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Baudrillard. De la Seduccion. Ed. Catedra. 1986.
 

 

 La estrategia irónica del seductor 


Si la característica de la mujer  seductora  es hacerse  apariencia para  introducir  el  desconcierto  en  las  apariencias,  ëqué  ocurre  con  otra  figura, la del seductor? 

El  también  se  transfigura  para  introducir  el  desconcierto,  pero  curiosamente  esta  transfiguración  adopta  la  forma  del  cálculo,  y  el  adorno  cede  aquí  paso  a  la  estrategia.  Pero  si  el  adorno  es  evidentemente estratégico en la mujer, la estrategia del seductor ëno  es al contrario un alarde de cálculo, con el que se defiende de cierta  fuerza adversa? Estrategia del adorno, adorno de la estrategia... 

Los discursos demasiado seguros de sí mismos — entre ellos el de la  estrategia amorosa — deben leerse de otra manera: en plena estrategia  «racional»,  no  son  aún  más  que  los  instrumentos  de un  destino  de  seducción, del que son tanto víctimas como directores. El seductor ëno  acaba  por  perderse  en  su  estrategia  como  en  un  laberinto  pasional?  ëNo lo inventa para perderse en él? Y él, que se cree dueño del juego, 

ëno es la primera víctima del mito trágico de estrategia? 

La obsesión de la joven en el seductor Kierkegaard. La obsesión de  ese  estadio  inviolado,  aún  no  sexuado,  que  es  el  de  la  gracia  y  e1  duende — porque es un ser de gracia hay que encontrar gracia en sus  ojos, como Dios, está en posesión de un privilegio inigualable — se  vuelve  el  objetivo  feroz  de  un  desafío:  debe  ser  seducida,  debe  ser  destruida  porque  es  ella  quien  está  dotada  por  naturaleza  de  toda  seducción. 

El seductor tiene como vocación exterminar esta fuerza sobrenatural  [95]  de  la  mujer  o  de  la  joven  con  una  maniobra  deliberada  que  igualará o superará la otra, que contrarrestará con una fuerza artificial  igual o superior la fuerza natural a la cual, contra todas las apariencias  que  hacen  de  él  el  seductor,  ha  sucumbido  desde  el principio.  La  orientación  del  seductor,  su  voluntad,  su  estrategia,  responden  para  conjurarla a la predestinación graciosa y seductora de la joven, tanto  más poderosa cuanto que es inconsciente. 
 


La última palabra no puede dejarse a la naturaleza: ése es el objetivo  fundamental. Es necesario que esta gracia excepcional, innata, inmoral  como una parte maldita, sea sacrificada e inmolada por la maniobra  del seductor, que va a traerle con una táctica hábil hasta el abandono  erótico,  donde  ella  dejará  de  ser  fuerza  de  seducción,  es  decir,  una  fuerza peligrosa. 

Así, el seductor no es nada, todo el origen de la seducción reside en la  joven. Por eso Johannes puede afirmar que no inventa nada y que todo  lo aprende de Cordelia. Ahí no hay ninguna hipocresía. La seducción  calculada  es  el  espejo  de  la  seducción  natural,  se alimenta  de  ella  como fuente, pero es para exterminarla mejor. 

"Por eso tampoco se le deja ninguna oportunidad a la joven, ninguna  iniciativa  en  el  juego  de  la  seducción,  del  que  parece  el  objeto  sin  defensa.  Se  debe  a  que  todo  lo  que  a  ella  respecta ya  está  jugando  antes  de  que  empiece  el  juego  del  seductor.  Todo  ha  tenido:  lugar  antes,  y  la  maniobra  de  seducción  no  hace  sino  contener  un  déficit  natural, o responder a un desafío que ya estaba ahí, ése que constituye  la belleza y la gracia natural de la joven. 

La  seducción  cambia entonces de  sentido. De maniobra  inmortal  y  libertina que se ejerce a expensas de una virtud, de un engaño cínico  con fines sexuales (que no tiene gran interés), se vuelve mítica y toma  la  dimensión  de  un  sacrificio.  Por  ello  obtiene  tan  fácilmente  el  consentimiento   de la  «víctima»,  que obedece de  algún modo con su  abandono a las órdenes de una divinidad que requiere que toda fuerza  sea  reversible  y  sacrificada,  sea  la  del  poder  o  la,  natural,  de  la  seducción, porque toda fuerza, y la de la belleza por encima de todas,  es  sacrílega.  Cordelia  es  soberana  y  es  sacrificada  a  su  propia  soberanía.  Forma  mortífera  de  intercambio  simbólico,  así  es  la  reversibilidad  del  sacrificio,  no  escatima  ninguna forma,  ni  la  vida  misma, ni la belleza o la seducción, que es su forma más peligrosa. En  ese sentido, el seductor no puede preciarse de ser el héroe de ninguna  estrategia erótica, es sólo el operador sacrificial de un proceso que le  rebasa con mucho. Y la víctima no puede jactarse de ser inocente, ya  que, virgen, bella  y seductora, constituye un desafío [96] en sí, que 
 


sólo  puede  ser  igualado  por  su  muerte  (o  por  su  seducción,  que  es  igual a un asesinato). 

El Diario de un Seductor es el guión de un crimen perfecto. Nada en  los cálculos del seductor, ninguna de sus maniobras fracasa. Todo se  celebra con una infalibilidad que no podría ser real o psicológica, sino  mítica. Esta perfección del artificio, esta suerte de predestinación que  guía los gestos del seductor no hace sino reflejar, como en un espejo,  la perfección de la gracia infusa de la joven, y la necesidad ineludible  de  su  sacrificio.  No  es  estrategia  de  nadie:  es  un destino,  del  que  Johannes sólo es el ejecutante instrumental, en secuencia infalible,  Hay algo de impersonal en todo proceso de seducción, como en todo  crimen, algo de ritual, de suprasubjetivo y de suprasensual, de lo que  la experiencia vivida, tanto del seductor como de su víctima, sólo es el  reflejo inconsciente. Dramaturgia sin sujeto. Ejercicio ritual una forma  en  la  que  los  sujetos  se  consumen.  Por  eso  el  conjunto  reviste  al  mismo tiempo la forma estética de una obra y la forma ritual de un  crimen. 

