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Baudrillard. De la Seduccion. Ed. Catedra. 1986.
 

 

 El secreto y el desafío 


El secreto. Cualidad seductora, íniciática, de lo que no puede ser dicho  porque no tiene sentido, de lo que no es dicho y, sin embargo, circula.  Sé el secreto del otro, pero no lo digo y él sabe que yo lo sé, pero no  corre el velo: la intensidad entre ambos no es otra cosa que ese secreto  del  secreto.  Esta  complicidad  no  tiene  nada  que  ver  con  una  información oculta. Además, si cualquiera de los implicados quisiera  levantar el secreto no podría, pues no hay nada que decir... Todo lo  que puede  ser revelado queda al margen del secreto.  Pues no es un  significado oculto, no es la llave de nada, circula y pasa a través de  todo  lo  que  puede  ser  dicho  igual  que  la  seducción corre  bajo  la  obscenidad de la palabra — es el inverso de la comunicación y, sin  embargo,  se  comparte.  Sólo  adquiere  su  poder  al  precio  de  no  ser  dicho, igual que la seducción actúa a condición de no ser nunca dicha,  nunca querida. 

Lo  que  se  esconde  o  lo  que  se  rechaza  tiene  la  vocación  de  manifestarse,  el  secreto  no  la  tiene  en  absoluto.  Es  una  forma  iniciadora, implosiva: a la que se entra, pero de la que no se sabría  salir.  Nunca  hay  revelación,  nunca  hay  comunicación,  ni  siquiera  «secreción» del secreto (Ztmpleny, Nouvelle Revue de Psychanalyse,  núm. 14): de ahí proviene su fuerza, su poder de intercambio alusivo y  ritual.  

En el Diario de un seductor la seducción tiene la forma de un enigma  y, para seducirla, hay que volverse a su vez enigma para ella: es un  duelo  enigmático,  que  la  seducción  resuelve  sin  que  el  secreto  sea  revelado. Levantado el secreto, su revelación sería la sexualidad. El  quid  de  esta  historia,  si  tuviera  alguno,  sería  el  sexo  —  pero  precisamente no lo tiene. Allí donde el sentido debería darse, donde el  sexo  debería  darse,  donde  las  palabras  lo designan,  donde  los  otros  [77]  lo  piensan,  no  hay  nada.  Y  esta  nada  del  secreto,  este  insignificado  de  la  seducción  circula,  corre  bajo  las  palabras,  corre  bajo el sentido y más deprisa que el sentido: él es el que os alcanza 
 


primero, antes que las frases os lleguen, al tiempo que se desvanecen.  Seducción  subyacente  al  discurso,  invisible,  de  signo  en  signo,  circulación secreta. 

Exactamente  lo  contrarío  de  una  relación  psicológica:  estar  en  el  secreto  del  otro  no  es  compartir  sus  fantasmas  o  sus  deseos,  no  es  compartir  un  no  dicho  que  podría  serlo:  cuando  «ello»  habla  es  precisamente no seductor. Lo que es del orden de la energía expresiva,  del rechazo, del inconsciente, de lo que quiere hablar y adonde el «yo»  debe  llegar,  todo  eso  es  de  orden  exotérico  y  contradice  la  forma  esotérica del secreto y la seducción. 

Sin  embargo,  el  inconsciente,  la  «aventura»  del  inconsciente, puede  aparecer  como  el último  intento de gran envergadura por rehacer el  secreto  en  una  sociedad  sin  secreto.  E1  inconsciente  sería  nuestro  secreto,  nuestro  misterio  en  una  sociedad  de  confesión  y  transparencia.  Pero  en  realidad  no  lo  es,  pues  ese secreto  es  sólo  psicológico, y no tiene existencia propia, ya que el inconsciente nace  al mismo tiempo que el psicoanálisis, es decir, que los procedimientos  para  reabsorberlo  y  las  técnicas  de  denegación  del secreto  en  sus  formas más profundas. 

ëQuizá algo se venga de todas esas interpretaciones y turba sutilmente  su  desarrollo?  Algo  que  no  quiere  decididamente  ser  dicho  y  que,  siendo  enigma,  posee  enigmáticamente  su  propia  resolución,  y  en  consecuencia,  sólo  aspira  a  quedar  en  el  secreto  y en  el  goce  del  secreto. 

A  pesar  de  todos  los  esfuerzos  por  desnudarlo,  por traicionarlo  por  hacerlo significar, el lenguaje vuelve a su seducción secreta, volvemos  siempre a nuestros propios placeres insolubles. 

