Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte  
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 Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte. Esquizoanalisis (1989)
FORMACION, PRODUCCION Y PRACTICAS ESQUIZOANALITICAS
Clínica. Covisión. Clínica de obra &  Seminario/ laboratorio de escritura
Una cuestión de identidad: poetizar, habitar y anticipar la salud  
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Baudrillard. De la Seducción.

Cap. El secreto y el desafío.


El secreto. Cualidad seductora, íniciática, de lo que no puede ser dicho
porque no tiene sentido, de lo que no es dicho y, sin embargo, circula.
Sé el secreto del otro, pero no lo digo y él sabe que yo lo sé, pero no
corre el velo: la intensidad entre ambos no es otra cosa que ese secreto
del secreto. Esta complicidad no tiene nada que ver con una
información oculta. Además, si cualquiera de los implicados quisiera
levantar el secreto no podría, pues no hay nada que decir... Todo lo
que puede ser revelado queda al margen del secreto. Pues no es un
significado oculto, no es la llave de nada, circula y pasa a través de
todo lo que puede ser dicho igual que la seducción corre bajo la
obscenidad de la palabra — es el inverso de la comunicación y, sin
embargo, se comparte. Sólo adquiere su poder al precio de no ser
dicho, igual que la seducción actúa a condición de no ser nunca dicha,
nunca querida.
Lo que se esconde o lo que se rechaza tiene la vocación de
manifestarse, el secreto no la tiene en absoluto. Es una forma
iniciadora, implosiva: a la que se entra, pero de la que no se sabría
salir. Nunca hay revelación, nunca hay comunicación, ni siquiera
«secreción» del secreto (Ztmpleny, Nouvelle Revue de Psychanalyse,
núm. 14): de ahí proviene su fuerza, su poder de intercambio alusivo y
ritual.
En el Diario de un seductor la seducción tiene la forma de un enigma
y, para seducirla, hay que volverse a su vez enigma para ella: es un
duelo enigmático, que la seducción resuelve sin que el secreto sea
revelado. Levantado el secreto, su revelación sería la sexualidad. El
quid de esta historia, si tuviera alguno, sería el sexo — pero
precisamente no lo tiene. Allí donde el sentido debería darse, donde el
sexo debería darse, donde las palabras lo designan, donde los otros
[77] lo piensan, no hay nada. Y esta nada del secreto, este
insignificado de la seducción circula, corre bajo las palabras, corre
bajo el sentido y más deprisa que el sentido: él es el que os alcanza
primero, antes que las frases os lleguen, al tiempo que se desvanecen.
Seducción subyacente al discurso, invisible, de signo en signo,
circulación secreta.
Exactamente lo contrarío de una relación psicológica: estar en el
secreto del otro no es compartir sus fantasmas o sus deseos, no es
compartir un no dicho que podría serlo: cuando «ello» habla es
precisamente no seductor. Lo que es del orden de la energía expresiva,
del rechazo, del inconsciente, de lo que quiere hablar y adonde el «yo»
debe llegar, todo eso es de orden exotérico y contradice la forma
esotérica del secreto y la seducción.
Sin embargo, el inconsciente, la «aventura» del inconsciente, puede
aparecer como el último intento de gran envergadura por rehacer el
secreto en una sociedad sin secreto. E1 inconsciente sería nuestro
secreto, nuestro misterio en una sociedad de confesión y
transparencia. Pero en realidad no lo es, pues ese secreto es sólo
psicológico, y no tiene existencia propia, ya que el inconsciente nace
al mismo tiempo que el psicoanálisis, es decir, que los procedimientos
para reabsorberlo y las técnicas de denegación del secreto en sus
formas más profundas.
¿Quizá algo se venga de todas esas interpretaciones y turba sutilmente
su desarrollo? Algo que no quiere decididamente ser dicho y que,
siendo enigma, posee enigmáticamente su propia resolución, y en
consecuencia, sólo aspira a quedar en el secreto y en el goce del
secreto.
A pesar de todos los esfuerzos por desnudarlo, por traicionarlo por
hacerlo significar, el lenguaje vuelve a su seducción secreta, volvemos
siempre a nuestros propios placeres insolubles.
No hay tiempo de la seducción, ni un tiempo para la seducción, tiene
su propio ritmo, sin el cual no tiene lugar. No se distribuye como lo
hace una estrategia instrumental, que avanza por frases intermedias.
Opera en un instante, en un sólo movimiento, y ella misma es siempre
su propio fin.
El ciclo de la seducción no se detiene. Se puede seducir a ésta para
seducir a la otra y también seducir a la otra para complacerse. El
anzuelo es tan sutil que lleva de uno a otro. ¿Es seducir o ser seducido
lo que es seductor? Ser seducido es con mucho la mejor manera de
seducir. Es una estrofa sin fin, Igual que no hay activo ni pasivo en la
seducción, tampoco hay sujetó u objeto, interior o [78] exterior: actúa
en las dos vertientes y ningún límite las separa. Nadie, si no es
seducido, seducirá a los demás.
La seducción, al no detenerse nunca en la verdad de los signos, sino
en el engaño y el secreto, inaugura un modo de circulación secreto y
ritual, una especie de iniciación inmediata que sólo obedece a sus
