevo
el cuento “Los nueve billones de nombres de Dios”,
de Arthur C. Clarke. En Antología de novelas de anticipación
(décima selección), Barcelona, Editorial
Acervo, sin colección específica, 1970, trad. José María
Aroca.

P. 39: La obesidad y la obscenidad forman la figura
contrapuesta para todos nuestros sistemas, que
han sido apresados por una especie de distensión
ubuesca. Baudrillard alude aquí y en otros momentos
al notable Père Ubu de Alfred Jarry, en torno al
cual escribió varias comedias y viñetas satíricas y altamente
escatológicas. De monstruosa obesidad,
Ubú provoca el caos allí donde va (en la primera aparición
del personaje, Jarry le hace tirar la conciencia
por el retrete). Roger Shattuck escribe de Ubú: “Todos
somos Ubú, benditamente ignorantes de nuestra
destructividad y practicando sistemáticamente el canibalismo
de almas que es el reverso de tirar nuestra


conciencia por el retrete. Ubú, impasible monarca de
tiranos y cornudos, es más terrorífico que la tragedia”.
Roger Shattuck y Simón Watson Taylor (eds.),
“Introduction”, Selected Works of Alfred Jarry, Nueva
York, Grore Press, 1965, p. 10.

P. 44: Podríamos hablar de una suerte de “huelga
de acontecimientos”, para utilizar la expresión de
Macedonio Fernández. La obra de Macedonio Fernández,
el escritor y metafísico argentino
(1874-1952), influyó poderosamente a Jorge Luis Borges
y está considerada en la actualidad como una precursora
importante de la novela latinoamericana
contemporánea. El concepto de Macedonio Fernández
de la huelga de acontecimientos puede encontrarse
en su Papeles de Recienvenido. Continuación
de la nada, Buenos Aires, Editorial Losada, 1944.

P. 46:... y tendríamos, por el contrario, una visión
gigante, objetivamente irónica del proceso completo
científico y tecnológico que no estaría demasiado alejada
del esnobismo radical, del esnobismo japonés
poshistórico del que habló Kojève. Esta referencia se
encuentra en la “Nota a la segunda edición” de A. Kojève,
en Introduction à la lecture de Hegel, 2.a ed.,
París, Gallimard, 1947, pp. 159-162. En esta nota, la
sociedad poshistórica “natural” de Norteamérica es
(desfavorablemente) comparada con lo que Kojève
llama el “esnobismo” del Japón poshistórico. Para
Kojève, el “esnobismo” japonés —la producción de
formas sociales y culturales puramente arbitrarias,
de un ordenamiento simbólico de la sociedad humana
artificial, “vacío”— es un atractivo enfoque alter-


nativo al problema del fin de la historia (y concomitantemente
a las pérdidas de tensiones, de formas
culturales “necesarias”, implícitas en ese fin). Este
“esnobismo”, en virtud de su misma vacuidad, presenta
asombrosas afinidades con la arbitraria creatividad
de la respuesta patafísica al “mundo sin límites”
que caracterizaría, para Baudrillard, el estadio
irónico de la historia.

P. 47: Los científicos ya no están muy lejos de admitir
este punto, y esta ironía del objeto es la verdadera
forma de una ilusión radical del mundo, una
ilusión que ya no es física (ilusión de los sentidos)
o metafísica (ilusión de la mente) sino patafísica, en
el sentido que Jarry dio a la palabra cuando habló
de patafísica como la “ciencia de las soluciones imaginarias”.
Esta frase puede encontrarse en la “Superliminal
Note” de Roger Shattuck sobre la patafísica
publicada originalmente en Evergreen Review,
4, núm. 2 (mayo-junio 1960); fue usada también por
el Collège de Pataphysique en su folleto “En el umbral
de la patafísica” (París, “XC”, 1963?).

P. 48: Nada nos permite decidir entre ellas. “El
mundo es todo lo que acaece”, como afirma Wittgenstein.
Tractatus lógico–philosophicus, Madrid, Alianza
Editorial, 2001, trad. Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera.


P. 48: En la Crítica de la economía política, Marx
escribe: “La humanidad sólo se implica en aquellas
tareas que puede resolver; por tanto, al estudiar más
detenidamente la materia, siempre se encontrará que
la misma tarea surge sólo cuando ya existen las con-


diciones materiales para su solución o al menos están
en proceso de formación”. En Obras selectas, Marx
y Engels, vol. 2, Moscú, 1935.

P. 49: “Si hablo del tiempo”, escribió Queneau, “es
porque ya estamos fuera del tiempo”. Baudrillard cita
probablemente un verso del poema de Raymond
Queneau “L’Explication des métaphores”, en la colección
Les Ziaux: “Si je parle d’un lieu, c’est qu’il
a disparu / Si je parle du temps, c’est qu’il n’est déjà
plus”. Les Ziaux, París, Gallimard, Métamorphoses,
1948.

