Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte  
Stella Maris Angel Villegas  
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 Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte. Esquizoanalisis (1989)
FORMACION, PRODUCCION Y PRACTICAS ESQUIZOANALITICAS
Clínica. Covisión. Clínica de obra &  Seminario/ laboratorio de escritura
Una cuestión de identidad: poetizar, habitar y anticipar la salud  
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Baudrillard. De la Seduccion. Ed. Catedra. 1986.
 

 

 

 I’II be your mirror 


Trompe-l’oeíl, espejo o pintura, lo que nos embruja es el encanto de  esta dimensión menos. Lo que crea el  espacio de la seducción y  se  convierte en causa de vértigo. Pues si las cosas tienen por vocación  divina encontrar un sentido, una estructura donde fundar su sentido,  sin  duda  también  tienen  por  nostalgia  diabólica  perderse  en  las  apariencias, en la seducción de su imagen, es decir, reunir lo que debe  estar separado en un solo efecto de muerte y de seducción, Narciso. 

La seducción es aquello que no tiene representación posible, porque la  distancia entre lo real y su doble, la distorsión entre el Mismo y e1  Otro está abolida. Inclinado sobre su manantial, Narciso apaga su sed:  su imagen ya no es «otra», es su propia superficie quien lo absorbe,  quien lo seduce, de tal modo que sólo puede acercarse sin pasar nunca  más  allá,  pues  ya  no  hay  más  allá  como  tampoco  hay  distancia  reflexiva  entre  Narciso  y  su  imagen.  El  espejo  del agua  no  es  una  superficie de reflexión, sino una superficie de absorción. 

Es la razón de todas las grandes figuras de la seducción: por el canto,  por la ausencia, por la mirada o por el maquillaje, por la belleza o por  la monstruosidad, por el brillo, pero también por el fracaso y por la  muerte, por la máscara o por la locura, que atormentan la mitología y  el arte, la de Narciso se destaca con una fuerza singular. 

No es espejo-reflejo, en el que el sujeto sería cambiado — no es fase  del espejo, donde el sujeto se funda en lo imaginario. Todo esto del  orden psicológico de la alteridad y de la identidad, no es del len de la  seducción. 

Toda teoría del reflejo es pobre, y singularmente la idea de que [67] la  seducción  se  funda  en  la  atracción  de  lo  mismo,  en una  exaltación  mimética de su propia imagen, o en el espejismo ideal del parecido. 

Así, Vincent Descombes, en L'inconscient malgré luí: 


Lo que seduce no es esa o aquella maña femenina, sino el. hecho de  que se dirige a usted. 
 


Es seductor ser seducido, en consecuencia es el ser-seducido lo que es  seductor. En otros términos, la persona seductora es aquélla donde el  ser seducido se encuentra a sí mismo. La persona seducida encuentra  en la otra lo que la seduce, el único objeto de su fascinación, a saber  su  propio ser lleno de encanto y seducción,  la  imagen  amable de sí  mismo... 


Siempre  la  autoseducción  y  sus  peripecias  psicológicas.  En  el  mito  narcisista no se trata de un espejo tendido a Narciso para que se re-conozca  idealmente  vivo,  se  trata  del  espejo  como  ausencia  de  profundidad, como abismo superficial, que sólo es seductor y vertigi-noso para los demás en la medida en que cada uno es el primero en  precipitarse en él. 

Cualquier seducción en ese sentido es narcisista, y el secreto reside en  esta absorción mortal. De ahí proviene que las mujeres, más cercanas  a  este  otro  espejo  oculto  donde  sepultan  su  cuerpo  y  su  imagen,  también  estarían  más  cercanas  a  los  efectos  de  seducción.  Los  hombres,  en  cambio,  tienen profundidad, pero  no  tienen  secreto: de  ahí su poder y su fragilidad. 

Si la seducción no proviene del espejismo ideal del sujeto, tampoco  proviene del espejismo ideal de la muerte. En la versión de Pausanias, 


Narciso tenía una hermana gemela a la que se parecía extremadamente.   Los   dos   jóvenes  eran  muy  hermosos.   La   joven murió. Narciso, que la quería  mucho, sintió un gran dolor, y un día que se vio en un manantial, creyó al  principio ver a su hermana, y esto consoló su pena. Aun cuando supo que no  era  su  hermana  la  que  veía,  adquirió  la  costumbre  de  mirarse  en  los  manantiales, para consolarse por su pérdida. 


Según H.-P. Jeudy que recoge esta versión, Narciso no se seduce, sólo  adquiere  su  poder  de  seducción  identificándose  de  forma  mimética  con la imagen perdida, restituida por su propio rostro, de su difunta  hermana gemela. 

