1. DEL OBJETO AL SISTEMA; DE LA INTERACCIÓN A LA ORGANIZACIÓN

Edgar Morin

“El Método. Tomo I, Cap II”

Ed. Cátedra

 

Del objeto al sistema

El reinado del objeto sustancial y de la unidad elemental

 

En un universo físico, que conocemos a partir de nuestras per­cepciones y de nuestras representaciones, bajo las especies de materia fluida o sólida, de formas fijas o cambiantes, sobre nuestro pla­neta donde las apariencias son infinitamente diversas y encabalga­das, aprehendemos objetos que nos parecen autónomos en su en­torno, exteriores a nuestro entendimiento, dotados de una realidad propia.

La ciencia clásica se fundó bajo el signo de la objetividad, es decir, de un universo constituido por objetos aislados (en un espa­cio neutro) sometido a leyes objetivamente universales.

En esta visión el objeto existe de manera positiva, sin que el observador/conceptuador participe en su construcción con las es­tructuras de su entendimiento y las categorías de su cultura. Es sustancial; constituido de materia que tiene plenitud ontológica es autosuficiente en su ser. El objeto es pues una entidad cerrada y distinta, que se define aisladamente en su existencia, sus caracteres sus propiedades, independientemente de su entorno. Se determina tanto mejor su realidad «objetiva» cuando se le aísla experimental­mente. Así, la objetividad del universo de los objetos se sustenta en su doble independencia con respecto del observador humano y del medio natural.

El conocimiento del objeto es el de su situación en el espacio (posición, velocidad), de sus cualidades físicas (masa, energía), de sus propiedades químicas, de las leyes generales que actúan sobre él.

Lo que caracteriza al objeto puede y debe ser llevado a unas magnitudes medibles; su misma naturaleza material puede y debe ser analizada y descompuesta en sustancias simples o elementos, de las que el átomo se convierte en la unidad de base, indivisible e irre­ductible hasta Rutherford. En este sentido los objetos fenoménicos son concebidos como compuestos o mezclas de elementos primeros que detentan sus propiedades fundamentales.

A partir de ahora se impone la explicación llamada científica por sus promotores, llamada reduccionista por sus impugnadores. La descripción de todo objeto fenoménico compuesto o heterogé­neo, comprendido en sus cualidades y propiedades, debe descom­poner este objeto de sus elementos simples. Explicar es descubrir los elementos simples y las reglas simples a partir de las que se operan las combinaciones variadas y las construcciones complejas.

Pudiendo ser definido todo objeto a partir de las leyes generales a las que está sometido y de las unidades elementales por las que está constituido, todas las referencias al observador o al entorno quedan excluidas y la referencia a la organización del objeto no puede ser sino accesoria.

En el curso del siglo XIX, la investigación «reduccionista» triun­fó sobre todos los frentes de la physis. Aisló y recontó los elementos químicos constitutivos de todos los objetos, descubrió unidades de materia más pequeñas, concebidas en principio como moléculas y después como átomos, reconoció y cuantificó los caracteres funda­mentales de toda materia, masa y energía. El átomo resplandeció pues como el objeto de los objetos, puro, pleno, indivisible, irre­ductible, componente universal de los gases, líquidos y sólidos. To­do movimiento, todo estado, toda propiedad, podían ser concebidos como cantidad medible por referencia a la unidad primera que les era propia. La ciencia física disponía pues, a fines del siglo xIX, de una batería de magnitudes que le permitían caracterizar, describir, definir un objeto cualquiera. Aportaba a la vez el conocimiento racional de las cosas y el reconocimiento de las cosas. El método de la descomposición y la medida permite experimentar, manipular, transformar el mundo de los objetos: ¡el mundo objetivo... !

Los éxitos de la física clásica empujaron a las otras ciencias a constituir también su objeto aisladamente de todo entorno y de to­do observador, a explicarlo en virtud de las leyes generales a las que obedece y de los elementos más simples que lo constituyen. Así, la biología concibió aisladamente su objeto propio, primero el organis­mo y después la célula cuando encontró su unidad elemental: la mo­lécula. La genética aisló su objeto, el genoma: reconoció las unida­des elementales de éste, primero los genes, después los cuatro ele­mentos base químicos cuya combinación aportó los «programas» de reproducción que podían variar al infinito. Parece que la explica­ción reduccionista también triunfó allí, puesto que se podía llevar todos los procesos vivos al juego de algunos elementos simples.