 

 

III. EL ASESINATO DE LO REAL

P. 53: El Crimen Perfecto. Este concepto está extraído
de un libro anterior de Baudrillard, El crimen perfecto.
Barcelona, Anagrama, 2000. En esta obra el
pensador francés expone las desastrosas consecuencias
de la expurgación de la otredad, la ausencia y
la negatividad de la cultura occidental, un “crimen”
que no sólo borra a su víctima sino también a todas
las pruebas del crimen mismo.

P. 54: Me vuelvo a referir, de nuevo, a Elías Canetti,
cuando escribe:

A partir de cierto punto, la historia dejó de ser real.
Sin darse cuenta de ello, la humanidad ha abandonado
repentinamente la realidad: todo lo que sucedió desde
entonces supuestamente no era verídico; pero supuestamente
no nos dimos cuenta. Nuestra tarea ahora sería


encontrar ese punto y mientras no lo tengamos, nos veremos
forzados a atenernos a nuestra presente destrucción.


Elías Canetti, La provincia del hombre, Madrid,
Taurus, 1986.

P. 60: Por primera vez en la historia nos enfrentamos
con la posibilidad de un Crimen Perfecto contra
el lenguaje, una afánisis de la función simbólica.
Este término bien podría proceder de la jerga psicoanalítica.
Tiene sus raíces en el griego, en “desaparecer”
o “desvanecerse”. Afánisis, palabra acuñada
por Ernest Jones, designa el miedo a la pérdida del
deseo, miedo que para Jones compartían ambos sexos
y que para él era más fundamental que el complejo
de castración. También aparece en Lacan, que
la usa aludiendo al desvanecimiento o desaparición
del sujeto en el proceso de ser constituido en y por
el lenguaje, la pérdida engendrada por la constelación
del sujeto en tanto que escindido por el lenguaje.
Véase, por ejemplo, Los cuatro conceptos fundamentales
del psicoanálisis, Barcelona, Paidós, 1987.
Argüir, como hace Baudrillard, que la función simbólica
misma puede estar condenada a desaparecer.
Implica la pérdida de la “pérdida” que esta función
simbólica instancia en el sujeto tal como Lacan lo
define. En estos términos no hay comunicación posible:
sólo hay código. (Gracias a la profesora Norah
Ashe.)

P.70: Y aquí podríamos citar, como contrapartida
a la frase de Hölderlin, esta frase misteriosa de Hei-


degger: “Cuando estudiamos la esencia ambigua de
la tecnología, contemplamos la constelación, el curso
estelar del misterio”. Martin Heidegger, The Question
Concerning Technology and Other Essays, trad. William
Lovitt, Nueva York, Harper and Row, 1977.

 


ÍNDICE ANALÍTICO

 

 

 

 

 

ADN, 3, 17, 19

alienación, 45, 57

antimateria, 62-64

Apocalipsis, 32

arrepentimiento, 12-13, 34

autopistas de la desinformación,
56

 

Beaubourg Centre, reloj,
30-31

biosfera,6

Biosfera 2, 14, 17, 73-74n

Borges, Jorge Luis, 55, 77n

 

cáncer, 4-5, 7

Canetti, Elías, 16-17, 54, 74n,
79-80n

células cerebrales, 3

cibermuerte, 10-11

cibersexo, 10

ciencia: involución y, 7-8, 10,
15-16

Clarke, Arthur C., 36, 90n

clonación, 6-7
arrepentimiento y, 12-13
como experimento, 13-15
como revisión, 13-14
cuerpos sin cabeza, 3-4

cultura y, 20-22

ética y, 22

ironía y, 22-23

mental vs. biológica, 21

moralidad y, 23-25

pasado y, 34-35

conciencia de clase, 49

condiciones materiales, 48,
56

conocimiento, 64-67, 77

cosmología, 62

crecimiento, 39-40

creencia, 35, 42

crisis, 37, 58-59

Crítica de la Economía Política,
48

Cronenberg, David, 11

cultura, clonación y, 20-22

culturas no occidentales,
20-21

 

Debord, Guy, 57

deconstrucción, 68

derechos, 18-19, 20, 22, 24

desaparición
de la historia, 16-17, 37-38,
49
de la realidad, 57-59

 


del género humano, 58-59
Discoverer 17, 5, 73n

Dios, muerte de, 53-54

Disney, Walt, 3

división celular, 4-5

donación de órganos, 3-4

 

