Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte  
Stella Maris Angel Villegas  
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 Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte. Esquizoanalisis (1989)
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Baudrillard. De la Seduccion. Ed. Catedra. 1986.
 

 

2 Cap. Los abismos superficiales  


 
El horizonte sagrado de las apariencias 


La seducción es lo que sustrae al discurso su sentido y lo aparta de su  verdad.  Sería  lo  inverso  de  la  distinción  psicoanalítíca  entre  el  discurso  manifiesto  y  el  discurso  latente.  Pues  el  discurso  latente  desvía el discurso manifiesto no de su verdad, sino hacia su verdad. Le  hace  decir  lo  que  no  quería  decir,  le  hace  translucir  las  determi-naciones, y las indeterminaciones profundas. La profundidad siempre  bizquea  detrás  del  corte,  el  sentido  siempre  bizquea  detrás  de  la  barrera. El discurso manifiesto tiene estatuto de apariencia trabajada,  atravesada  por  la  emergencia  de  un  sentido.  La  interpretación  es  lo  que  al  romper  las  apariencias  y  el  juego  del  discurso  manifiesto,  liberará el sentido enlazándolo con el discurso latente. 

A la inversa,  en la seducción es de alguna manera lo manifiesto, el  discurso en lo que tiene de más «superficial», lo que se vuelve contra  el  imperativo  profundo  (consciente  o  inconsciente) para  anularlo  y  sustituirlo por el encanto y la trampa de las apariencias. Apariencias  en absoluto frívolas, sino lugar de un juego y de un estar en juego, de  una pasión de desviar — seducir los mismos signos es más importante  que  la  emergencia  de  cualquier  verdad  —  que  la  interpretación  desdeña y destruye con su búsqueda de un sentido oculto. Por ello ésta  es  la  que  por  excelencia  se  opone  a  la  seducción,  por  ello  todo  discurso  interpretativo  es  lo  menos  seductor  que  hay.  No  solo  sus  estragos  son incalculables en el  dominio de las partencias, sino que  bien  podría  ser  que  hubiera  un  profundo  error  a  esta  búsqueda  privilegiada  de  un  sentido  oculto,  Pues  no  es  en  otro  lado,  en  un  hiníerwelt o un inconsciente donde hay que buscar lo que desvía un  discurso — lo que verdaderamente le desplaza, le seduce» en sentido  propio, y lo hace seductor, es su misma apariencia, [55] la circulación  aleatoria  o  sin  sentido,  o  ritual  y  minuciosa,  de  sus  signos  superficiales, sus inflexiones, sus matices, todo eso es lo que elimina  la dosis de sentido, y eso es lo seductor, mientras que el sentido de un  discurso nunca ha seducido a nadie. Todo discurso de sentido quiere 
 


acabar  con las apariencias, ésa es su artimaña y su impostura. Y al  mismo  tiempo  un  intento  imposible:  inexorablemente el  discurso  se  entrega  a  su  propia  apariencia  y,  en  consecuencia  a  los  desafíos  de  seducción, y a su propio fracaso en tanto que discurso. Quizá también  todo  discurso  está  tentado  en  secreto  por  este  fracaso  y  por  esta  evaporación de sus objetivos, de sus efectos de verdad por medio de  efectos superficiales que actúan como espejo de absorción, de pérdida  del  sentido.  Eso  es  lo  primero  que  ocurre  cuando  un  discurso  se  seduce a si mismo, forma original a través de la cual se absorbe y se  vacía  de  su  sentido  para  fascinar  aún  más  a  los  demás:  seducción  primitiva del lenguaje. 