Cordelia  seducida,  entregada  a  los  placeres  eróticos  de  una  noche,  después abandonada — no hay que asombrarse, ni hacer de Johannes,  en buena psicología burguesa, un odioso personaje: la seducción, al  ser un proceso con carácter de sacrificio, acaba con el asesinato  (la  desfloración).  Este  último  episodio  incluso  podría  no  tener  lugar:  desde que Johannes está seguro de su victoria, Cordelia está muerta  para  él.  Es  la  seducción  impura  lo  que  acaba  con  el  amor  y  los  placeres, pero ésta ya no es un sacrificio. La sexualidad está por ver en  este  sentido,  como  residuo  económico  del  proceso  sacrificial  de  la  seducción, igual que en los sacrificios arcaicos una parte residual no  consumida alimenta la circulación económica. El sexo no sería de ese  modo más que el saldo o el descuento de un proceso más fundamental,  crimen  o  sacrificio,  que  no  ha  llegado  a  la  reversibilidad  total,  Los  dioses cogen su parte: los humanos se reparten los restos.  

Es  a  la  acumulación  de  este  resto  a  lo  que  se  consagra  el  seductor  impuro,  Don  Juan  o  Casanova,  saltando  de  conquista en  conquista  sexual, intentando seducir para encontrar su placer, sin llegar a esta 
 


dimensión  «espiritual»  de  la  seducción  según  Kierkegaard,  que  consiste en llevar al colmo las fuerzas y los recursos seductores de la  mujer para desafiarla mejor con una estrategia minuciosa de inversión.  Cordelia desposeída de su fuerza por una lenta conjuración hace [97]  pensar en los innumerables ritos de exorcismo de la fuerza femenina  que  se  encuentran  siempre  en  las  prácticas  primitivas  (Bettelheim).  Conjurar la fuerza femenina de fecundidad,  cercarla, circunscribirla,  eventualmente simularla y apropiársela, ése es el intento de la covada,  de la invaginación artificial, de las excoriaciones y de las cicatrices, de  esas innumerables heridas simbólicas, incluidas las de la iniciación y  la institución de un poder nuevo, el Político, que borra el privilegio  inigualable  de  lo  femenino  en  la  «naturaleza».  No  hay  más  que  pensar en esta filosofía sexual china donde, mediante la suspensiónde  la  posesión  y  de  la  eyaculación,  la  fuerza  del  yang  femenino  es  derivada hacia lo masculino. 

De todas maneras, hay algo dado en la mujer, que hay que conjurar  por un obrar artificial, al cabo del cual ésta es desposeída de su fuerza.  Y bajo este  aspecto sacrificial, no hay diferencia entre la seducción  femenina y la estrategia del seductor: siempre se trata de la muerte y  del  rapto  mental  del  otro,  de  hechizarlo  y  de  hechizar  su  fuerza.  Siempre  es  la  historia  de  un  asesinato,  o  mejor,  de  una  inmolación  estética y sacrificial, pues, como dice Kierkegaard, eso ocurre siempre  en el espíritu. 

Del placer «espiritual de la seducción». 

El guión de la seducción según Kierkegaard es espiritual: hace falta  ahora y siempre ingenio, es decir, cálculo, encanto y el refinamiento  de  un  lenguaje  convencional,  en  el  sentido  del  siglo  XVIII,  pero  también de Witz y de la ocurrencia en sentido moderno. 

La  seducción  nunca  atiende  al  deseo  o  a  la  propensión  amorosa  —  todo  eso  es  vulgar  mecánica  y  física  carnal:  sin  interés.  Es  menester que todo se responda mediante alusión sutil, y que todos los  signos  caigan  en  la  trampa.  Así,  los  artificios  del  seductor  son  el  reflejo de la esencia seductora de la joven, y ésta está en cierta manera 
 


desdoblada por una puesta en escena irónica, una ilusión exacta de su  propia naturaleza, en la cual ella caerá sin esfuerzo. 

No se trata, pues, de un ataque frontal, sino de una seducción diagonal  que pasa como un trazo (ëhay algo más seductor que la ocurrencia?)  que  tiene  su  vivacidad  y  su  economía,  haciendo  uso  también  del  mismo material multiplicado, según la fórmula de Freíd: las armas del  seductor son las mismas de la joven que él vuelve contra ella, y esta  reversibilidad de la estrategia constituye su encanto espiritual. 

Precisamente se dice a propósito de los espejos que Son espirituales:  el  espejo  es  un  rasgo  de  ingenio  en  sí  mismo.  El  encanto  del  [98]  espejo no está en reconocerse en él, lo que constituye una coincidencia  más  bien  desesperante,  sino  ciertamente  en  el  rasgo  misterioso  e  irónico de la duplicación. Pues la estrategia del seductor no es otra que  la del  espejo, por ello  en el  fondo no engaña a nadie  —  y por  ello  tampoco  se  equivoca  jamás,  pues  el  espejo  es  infalible  (si  utilizara  maniobras  y  trampas  tramadas  desde  el  exterior,  cometería  forzosamente algún error). 

Pensemos en un rasgo de ese tipo, y digno de figurar en los anales de  la seducción: la misma carta escrita a dos mujeres diferentes. Y esto  sin la menor perversidad, con la transparencia del alma y del corazón.  La emoción amorosa propia de cada una es la misma, existe, tiene su  propia calidad. Pero es otra cosa el placer «espiritual», que emana del  efecto de espejo entre las dos cartas, que actúa como efecto de espejo  entre  las  dos  mujeres:  éste  es  un  placer  de  seducción  propiamente  dicho.  Arrebato  más  vivo,  más  sutil,  y  completamente  distinto  a  la  emoción amorosa. La emoción del deseo nunca es igual a esta especie  de alegría secreta y exuberante que hay al jugar con el deseo mismo.  El deseo no es más que un referente como cualquier otro, la seducción  le es inmediatamente trascendente, y le vence precisamente a través  del  espíritu.  La  seducción  es  un  trazo,  cortocircuíta  las  dos  figuras  destinatarias  mediante  una  especie  de  sobreimpresión  imaginaria,  donde quizás el deseo las confunde, en todo caso ese trazo provoca la  confusión del deseo, lo remite a una indistinción y a un ligero vértigo, 
 


hecho de la emanación sutil de a indiferencia superior, de una risa que  elimina su implicación todavía demasiado seria. 

