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 Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte. Esquizoanalisis. Rosario. Argentina (1989)
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Mil Mesetas

 

 

Cap. Tratado de nomadología: La máquina de guerra. (Pag. 384)


Axioma II: La máquina de guerra es una invención de los nómades (en la medida en que es exterior al aparato de Estado y distinta de la institución militar). Como tal, la máquina de guerra nómada tiene tres aspectos, un aspecto espacial-geográfico, un aspecto aritmético o algebraico, un aspecto afectivo.
Proposición V: La existencia nómada efectúa necesariamente las condiciones de la máquina de guerra en el espacio.
 

 El nómada tiene un territorio, sigue trayectos habituales, va de un punto a otro, no ignora los puntos (punto de agua, de vivienda, de asamblea, etc.). Pero el problema consiste en diferenciar lo que es principio de lo que sólo es consecuencia en la vida nómada. En primer lugar, incluso si los puntos determinan los trayectos, están estrictamente subordinados a los trayectos que determinan, a la inversa de lo que sucede en el sedentario. El punto de agua sólo existe para ser abandonado, y todo punto es una etapa y sólo existe como tal. Un trayecto siempre está entre dos puntos, pero el entre-dos ha adquirido toda la consistencia, y goza tanto de una autonomía como de una dirección propias. La vida del nómada es intermezzo. Incluso los elementos de su hábitat están concebidos en función del trayecto que constantemente los moviliza. El nómada no debe confundirse con el migrante, pues el migrante va fundamentalmente de un punto al otro, incluso si ese otro punto es dudoso, imprevisto o mal localizado. Pero el nómada sólo va de un punto a otro como consecuencia y necesidad de hecho: en principio, los puntos son para él etapas en un trayecto. Los nómadas y los migrantes pueden combinarse de muchas maneras, o formar un conjunto común; no por ello dejan de tener causas y condiciones muy diferentes (por ejemplo, los que se unen a Mahoma en Medina tienen la posibilidad de elegir entre un juramento nómada o beduino, y un juramento de héjira o de emigración).

 En segundo lugar, por más que el trayecto nómada siga pistas o caminos habituales, su función no es la del camino sedentario, que consiste en distribuir a los hombres en un espacio cerrado, asignando a cada uno su parte y regulando la comunicación entre las partes. El trayecto nómada hace lo contrario, distribuye los hombres (o los animales) en un espacio abierto, indefinido, no comunicante. El nomos ha acabado por designar la ley, pero sobre todo porque era distribución, modo de distribución. Pues bien, es una distribución muy especial, sin reparto, en un espacio sin fronteras ni cierre. El nomos es la consistencia de un conjunto difuso: en ese sentido, se opone a la ley, o a la polis, como un arriére-pays, un flanco de una montaña o el espacio difuso que rodea a una ciudad (“o bien nomos, o bien polis). En tercer lugar, hay, pues, una gran diferencia de espacio: el espacio sedentario es estriado, por muros, lindes y caminos entre las lindes, mientras que el espacio nómada es liso, sólo está marcado por “trazos” que se borran y se desplazan con el trayecto. Incluso las capas del desierto se deslizan unas sobre otras produciendo un sonido inimitable. El nómada se distribuye en un espacio liso, ocupa, habita, posee ese espacio, ese es su principio territorial. Definir al nómada por el movimiento es igualmente falso. Toynbee tiene toda la razón cuando sugiere que el nómada es más bien aquel que no se mueve. Mientras que el migrante abandona un medio que ha devenido amorfo o ingrato, el nómada es aquel que no se va, que no quiere irse, que se aferra a ese espacio liso en el que el bosque recula, en el que la estepa o el desierto crecen, e inventa el nomadismo como respuesta a ese desafío. Evidentemente, el nómada, se mueve, pero está sentado, sólo está sentado cuando se mueve (el beduino al galope, arrodillado sobre la silla, sentado sobre la planta de sus pies, “proeza de equilibrio”). El nómada sabe esperar, tiene una paciencia infinita. Inmovilidad y velocidad, catatonía y precipitación, “proceso estacionario”, la pausa como proceso, estos rasgos de Kleist son fundamentalmente los del nómada. Pero hay que distinguir la velocidad y el movimiento: el movimiento puede ser muy rápido, pero no por ello es velocidad; la velocidad puede ser muy lenta, o incluso inmóvil, sin embargo, sigue siendo velocidad. El movimiento es extensivo, y la velocidad intensiva. El movimiento designa el carácter relativo de un cuerpo considerado como “uno”, y que va de un punto a otro; la velocidad, por el contrario, constituye el carácter absoluto de un cuerpo cuyas partes irreductibles (átomos) ocupan o llenan un espacio liso a la manera de un torbellino, con la posibilidad de surgir en cualquier punto (no debe, pues, extrañarnos que se hayan podido invocar viajes espirituales que se hacían sin movimiento relativo, sino en intensidades in situ: forman parte del nomadismo). En resumen, se dirá por convención que sólo el nómada tiene un movimiento absoluto, es decir, una velocidad; el movimiento en torbellino o giratorio pertenece esencialmente a su máquina de guerra.