 

El desmoronamiento de la base

 

Ahora bien, es en la base de la física donde se opera una extra­ña inversión al comienzo del siglo XX. El átomo ya no es la unidad primera, irreductible, e indivisible: es un sistema constituido por partículas en interacciones mutuas. A partir de ahí, ¿no tomará la partícula el lugar prematuramente asignado al átomo? Esta parece, en efecto, indescomponible, indivisible, sustancial. Sin embargo, su cualidad de unidad elemental y su cualidad de objeto van a entre­mezclarse muy rápidamente.

         La partícula no sólo conoció una crisis de orden y una crisis de orden y una crisis unidad (se calculan hoy más de doscientas partículas), sino que ex­perimentó sobre todo una crisis de identidad. Ya no se la puede aislar de modo preciso en el espacio y el tiempo. Ya no se la puede aislar totalmente de las interacciones de la observación. Duda entre la doble y contradictoria identidad de onda y de corpúsculo. Pierde a veces toda sustancia (el fotón no tiene masa en reposo). Es cada vez menos plausible que sea un elemento primero; tan pronto se la concibe como un sistema compuesto de quarks (y el quark sería todavía menos reducible al concepto clásico de objeto que la par­tícula), tan pronto se la considera como un «campo» de interac­ciones específicas. En fin, es la idea de unidad elemental misma la que se ha vuelto problemática: quizá no exista la última o la primera realidad  sino un continuum (teoría del bootstrap), incluso una raíz unitaria fuera del tiempo y del espacio (D'Espagnat, 1972).

Así, al no ser ya un verdadero objeto ni una verdadera unidad elemental, la partícula abre una doble crisis: la crisis de la idea de objeto y la crisis de la idea de elemento[DN1] .

En tanto que objeto, la partícula ha perdido toda sustancia, to­da claridad, toda distinción, a veces incluso toda realidad; se ha convertido en nudo gordiano de interacciones y de intercambios. Para definirla es necesario recurrir a las interacciones de las que participa, y cuando forma parte de un átomo, a las interacciones que tejen la organización de este átomo.

En estas condiciones la explicación reduccionista no sólo ya no conviene al átomo, del que no se puede inducir ninguno de sus ca­racteres o de sus cualidades a partir de los caracteres propios de las partículas, sino que son los rasgos y caracteres de las partículas los que, en el átomo, no pueden ser comprendidos más que por referencia a la organización de este sistema. Las partículas tienen las propiedades del sistema aunque el sistema no tenga las propiedades de las partículas. No se puede comprender, por ejem­plo, la cohesión del núcleo compuesto de protones asociados y de neutrones estables a partir de las propiedades específicas de los protones que, en espacio libre, se empujan mutuamente, y de los neutrones que, muy inestables en espacio libre, se descomponen espontáneamente en un protón y un electrón cada uno.

Igualmente, el comportamiento de los electrones alrededor del núcleo no podría derivarse de sus mecánicas individuales, Por sí mismo, cada electrón tendería a situarse en el nivel energético más profundo y se debería esperar a que todos los electrones se situaran simultáneamente en este nivel fundamental. Pero, como lo ha mostrado el principio de exclusión de Pauli, «es ahí justamente donde actúa el constreñimiento de la totalidad que limita a dos electrones opuestos el número máximo de entre ellos que pueden tener lugar en el mismo nivel, y esta exigencia tiene como efecto lle­nar un buen número de niveles del átomo, independientemente del hecho de que sean más o menos profundos. Por supuesto que el átomo así constituido es cualitativamente por completo diferente de lo que hubiera sido si cada electrón se hubiese alojado en el nivel más bajo» (N. Dallaporta, 1975).

A partir de ahora, el átomo surge como objeto nuevo, el objeto organizado o sistema cuya explicación ya no se puede encontrar únicamente en la naturaleza de sus constituyentes elementales, sino que se encuentra también en su naturaleza organizacional y sistémi­ca, que transforma los caracteres de los componentes[DN2] .

Ahora bien, al constituir este sistema, el átomo, la verdadera textura de lo que es el universo físico, gases, líquidos, sólidos, molé­culas, astros, seres vivos, se ve que el universo no está fundado en una unidad indivisible, sino en un sistema verdaderamente complejo.