De este modo, seducir es hacer jugar las figuras unas con otras, hacer  jugar  entre  sí  signos  que  caen  en  su  propia  trampa.  La  seducción  nunca  resulta  de  una  fuerza  de  atracción  de  los  cuerpos,  de  una  conjunción de  afectos,  de  una  economía  de deseo,  es  necesario que  intervenga  una  falsa  ilusión  y  mezcle  las  imágenes,  es  necesario  que un trazo reúna repentinamente, como en sueños, cosas desunidas,  o  desuna  repentinamente  cosas  indivisas:  así,  la  primera  carta  comporta la tentación irresistible de ser reescrita para la otra mujer,  con  ana  especie  de  funcionamiento  irónico  autónomo,  y  cuya  idea  misma  es  seductora.  Juego  sin  fin,  al  cual  los  signos  se  prestan  espontáneamente,  con  una  ironía  siempre  disponible.   Quieren   ser  seducidos  quizás,  o  quizás  tienen,  más  profundamente  que  los  hombres, el deseo de seducir y de ser seducidos. [99]  Quizás  los  signos  no  tienen  por  vocación  entrar  en las  oposiciones  ordenadas con fines significativos: esa es su destinación actual. Pero  su  destino  quizás  es  muy  distinto:  podría  consistir  en  seducirse  los  unos  a  los  otros,  y  seducirnos  por  eso  mismo.  Es  una  lógica  completamente distinta la que regularía su circulación secreta. 

ëSe puede imaginar una teoría que tratara de los signos en cuanto a su  atracción  seductora,  y  no  en  cuanto  a  su  contraste y  su  oposición?  ëQue  rompiera  definitivamente  el  carácter  especular∗ del  signo  y  la  hipoteca del referente? ëY donde todo se ventilaría entre los términos  en un duelo enigmático y una reversibilidad inexorable? 

Supongamos  que  todas  las  grandes  oposiciones  distintivas  que  ordenan  nuestra  relación  con  el  mundo  estén  atravesadas  por  la  seducción en lugar de estar fundadas en la oposición y la distinción,  Que no sólo lo femenino seduce a lo masculino, sino que la ausencia  seduce a la presencia, que lo frío seduce al calor, que el sujeto seduce  al objeto, o al contrario, claro: pues la seducción supone ese mínimo  de reversibilidad que pone fin a cualquier oposición determinada y en 

 ∗ El castellano  especular pierde la ambigüedad del francés «spécularité» entre los 

dos sentidos: especulario de espejo (speculum) y especulativo. [N. de la T.] 
 


consecuencia  a  cualquier  semiología  convencional.  ëHacia  una  semiología inversa? 

Se puede imaginar (ëpero por qué imaginar? es así) que los dioses y  los hombres,  en lugar de estar  separados por  el abismo  moral de la  religión, empiezan a seducirse y ya no mantienen más que relaciones  de seducción — ha pasado en Grecia. Pero quizás ocurre también con  el  bien  y  el  mal,  y  lo  verdadero  y  lo  falso,  y  todas  esas  grandes  distinciones que nos sirven para descifrar el mundo y mantenerlo bajo  el sentido, todos esos términos cuidadosamente acuartelados a  costa  de  una  energía  enorme  —  eso  no  se  ha  logrado  siempre,  y  las  verdaderas catástrofes, las verdaderas revoluciones siempre consisten  en la implosión de uno de esos sistemas de dos términos; un universo  o un fragmento de universo se acaba en ese momento — sin embargo,  la mayoría de las veces esta implosión es lenta y se hace por desgaste  de los términos. Es a lo que asistimos hoy: a la erosión lenta de todas  las estructuras polares a la vez, hacia un universo en trance de perder  el relieve mismo del sentido. Desimbuido, desencantado, desafectado:  terminado el mundo como voluntad representación. 

Pero  esta  neutralización  no  es  seductora.  La  seducción  es  lo  que  precipita los términos uno hacia el otro, lo que les reúne en su máximo  [100] de energía y de encanto, y no lo que les confunde en su mínimo   de intensidad. 

Supongamos  que  por  doquier  se  ponen  a  actuar  relaciones  de  seducción ahí donde hoy actúan relaciones de oposición. ëImaginamos  este  relámpago  de  la  seducción  fundiendo  los  circuitos  transistorizados,  polares  o  diferenciales,  del  sentido?  Hay  muchos  ejemplos de esta semiología no distintiva (es decir, que ya no lo es):  los elementos de la cosmogonía antigua no entran en absoluto en una  relación estructural de clasificación (agua/fuego, aire/tierra, etc.), no  eran elementos distintivos, sino atractivos y se seducían el uno al otro:  el agua  seduciendo al fuego, el agua seducida por el fuego. 

Esta especie de seducción es aún muy fuerte en las relaciones duales,  de  jerarquía,  de  casta,  no  individualizadas,  y  en  los  sistemas  analógicos  que  han  precedido  en  todos  lados  a  nuestros  sistemas 
 


lógicos  de  diferenciación.  Y  sin  duda  también  los  encadenamientos 

lógicos del  sentido  siempre  son  trabajados  por  los encadenamientos  analógicos de la seducción — como una inmensa ocurrencia que une  de  un  sólo  trazo  los  términos  opuestos.  Circulación  secreta,  bajo  el  sentido, de analogías seductoras. 