 En ese sentido, el nómada no tiene puntos, trayectos ni tierra, aunque evidentemente los tenga. Si el nómada puede ser denominado el Desterritorializado por excelencia es precisamente porque la reterritorialización no se hace después, como en el migrante, ni en otra cosa, como en el sedentario (en efecto, la relación del sedentario con la tierra está mediatizada por otra cosa, régimen de propiedad, aparato de Estado…). Para el nómada, por el contrario, la desterritorialización constituye su relación con la tierra, por eso se reterritorializa en la propia  desterritorialización. La tierra se desterritorializa ella misma, de tal manera que el nómada encuentra en ella un territorio. La tierra no se desterritorializa en su movimiento global y relativo, sino en lugares precisos, allí donde el bosque retrocede y la estepa  y el desierto progresan. Hubac tiene razón cuando dice que el nomadismo no se explica tanto por una variación universal de los climas (que remitiría más bien a migraciones) como por una “divagación de los climas locales”. El nómada es un vector de desterritorialización. Añade el desierto al desierto, la estepa a la estepa, mediante una serie de operaciones locales cuya orientación y dirección no cesan de variar. El desierto de arena no sólo implica oasis, que son como puntos fijos, sino también vegetaciones rizomáticas, temporales, y móviles en función de lluvias locales, y que determinan cambios de orientación de los trayectos. El desierto de arena y el de hielo se describen en los mismos tèrminos: en ellos ninguna línea separa la tierra y cielo; no existe distancia intermedia, perspectiva ni contorno, la visibilidad es limitada; y sin embargo, hay una topología extraordinariamente fina, que no se basa en puntos u objetos, sino en haecceidades, en conjuntos de relaciones (vientos, ondulaciones de la nieve o de la arena, canto de la arena o chasquido del hielo, cualidades táctiles de ambos); es un espacio táctil, o más bien “háptico”, y un espacio sonoro, mucho más visual… . La variabilidad, la polivocidad de las direcciones es un rasgo esencial de los espacios lisos, del tipo de rizoma, y que modifica su cartografía. El nómada, el espacio nómada, es localizado, no delimitado. Lo que sí es limitado, y a la vez limitante, es el espacio estriado, lo global relativo: es limitado en sus partes, a las que corresponden direcciones constantes, que están orientadas las unas respecto a las otras, divisibles por fronteras, y componibles conjuntamente; y lo limitante (limes o muralla, y ya no frontera), es ese conjunto respecto a los espacios lisos que  “contiene”, cuyo crecimiento frena o impide, y que restringe o deja fuera. Incluso cuando sufre su efecto, el nómada no pertenece a ese global relativo en el que se pasa de un punto a otro, de una región a otra. Más bien está en un absoluto local, un absoluto que tiene su manifestación en lo local, y su gestación en la serie de operaciones locales de orientaciones diversas: el desierto, la estepa, el hielo, el mar.