El crimen perfecto (Baudrillard),
79n

entropía, 30

esfera política, 38-39

esfera social, 38-39

especies en peligro de extinción,
18-19

espectáculo, 57

ética, 22

etnología, 49

excesos, 56-58

experimentación, 13-15

éxtasis, 40

exterminio, 53-56, 65, 80n

 

fenómenos extremos, 39-41

Fernández, Macedonio, 44, 77n

Foucault, Michel, 49

forma, 24

Freud, Sigmund, 6

 

gemelos, 11

gemelaridad, 11

 

Hegel, G.W.F., 10, 49

Heidegger, Martin, 70-71,
80-81n

Herencia, 35

Historia, 16-17
acelerada, 56-58, 66-67
como realidad virtual, 44

desaparición de, 16-17, 38,
48-49

espectralidad de, 43

fenómenos extremos y,
39-41

milenio y, 29-30

significado de, 41

tiempo y, 30-32

Hölderlin, Friedrich, 70,
80-88n

huelga de acontecimientos,
44, 77n

humanidad
autodestructividad, 15-18,
56-57

como cobaya, 14-15

definición genética, 19-20

funciones inútiles, 9-11, 56

humanismo, 18

 

identidad, 6-7

ideologías, 42

ilusión, 61-63, 65
materialidad y, 62-64
tecnología y, 47-48

Ilustración, 18

Imaginación, 47

imaginería de los virus, 6-7,
65-66, 68

impulso tanático, 6, 23

incesto, 11-12, 22-23

indiferencia, 37

individuación, 11-13

individual, 3, 11-13

inercia, 41

información, 7-8, 14, 44-45,
56, 68

 


inhumano, 16-17, 20

inmoralidad, 25

inmortalidad, 3, 4, 5-7
moralidad y, 23, 25

Inseparables, 11

instinto de conservación, 15

interminabilidad, 37

involución, 7-8,10,15-16

ironía, 22-23, 45-48, 67-68

 

Jarry, Alfred, 47, 75-76n,
76-77n, 78

jurisdicción, 19-20

 

Kafka, Franz, 49

Kojève, Alexandre, 46

 

Lacan, Jacques, 80n

Lacks, Henrietta, 4-5

lenguaje, 59-61

libertad, 12,18

Los nueve billones de nombres
de Dios, 36

 

Marx, Karl, 43, 48-49, 67,
78-79n

masas, media y, 46-47

materia, 62-64

media, 43-44, 46, 68

memoria, 29-30, 32, 34-35,
75n

memorización, 34-35

metafísica, 45

milenio, 29
como realidad virtual,
31-32

cuenta atrás, 30-31, 33-35,
36-37

historia y, 29-30

simbolismo, 30

tecnología y, 36, 37

modernidad, 34, 70

monopensamiento, 20, 21, 22

moralidad, 23-25

muerte
como realidad virtual,
10-11
de Dios, 53-54
olvido de la, 4-5

 

Napoleón I, 43

Napoleón III, 43

naturaleza, clonación en, 11

negatividad, 17, 61, 64

neurosis, 12, 35

Nietzsche, Friedrich, 18, 53,
69

nostalgia, 12-13, 15, 29

 

obesidad, 39-40, 45, 76n

objetividad, 65-66

objeto científico, 47, 65-66,
68-69

obscenidad, 39, 45, 76n

optimismo, 69-70

oveja Dolly, 4, 73n

 

paradoja, 58-59

Parque Jurásico, 34

pasado, 30-32, 34, 35

patafísica, 45, 47, 78n

pensamiento, 25, 49-50, 60,
71-72

 


poder, 49

positividad, 8, 58, 69-70

predicción, 32

proletariado, 67

 

Queneau, Raymond, 49, 79n

 

racionalización, 56

realidad
asesinato de, 53-54
como principio, 54-55
conocimiento y, 67
desaparición de la, 57-59
hiperrealidad, 55, 56-57
virtual, 57-58

reproducción, 6, 9

responsabilidad, 44, 45

revolución científica, 9, 10

revolución sexual, 7, 8-9

 

Sarajevo, 43

selección natural, 15

sexualidad, 8-10, 17

Shattuck, Roger, 76-77n

sidatón, 33, 75n

situacionistas, 57

solución final, 7, 21, 48

subjetividad, 57-58, 64-67, 69

supervivencia, 17-18, 32, 54,
73-74n

 

tasa de mortalidad, 16

tecnología, 36-37

tiempo, 30-32, 40, 49, 56-57

tiempo real, 40, 45, 56-57

transparencia, 39, n

transpolítico, 33, 45

 

Ubú, Père Ubu, 76-77n
(ubuesco, 39, 45)

universo, 62-64

utopía, 31, 32, 41-42, 58

 

valor, 24-25

valores, 58-59

vanguardias, 42

verdad, 59-60, 62

violencia, 16

 

Wittgenstein, Ludwig, 48

 

 

 

 


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