 

El universo de los sistemas

 

El universo de los sistemas emerge, no sólo en la base de la phy­sis (átomos) sino también en la piedra angular cósmica. La antigua astronomía no veía más que un sistema solar, es decir una rotación relojera de satélites alrededor de los astros. La nueva astrofísica descubre miríadas de sistemas solares, conjuntos organizadores que se sustentan a si mismos por regulaciones espontáneas.

Por su parte, la biología moderna da vida a la idea de sistema, arruinando a la vez la idea de materia viva y la idea de principio vital que anestesiaban a la idea sistémica, que está incluida en la célula y el organismo. A partir de ahora, la idea de sistema vivo hereda simultáneamente la animación del ex‑principio vital y la sustancialidad de la ex‑materia viva. En fin, la sociología había considerado desde su fundación a la sociedad como un sistema en el sentido fuerte de un todo organizador irreductible a sus constituyen­tes, los individuos.

Así pues, en adelante en todos los horizontes físicos, biológicos, antropo‑sociológicos se impone el fenómeno‑sistema.

 

El archipiélago Sistema

 

Todos los objetos clave de la física, de la biología, de la socio­logía, de la astronomía, átomos, moléculas, células, organismos, sociedades, astros, galaxias constituyen sistemas. Fuera de los siste­mas, no hay sino dispersión particular. Nuestro mundo organizado es un archipiélago de sistemas en el océano del desorden. Todo lo que era objeto se convierte en sistema. Todo lo que era incluso unidad ele­mental, incluido sobre todo el átomo, se convierte en sistema.

En la naturaleza se encuentran masas, agregados de sistemas, flujos inorganizados, objetos organizados. Pero lo remarcable es el carácter polisistémico del universo organizado. Este es una sorprendente arquitectura de sistemas que se edifican los unos a lo otros, los unos entre los otros, los unos contra los otros, implicándose e imbricándose unos a otros, con un gran juego de masas, plasmas, fluidos de microsistemas que circulan, flotan, envuel­ven las arquitecturas de sistemas. Así, el ser humano forma par­te de un sistema social, en el seno de un ecosistema natural, el cual está en el seno de un sistema solar, el cual está en el seno de un sis­tema galáxico; está compuesto por sistemas celulares, los cuales es­tán compuestos por sistemas moleculares, los cuales están compues­tos por sistema atómicos. Hay, en este encadenamiento, encabal­gamiento, enredamiento, superposición de sistemas y en la necesaria dependencia de unos con relación a los otros, en la dependencia, por ejemplo, que en el planeta tierra une un organismo vivo al sol que lo riega de fotones, a la vida exterior (eco‑sistema) e interior (células y eventualmente micro‑organismos), a la organización molecular y atómica, un fenómeno, un problema

El fenómeno que nosotros llamamos la Naturaleza que no es más que esta extraordinaria solidaridad de sistemas encabalgados  edificándose los unos sobre los otros, por los otros, con los otros, contra los otros: la Naturaleza son los sistemas de sistemas, en rosario, en racimos, e n pólipos, en matorrales, en archipiélagos.

         Así, la vida es un sistema de sistemas de sistemas, no solamente porque el organismo es un sistema de órganos que son sistemas de moléculas que son sistemas de átomos, sino también porque el ser vivo es un sistema individual que participa de un sistema de repro­ducción, tanto uno como otro participan en un eco‑sistema, el cual participa en la biosfera...

Estábamos hasta tal punto bajo el dominio de un pensamiento disociativo y aislante, que esta evidencia no se había observado, salvo excepciones: “No existen realmente más que sistemas de siste­mas, no siendo el simple sistema más que una abstracción didáctica “(Lupasco, 1962, pág. 186). La Naturaleza es un todo polisistémico: aquí será necesario sacar todas las consecuencias de esta idea.

El problema, revalorizado por Koestler con la idea del holon  (Koestler, 1968), es el de la aptitud propia de los sistemas de en­gancharse, de construirse los unos sobre y por los otros, pudiendo ser a la vez cada uno parte y todo.

