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Baudrillard. De la Seduccion. Ed. Catedra. 1986.
 

 

El miedo de ser seducido 

Si bien la seducción es una pasión o un destino, es la pasión inversa la  que  triunfa  más  a  menudo:  la  de  no  ser  seducido.  Luchamos  por  fortalecernos  en  nuestra  verdad,  luchamos  contra  el  que  quiere  seducirnos. Renunciamos a seducir por miedo a ser seducidos. 

Todos los medios son buenos para escapar de ello. Van desde seducir  al  otro  sin  tregua  para  no  ser  seducido  hasta  hacer  como  si  uno  estuviera seducido para poner término a cualquier seducción. 

La histeria conjuga la pasión de la seducción y la de la simulación. Se  protege de la seducción mediante el ofrecimiento de signos en celada,  ya que no se nos permite creer en ellos cuando se nos dan a leer en  forma exacerbada. 

Los  escrúpulos,  los  remordimientos  exagerados,  los  movimientos  patéticos, el ruego  incesante, esa forma  serpenteante de  disolver los  acontecimientos y de hacerse inasequible, ese vértigo impuesto a los  demás, y esta decepción, todo eso es disuasión seductora, y su oscuro  proyecto consiste menos en seducir que en no dejarse nunca seducir. 

La  histérica  no  tiene  intimidad,  ni  secreto,  ni  afecto,  toda  ella  consagrada al chantaje exterior, a la credibilidad efímera, pero total,  de  sus  «síntomas»,  a  la  exigencia  absoluta  de  hacer  creer  (como  el  mitómano con sus historias) y a la decepción simultánea de cualquier  creencia  —  y  esto  sin  apelar  siquiera  a  una  ilusión  compartida.  Demanda absoluta, pero insensibilidad total a la respuesta. Demanda  volatizada en los efectos de signos y de puesta en escena. También la  seducción se ríe de la verdad de los signos, pero la convierte en una  apariencia  reversible,  mientras  que  la  histeria  exclusivamente  [113]  juega con ellos. Es como si se apropiase para ella sola el proceso en-tero de la seducción, realizando ella misma su puja y dejando al otro  únicamente  el  ultimátum  de  su  conversión  histérica,  sin  reversión  posible. La histérica consigue hacer de su cuerpo un obstáculo para la  seducción: seducción pasmada de su propio cuerpo fascinada por sus  propios síntomas. Que sólo pretende pasmar a su vez al otro, en un 
 


lance  que  engaña  y  que  no  es  sino  el  psicodrama  patético  —  si  la  seducción es un desafío, la histeria es un chantaje. 

La mayoría de los signos, de los mensajes (también de los otros) nos  solicitan hoy bajo esa forma histérica, bajo la forma del hacer-hablar,  del  hacer-creer,  del  hacer-gozar  por  disuasión,  bajo  la  forma  del  chantaje  a  una  transacción  ciega,  psicodramática,  bajo  signos  des-pojados de sentido, y que se multiplican, se hipertrofian precisamente  porque ya no tienen secreto, ya no tienen crédito. Signos sin fe, sin  afecto, sin historia, signos aterrorizados ante la idea de significar —  igual que la histérica se aterroriza ante la idea de ser seducida. 

En realidad, esta ausencia que tenemos en nuestro interior es lo que  aterroriza  a  la  histérica.  Es  necesario  que  se  vacíe,  con  su  juego  incesante, de esta ausencia. Podríamos amarla, podría amarse si esta  ausencia fuera secreta. Espejo 'tras del cual, próxima al suicidio, pero  reconvirtiendo el suicidio como cualquier otra cosa en un proceso de  seducción  teatral  y  contrariado  —  sigue  inmortal  en  su  lance  espectacular. 