 ¿Una de las características más generales de la religión no es hacer que lo absoluto aparezca en un lugar (sin perjuicio de debatir a continuación la naturaleza de la aparición y la legitimidad o no de las imágenes que se reproducen)? Pero el lugar sagrado de la religión es fundamentalmente un centro, que rechaza el nomos oscuro. Lo absoluto de la religión es esencialmente horizonte que engloba, y si aparece en el lugar es para fijar en lo global un centro sólido y estable. Se ha señalado a menudo el papel englobante de los espacios lisos, desierto, estepa u océano, en el monoteísmo. En resumen, la religión transforma lo absoluto. En ese sentido, la religión es una pieza del aparato de Estado (y lo es bajo las dos formas, la del “lazo” y la del “pacto o alianza”), incluso si tiene la capacidad de convertir ese modelo en universal o de constituir un Imperium absoluto. Pues bien, para el nómada las cosas se plantean  de otra forma: en efecto, el lugar no está delimitado; lo absoluto no aparece, pues, en el lugar, sino que se confunde con el lugar no limitado; la unión de los dos, del lugar y de lo absoluto, no consiste en una globalización o una universalización centradas, orientadas, sino de una sucesión infinita de operaciones locales. Si continuamos con esta oposición de puntos de vista constataremos que los nómadas no son un buen terreno para la religión; en el hombre de guerra siempre se da una ofensa contra el sacerdote o contra dios. Los nómadas tienen un “monoteísmo” difuso, literalmente vagabundo, les basta con eso, con flujos ambulantes. Los nómadas tienen un sentido de lo absoluto, pero singularmente ateo. Las religiones universalistas que han tenido algo que ver con los nómadas –Moisés, Mahoma, incluso el cristianismo con la herejía nestoriana- siempre han tenido problemas a este respecto, chocaban con lo que ellas llamaban una obstinada impiedad. En efecto, esas religiones eran inseparables de una orientación firme y constante, de un Estado imperial de derecho, incluso y sobre todo en ausencia de un Estado de hecho; promovían un ideal de sedentarización, y se dirigían a los componentes migrantes más que a los nómadas árabes o bereberes ha sido más bien gracias a ciertos cismas (por ejemplo, el kharidjismo).
 No obstante, una simple oposición de puntos de vista, religión-nomadismo, no es exhaustiva. Pues, en lo más profundo de su tendencia a proyectar sobre todo el ecumene un Estado universal o espiritual, la religión monoteísta no carece de ambivalencia ni de márgenes, y desborda incluso los límites ideales de un Estado, incluso imperial, para entrar en una zona más imprecisa, un afuera de los Estados en el que tiene la posibilidad de una mutación, de una adaptación muy particular. Es la religión como elemento de una máquina de guerra, y la idea de la guerra santa como motor de esa máquina. Frente al personaje estatal del rey y el personaje religioso del sacerdote, el profeta traza el movimiento gracias al cual una religión deviene máquina de guerra o se pone de parte de esa máquina. Se ha dicho a menudo que el Islam y el profeta Mahoma habían realizado esa conversión de la religión, y constituido un verdadero espíritu de cuerpo: según la fórmula de Georges Bataille, “el naciente Islam, sociedad reducida a la empresa militar”. Eso es lo que invoca Occidente para justificar su antipatía hacia el Islam. Sin embargo, las Cruzadas supusieron una aventura de ese tipo, específicamente cristiana. Pues bien, los profetas se esfuerzan inútilmente en condenar la vida nómada; la máquina de guerra religiosa se esfuerza inútilmente en privilegiar el movimiento de la migración y el ideal del asentamiento; la religión en general se esfuerza inútilmente en compensar su desterritorialización específica con una reterritorialización espiritual e incluso física, que con la guerra santa adquiere el aspecto bien dirigido de una conquista de los Santos Lugares como centro del mundo. A pesar de todo eso, cuando la religión s e constituye en máquina de guerra, moviliza y libera una formidable carga de nomadismo o de desterritorialización absoluta, y refuerza al migrante como un nómada que lo acompaña, o con un nómada potencial a punto de devenirlo, por último, vuelve contra la forma-Estado su sueño de un Estado absoluto. Y esa inversión forma parte de la “esencia” de la religión tanto como ese sueño. La historia de las Cruzadas está atravesada  por la más sorprendente serie de variación de direcciones: la firme orientación de los Santos Lugares como centro a alcanzar, diríase que a menudo sólo es un pretexto. Pero para explicarlo sería todo un error invocar al papel de la codicia o de los factores económicos, comerciales o políticos que desviarían la Cruzada de su puro camino. Pues la idea de Cruzada implica es sí misma esa variabilidad de direcciones, quebradas, cambiantes, posee intrínsecamente todos esos factores o todas esas variables a partir del momento en que se convierte a la religión en una máquina de guerra y, a la vez, utiliza y suscita el correspondiente nomadismo. Hasta tal punto esto es cierto que la necesidad de una distinción más rigurosa entre sedentarios, migrantes, nómadas, no impide las combinaciones de hecho; al contrario, las hace a su vez tanto más que necesarias. Y no se puede considerar el proceso general de sedentarización que ha vencido a los nómadas sin tener presente también las oleadas de nomadización local que arrastraron a los sedentarios y reforzaron a los migrantes (fundamentalmente gracias a la religión).