Unamos el fenómeno al problema: debemos cuestionar la natu­raleza del sistema y el Sistema de la Naturaleza. Podemos partir de estas observaciones iniciales: el sistema ha tomado el lugar del obje­to simple y sustancial, y es rebelde a la reducción a sus elementos; el encadenamiento de sistemas de sistemas rompe la idea de objeto cerrado y autosuficiente. Se ha tratado siempre a los sistemas como objetos en adelante se trata de concebir los objetos como sistemas.

A partir de ahora es necesario concebir lo que es un sistema.

 

 

Presencia de los sistemas, ausencia del sistema

 

Actualmente, el fenómeno sistema es evidente en todas partes. Pero la idea‑sistema apenas emerge todavía en las ciencias que tra­tan de fenómenos sistémicos. Ciertamente la química concibe la molécula de facto como sistema, la física nuclear concibe el átomo de facto como sistema, la astrofísica concibe la estrella de facto como sistema, pero en ninguna parte es explicada o explicante la idea de sistema. La termodinámica ha recurrido fundamentalmente a la idea de sistema, pero es para distinguir lo cerrado de lo abierto y no para reconocer en ella una realidad propia. La idea de sistema ,vivo vegeta y no se desarrolla. La idea de sistema social sigue siendo trivial: la sociología, que usa y abusa del término de sistema, no lo elucida jamás: explica la sociedad como sistema sin saber explicar lo que es un sistema

Así, un poco por todas partes, el término de sistema permanece, bien sea evitado, bien sea vaciado. El sistema aparece como un concepto‑peana y como tal, desde Galileo hasta mediados de este siglo, no ha sido estudiado ni reflexionado. Se puede comprender por qué: sea porque la doble y exclusiva atención a los elementos constitutivos de los objetos y a las leyes generales que los rigen im­pide toda emergencia de la idea de sistema; sea porque la idea emer­ge débilmente, subordinada al carácter su¡ generis de los objetos disciplinariamente considerados. Así, en su sentido general, el término sistema es una palabra envoltorio; en su sentido particular, se adhiere de manera indespegable a la materia que lo constituye: no hay, pues, ninguna relación concebible entre los diversos empleos de la palabra sistema: sistema solar, sistema atómico, sistema social; la heterogeneidad de los constituyentes y de los principios de organiza­ción entre sistemas estelares y sistemas sociales es de tal manera evi­dente y chocante que aniquila toda posibilidad de unir en una las dos acepciones M término sistema.

Así, los sistemas están en todas partes, el sistema no está en nin­guna parte de la ciencia. La noción está en diáspora, privada de su principio de unidad. Implícita o explícita, atrofiada o emergida no ha podido jamás izarse al nivel teórico, al menos hasta von Berta­lanffy. ¿Se trata de una insuficiencia de la ciencia o de una insufi­ciencia del concepto de sistema? ¿Tiene necesidad la ciencia de de­sarrollar una teoría del sistema, o es el concepto de sistema el que no es desarrollable teóricamente? Dicho de otro modo: ¿Vale la pe­na liberar y autonomizar la noción de sistema? ¿No es demasiado ge­neral en su universalidad y demasiado particular en sus diversida­des? ¿No es trivial y solamente trivial?

Es preciso, pues, que cuestionemos la noción de sistema. ¿Hay principios sistémicos que sean a la vez fundamentales, originales, no triviales? Dicho de otro modo, ¿tienen estos principios algún interés para el estudio de sistemas particulares y para la comprensión gene­ral de la physis?

En el curso de los años cincuenta von Bertalanffy elabora una Teoría general de los sistemas que por fin abre la problemática sis­témica. Esta teoría (von Bertalanffy, 1968) se expandió por to­das partes, con fortuna diversa, en el curso de los años sesenta aunque comporta aspectos radicalmente renovadores, la teoria  de general de los sistemas jamás ha intentado la teoría general del sistema; la omitido profundizar su propio fundamento, reflexionar el concepto de sistema. Por esto, el trabajo preliminar todavía está por hacer: interrogar la idea de sistema[U3] .