Pero  la  relación  mimética  con  la  imagen  difunta,  ëes  realmente  necesaria  para  explorar  el  vértigo  narcisista?  Éste  no  necesita  una  refracción gemela — le basta con su propia argucia, que quizá es [68]  la de su propia muerte — y la muerte es quizá siempre incestuosa — 
 


esto no hace más que sumarse a su encanto. El «alma gemela» es su  versión  espiritualizada.  Las  grandes  historias  de  seducción,  las  de  Fedra, Iseo, son historias incestuosas, y siempre son fatales. ëQué hay  que  concluir,  sino  que  es  la  muerte  la  que  nos  acecha  a  través  del  incesto y de su tentación inmemorial, incluso en la relación incestuosa  que mantenemos con nuestra propia imagen? Ésta nos seduce porque  nos consuela por la inminencia de la muerte del sacrilegio de nuestra  existencia. Retroceder en nuestra imagen hasta la muerte nos consuela  de la irreversibilidad de haber nacido y de tener que reproducirse. Por  este trato sensual, incestuoso, con él, con nuestro doble, con nuestra  muerte, ganamos nuestro poder de seducción. 

«I’II be your Mírror.» «Yo seré tu espejo» no significa «Yo seré tu  reflejo» sino «Yo seré tu ilusión». 

Seducir es morir como realidad y producirse como ilusión. 

Es caer en su propia trampa y moverse en un mundo encantado. Tal es  la fuerza de la mujer seductora, que se enreda en su propio deseo, y se  encanta a sí misma al ser una ilusión en la que los demás caerán a su  vez. Narciso también se pierde en su imagen ilusoria: se desvía de su  propia verdad v con su ejemplo, se vuelve modelo de amor y aparta a  los demás de la suya. 

La estrategia de la seducción es la de la ilusión. Acecha a todo lo que  tiende a confundirse con su propia realidad. Ahí hay un recurso de una  fabulosa  potencia.  Pues si la producción  sólo sabe producir objetos,  signos reales, y obtiene de ello algún poder, la seducción no produce  más que ilusión y obtiene de ella todos los poderes, entre los que se  encuentra  el  de  remitir  la  producción  y  la  realidad  a  su  ilusión  fundamental. 

Acecha incluso al inconsciente y al deseo, haciendo de éstos un espejo  del inconsciente v del deseo. Pues éste no arrastra más que pulsión y  goce, pero el hechizo empieza más allá — consiste en dejarse atrapar  por su propio deseo. Ésa es la ilusión que afortunadamente nos salva  de la «realidad» psíquica. Ésa es también la ilusión del psicoanálisis,  el dejarse atrapar por su propio deseo del psicoanálisis: entra de este 
 


modo en estado de seducción, en estado de autoseducción, y refracta  su fuerza para sus propios fines. 

Así,  cualquier  ciencia,  cualquier  realidad,  cualquier  producción,  no  hace  sino  retrasar  el  término  de  la  seducción,  que brilla  como  [69]  sinsentido, como forma sensual e intelegible del sinsentido, en el cielo  de su propio deseo. 


Razón de ser de la ilusión. ëNo es la misma ilusión que la del halcón  que vuelve al pedazo de cuero rojo en forma de pájaro la que, mediante  la  repetición,  confiere  una  realidad  absoluta  al  objeto  que  capta?  Por  encima  de  creencias  e  ilusiones,  I   el  engaño  es  en  cierto  modo  el  reconocimiento del poder sin  límite de la seducción. Narciso, habiendo  perdido a su hermana gemela, le dice adiós mediante la constitución del  engaño atrayente de su propio rostro. Ni consciente ni inconsciente, el  engaño se representa enteramente y se basta a sí mismo. 

(H.-P. Jeudy.) 

 


El engaño puede inscribirse en el cielo, no por ello tiene menos fuerza. 

Así,  cada  signo del  Zodíaco  comporta  su  forma  de  seducción. Pues  todos  buscamos  la  gracia  de  un  destino  insensato,  cada  uno  tiene  confianza en el encanto y la fuerza que provendrían de una coyuntura  absolutamente irracional — esa es la fuerza de los signos del Zodíaco,  y la del horóscopo. Nadie debería reírse, pues el que ha renunciado a  seducir  a  los  astros  está  mucho  más  triste  todavía,  La  desgracia  de  muchos  proviene,  en  efecto,  de  no  estar  en  la  zona del  cielo,  en  la  zona  de  signos  que les  convendría,  es decir,  en  el fondo, de no  ser  seducidos  por  su  nacimiento  y  la  constelación  de  su  nacimiento.  Arrastrarán  ese  destino  toda  su  vida,  y  hasta  su  muerte  llegará  a  destiempo. No ser seducido por su signo es mucho más grave que no  ser  recompensado  por  sus  méritos  o  gratificado  en  sus  afectos,  El  descrédito simbólico siempre es mucho más grave que el déficit o la  desgracia reales. 

De ahí la idea caritativa de fundar un Instituto de Semiurgía Zodiacal  en el que, como con la cirugía estética para la apariencia del cuerpo, 
 


puedan repararse las injusticias del signo y sea, por fin, devuelto a los  huérfanos del horóscopo el signo de su elección, a fin de reconciliarlos  con ellos mismos. El éxito sería fulminante, al menos como el de los  moteles-suicida donde las gentes irían a morir a su manera. [70] 

 


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