Igual  proceso,  pero  de  histeria  inversa,  en  la  anorexia,  la  frigidez  o la impotencia: hacer de su cuerpo un espejo vuelto del revés, borrar  en él cualquier signo de seducción, desencantarlo o desexualizarlo, es  llamar una vez más al chantaje y al ultimátum: «No me seducirá, le  desafío  a  seducirme.»  Por  eso  la  seducción  trasluce  en  su  negación  misma, ya que el desafío es una de sus modalidades fundamentales.  Sencillamente  el  desafío  debe  dejar  sitio  a  una  respuesta,  debe  procurar (sin quererlo) dejarse seducir, mientras que aquí el juego está  cerrado. Y una vez más lo está a causa del cuerpo, en este caso por la  puesta en escena del rechazo de seducción — mientras que la histérica  sale adelante con la puesta en escena de la demanda de seducción. En  todos  los  casos,  es  una  negativa  a  seducir  y  ser  seducido. 

El problema no es, pues, el de la impotencia sexual o alimenticia, con  su  cortejo  de  razones  y  sinrazones  psicoanalíticas,  sino  el  de  la  impotencia  cuanto  a  la  seducción.  Desafecto,  neurosis,  angustia,  frustración, todo lo encuentra el psicoanálisis sin duda proviene de no 
 


poder  amar  o  ser  amado,  de  no  poder  gozar  o  dar  goce,  pero  el  desencanto  radical  proviene  de  la  seducción  y  de  su  fracaso.  Sólo  [114]  están  enfermos  aquellos  que  están  profundamente  fuera  de  la  seducción,  incluso  si  aún  son  completamente  capaces  de  amar  y  de  gozar. Y el psicoanálisis que cree tratar las enfermedades del deseo y  del sexo en realidad trata las enfermedades de la seducción (que ha  contribuido no poco a colocar fuera de la seducción y a encerrar en el  dilema del sexo). El déficit más grave está siempre en lo que se refiere  al  duende,  no  al  goce,  en  lo  que  se  refiere  al  hechizo,  no  a  la  satisfacción vital o sexual, en lo que se refiere a la regla (del juego) y  no a la Ley (simbólica). La única castración es la de la privación de  seducción. 

Que afortunadamente fracasa sin cesar, renaciendo la seducción de sus  cenizas como el fénix, y no pudiendo impedir el sujeto que todo eso  vuelva a ser, por ejemplo, en la impotencia y la anorexia, un intento  último y desesperado de seducción, que la negación vuelva a ser un  desafío. Quizás hasta en esos aspectos exacerbados de negativa sexual  de sí misma es donde se expresa la seducción en su forma más pura,  ya que además es decirle al otro: «Pruébame que no se trata de eso.»  A  la  seducción  se  oponen  otras  pasiones,  que  afortunadamente  también  fracasan  la  mayoría  de  las  veces  al  cabo  de  su  intento:  la  colección,  por  ejemplo,  el  fetichismo  coleccionista.  Su  afinidad  antagónica con la seducción quizás es tan grande sólo porque también  se  trata  de  un  juego,  con  su  regla,  cuya  intensidad  puede  sustituir  cualquier otra: pasión de una abstracción tal que desafía cualquier ley  moral,  para  no  guardar  sino  el  ceremonial  absoluto de  un  universo  cerrado, en el que el sujeto se secuestra, a sí mismo. 

El coleccionista es un celoso que busca la exclusividad de su objeto  muerto sobre el que sacia su pasión fetichista. Reclusión, secuestro:  ante  todo  se  colecciona  a  sí  mismo.  Y  no  podría  sustraerse  a  esta  locura, ya que su amor, por el objeto, la estrategia amorosa del que lo  rodea, es antes que nada el odio y el terror de la seducción que de él  emana. Por otra parte, a él le ocurre lo mismo: repulsión por cualquier  seducción que pudiera provenir de sí. 
 