 

Primera definición del sistema

 

Sobre la marcha, hemos dado una definición al vuelo de sis­tema: una interrelación de elementos que constituyen una enti­dad o unidad global. Tal definición comporta dos caracteres princi­pales, el primero es la interrelación de los elementos, el segundo es la unidad global constituida por estos elementos en interrelación. De hecho, la mayor parte de las definiciones, de la noción de siste­ma, desde el siglo XVII hasta los sistemistas de la General Systems Theory reconocen estos dos rasgos esenciales, poniendo el acento bien sea en el rasgo de la totalidad o globalidad, bien sea en el rasgo relacional. Se complementan y encabalgan sin contradecirse ver­daderamente jamás. Un sistema es «un conjunto de partes» (Leib­niz, 1666), «todo conjunto de componentes definible» (Matu­rana, 1972). Las definiciones más interesantes unen el carácter global y el rasgo relacional: «Un sistema es un conjunto de unidades en interrelaciones mutuas» (A system is a set of unities with rela­tionship among them) (von Bertalariffy, 1956), es la «unidad resul­tante de las partes en mutua interacción» (Ackoff, 1960), es «un todo (whole) que funciona como todo en virtud de los elementos (parts) que lo constituyen» (Rapoport, 1969). Otras definiciones nos indican que un sistema no está necesariamente ni principalmente compuesto de «partes», algunos de entre ellos pueden ser considerados como «conjunto de estados» (Mesarovic, 1962) incluso conjunto de eventos (lo que vale para todo sistema cuya organización es acti­va), o de reacciones (lo que vale para los organismos vivos). En fin, la definición de Ferdinand de Saussure (que era sistemista más que estruc­turalista) está particularmente bien articulada, y hace surgir, sobre to­do, uniéndolo al de totalidad y al de interrelación, el concepto de orga­nización: el sistema es «una totalidad organizada, hecha de elementos solidarios que no pueden ser definidos más que los unos con relación a los otros en función de su lugar en esta totalidad» (Saussure, 1931).

En efecto, no basta con asociar interrelación y totalidad, es pre­ciso unir totalidad a interrelación mediante la idea de organización. Dicho de otro modo, desde el momento en que las interrelaciones entre elementos, eventos o individuos[1], tienen un carácter regular o estable, se convierten en organizacionales[2].

                   La organización, concepto ausente de la mayor parte de las defi­niciones del sistema, estaba hasta el presente como sofocada entre la idea de totalidad y la idea de interrelaciones mientras que ésta une la idea de totalidad a la de interrelaciones, volviéndose indiso­ciables las tres nociones. A partir de ahora, se puede concebir el sis­tema como unidad global organizada de interrelaciones entre elementos, acciones o individuos.

 

De la interacción a la organización

 

La aptitud para organizarse es la propiedad fundamental, sorprendente y evidente de la physis. Y sin embargo, es la gran ausente de la física.

El problema de la organización ha sido reprimido y ocultado de la misma manera que lo ha sido el problema del sistema (evidente­mente puesto que son las dos caras del mismo problema). Las cien­cias lo han encontrado, lo han tratado parcialmente, siempre en función del punto de vista particular de las disciplinas. Algunas lo han tratado pobremente, bajo el término de estructura. La física moderna camina hacia el problema de la organización cuando trans­forma las leyes de la naturaleza en interacciones (gravitacionales, electromagnéticas, nucleares fuertes, débiles), pero todavía no ha concebido el paso, la transformación de ciertas interacciones de ca­rácter relacional en organización. Como ocurre a menudo, la cosa emerge antes que el concepto, que espera que su nicho se forme antes de poderlo habitar. Pero en lo sucesivo la idea de que hay un pro­blema general de organización está «en el aire». «Cualesquiera que sean los niveles, los objetos de análisis (de la ciencia) siempre son organizaciones, sistemas» (Jacob, 1970, pág. 344)[3]; y Chomsky: «El método científico... no se interesa por los datos por sí mismos sino como testimonio de principios de organización» (Chomsky, 1967). La idea de una entidad o unidad propiamente organizacional está sugerida o buscada en el holon (Koestler, 1968), el org (Gé­rard, 1958), el intégron (Jacob, 1971). Es Henry Atlan quien finalmente elabora verdaderamente el concepto en si mismo (Atlan, 1968, 1974).