Pero no se trata de una nueva versión de la atracción universal. Las  diagonales, o las transversales de la seducción sí bien pueden quebrar  las oposiciones de términos, no llevan a una relación de fusión o de  confusión (eso es la mística), sino a una relación dual, no una fusión  mística del sujeto o del objeto, o del significante y del significado, o  de lo masculino y de lo femenino, etc., sino una seducción, es decir,  una relación dual y agonística. 


Un espejo cuelga de la pared opuesta   ella no piensa en él,   pero sí el espejo en ella. 

(Diario de un Seductor.) 


La astucia del seductor consistirá en confundirse con el espejo de la  pared opuesta, donde la joven se reflejará sin pensarlo, mientras que el  espejo la piensa. 

Hay que desconfiar de la humildad de los espejos, humildes sirvientes  de  las  apariencias,  no  pueden  sino  reflejar  los  objetos  que  están  enfrente, sin  poder sustraerse, y todo el mundo se lo agradece (salvo  con la muerte, donde se les cubre por esta razón). Son los perros de la  apariencia. Pero su fidelidad es capciosa y sólo esperan que caigamos  atrapados en su reflejo. No olvide tan rápido su mirada [101] oblicua:  le reconocen, y cuando por sorpresa le encuentran allí donde usted no  se esperaba, su turno ha llegado. 

Así es la estrategia del seductor: se atribuye la humildad del espejo,  pero de un espejo maniobrero, como el escudo de Perseo, en el que  Medusa  se  queda  estupefacta.  La  joven  va  a  caer  cautiva  de  ese  espejo, que la piensa y la analiza a sus espaldas. 
 


Al que no sabe cautivar a una joven hasta que ésta lo pierda todo de  vista, al que no sabe, conforme a su voluntad, hacer creer a una joven  que es ella quien toma todas las iniciativas…, no le envidiaré su goce.  Un hombre tal es y será siempre un inepto, un seductor, términos que  no se me pueden aplicar en absoluto. Yo soy un estético, un erótico  que ha captado la naturaleza del amor, su esencia, que cree en el amor  y que lo conoce a fondo... Además sé que el supremo goce imaginable  es ser amado por encima de todo... Introducirse como un sueño en el  espíritu de una joven es un arte, salir es una obra maestra. 


La  seducción  nunca  es  lineal,  tampoco  lleva  máscara  (esta  es  la  seducción vulgar) — es oblicua. 


ëQué arma es tan afilada  tan aguda tan centelleante en su movimiento  y por ello es tan engañosa como su mirada? Se señala una guardia alta  como en esgrima, y se tira uno al fondo en segundo..., este instante es  indescriptible.  El  adversario  apenas  se  da  cuenta  del  golpe,  está  tocado,  sí,  pero  tocado en un  sitio completamente distinto  al que  él  creía. 

Yo no la veo, no hago más que tocar la periferia de su existencia... 

Cuando  llega por  la  escalera, la dejo atrás con  aire  indiferente.  Ahí  están las primeras redes que estrechar alrededor de ella. No la detengo  en  la  calle,  o  la  saludo  sin  acercarme  nunca  a  ella,  pero  la  observo  siempre  de  lejos...  Ella  siente  que  en  su  horizonte  ha  aparecido  un  nuevo  astro  que  en  su  marcha  extrañamente  regular  ejerce  sobre  la  suya una influencia inquietante; pero ella no tiene ni la menor idea de  la  ley  que  ordena  este  movimiento...  Intenta  buscar  a  izquierda  y  derecha cuál es su meta: ignora tanto como su antípoda que esa meta  es ella misma.                                                              


Otro  modo  de  reverberación  desviada:  la  hipnosis,  suerte  de  espejo  psíquico  en  el  que  también  se  refleja  la  joven  sin saberlo  bajo  la  mirada del otro: 


Hoy se han posado mis ojos sobre ella por primera vez. Se dice que el  sueño puede hacer pesado un párpado hasta cerrarlo: [102] mi mirada  podría tener un poder semejante. Los ojos se cierran, y sin embargo  fuerzas oscuras se agitan en ella. No ve que la miro, pero lo siente,  todo su cuerpo lo siente. Los ojos se cierran, y de noche; pero en ella  es pleno día. 
 

 

Esta  oblicuidad  de  la  seducción  no  es  una  duplicidad.  Mientras  el  trazo lineal choca con el muro de la conciencia y no obtiene sino un  flaco beneficio, la seducción posee la oblicuidad del sesgo del sueño o  del rasgo ingenioso, que con una sola diagonal atraviesa el universo  psíquico y sus diferentes niveles para tocar, en las antípodas, un punto  ciego y desconocido, el punto precintado del secreto, del enigma que  constituye la joven, también para sí misma. 

Hay,  pues,  dos  momentos  simultáneos  de  la   seducción,  o  dos  instantes de un sólo momento: es necesario que toda la exigencia de la  joven sea requerida, todos sus recursos femeninos movilizados, pero  suspendidos — ni pensar en sorprenderla por inercia, en su inocencia  pasiva, es necesario que su libertad esté en juego porque es su libertad  la que, con su propio movimiento, con su curvatura original o con la  súbita  torsión  que  le  imprime  la  seducción,  debe  confluir,  como  espontáneamente,  con  el  punto  mismo,  desconocido  por  ella,  en  el  cual  se  pierde.  La  seducción  es  un  destino:  para  que  se  cumpla,  es  necesario  que  toda  la  libertad  esté  ahí,  pero  también  toda  ella  encaminada  hacia  su  pérdida  como  sonámbula.  La  joven debe  estar  sumida en este estado segundo, que incrementa el estado primero, el  estado de gracia y de soberanía. Suscitar ese estado sonámbulo en el  que la pasión despierta y ebria de sí misma se precipitará en la trampa  del destino. «Los ojos se cierran, y es de noche; pero en ella es pleno  día.»  Omisiones,  denegaciones,  recogimiento,  rodeos,  decepciones,  derivaciones — todo eso se encamina a provocar ese estado segundo,  secreto de una verdadera seducción. Mientras que la seducción vulgar  procede mediante la insistencia, ésta procede mediante la ausencia, o  más bien inventa algo así como un espacio curvo, donde los signos  son desviados de su trayectoria y devueltos a su origen, Este estado de  suspenso, ininteligible, es esencial, el momento de desconcierto de la  joven ante lo que le espera, aún a sabiendas, lo que es nuevo ya es  fatal,  que  algo  le  espera.  Momento  de  una  enorme  intensidad,  momento «espiritual» (en el sentido de Kierkegaard), semejante al del  juego entre la puesta y el momento en que los dados dejan de rodar. 
 