The  Collector  (El  Coleccionista),  película  y  novela,  ilustraba  ese  delirio. No habiendo sabido seducir a una mujer, ni hacerse amar por  ella (pero  ëdesea una seducción, desea  una espontaneidad amorosa?  Desde luego que no: quiere forzar el  amor, forzar la seducción), un  hombre  la  rapta  y  la  secuestra  en  el  sótano  de  una casa  de  campo,  previamente equipada para ese tipo de estancia. Se instala, la cuida, la  colma de múltiples atenciones, pero impide todos [115] sus intentos  de evasión, desbarata todas sus tretas, no la perdonará más que si se  confiesa  vencida  y  seducida,  más  que  si  le  ama  por  fin  espontáneamente. Con el curso del tiempo se traba entre ellos, en la  promiscuidad forzosa, una forma turbia e indecisa de connivencia —  una noche  la  invita  a  cenar  «arriba»,  con  todas las  precauciones.  Y  comienza verdaderamente a seducirlo y se ofrece a él. Quizá le ama en  ese  momento,  quizás  no  quiere  sino  desarmarlo.  Sin  duda  ambas  cosas.  Sea  lo  que  sea,  ese  movimiento  provoca  en  él  una  angustia  pánica, le pega, la insulta y la vuelve a secuestrar en la bodega. Ya no  la  respeta,  la  desviste  y  toma  clichés  fotográficos  que  reúne  en  un  álbum  (por  otro  lado,  colecciona  mariposas,  cuya  colección  le  ha  enseñado con orgullo). Cae enferma, después en una especie de coma,  él ya no  se  ocupa de ella, va  a  morir, la entierra en  el patio. Y las  últimas  imágenes  lo  presentan  a  la  búsqueda  de  otra  mujer  que  secuestrar para seducirla a toda costa. 

La  exigencia  de  ser  amado,  la  impotencia  de  ser  seducido.  Incluso  cuándo  la  mujer  acaba  por  ser  seducida  (lo  bastante  para  querer  seducirle), él no puede aceptar  esta victoria: prefiere ver en  ello un  maleficio  sexual  y  castigarla.  No  es  una  cuestión  de  impotencia  (nunca  es  una  cuestión  de  impotencia),  es  que  prefiere  el  encanto  celoso de la colección de objetos muertos — el objeto sexual muerto  es  tan  hermoso  como  una  mariposa  de  élitros  fluorescentes  —  a  la  seducción de un ser vivo que le intimaría a amar también a él. Mejor  la  fascinación  monótona  de  la  colección,  que  es  la de  la  diferencia  muerta — mejor la obsesión de lo mismo que la seducción de lo otro.  Por ello se presiente desde el principio que ella morirá, no porque sea 
 


un  loco  peligroso,  sino  porque  es  un  ser  lógico,  y  de  una  lógica  irreversible: seducir sin ser seducido — ninguna reversibilidad. 

En ese caso es necesario que uno de los dos muera, y es siempre el  mismo,  porque  el  otro  ya  está  muerto.  El  otro  es  inmortal  e  indestructible, como lo es toda perversión, lo que ilustra la inevitable  vuelta a empezar del final de la película (no sin humor por otra parte:  los  celosos,  como  los  perversos,  están  llenos  de  humor  fuera  de  su  esfera de reclusión y hasta en la minucia de sus procedimientos). De  todas  maneras,  se  ha  encerrado  en  una  lógica  insoluble:  todos  lo  signos de amor que ella pueda darle serán interpretados a la inversa Y  los más tiernos serán los más sospechosos. Quizás se contentaría con  signos  convenidos,  pero  lo  que  no  soporta  es  una  verdadera  solicitación  amorosa:  en  su  lógica,  ella  ha  firmado  su  condena  de  muerte. 

La historia no es la de un suplicio: es conmovedora. ëQuién ha dicho  que  la  más  bella  prueba  de  amor  fuese  el  respeto  del  otro  y  de  su  deseo? Quizás el precio pagado por la belleza y la seducción consiste  [116] en ser secuestrada y matada, porque es demasiado peligrosa y  nunca se le podrá devolver lo que da. No hay más remedio que ma-tarla. La joven lo admite de alguna manera, ya que se somete a esta  seducción más elevada que se le presenta en la metáfora del secuestro.  Sencillamente  no  puede  sino  responder  con  un  ofrecimiento  sexual,  que,  en  efecto,  parece  trivial  respecto  al  desafío  que  ella  misma  plantea con su belleza. Nunca abolirán la exigencia de seducción los  placeres  del  sexo.  En  otro  tiempo  cada  mortal  estaba  obligado  a  redimir  su  cuerpo  vivo  con  el  sacrificio,  hoy  todavía  toda  forma  seductora,  quizás  incluso  toda  forma  viva  está  obligada  a  redimirse  con la muerte. Tal es la ley simbólica — que no es una ley por otra  parte, sino una regla ineludible, es decir, que nos adherimos a ella sin  fundamento, como por una evidencia arbitraria, y en absoluto según  un principio que nos supera. 