No hay tiempo de la seducción, ni un tiempo para la seducción, tiene  su propio ritmo, sin el cual no tiene lugar. No se distribuye como lo  hace una  estrategia instrumental, que  avanza  por frases intermedias.  Opera en un instante, en un sólo movimiento, y ella misma es siempre  su propio fin. 

El ciclo de la seducción no se detiene. Se puede seducir a ésta para  seducir  a  la  otra  y  también  seducir  a  la  otra  para complacerse.  El 
 


anzuelo es tan sutil que lleva de uno a otro. ëEs seducir o ser seducido  lo que es seductor? Ser seducido es con mucho la mejor manera de  seducir. Es una estrofa sin fin, Igual que no hay activo ni pasivo en la  seducción, tampoco hay sujetó u objeto, interior o [78] exterior: actúa  en  las  dos  vertientes  y  ningún  límite  las  separa.  Nadie,  si  no  es  seducido, seducirá a los demás. 

La seducción, al no detenerse nunca en la verdad de los signos, sino  en el engaño y el secreto, inaugura un modo de circulación secreto y  ritual,  una  especie  de  iniciación  inmediata  que  sólo  obedece  a  sus  propias reglas del juego. 

Ser  seducido  es  ser  desviado  de  su  verdad.  Seducir  es  apartar  al  otro de su verdad. Sin embargo, esta verdad constituye un secretoque  se le escapa (Vincent Descombes). 

La seducción es inmediatamente reversible, su reversibilidad proviene  del desafío que implica y del secreto en el que se sume. 

Fuerza  de  atracción  y  de  distracción,  fuerza  de  absorción  y  de  fascinación, fuerza de derrumbamiento no sólo del sexo, sino de todo  lo real, fuerza de desafío — nunca una economía de sexo y de palabra,  sino un derroche de gracia y de violencia, una pasión instantánea a la  que  el  sexo  puede  llegar,  pero  que  puede  también  agotarse  en  si  misma,  en  ese  proceso  de  desafío  y  de  muerte,  en  la  indefinición  radical  por  la  que  se  diferencia  de  la  pulsión,  que  es  indefinida  en  cuanto a su objeto, pero definida como fuerza y como origen, mientras  la  pasión  de  seducción  no  tiene  sustancia  ni  origen;  no  toma  su  intensidad de una inversión líbidinal, de una energía de deseo, sino de  la pura forma del juego y del reto puramente formal. 

Tal es el desafío. También forma dual que se agota en un instante, y  cuya intensidad proviene de esta reversión inmediata. Con capacidad  de embrujo, como un discurso despojado de sentido, al que por esta  razón absurda no se le puede dejar de responder. ëPor qué un desafío  exige  respuesta? La misma  interrogación misteriosa: ëqué es  lo que  seduce? 

ëQué  hay  de  más  seductor  que  el  desafío?  Desafío  o seducción,  es  siempre enloquecer al otro, pero de un vértigo respectivo, locos de la 
 


ausencia vertiginosa que los reúne y de una absorción respectiva. Tal  es la fatalidad del desafío, por lo que no se puede dejar de responder:  inaugura  una  especie  de  relación  loca,  muy  diferente  a  la  que  se  establece en la comunicación y el intercambio: relación dual que pasa  por signos insensatos, pero unidos por una regla fundamental y por su  aplicación secreta. El desafío pone fin a todo contrato, a todo cambio  regulado por la ley (ley de naturaleza o ley del valor) y lo sustituye  por  un  pacto  altamente  convencional,  altamente  ritualizado,  la  obligación incesante de responder y de  mejorar la, apuesta dominada  por una regla del juego fundamental y medida según [79] su propio  ritmo. Contrariamente a la ley que está siempre inscrita en las tablas,  en  el  corazón  o  en  el  cielo  esta  regla  fundamental nunca  necesita  enunciarse,  no  debe  enunciarse  nunca.  Es  inmediata  inmanente,  ineludible (la ley es trascendente y explícita). 

No podría haber contrato de seducción, contrato de desafío. Para que  haya desafío o seducción hace falta que toda relación contractual se  desvanezca  ante  una  relación  dual,  construida  de  signos  secretos  al  margen  del  intercambio,  que  adquieren  toda  su  intensidad  en  su  reparto formal, en su reverberación inmediata. Tal es el hechizo de la  seducción,  que  pone  fin  a  toda  economía  de  deseo,  a  todo  contrato  sexual  o  psicológico,  y  lo  sustituye  por  un  vértigo  de  respuesta  —  nunca  una  inversión:  un  envite  —  nunca  un  contrato:  un  pacto  —  nunca individual: dual — nunca psicológico: ritual — nunca natural:  artificial. La estrategia de nadie: un destino. 