Así, la primera vez que él la oye dar su dirección, rehúsa retenerla:  [103] 


No  quiero  oírla;  no  quiero  privarme  de  la  sorpresa;  confío  encontrarla de nuevo en la vida, y la reconoceré seguro, quizás ella  también me reconocerá. Y si no me reconoce, tendré la ocasión de  mirarla  de  soslayo  y  le  prometo  que  se  acordará.  Nada  de  impaciencia,  nada  de  avidez.  Hay  que  deleitarse  con  calma:  está  predestinada. 


Juego  del  seductor  consigo  mismo:  en  esa  fase,  no  es  siquiera  una  treta, es el seductor encantado, por el retraso de la seducción. No es  ese un placer menor, un placer de proximidad; pues es en esa ínfima  distancia donde empieza a abrirse el precipicio en el que ella caerá. Es  como en la esgrima: hace falta espacio para la finta. El seductor, lejos  de intentar acercarse, va a aplicarse con todo detalle en consolidar esta  distancia por medios tan diversos como: no dirigirle la palabra y no  hablar más que a su tía, temas anodinos o entupidos, neutralizarlo todo  con  la  ironía  y  la  intelectualidad  fingida,  no  responder  a  ningún  movimiento femenino o erótico, hasta encontrarle un pretendiente de  farsa  que  debe  desencantarla  del  amor.  Desencantar,  enfriar,  decepcionar,  guardar  la  distancia,  hasta  que  ella  misma  tome  la  iniciativa de la ruptura del noviazgo, rematando así el trabajo  de  la   seducción  y  creando   la  situación  ideal  para   su  total abandono. 

El seductor es aquel que sabe dejar flotar los signos, sabiendo que sólo  su suspenso es favorable y que va en el sentido del destino. No agotar  los signos en el acto, sino esperar el momento en el que responderán  todos  entre  sí,  creando  una  coyuntura  muy  particular  de  vértigo  y  hundimiento. 

Cuando se encuentra con sus tres amigas, habla muy poco, es evidente  que su charla le aburre, lo trasluce una sonrisa alrededor de sus labios. 

Cuento con esa sonrisa. 

Hoy  he  ido  a  casa  de  la  señora  Jansen,  he  entreabierto  la  puerta  sin  llamar...,  estaba  ahí,  sola  en  el  piano...  Hubiera podido  precipitarme  entonces,  hubiera  podido  aprovechar  este  instante  —habría  sido  una  tontería.  Evidentemente  oculta  que  toca  el  piano...  Cuando  tenga  la 
 


ocasión uno de estos días de hablar con ella, más íntimamente, la traeré  inocentemente a ese tema, y la haré caer en esta trampa. 


Incluso  esos  episodios  de  diversión  vulgar,  trozos  de  valentía  libertinos o antojos eróticos (éstos ocupan cada vez más extensión en  el  relato  —  Cordelia  no  aparece  casi  más  que  en  filigrana  o  en  punteado de una imaginación libertina y juguetona: «Amar a una sola  es  demasiado  poco;  amarlas  a  todas  es  una  ligereza  de  carácter  superficial;  [104]  pero  amar  el  mayor  número  posible...  ¡he  aquí  el  goce, he aquí lo que es vivir!»), incluso esos episodios de seducción  frívola  entran  en  el  «gran  juego»  de  la  seducción, según  la  misma  filosofía  de  la  oblicuidad  y  de  la  diversión:  la  «gran»  seducción  avanza en secreto por los caminos de la seducción vil, que actúa como  suspenso y como parodia. La confusión nunca es posible: una es un  juego amoroso, la otra es un duelo espiritual. Todos los intermedios  no hacen sino realzar el ritmo lento, calculado, ineludible de la «alta»  seducción. El espejo está siempre ahí, en la pared opuesta, sí ya no  pensamos  en  él,  él  sí  piensa  y  el  tiempo  trabaja  en  el  corazón  de  Cordelia. 

El  proceso  parece  alcanzar  su  punto  más  bajo  en  el momento  del  compromiso.  Se  tiene  la  impresión de  alcanzar  un punto  muerto,  el  seductor lleva la treta del desencanto, la disuasión hasta un grado casi  perverso de mortificación; y se tiene la impresión de que a fuerza de  utilidad el resorte se rompe, quedando toda la feminidad de Cordelia  cansada, neutralizada por las artimañas que la rodean. Ese momento  del compromiso, que «tiene tanta importancia para una joven que su  alma entera puede fijarse en él como la de un moribundo en su última  voluntad»,  ese  momento  Cordelia  lo  vivirá  sin  siquiera  entenderlo,  privada de cualquier reacción, amordazada, embaucada. 


Una palabra más, y se hubiera reído de mí; una palabra más, y se hubiera  emocionado; una palabra más y me habría evita-tado; pero ninguna palabra  se  escapaba  de  mis  labios,  permanecía  solemnemente estúpido  y  seguía  estrictamente el ritual. No voy a presumir de la poesía de mi petición de  casamiento, desde todos los ángulos es proudhonesco y de mentalidad de 
 


tendero. Estoy comprometido, y Cordelia también. (¡Cordelia también!), y  es sin duda más o menos todo lo que ella sabe de este asunto. 

Todo esto es una especie de prueba de aniquilamiento, tal como ocurre  en la iniciación. El iniciado tiene que pasar por una fase de muerte, ni  siquiera de sufrimiento patético: de nada, de vacío — último momento  antes  de  la  iluminación  de  la  pasión  y  del  abandono  erótico.  El  seductor  incluye  de  alguna  manera  ese  movimiento  estético  que  imprime al conjunto. 