Todo  discurso  es  cómplice  de  este  hechizo,  de  esa  derivación  se-ductora,  y  sí  él  no  lo  hace,  otros  lo  harán  en  su  lugar.  Todas  las  apariencias se conjuran para luchar contra el sentido, para extirpar el  sentido intencional o no y trastocarlo en un juego, en otra regla del  juego,  arbitraria,  en  otro  ritual  inasequible,  más  aventurado,  más  seductor  que  la  línea  directriz  del  sentido.  Aquello  contra  lo que  el  discurso  tiene  que  luchar  no  es  tanto  el  secreto  de  un  inconsciente  como  el  abismo  superficial  de  su  propia  apariencia y  si  tiene  que  triunfar sobre algo, no es sobre los fantasmas y las alucinaciones grá-vidas de sentido y contrasentidos, sino sobre la superficie brillante del  no sentido y de todos los juegos que permite. No hace mucho que han  conseguido  eliminar  el  problema  de  seducción,  que  tiene  como  espacio el horizonte sagrado de las apariencias para sustituirlo por un  problema «en profundidad», el problema inconsciente, el problema de  la  interpretación.  Pero nada  nos  asegura  que  esta  sustitución no  sea  frágil  y  efímera,  que  este  reino  abierto  por  el  psicoanálisis  de  una  obsesión del discurso latente, que equivale a generalizaré a todos los  niveles el terrorismo y la violencia de la interpretación, nadie sabe si  ese  dispositivo  por  el  que  se  ha  eliminado  o  intentado  eliminar  cualquier seducción no es a su vez un modelo de simulación bastante  frágil, que se las da de estructura insuperable sólo para ocultar mejor  todos los efectos paralelos, precisamente los efectos de seducción que  empiezan  a  causarle  estragos.  Pues  lo  peor  para  el psicoanálisis  es 
 


esto:  el  inconsciente  seduce,  seduce  por  sus  sueños  seduce  por  su  concepto, seduce desde el momento en que «ello habla» y en que ello  tiene  ganas  de  hablar,  en  todo  momento  está  en  pie una  estructura  doble,  una  estructura  paralela  de  connivencia  de  [56]  signos  del  inconsciente y de su intercambio, que devora a la otra, la del «trabajo»  del inconsciente, ésa, pura y dura, de la transferencia y de la contra-transferencia. Todo el edificio psicoanalítico muere al ser seducido y  con él todos los demás. Seamos analistas por un momento y digamos  que la revancha de una represión original, la represión de la seducción  es la causa de la emergencia del psicoanálisis como «ciencia», en el  trabajo del mismo Freud. 

La  obra  de  Freud  se  extiende  entre  dos  extremos  que  ponen  radicalmente en cuestión el edificio intermedio: entre la seducción y la  pulsión  de  muerte.  De  esta  última  concebida  como  reversión  del  aparato anterior (tópico, económico) del psicoanálisis, ya hemos ha-blado  en  El  Intercambio  simbólico  y  la  Muerte.  De  la  primera, que  converge con la otra por cierta afinidad secreta, más allá de muchas  peripecias,  hay  que  decir  que  es  como  el  objeto  perdido  del  psicoanálisis. 

 

Clásicamente se considera que el abandono por Freud de la teoría de la seducción  (1897) constituye un paso decisivo en el advenimiento de la teoría psicoanalítica y  en la preponderancia concedida a las nociones de fantasma inconsciente, de realidad  psíquica, de sexualidad infantil espontánea, etc. 

(Vocabulaire de la psycbanalyse, Laplanche et Pontalis.) 


La seducción como forma original se remite al estado de «fantasma  originario» y es tratada, según una lógica que ya no es la suya, como  residuo,  vestigio,  formación/pantalla  en  la  lógica y  la  estructura  de  ahora en adelante triunfal de la realidad psíquica y sexual. Lejos de  considerar esta disminución de la seducción como una fase normal de  crecimiento,  hay  que  pensar  que  es  un  acontecimiento  crucial  y  cargado de consecuencias. Como es sabido, la seducción desaparecerá  a partir del discurso psicoanalítico y no volverá a aparecer sino para  ser de nuevo enterrada y olvidada, según una reconducción lógica del 
 