ëHay que concluir que todo intento de seducción se resuelve o con el  crimen  del  objeto,  o  con  lo  que  es  un  matiz  de  lo  mismo,  con  un  intento de volver al otro loco? El encanto que se puede ejercer sobre el 
 


otro ëes siempre maléfico? ëAcaso no es sólo la represalia vengativa  del hechizo que ejerce sobre uno? ëEl juego que se juega es un juego  de muerte, más cercano a la muerte en todo caso que el intercambio  sereno de placeres sexuales? Seducir implica que se dan pruebas de  ser seducido, es decir, sacado de sí y convertido en la prenda de un  sortilegio:  todo  obedece  aquí  a  la  regla  simbólica  del  reparto  inmediato que dicta asimismo la relación de sacrificio de hombres a  dioses  en  las  culturas  de  la  crueldad,  es  decir,  las  de  un  reconocimiento y un reparto sin límites de la violencia. La seducción  forma  parte  de  una  cultura  de  la  crueldad,  es  la  única  forma  ceremonial que nos queda de ella, es en todo caso lo que nos designa  nuestra  muerte  bajo  una  forma  no  accidental  y  orgánica,  sino  necesaria y rigurosa y consecuencia inevitable de una regla del juego:  la muerte es todavía lo que está en juego en cualquier pacto simbólico,  sea  el  de1  desafío,  el  del  secreto,  el  de  la  seducción  o  el  de  la  perversión. 

Seducción  y  perversión  mantienen  relaciones  sutiles.  ëLa  seducción  no es ya una forma de desviación del orden del mundo? Sin embargo,  de  todas  las  pasiones,  de  todos  los  movimientos  del  alma,  la  perversión es quizás la que se opone más de cerca a la seducción. 

Ambas son crueles e indiferentes en lo que respecta al sexo. 

La seducción es algo que se apodera de todos los placeres, de todos  los afectos y representaciones, que se apodera de los mismos sueños  para volverlos a verter en una cosa distinta a su desarrollo primario,  [117]  en un juego más agudo y más sutil, cuyo objetivo ya no tiene ni  principio ni fin, ni el de un deseo, ni el de una pulsión. 

Si existe una ley natural del sexo, un principio de placer, entonces la  seducción consiste en renegar de su principio y en sustituirlo por una  regla  del  juego,  una  regía  arbitraria,  y  en  ese  sentido  perversa.  La  inmoralidad de la perversión, como la de la seducción no proviene de  un abandono a los placeres sexuales contra cualquier moral, proviene  de  un  abandono,  más  grave  y  más  sutil,  del  sexo  mismo  como  referencia y como moral, incluso de sus placeres. 
 


Jugar,  no  gozar.  El  perverso  es  frío  en  lo  que  respecta  al  sexo. 

Transmuta  la  sexualidad  y  el  sexo  en  vector  ritual,  en  abstracción  ritual y ceremonial, en un estar en juego ardiente de signos en lugar de  un intercambio de deseo. Introduce toda la intensidad en los signos y  en su evolución igual que Artaud la introducía en la evolución teatral  (irrupción  salvaje  de  los  signos  en  la  realidad),  también  violencia  ceremonial, y en absoluto pulsíonal — sólo el rito es violento, sólo la  regla de juego es violenta, porque acaba con el sistema de lo real» tal  es la verdadera crueldad, que no tiene nada que ver con la sangre. Y la  perversión es cruel en ese sentido. 