 El espacio liso o nómada está entre espacios estriados: el bosque, con sus verticales de gravedad; el de la agricultura, con su cuadriculado y sus paralelas generalizadas, su arborescencia devenida independiente, su arte de extraer el árbol y la madera del bosque. Para “entre” significa que el espacio liso está controlado por esos dos lados que lo limitan, que se oponen a su desarrollo y le asignan, en la medida de lo posible, un papel de comunicación, pero también, por el contrario, que se vuelve contra ellos, minando por un lado el bosque, ganando por otro las tierras cultivadas, afirmando una fuerza no comunicante o de desviación, como un “claro” que avanza. Los nómadas se vuelven primero contra los habitantes del bosque y los de las montañas, luego se precipitan sobre los agricultores. Se produce ahí algo así como el reverso o el auera de la forma-Estado  -pero, ¿en qué sentido? Esa forma, como espacio global y relativo, implica un cierto número de componentes: bosque-roturación; agricultura-rastrillado; ganadería subordinada al trabajo agrícola y a la alimentación sedentaria; conjunto de comunicaciones ciudad-campo (polis-nomos) como fundamento del comercio. Cuando los historiadores se interrogan sobre las razones de la victoria de Occidente sobre Oriente, invocan principalmente las siguientes características desfavorables en general a Oriente: desmonte más bien que roturación, de donde derivan grandes dificultades para extraer o incluso procurarse la madera; agricultura de tipo “arrozal y huerto” más bien que arborescencia y campo; ganadería, que escapa en gran parte al control de los sedentarios, por eso éstos carecen de fuerza animal y de alimentación cárnica; escasa comunicación entre el campo y la ciudad, cuyo resultado es un comercio mucho menos flexible. Evidentemente, de todo esto no hay que deducir que la forma-Estado no existe en Oriente. Al contrario, para mantener y reunir los diversos componentes, sobre las que actúan vectores de fuga, hace falta una instancia más dura. Los Estados siempre tienen la misma composición; si tan siquiera en sí mismo los momentos esenciales de su existencia. Los Estados no sólo están compuestos de hombres, sino también de bosques, campos o huertos, animales y mercancías. Hay una unidad de composición de todos los Estados, pero los Estados componentes están mucho más fragmentadas, separadas, lo que supone una gran forma inmutable para lograr mantenerlas juntas: las “formaciones despóticas”, asiáticas o africanas, estarán sacudidas por  constantes revueltas, secesiones, cambios dinásticos, pero que no afectan a la inmutabilidad de la forma. Por el contrario, la complejidad de los componentes hace posible en Occidente transformaciones de la forma-Estado mediante revoluciones. Bien es verdad que la idea de revolución es ambigua; es occidental en la medida en que remite a una transformación del Estado; pero es oriental en la medida en que proyecta una destrucción, una abolición del Estado. Pues los grandes imperios de Oriente, de Africa y de América, se enfrentan a amplios espacios lisos que los atraviesan y mantienen separaciones entre sus componentes (el nomos no deviene campo, el campo no comunica con la ciudad, los nómadas se ocupan de la ganadería mayor, etc.): hay una confrontación directa entre el Estado de Oriente y una máquina de guerra nómada. Esta máquina de guerra podrán adoptar la vía de la integración, y proceder únicamente por rebelión y cambio dinástico; no obstante, en tanto que nómada, inventa el sueño y la realidad abolicionistas. Los Estados de Occidente están mucho más protegidos en su espacio estriado, por eso tienen mucha más libertad para mantener sus componentes, y sólo se enfrentan a los nómadas indirectamente, mediante migraciones que éstos desencadenan o cuya apariencia toman.