acto  fundador  de  denegación  del  maestro.  No  es  sencillamente  apartada  como  elemento  secundario  en  relación  con  otros  más  decisivos como la sexualidad infantil, la represión, el Edipo, etc., es  negada  como  forma  peligrosa,  cuya  eventualidad  puede  ser  mortal  para el desarrollo y la coherencia del edificio ulterior. [57]  Exactamente  la  misma  coyuntura  en  Freud  que  en  Saussure.  Éste  también había empezado por describir en los Anagramas una forma de  lenguaje, o de exterminio del lenguaje, una forma, minuciosa y ritual,  de  des-construcción  del  sentido  y  del  valor.  Después  había  anulado  todo eso para pasar a la edificación de la lingüística. ëViraje debido al  fracaso  manifiesto  de  su  intento  de  demostración  o  renuncia  a  la  posición del desafío anagramático para pasar al intento constructivo,  duradero  y  científico  del  modo  de  producción  del  sentido,  con  exclusión de su posible eliminación? Qué importa, de todas maneras,  la lingüística ha nacido de esta reconversión inapelable, v constituirá  el  axioma  y  la  regla  fundamental  para  todos  los  que  continuarán  la  obra de Saussure. No se vuelve sobre lo que se ha matado, y el olvido  del asesinato original forma parte del desarrollo lógico y triunfal de  una ciencia. Toda la energía del duelo y del objeto muerto pasará a la  resurrección simulada de las operaciones del vivo. Aún hay que decir  que Saussure, tuvo al menos la intuición al final, del fracaso de esta  empresa  lingüística,  dejando  flotar  una  incertidumbre  y  dejando  entrever  un  debilitamiento,  un  engaño  posible  en  esta  mecánica  de  sustitución  tan  bonita.  Pero  semejantes  escrúpulos,  en  los  que  translucía una especie de amortajamiento violento y prematuro de los  Anagramas,  fueron  perfectamente  ajenos  a  los  herederos,  que  se  contentaron con administrar una disciplina, y a los que no se les pasó  por  la  cabeza  nunca  más  la  idea  de  un  abismo  del  lenguaje,  de  un  abismo  de  seducción  del  lenguaje,  de  una  operación  radicalmente  diferente de absorción, y no de producción de sentido. El sarcófago de  la  lingüística  estaba  bien  sellado  y  recubierto  por  el  sudario  del  significante. 

Así, el sudario del psicoanálisis ha recaído sobre la seducción, sudario  del sentido oculto, y de un aumento oculto de sentido, a expensas del 
 


abismo  superficial  de  las  apariencias,  de  la  superficie  de  absorción,  superficie pavorosa instantánea de intercambio y de rivalidades entre  signos que constituye la seducción (de la que la histeria es sólo una  manifestación «sintomática», contaminada por la estructura latente del  síntoma, y pre-psicoanalítica, y degradada, por lo que ha podido servir  de  «matriz  de  conversión»  para  el  mismo  psicoanálisis),  Freud  también  ha  abolido  la  seducción  para  instalar  una  mecánica  de  interpretación  eminentemente  operativa,  una  mecánica  eje  represión  eminentemente  sexual,  que  presenta  todas  las  características  de  la  objetividad  v  de  la  coherencia  f  si  se  hace  abstracción de  todas  las  convulsiones internas del psicoanálisis, ya sean personales o teóricas,  [58] en las cuales se desbarata una coherencia tan bonita, en las cuales  resurgen  como  muertos  vivientes  todos  los  desafíos y  todas  las  se-ducciones enterradas bajo e! rigor del discurso — pero en el fondo',  dirán las almas benditas, ëeso significa que el psicoanálisis está vivo?  Freud al menos había roto con la seducción y había tomado el partido  de la interpretación (hasta la última metapsicología que, ciertamente,  se aparta de él), pero toda la represión de esta admirable posición ha  resurgido  en  los  conflictos  y  las  peripecias  de  la  historia  del  psicoanálisis, se vuelve a poner en juego en el desarrollo de cualquier  cura  (¡nunca  se  ha  acabado  con  la  histeria!),  y  no entra  la  menor  alegría  al  ver  la  seducción  estrellarse  contra  el  psicoanálisis  con  Lacan, en la forma alucinada de un juego de significantes por ë1 cual  el psicoanálisis, en su forma y su exigencia rigurosa, en la forma en,  que lo ha querido Freud, se muere con tanta certeza, con mucha más  certeza que en su trívializacíón institucional. 