Todas las jóvenes que quieran confiarse a mí pueden estar seguras de un  tratamiento perfectamente estético; sólo que, desde luego, al final serán  engañadas. [105] 


Hay  una  especie  de  humor  en  el  hecho  de  que  los  compromisos  coincidan  con  el desvanecimiento  de  cualquier  objetivo  aparente  de  seducción. Lo que, en 1a visión burguesa del siglo XIX constituye un  preámbulo  feliz  a  la  boda,  aquí  se  vuelve  un  episodio  austero  de  iniciación a los fines sublimes de la pasión (que son al mismo tiempo  los  fines  calculados de la  seducción), por  la  travesía  sonámbula  del  desierto del compromiso. (No olvidemos que los compromisos fueron  el episodio crucial de la vida de muchos románticos, y precisamente  de  Kierkegaard,  pero  también  y  más  dramáticamente  aun:  Kleíst,  Holderlin,  Novalis,  Kafka.  Momento  doloroso,  eterno  fracaso,  esta  pasión casi mística del compromiso era quizás la de (¡dejemos aparte  la impotencia sexual!) un suspenso, un hechizo suspendido y asediado  por el miedo del desencanto sexual o matrimonial.)  Sin  embargo  incluso  ahí  donde  su  objetivo  y  su  presencia  parecen  borrarse, Johannes continúa viviendo la danza invisible de la seduc-ción,  además  nunca  la  vivirá  tan  intensamente,  pues  es  ahí,  en  la  nulidad, en la ausencia, en el espejo inverso, donde está seguro de su  triunfo:  ella no podrá  hacer otra cosa que romper su compromiso y  arrojarse en sus brazos. Todo el fuego de la pasión está ahí al trasluz,  en filigrana, nunca lo volverá a encontrar tan hermoso como en esta  premonición, pues la joven en ese instante está aún predestinada, y ya  no lo estará en el momento acabado. Pues el vértigo de la seducción, 
 


como el de toda pasión, está ante todo en la en predestinación. Sólo  ésta proporciona esta calidad fatal que está en el rondo del placer —  esta  especie  de  rasgo  de  ingenio  que  enlaza  por  adelantado  cierto  movimiento  del  alma  a  su  destino  y  a  su  muerte;  ahí  es  donde  el  seductor triunfa, donde se comprueba su inteligencia de la verdadera  seducción,  así  como  de  una  economía  espiritual  —  en  la  danza  invisible del compromiso:  Un baile que debería ser bailado por dos, pero que sólo es bailado por  uno, así es la imagen de mi revelación con ella. Pues yo soy el bailarín  número dos, pero soy invisible. Ella se conduce como si soñara y, sin  embargo,  baila  con  ese  otro  yo  invisible,  aunque  visiblemente  presente, y visible aunque invisible. 


Los movimientos exigen un segundo bailarín; ella se inclina hacia él, le  tiende la mano, se escapa, se acerca de nuevo. Tomo su mano, completo  su  pensamiento  que,  sin  embargo,  está  acabado  en  sí  mismo...  Sus  movimientos siguen la melodía de su propia alma, yo sólo soy el pretexto  de esos movimientos. No soy erótico, lo que no haría más que despertarla,  soy flexible, maleable, impersonal, soy apenas un estado de ánimo. [106] 


La seducción se presenta en un sólo movimiento, como: 

— La conjuración de una fuerza: forma de sacrificio, 

—  La  perpetración  de  un  asesinato,  eventualmente  de  un  crimen  perfecto. 

— La realización de una obra de arte: «De la seducción considerada  como una de las Bellas Artes» (como el asesinato, por supuesto). 

— La operación de un rasgo de ingenio: la economía «espiritual». Con  la misma complicidad dual que en el rasgo de ingenio, donde todo se  intercambia alusivamente, con medias palabras, florete  con zapatilla 

— equivalente del intercambio alusivo y ceremonial de un secreto. 

— Una forma ascética de prueba espiritual, pero también pedagógica:  una especie de escuela de la pasión, de mayéutica erótica e irónica a la  vez. 
 


Siempre reconoceré que una ¡oven es un profesor nato y que siempre se puede  aprender de ella, si no otra cosa, al menos el arte de engañarla — pues en esta  materia nadie iguala a las jóvenes para enseñaros. 

Toda joven en relación al laberinto de su corazón es una Ariadna que tiene el  hilo  gracias  a]  cual  se  puede  volver  a  encontrar  el  camino,  pero  no  sabe  servirse de él. 


— Una forma de duelo y de guerra, forma agónica que nunca es 1a de  una  violencia  o  la  de  una  relación  de  fuerzas,  sino  la  de  un  juego  guerrero.  Aquí  encontramos  los  dos  movimientos  simultáneos  de  la  seducción, los de cualquier estrategia: 


Una doble maniobra será necesaria en mis relaciones con Cordelia... Es  una  guerra  en  que  yo  huyo  y  le  enseño  así  a  vencer persiguiéndome.  Continuaré retrocediendo y, en ese movimiento de repliegue, le enseño a  reconocer en mí todas las fuerzas del amor, sus pensamientos inquietos,  su pasión y lo que son el deseo, la esperanza y la espera... El valor para  creer  en  el  amor  le  llegará...  Es  necesario  que  no sospeche  lo  que  me  debe... Entonces, cuando se sienta libre, tan libre que casi estará tentada  de romper conmigo, la segunda guerra empezará. En ese momento, ella  tendrá fuerza y pasión, y la lucha tendrá importancia. 

Incluso si me abandona, la segunda guerra tendrá lugar. La [107] primera  es  la  guerra  de  liberación  y  es  un  juego;  la  segunda  es  la  guerra  de  la  conquista, y será a vida o muerte. 