 Una de las tareas fundamentales del Estado es la de estriar el espacio sobre el que reina, o utilizar espacios lisos como un medio de comunicación al servicio de un espacio estriado. Para cualquier Estado no sólo es vital vencer el nomadismo, sino también controlar las migraciones, y, más generalmente, reivindicar una zona de derechos sobre todo como un “exterior”, sobre el conjunto de flujos que atraviesan el ecumene. En efecto, el Estado es inseparable, allí donde puede, de un proceso de captura de flujos de todo tipo, de poblaciones, de mercancías o de comercio, de dinero o de capitales, etc. Pero se necesitan trayectos fijos, de direcciones bien determinadas, que limiten la velocidad, que regulen las circulaciones , que relativicen el movimiento, que midan detalladamente los movimientos relativos de los sujetos y objetos. De ahí la importancia de la tesis de Paul Virilio, cuando muestra que “el poder político del Estado es polis, policía, es decir, red de comunicación”, y que “las puertas de la ciudad, sus fielatos y sus aduanas son barreras, filtros para la fluidez de las masas, parra la capacidad de penetración de las manadas migratorias”, personas, animales y bienes. Gravedad, gravitas, es la esencia del Estado. No es que el Estado ignore la velocidad; pero tiene necesidad de que incluso el movimiento más rápido deje de ser el estado absoluto de un móvil que ocupa un espacio liso, para devenir el carácter relativo de un “movido” que va de un punto a otro en un espacio estriado. En ese sentido, el Estado no cesa de descomponer, recomponer y transformar el movimiento, o regular la velocidad. El Estado como inspector de caminos, transformador o échangeur routier: papel del ingeniero a este respecto. La velocidad o el movimiento absoluto no carecen de leyes, pero esas leyes son las del nomos, del espacio liso que lo despliega, de la máquina de guerra que lo puebla. Si los nómadas han creado la máquina de guerra fue porque inventaron la velocidad absoluta, como “sinónimo” de velocidad. Y siempre que se produce una acción contra el Estado, indisciplina, sublevación, guerrilla o revolución como acto, diríase que una máquina de guerra resucita, que un nuevo potencial nomádico surge, con reconstitución de un espacio liso o de una manera de estar en el espacio como si fuera liso (Virilo recuerda la importancia del tema sedicioso o revolucionario “ocupar la calle”). En ese sentido, la respuesta del Estado es estriar el espacio, contra todo lo que amenaza con desbordarlo. El Estado no se ha apropiado de la máquina de guerra sin darle la forma del movimiento, y que fue contra la que venía a estrellarse el movimiento turbulento absoluto. Y a la inversa, cuando un Estado no logra estriar su espacio interior o contiguo, los flujos que lo atraviesan adquieren necesariamente el aspecto de una máquina de guerra dirigida contra él, desplegada en un espacio liso hostil o rebelde (incluso si otros Estados pueden introducir en él sus estrías). Esa fue la aventura de China que hacia, el siglo XIV, y a pesar de su gran nivel técnico en navíos y navegación, es apartada de su inmenso espacio marítimo, ve entonces cómo los flujos comerciales se vuelven contra ella y se alían con la piratería, y sólo puede reaccionar con una política de inmovilidad, de restricción masiva del comercio, que refuerza la relación de éste con una máquina de guerra.
 La situación es aún mucho más complicada de los que nosotros decimos. El mar es quizá el principal de los espacios lisos, el modelo hidráulico por excelencia. Pero el mar también es, de todos los espacios lisos, el que primero se intenta estriar, transformar en un anexo de la tierra, con caminos fijos, direcciones constantes, movimientos relativos, toda una contrahidráulica de los canales o conductos. Una de las razones de la hegemonía de Occidente fue la capacidad que tuvieron sus aparatos de Estado para estriar el mar, conjugando las técnicas del Norte y las del Mediterráneo, y anexionándose el Atlántico. Pero esta empresa conduce al resultado más inesperado: la multiplicación de los movimientos relativos, la intensificación de las velocidades relativas en el espacio estriado, acaba por reconstituir un espacio liso o un movimiento absoluto. Como lo señala Virilio, el mar será el lugar del fleet in being, en el que ya no se va de un punto a otro, sino que se ocupa todo el espacio a partir de un punto cualquiera: en lugar de estriar el espacio, se le ocupa con un vector de desterritorialización en constante movimiento. Y del mar, esta estrategia moderna, pasará al aire como nuevo espacio liso, pero también a toda la Tierra considerada como un desierto o como un mar. Transformador y capturador, el Estado no sólo relativiza el movimiento, sino que vuelve a producir espacio liso, vuelve a producir liso al final del estriado. Es cierto que este nuevo nomadismo acompaña a una máquina de guerra mundial cuya organización desborda los aparatos de Estado, está presente en complejos energéticos, militares-industriales, multinacionales. Todo esto para recordar que el espacio liso y la forma de exterioridad no tienen una vocación revolucionaria irresistible, sino que, por el contrario, cambian singularmente de sentido según las interacciones a las que se ven sometidos y las condiciones concretas de su ejercicio o de su establecimiento (por ejemplo, cómo la guerra total  y la guerra popular, o incluso la guerrilla, se prestan sus métodos).

 


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