 

 

De la interacción a la organización                 

 

Vuelvo a lo que se dijo como conclusión del capítulo preceden­te: en la Naturaleza no hay un principio su¡ generis de organización u organtropía, que provoque deux ex machina la reunión de los ele­mentos que deben constituir el sistema. No ha principio sistémico anterior y  exterior a las interacciones entre elementos. Por contra, hay unas condiciones físicas de formación donde ciertos fenómenos de interacciones, que toman forma de interrelaciones, devienen or­ganizacionales. Si hay principio organizador, nace de los encuentros aleatorios, de la copulación del desorden y el orden, en y por la catástrofe (Thom, 1972), es decir, el cambio de forma[DN4] . Y ésta es la maravilla morfogenética en la que el surgimiento de la interrela­ción, de la organización, del sistema son las tres caras de un mismo fenómeno:

 

Interacciones

 

 

interrelaciones

 

 

organización                         sistema

 

¿Qué es la organización? En una primera definición: la organización es la disposición de relaciones entre componentes o individuos que produce una unidad compleja o sistema, dotado de cualidades desconocidas en el nivel de los componentes o individuos. La organización une[4] de forma interrelacional elementos o eventos o indivi­duos diversos que a partir de ahí se convierten en los componentes de un todo. Asegura solidaridad y solidez relativa a estas uniones, asegura, pues, al sistema una cierta posibilidad de duración a pesar de las perturbaciones aleatorias. La organización, pues: transforma, produce, reúne, mantiene.

 


El concepto trinitario:         organización              sistema

interrelación

 

La idea de organización y la idea de sistema no solamente siguen siendo embrionarias, sino que están disociadas. Me propongo aso­ciarlas aquí, puesto que el sistema es el carácter fenoménico y glo­bal que toman las interrelaciones cuya disposición constituye la organización del sistema. Los dos conceptos están unidos por el de interrelación: toda interrelación dotada de cierta estabilidad o regu­laridad toma carácter organizacional y produce un sistema. Hay pues, una reciprocidad circular entre estos tres términos: interrela­ción, organización, sistema[DN5] .

Aunque inseparables, estos tres términos son relativamente dis­tinguibles. La idea de interrelación remite a los tipos y formas de unión entre elementos o individuos, entre estos elementos/indi­viduos y el Todo. La idea de sistema remite a la unidad compleja del todo interrelacionado, a sus caracteres y sus propiedades feno­ménicas. La idea de organización remite a la disposición de las par­tes dentro, en y por un Todo[DN6] .

La relativa autonomía de la idea de organización se verifica del modo más simple en el caso de los isómeros, compuestos de la mis­ma fórmula química, de la misma masa molecular, pero cuyas pro­piedades son diferentes porque y solamente porque hay una cierta diferencia de disposición de los átomos entre sí en la molécula. Pre­sentimos de pronto el papel considerable de la organización, que puede modificar las cualidades y los caracteres de los sistemas cons­tituidos por elementos parecidos, pero dispuestos, es decir, organi­zados diferentemente. Sabemos por otra parte que la diversidad de los átomos resulta de las variaciones en el número y en la disposición de tres tipos de partículas; que la diversidad de las especies vivas depende de las variaciones en el número y la disposición de cuatro elementos base que forman «código».

Así pues, necesitamos un concepto en tres, tres conceptos en uno, que sea cada uno un rostro definible de la misma realidad común.

         La construcción de este concepto  trinitario puede ser de interés primordial puesto que concerniría a la physis organizada que nos­     otros conocemos, del átomo a la estrella, de la bacteria a la sociedad humana.

¿Interés primordial o banalidad primaria? No se ve lo que podría destacarse de «común» en una confrontación empírica entre molécula, sociedad, estrella. Pero no es éste el sentido en el que hay que esforzarse: es en nuestro modo de percibir, concebir y pen­sar de modo organizacional lo que nos rodea y que nosotros llama­mos realidad[DN7] .

 

2. LA UNIDAD COMPLEJA ORGANIZADA. EL TODO Y LAS PARTES. LAS EMERGENCIAS Y LOS CONSTREÑIMIENTOS

 

Unitas multiplex

 

         No podríamos dar una identidad sustancial, clara, simple del sistema. El sistema se presenta en principio como unitas multiplex (Angyal, 1941), es decir, paradoja: considerado bajo el ángulo del Todo, es uno y homogeneo; considerado bajo el ángulo de los constituyen­tes, es diverso y heterogéneo. Atlan ha despejado muy bien el ca­rácter organizacional de esta paradoja: la organización es un comple­jo de variedad y de orden repetitivo (redundancia), puede incluso ser considerada como un compromiso, o una conjugación, entre el máximo de variedad y el máximo de redundancia (Atlan, 1974).