La fuerza de fascinación del orden perverso proviene de un culto ritual  fundado en la regla. Perverso no es lo que transgrede la ley, sino lo  que  escapa  a  la  ley  para  entregarse  a  la  regla,  escapa  no  sólo  a  la  finalidad  reproductiva,  sino  al  orden  sexual  mismo  y  a  su  ley  simbólica para encontrar una forma ritualizada, regulada, ceremonial.  El contrato perverso precisamente no es un contrato, un trato entre dos  cambistas libres, sino un pacto encaminado a la observancia de una  regla, y que instaura una relación dual (como el desafío), es decir, que  excluye  a  cualquier  tercero  (a  diferencia  del  contrato),  y  es  indisociable en términos individuales. Este pacto y esta relación dual,  esta  red  de  obligaciones  ajenas  a  la  ley  son  las  que  hacen,  a  la  perversión,  por  un  lado  invulnerable  al  mundo  exterior,  y  por  otro  imposible  de  analizar  en  términos  de  inconsciente  individual,  y  en  consecuencia inaccesible al psicoanálisis. Pues el orden de la regla no  es de la jurisdicción del psicoanálisis, al que sólo pertenece el de la  ley. Y la perversión forma parte de este otro universo. 

La relación dual abole la ley del intercambio. La regla perversa abole  la  ley  natural  del  sexo.  Arbitrariamente,  como  la  del  juego,  poco  importa su contenido, lo esencial es la imposición de una regla, de un  signo o de un sistema de signos que hace abstracción de lo sexual (eso  puede  ser  el  numerario  como  en  Klossowski,  convertido  en  vector  ritual  de  perversión,  y  desviado  por  completo  de  la  ley  natural  del  intercambio). [118] 
 


De  ahí  la  afinidad  entre  los  conventos,  las  sociedades  secretas,  los  castillos  de  Sade  y  el  universo  perverso.  Los  votos,  los  ritos,  los  interminables protocolos sádicos. Lo que les une es el culto a la reg1a,  lo que se comparte es la regla y no su ausencia. Y, en el interior de  esta regla, el perverso (la pareja), puede admitir perfectamente todas  las infracciones y distorsiones sociales y sentimentales, pues esto sólo  afecta  a  la  ley  (como  en  Goblot  la  clase  burguesa:  uno  puede  permitírselo  todo  mientras  que  la  regla  de  la  clase,  el  sistema  de  signos arbitrarios que la define como casta, esté a salvo). Todas las  transgresiones son posibles, pero no la infracción de la regla. 

Así, perversión y seducción se atraen por su desafío común al orden  natural. Sin embargo, se oponen violentamente en múltiples ocasiones  como  en  el  relato  del  Collector,  donde  vemos  triunfar  sobre  la  seducción la pasión celosa y perversa. O también en la Historia de la  Danseuse  referida  por  Leo  Scheer:  un  SS  de  los  campos  de  concentración obliga a una joven Judía a bailar ante él antes de morir.  Ésta lo hace, y a medida que baila y cautiva al SS, se acerca a él le  sustrae su arma y le mata. De los dos universos en presencia, el del  SS,  modelo  de una  fuerza  perversa  y  apabullante,  de  una  fuerza  de  fascinación  (la  correspondiente  a  la  soberanía  del  que  detenta  la  muerte de otro) y el de la joven, modelo de seducción por el baile, el  último triunfa: la seducción irrumpe en el orden de la fascinación lo  reversibiliza (la mayor parte de las veces ni siquiera le es permitida la  oportunidad de  entrar  en él). Aquí está  claro que las dos lógicas  se  excluyen y son mortales la una para la otra. 

ëPero no se trata más bien de un ciclo de reversión continua entre los  dos? La pasión coleccionista acaba por ejercer de todas maneras en la  joven una especie de seducción (ëo no es más que fascinación? Pero,  de  nuevo,  ëdónde  está  la  diferencia?),  una  especie de  vértigo  que  proviene de que, al intentar desesperadamente delimitar un universo  prescrito, dibuja al mismo tiempo un punto de hundimiento, un vacío,  que ejerce, a fuerza de antiseducción, una nueva forma de atracción. 
 


Cierta seducción es perversa: la histérica, porque utiliza la seducción  para preservarse de ella. Pero cierta perversión es seductora, ya que  utiliza el rodeo de la perversión para seducir. 