Todas  estas  cosas  en  juego  se  organizan  en  torno  a 1a  joven  como  fisura  mítica.  Miembro  y  objetivo  de  este  duelo  múltiple,  no  es  ni  objeto  sexual  ni  figura  del  Eterno  Femenino:  las  dos  grandes  refe-rencias occidentales de la mujer son igualmente ajenas a la seducción.  Tampoco hay una víctima ideal que sería la joven, o un sujeto ideal  que sería el seductor, como tampoco hay un verdugo o una víctima en  un  sacrificio.  La  fascinación  que  ejerce  es  la  de  un  ser  mítico,  compañero  enigmático,  protagonista  igual  al  seductor  en  este  orden  casi litúrgico del desafío y del duelo. 

¡Qué  diferencia  con  las  Liaisons  Danpereuses!  En  Lacios,  la  mujer  que  hay  que  seducir  está  en  situación  de  plaza  fuerte  que  hay  que  tomar, a imagen de la estrategia militar de la época, estrategia menos 
 


estática que antes, pero cuyo objetivo sigue siendo el mismo: la ren-dición. La Presidenta es un recinto que hay que sitiar y que debe caer. 

Ahí no hay ninguna seducción — es políorcética. 

La seducción está en otro lado: no del seductor a la víctima, sino entre  seductores, de Valmont a Merteuíl, repartiéndose como complicidad  criminal por víctimas interpuestas. Lo mismo en Sade: sólo funciona y  se exalta de sus crímenes la sociedad secreta de verdugos, las víctimas  no son nada. 

Ni rastro de esta ciencia sutil de la reversión que aparece ya en Sun-Tse en el arte de la guerra o en la filosofía zen y las artes marciales  orientales, o aquí en la seducción, donde la joven con su pasión, su  libertad, forma parte toda ella del movimiento mismo de la estrategia. 

«Era un enigma que, enigmáticamente, poseía su propia resolución.»  En ese duelo, todo está ordenado por el paso de la ética a la estética,  de la pasión ingenua a la pasión reflexiva: 


A  su  pasión  actual  la  llamaré  pasión  ingenua.  Pero cuando  empiece  a  retirarme en serio, lo pondrá todo en juego para hechizarme de verdad.  Como medio no le quedará sino el erotismo, pero en una escala mucho  mayor.  Será  un  arma  que  blandirá  contra  mí.  Y  aparecerá  la  pasión  reflexiva.  Luchará  por  ella  misma  porque  sabe  que  poseo  el  erotismo;  luchará por ella misma con el fin de vencerme. Incluso necesitará una for-ma superior de erotismo. Lo que con mis estimulantes le he enseñado a  sospechar, mí frialdad se lo hará entender, pero de manera que ella creerá  descubrir por sí misma. Me querrá coger desprevenido, creerá superarme  en  audacia  y  haberme  atrapado.  [108]  Su  pasión  se  volverá  decidida,  enérgica, concluyente, dialéctica, su beso total,  su abrazo de un  ímpetu  irresistible. 


La ética es la simplicidad (la del deseo también), es la naturalidad, de  la  que  forma  parte  la  gracia  ingenua  de  la  joven,  y  su  arrebato  espontáneo. La estética es el juego de signos, es el artificio — es la  seducción. Toda ética debe resolverse en una estética. Para el seductor  de Kierkegaard igual que para Schiller, Holderlin, véase Marcuse, el  paso  a  la  estética  es  el  más  elevado  movimiento  al  que  puede  entregarse  la  especie  humana.  Pero  la  estética  del seductor  es  muy 
 


diferente: no es divina y trascendente, es irónica y diabólica — no es  la del  ideal, sino la del rasgo de  ingenio — no es superación de la  ética,  sino  reversión,  inflexión,  seducción,  transfiguración  desde  luego, pero por el espejo de la decepción. Sin embargo, la estrategia  de  engaño del  seductor tampoco  es  un  movimiento perverso,  forma  parte  de  esta  estética  de  la  ironía  que  apunta  a  mudar  el  erotismo  vulgar de los cuerpos en pasión y en rasgo de ingenio: 


No tiene el valor de llamarme «mi» (Johannes). Hoy le hice el ruego de  la  manera  más  insinuante  y  cálidamente  erótica  posible.  Ella  lo  intentaba,  pero  una  mirada  irónica,  más  breve  y  más  rápida  que  la  palabra, bastó para impedirlo, a pesar de mis labios que la incitaban a  ello con todo su poder. Eso es algo completamente normal. 

Desde el punto de vista erótico, está completam ente armada para la  lucha; emplea las flechas de los ojos, el frunce de las  cejas, la frente  llena de misterio, la elocuencia de la garganta, las seducciones fatales de  los senos, las suplicaciones de los labios, la sonrisa de  sus mejillas, la   aspiración  dulce  de   todo  su  ser.  Tiene  la  fuerza, la  energía  de  una  Walkyria, pero esta plenitud de fuerza erótica se tempera a su vez con  cierta  elevación  tierna  que  se  desprende  de  ella.  Es  necesario  que  no  esté demasiado tiempo mantenida en tales cumbres... 


La  ironía  siempre  previene  una  efusión  mortal  que  se  anticiparía  al  final del juego y cortaría en seco las posibilidades inauditas de cada  jugador,  que  sólo  la  seducción  puede  desplegar,  a  costa  de  un  suspenso,  un  clinamen  irónico,  de  la  desilusión  que  deja  abierto  el  campo estético. 

A veces el seductor tiene debilidades. Así, en un acceso de emoción se  lanza  a  una  letanía  panegírica  de  la  belleza  femenina  divisible  al  infinito, detallada en sus ínfimos matices eróticos, después reunida en  una sola figura, con la imaginación caliente por un deseo total - es la  visión  de  Dios  —  pero  inmediatamente  retomada  y  reversibilizada  [109]  con la imaginación del  Diablo, la  imaginación fría de la apa-riencia: la mujer es el sueño del hombre — además Dios la ha sacado  del .hombre jurante su sueño. Tiene, pues, todos los rasgos del sueño y  los restos diurnos de lo real, podría decirse, se mezclan en sueños. 
 