propias reglas del juego.
Ser seducido es ser desviado de su verdad. Seducir es apartar al
otro de su verdad. Sin embargo, esta verdad constituye un secretoque
se le escapa (Vincent Descombes).
La seducción es inmediatamente reversible, su reversibilidad proviene
del desafío que implica y del secreto en el que se sume.
Fuerza de atracción y de distracción, fuerza de absorción y de
fascinación, fuerza de derrumbamiento no sólo del sexo, sino de todo
lo real, fuerza de desafío — nunca una economía de sexo y de palabra,
sino un derroche de gracia y de violencia, una pasión instantánea a la
que el sexo puede llegar, pero que puede también agotarse en si
misma, en ese proceso de desafío y de muerte, en la indefinición
radical por la que se diferencia de la pulsión, que es indefinida en
cuanto a su objeto, pero definida como fuerza y como origen, mientras
la pasión de seducción no tiene sustancia ni origen; no toma su
intensidad de una inversión líbidinal, de una energía de deseo, sino de
la pura forma del juego y del reto puramente formal.
Tal es el desafío. También forma dual que se agota en un instante, y
cuya intensidad proviene de esta reversión inmediata. Con capacidad
de embrujo, como un discurso despojado de sentido, al que por esta
razón absurda no se le puede dejar de responder. ¿Por qué un desafío
exige respuesta? La misma interrogación misteriosa: ¿qué es lo que
seduce?
¿Qué hay de más seductor que el desafío? Desafío o seducción, es
siempre enloquecer al otro, pero de un vértigo respectivo, locos de la
ausencia vertiginosa que los reúne y de una absorción respectiva. Tal
es la fatalidad del desafío, por lo que no se puede dejar de responder:
inaugura una especie de relación loca, muy diferente a la que se
establece en la comunicación y el intercambio: relación dual que pasa
por signos insensatos, pero unidos por una regla fundamental y por su
aplicación secreta. El desafío pone fin a todo contrato, a todo cambio
regulado por la ley (ley de naturaleza o ley del valor) y lo sustituye
por un pacto altamente convencional, altamente ritualizado, la
obligación incesante de responder y de mejorar la, apuesta dominada
por una regla del juego fundamental y medida según [79] su propio
ritmo. Contrariamente a la ley que está siempre inscrita en las tablas,
en el corazón o en el cielo esta regla fundamental nunca necesita
enunciarse, no debe enunciarse nunca. Es inmediata inmanente,
ineludible (la ley es trascendente y explícita).
No podría haber contrato de seducción, contrato de desafío. Para que
haya desafío o seducción hace falta que toda relación contractual se
desvanezca ante una relación dual, construida de signos secretos al
margen del intercambio, que adquieren toda su intensidad en su
reparto formal, en su reverberación inmediata. Tal es el hechizo de la
seducción, que pone fin a toda economía de deseo, a todo contrato
sexual o psicológico, y lo sustituye por un vértigo de respuesta —
nunca una inversión: un envite — nunca un contrato: un pacto —
nunca individual: dual — nunca psicológico: ritual — nunca natural:
artificial. La estrategia de nadie: un destino.
Desafío y seducción están infinitamente próximos, Sin embargo, ¿no
habría una diferencia, al consistir el desafío en llevar al otro al terreno
de tu propia fuerza, que será también la suya, con el objeto de una
sobrepuja ilimitada, mientras que la estrategia (?) de la seducción
consiste en llevar al otro al terreno de tu propia debilidad, que será
también la suya? Debilidad calculada, debilidad incalculable: reto al
otro a dejarse atrapar. Fallo o desfallecimiento: el perfume de la
pantera, ¿no es una falla, un abismo al que los animales se acercan por
vértigo? De hecho, la pantera de perfume mítico no es más que el
epicentro de la muerte y las emanaciones sutiles provienen de esa
cisura.
Seducir es fragilizar. Seducir es desfallecer. Seducimos por nuestra
fragilidad, nunca por poderes o signos fuertes. Esta fragilidad es la
que ponemos en juego en la seducción y la que le proporciona esta
fuerza.
Seducimos por nuestra muerte, por nuestra vulnerabilidad, por el
vacío que nos obsesiona. El secreto está en saber jugar con esta
muerte a despecho de la mirada, del gesto, del saber, del sentido.
El psicoanálisis dice: asumir la propia pasividad, asumir la propia
fragilidad, pero hace de ello una forma de resignación, de aceptación,
en términos todavía casi religiosos, hacia un equilibrio bien
temperado. La seducción juega triunfalmente con esa fragilidad, hace
de ella un juego, con sus reglas propias. [80]
Todo es seducción, sólo seducción.
Han querido hacernos creer que todo era producción. Leitmotiv de la
transformación del mundo: el juego de las fuerzas productivas es el
que regula el curso de las cosas. La seducción no es más que un
proceso inmoral, frívolo, superficial, superfluo, del orden de los
signos y de las apariencias, consagrado a los placeres y al usufructo de
los cuerpos inútiles. ¿Y si todo, contrariamente a las apariencias — de
hecho, según la regla secreta de las apariencias — si todo obedeciera a
la seducción?