En la histeria, la seducción se vuelve obscena. Pero en ciertas formas  de  pornografía,  la  obscenidad  vuelve  a  ser  seductora.  La  violencia  puede seducir. ëIncluso la violación? Lo odioso y lo abyecto pueden  seducir, ëDónde cesa el rodeo de la perversión? ëDónde se acaba el  ciclo de la reversión y hay que detenerlo? 

Sin embargo, subsiste una diferencia profunda: el perverso desconfía  [119] radicalmente de la seducción e intenta codificarla. Intenta fijar  sus  reglas,  formalizarlas  en  un  texto,  enunciarlas  en  un  pacto.  Haciéndolo  quiebra  la  regla  fundamental  que  es  la  del  secreto.  En  lugar de observar el ceremonial flexible de la seducción, el perverso  quiere instaurar un ceremonial fijo, un duelo fijo. Haciendo de la regla  algo sagrado y obsceno, concibiéndola corno fin, es decir, como ley,  erige una defensa absoluta: lo que toma ventaja es el teatro de la regla,  como en la histérica el teatro del cuerpo. Más generalmente todas las  formas perversas de la seducción tienen en común que traicionan el  secreto,  y  la  regla  fundamental  que  consiste  en  que  nunca  debe  ser  enunciada. 

En ese sentido, el seductor mismo es perverso. Pues también él aparta  a la seducción de su regla secreta, y la aparta mediante una operación  concertada. Es a la seducción lo que tramposo al juego. Si la meta del  juego  es  ganar,  el  tramposo  es  el  único  jugador  de  verdad.  Si  la  seducción  tuviera  un  objetivo  el  seductor  sería  la figura  ideal.  Pero  precisamente ni el juego ni  la  seducción  consisten en eso, y  mucho  apostaría que lo que determina la práctica del tramposo y el hecho de  rebajarse a una estrategia cínica de ganar a toda costa, es el odio hacia  el juego, el rechazo de la seducción propia del juego igual que mucho  apostaría  que  es  el  miedo  hacia  la  seducción  lo  que  ordena  el  comportamiento del seductor, el miedo de ser seducido y de afrontar  un desafío arriesgado ante su propia  verdad: eso es lo que le incita a  la  conquista  sexual,  y  luego  a  innumerables  conquistas  de  cuya  estrategia pueda hacer un fetiche. 
 


El perverso siempre se introduce en un universo maníaco del dominio  y de la ley. Dominio de la regla convertida en fetiche, circunscripción  ritual absoluta: va no juega. Ya no se mueve. Está muerto, y no puede  poner en juego sino su propia muerte. El fetichismo es la seducción de  lo muerto y también la muerte de la regla en la perversión. 

La perversión es un desafío helado, la seducción es un desafío vivo. 

La  seducción  es  inestable  y  efímera,  la  perversión es  monótona  e  interminable.  La  perversión  es  teatral  y  cómplice, la  seducción  es  secreta v reversible. 

Los  sistemas  asediados  por  su  carácter  sistemático son  fascinantes:  captan la muerte en tanto que energía de fascinación. De este modo la  pasión  coleccionista  intenta  cercar,  inmovilizar  la  seducción  y  transformarla  en  energía  de  muerte.  Y  entonces  su  desfallecimiento  vuelve a ser seductor   El   terror se deshace con la ironía.  O bien la  [120] seducción acecha los sistemas en su punto de inercia, allí donde  se detienen, donde no hay   nada  más  allá,  ni representación posible  — punto de no-retorno en el que las trayectorias van más despacio y  donde el objeto es absorbido por su propia fuerza de resistencia y su  propia  densidad.  ëQué  sucede  en  los  alrededores  de este  punto  de  inercia?  El  objeto  se  disloca  como  el  sol  refractado  por  las  capas  diferenciales en el horizonte — aplastado por su propia masa, ya no  obedece a sus propias leyes. De tal proceso de inercia no sabemos sino  lo que  les  acecha en el linde de ese agujero negro:  el punto de no-retorno vuelve a ser el de una reversibilidad total, el de una catástrofe  en  la  que  el  arco  de  la  muerte  se  diluye  en  un  nuevo  efecto  de  seducción. [121] 

 


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