Desafío y seducción están infinitamente próximos, Sin embargo, ëno  habría una diferencia, al consistir el desafío en llevar al otro al terreno  de  tu propia  fuerza, que será también la suya, con el objeto de una  sobrepuja  ilimitada,  mientras  que  la  estrategia  (?)  de  la  seducción  consiste en llevar al otro al terreno de tu propia debilidad, que será  también la suya? Debilidad calculada, debilidad incalculable: reto al  otro  a  dejarse  atrapar.  Fallo  o  desfallecimiento:  el  perfume  de  la  pantera, ëno es una falla, un abismo al que los animales se acercan por  vértigo?  De  hecho,  la  pantera  de  perfume  mítico  no es  más  que  el 
 


epicentro  de  la  muerte  y  las  emanaciones  sutiles  provienen  de  esa  cisura. 

Seducir  es  fragilizar.  Seducir  es  desfallecer.  Seducimos  por  nuestra  fragilidad,  nunca  por  poderes  o  signos  fuertes.  Esta  fragilidad  es  la  que ponemos en juego en la seducción y la que le proporciona esta  fuerza. 

Seducimos  por  nuestra  muerte,  por  nuestra  vulnerabilidad,  por  el  vacío  que  nos  obsesiona.  El  secreto  está  en  saber  jugar  con  esta  muerte  a  despecho  de  la  mirada,  del  gesto,  del  saber,  del  sentido.   El  psicoanálisis  dice:  asumir  la  propia  pasividad, asumir  la  propia  fragilidad, pero hace de ello una forma de resignación, de aceptación,  en  términos  todavía  casi  religiosos,  hacia  un  equilibrio  bien  temperado. La seducción juega triunfalmente con esa fragilidad, hace  de ella un juego, con sus reglas propias. [80]  Todo es seducción, sólo seducción. 

Han querido hacernos creer que todo era producción. Leitmotiv de la  transformación del mundo: el juego de las fuerzas productivas es el  que  regula  el  curso  de  las  cosas.  La  seducción  no  es  más  que  un  proceso  inmoral,  frívolo,  superficial,  superfluo,  del  orden  de  los  signos y de las apariencias, consagrado a los placeres y al usufructo de  los cuerpos inútiles. ëY si todo, contrariamente a las apariencias — de  hecho, según la regla secreta de las apariencias — si todo obedeciera a  la seducción? 


el momento de la seducción 

 el suspenso de la seducción  el alea de la seducción  el accidente de la seducción  el delirio de la seducción  el descanso de la seducción 


La  producción  no  hace  sino  acumular  y  no  se  desvía  de  su  fin. 

Reemplaza  todas  las  trampas  por  una  sola:  la  suya, convertida  en  principio de realidad. La producción, como la revolución, pone fin a la 
 


epidemia  de  las  apariencias.  Pero  la  seducción  es  ineludible.  Nadie  que esté vivo se escapa — ni siquiera los muertos en la operación de  su  nombre  y  de  su  recuerdo.  Sólo  están  muertos  cuando  les  llega  ningún  eco  del  mundo  para  seducirlos,  cuando  ya  ningún  rito  les  desafía a existir. 

Para  nosotros  sólo  está  muerto  el  que  ya  no  puede  producir  en  absoluto. En realidad, sólo está muerto el que ya no quiere seducir en  absoluto, ni ser seducido. 

Pero la seducción se apodera de él, a pesar de todo, como se apodera  de toda producción y acaba por aniquilarla.  

Pues el vacío, la ausencia horadada en cualquier punto por un desquite  de cualquier signo, el sinsentido que coquetea repentinamente con la  seducción,  este  vacío  lo  encuentra  también  la  producción,  si  bien  desencantado, al término de su esfuerzo. Todo vuelve al vacío, incluso  nuestras  palabras  y  gestos,  pero  algunos,  antes  de desaparecer,  han  tenido tiempo, anticipándose a su fin, de ejercer una seducción que los  demás  nunca  conocerán.  El  secreto  de  la  seducción  está  en  esta  evocación y revocación del otro a través de gestos cuya lentitud, cuyo  suspenso  es  tan  poético  como  la  película  de  una  caída  o  de  una  explosión  a  cámara  lenta,  porque  entonces  hay  algo  que  tenemos  tiempo  de  echar  en  falta  antes  que  llegue  a  su  término,  lo  que  constituye, si es que existe, la perfección del «deseo». [81] 

 


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