La seducción lacaniana efectivamente es una impostura, pero corrige a  su modo, repara y expía la impostura original del mismo Freud, a de la  exclusión de  la  forma/seducción  en provecho de  una ciencia  que ni  siquiera  lo  es.  El  discurso  de  Lacan,  que  generaliza  una  práctica  seductora  del  psicoanálisis,  venga  en  cierto  modo  a  esta  seducción  excluida,  pero  de  una  manera  a  su  vez  contaminada  por  el  psicoanálisis,  es  decir,  siempre  bajo  los  auspicios  de  la  Ley  (de  lo  simbólico)  —  seducción  capciosa  que  siempre  se  ejerce  bajo  los 
 


auspicios de  la  ley  y  de  la  efigie del  Maestro  regente por  el  Verbo  sobre las masas histéricas ineptas para el goze... 

A pesar de todo, con Lacan se trata de una muerte del psicoanálisis, de  una muerte bajo el peso del resurgimiento triunfal pero póstumo de lo  que fue negado al principio. ëNo es eso la consumación de un destino?  El psicoanálisis al menos habrá tenido la suerte le acabar con un Gran  Impostor tras haber empezado por una Gran Negación. 

Debería  exaltarnos  y  reconfortarnos  que  el  más  hermoso  edificio  le  sentido y de interpretación que se ha erigido nunca se derrumbe bajo  el  peso  y  el  juego  de  sus  propios  signos  convertidos,  de  términos  llenos de sentido, en artificios de una seducción sin freno, términos sin  freno de un  intercambio  cómplice  y  vacío de  sentido  (incluso  en  la  cura). Es la señal de que al menos la verdad no será escatimada (por  eso  los  únicos  que  reinan  son  los  impostores).  Y  lo  que  pudiera  aparecer como el fracaso de psicoanálisis es sólo la tentación, como  para cada gran sistema de sentido, de abismarse en su propia imagen  hasta perder el sentido, lo que constituye el desquite le la seducción  primitiva y la revancha de las apariencias. Entonces, [59] en el fondo,  ëdónde está la impostura? Por haber rechazado desde el principio la  forma  de  la  seducción,  el  psicoanálisis  quizá  era  sólo  una  ilusión,  ilusión de verdad, ilusión de interpretación, que viene a desmentir y  compensar la ilusión lacaniana de la seducción. Un ciclo se completa,  sobre el que quizá se abre la posibilidad de otras formas Interrogativas  y seductoras. 

Ocurrió  lo  mismo  con  Dios  y  con  la  Revolución.  La  ilusión  de  los  iconoclastas  consistió  en  apartar  todas  las  apariencias  para  hacer  resplandecer  la  verdad de  Dios. Porque  no había  verdad de  Dios,  y  quizá  secretamente  lo  sabían,  su  fracaso  provenía  de  la  misma  in-tuición que la de los adoradores de imágenes: sólo se puede vivir de la  idea de una verdad alterada. Es la única manera de vivir de la verdad.  Lo otro es insoportable (precisamente porque la verdad no existe). No  hay que querer apartar las apariencias (la seducción de- las imágenes).  Es necesario que este intento fracase para que la ausencia de verdad  no salga a la luz. O la ausencia de Dios. O la ausencia de Revolución. 
 


La Revolución sólo está viva en la idea de que todo se le opone, y  especialmente  su  doble  simiesco,  paródico:  el  estalinismo.  El  estalinismo es inmortal porque siempre estará ahí para ocultar que la  Revolución, la verdad de la Revolución no existe y, en consecuencia,  devuelve la esperanza en ella. «El pueblo, dice Rivarol, no quería la  Revolución, no quería más que el espectáculo» — porque es la única  forma de preservar la seducción de la Revolución, en lugar de aboliría  en su verdad. 

«No creemos que la verdad siga siendo verdad cuando se le quita el  velo» (Nietzsche). [60] 

 

 


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