No se despierta sino al contacto del amor, y antes no es mis que sueño. Pero  en esta existencia de sueño se pueden distinguir dos fases: primero el amor  sueña con ella, luego ella sueña con el amor. 


Cuando se ha entregado por completo se ha acabado, está muerta, ha  perdido esta gracia de la apariencia, se ha vuelto sexo, se ha vuelto  mujer. En un único y último momento, «cuando avanza con su traje de  novia, y, sin embargo, todo este esplendor palidece ante su belleza, y  ella  misma  palidece  a  su  vez...»,  tiene  aún  el  esplendor  de  la  apariencia — pronto será demasiado tarde. 

Tal  es  el  reparto  metafísico  del  seductor:  la  belleza,  el  sentido,  la  sustancia, Dios por encima de todo, están éticamente celosos de ellos  mismos. La mayor parte de las cosas están éticamente celosas de ellas  mismas, guardan su secreto, vigilan su sentido. La seducción, que está  del lado de la apariencia y del Diablo, está estéticamente celosa de ella  misma. 

La  pregunta  que  Johannes  se  hace,  después  de  las  peripecias  del  abandono final (Cordeüa se abandona, y es inmediatamente abando-nada), es: «ëHe sido con Cordelia constantemente fiel a mi pacto? Es  decir, ëa mi pacto con la estética? ëHe conservado siempre mi ideal?  ëHe salvaguardado siempre lo que es interesante?» Pues seducir sin  más sólo es interesante a la primera potencia — aquí se trata de lo que  es interesante a la segunda potencia. Esta elevación a potencias es el  secreto  de  la  estética.  Sólo  lo  interesante  de  interesante  tiene  la  potencia estética de la seducción. 

El trabajo del  seductor consiste,  de alguna manera,  en hacer acceder  los  encantos  naturales  de  la  joven  a  la  apariencia pura,  en  hacerlos  resplandecer  en  la  apariencia  pura,  es  decir,  en  la  esfera  de   la  seducción, y ahí destruirlos. Pues la mayoría de las cosas ¡ay! tienen  un sentido y una profundidad, sólo algunas acceden a la apariencia y  sólo  esas  son  absolutamente  seductoras.  La  seducción  reside  en  el  movimiento de transfiguración de las cosas en apariencia pura. [110]  La seducción se consuma como mito, en el vértigo de las apariencias,  justo antes de verificarse en lo real. «Todo es imagen, y  yo soy mi  propio  mito,  pues  ëno  corro  a  este  encuentro  como  a  un  mito?... 
 


Venga,  rápido,  por  la  vida  y  por  la  muerte,  los  caballos  debieron  caerse, pero ni un segundo antes de la llegada.»   Una sola noche — se ha acabado todo: «No deseo verla nunca más.»  Ha dado todo, está perdida, como esas innumerables heroínas vírgenes  de la mitología griega transformadas en flores por un destino segundo  donde reencuentran una gracia vegetativa y fúnebre, eco de la gracia  seductora  de  su  primer  destino.  Pero,  añade  el  seductor  de  Kierkegaard con crueldad, «ya no estamos en los tiempos en que la  pena de una joven abandonada la transformaba en heliotropo». Y, de  una manera aún más cruel e inesperada: «Si fuera un dios haría lo que  hizo Neptuno por una ninfa: la transformaría  en hombre.»  Es  decir,  que  la  mujer  no  existe.  Sólo  existe  la  joven,  por  lo  sublime  de  su  estado, y el hombre, por su fuerza para destruirla.  

Pero la pasión mítica de la seducción no deja de ser irónica. Se corona  de un último rasgo melancólico: la última puesta en escena de la casa  que será el decorado del abandono amoroso. Momento de suspenso en  el que el seductor reúne todos los trazos esparcidos de su estrategia y  los contempla una última vez antes de morir. Lo que habría debido ser  un  decorado  triunfal  ya  no  es  sino  el  paraje  melancólico  de  una  historia  difunta.  Todo  está  en  él  reconstituido  a  fin  de  captar  de  improviso la imaginación de Cordelia en el último momento en que  cae su destino: el gabinete donde se encontraban, con el mismo sofá,  la  misma  lámpara,  la  misma  mesa  de  té,  tal  como  todo  eso  había  «estado a punto  de ser» antes, y  tal  como  es aquí, con un parecido  definitivo.  Sobre  el  piano  abierto,  sobre  el  musiquero,  el  mismo  airecillo sueco — Cordelia entrará por la puerta del fondo, todo está  previsto, descubrirá el resumen de todas las escenas vividas juntos. La  ilusión es perfecta. De hecho, el juego ha acabado, pero es el colmo  irónico del seductor el reunir todos los hilos que ha tramado desde el  principio en una especie de fuego artificial (es la ocasión de decirlo)  que es también la oración fúnebre y paródica del amor coronado. 

Cordelia  no  volverá  a  aparecer  más,  salvo  en  algunas  cartas  desesperadas  que  abren  el  relato,  e  incluso  esa  desesperación  es  extraña. Ni exactamente engañada ni exactamente desposeída por su 
 


deseo,  sino  espiritualmente desviada  por  un juego  cuya  regla  no  ha  conocido. Hechizada como por un sortilegio — la impresión de haber  sido sin [111] saberlo la prenda de una maquinación muy íntima, en  una maquinación mucho más aniquiladora, en un rapto espiritual: en  efecto,  es  su propia  seducción  la que  le  ha  sido  robada  y  vuelta  en  contra de ella. Destino sin nombre, del que resulta un estupor que es  diferente a la simple desesperación. 

Esas víctimas eran de un tipo muy especial... Ningún cambio visible  se operaba en ellas; su vida era semejante a la que se ve todos los días,  y sin embargo habían cambiado sin casi poder explicárselo... Su vida  no  estaba  quebrantada  ni  rota,  como  la  de  otras  (víctimas),  estaba  replegada  en  el  interior  de  ellas  mismas.  Perdidas para  los  demás,  intentaban en vano orientarse. [112] 

 


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