el momento de la seducción
el suspenso de la seducción
el alea de la seducción
el accidente de la seducción
el delirio de la seducción
el descanso de la seducción

La producción no hace sino acumular y no se desvía de su fin.
Reemplaza todas las trampas por una sola: la suya, convertida en
principio de realidad. La producción, como la revolución, pone fin a la
epidemia de las apariencias. Pero la seducción es ineludible. Nadie
que esté vivo se escapa — ni siquiera los muertos en la operación de
su nombre y de su recuerdo. Sólo están muertos cuando les llega
ningún eco del mundo para seducirlos, cuando ya ningún rito les
desafía a existir.
Para nosotros sólo está muerto el que ya no puede producir en
absoluto. En realidad, sólo está muerto el que ya no quiere seducir en
absoluto, ni ser seducido.
Pero la seducción se apodera de él, a pesar de todo, como se apodera
de toda producción y acaba por aniquilarla.
Pues el vacío, la ausencia horadada en cualquier punto por un desquite
de cualquier signo, el sinsentido que coquetea repentinamente con la
seducción, este vacío lo encuentra también la producción, si bien
desencantado, al término de su esfuerzo. Todo vuelve al vacío, incluso
nuestras palabras y gestos, pero algunos, antes de desaparecer, han
tenido tiempo, anticipándose a su fin, de ejercer una seducción que los
demás nunca conocerán. El secreto de la seducción está en esta
evocación y revocación del otro a través de gestos cuya lentitud, cuyo
suspenso es tan poético como la película de una caída o de una
explosión a cámara lenta, porque entonces hay algo que tenemos
tiempo de echar en falta antes que llegue a su término, lo que
constituye, si es que existe, la perfección del «deseo». [81]

 


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