La primera y fundamental complejidad del sistema es asociar en sí la idea de unidad, por una parte y la de diversidad o multiplicidad por la otra, que en principio se repelen y excluyen[DN8] . Y lo que hay que comprender son los caracteres de la unidad compleja: un sistema es una unidad global, no elemental, puesto que esta constituida por partes diversas interrelacionadas. Es una unidad original, no originaria: dispone de cualidades propias e irreductibles, pero debe ser producido, construido, organizado. Es una unidad individual, no indivisible: se puede descomponer en elementos separados, pero entonces su existencia se descompone. Es una entidad hegemónica, no homogénea: está constituido por elementos diversos, dotados de caracteres propios que tiene en su poder[DN9] .

La idea de unidad compleja va a tomar densidad si presentimos que no podemos reducir ni el todo a las partes, ni las partes al todo, ni lo uno a lo múltiple, ni lo múltiple a lo uno, sino que es pre­ciso que intentemos concebir juntas, de forma a la vez complemen­taria y antagonista, las nociones de todo y de partes, de uno y de diverso.

Se empieza a comprender que esta complejidad haya tenido un efecto alérgico, en una ciencia que buscaba sus fundamentos pre­cisamente en lo reductible, lo simple, lo elemental. Se empieza a comprender que el concepto de sistema haya sido contorneado, descuidado, ignorado. Incluso entre los sistemistas, son rarísimos los que han introducido la complejidad en la definición de sistema. Lo he encontrado solamente en Jean Ladriére: «Un sistema es un obje­to complejo, formado de componentes distintos unidos entre sí por un cierto número de relaciones» (Ladriére, 1973, pág. 686). Ahora bien, si queremos intentar una teoría del sistema, debemos afrontar el problema de la unidad compleja, comenzando por las relaciones entre el todo y las partes.

 

Las emergencias

 

El todo es más que la suma de las partes

 

El sistema posee algo más que sus componentes considerados de forma aislada o yuxtapuesta:

-         su organización,

-         la unidad global misma (el «todo»),

-         las cualidades y propiedades nuevas que emergen de la orga­nización global[DN10] .

 

Observamos enseguida que yo separo estos tres términos de manera muy abstracta, pues la organización y la unidad global puden ser consideradas como cualidades y propiedades nuevas que e gen de las interrelaciones entre partes; que la organización y cualidades nuevas pueden ser consideradas como rasgos propios unidad global; que la unidad global y sus cualidades emergentes pue­den ser consideradas como los productos mismos de la organización.

Es sobre todo la noción de emergencia la que puede confundirse con la totalidad, siendo el todo emergente y la emergencia un rasgo propio del todo.

La idea de totalidad es, pues, crucial aquí. Esta idea, que a menudo había salido a la superficie en la historia de la filosofía, se había expandido en la filosofía romántica y sobre todo en Hegel. Surge a veces en las ciencias contemporáneas así como en la teoría de la forma o Gestalt.. Desde el punto de vista de la construcción del propio concepto de sistema, von Foester ha indicado que la regla de composición de los componentes en interacciones en la coalición es superaditiva superadditive composition rule,( von Foes­ter, 1962, págs. 866‑867). Lo que importa ahora es despejar las cualidades o propiedades nuevas que emergen con la globalidad.

 

Las emergencias globales

 

Se puede llamar emergencias a las cualidades 0 propiedades de un sistema que presentan un carácter de novedad con relación a las cualidades o propiedades de los componentes considerados aislada­mente o dispuestos de forma diferente en otro tipo de sistema.

Todo estado global presenta cualidades emergentes. El átomo, como se ha visto, es un sistema que dispone de propiedades origina­les, particularmente la estabilidad, en relación con las partículas que lo constituyen y confiere retroactivamente esta cualidad de estabili­dad a las partículas lábiles que integra. En cuanto a las moléculas, «la nueva especie aparecida no tiene ninguna relación con los cons­tituyentes primitivos, sus propiedades no son de ningún modo la suma de los suyos y se comporta de manera diferente en todas las circunstancias. Si la masa, la cantidad de sustancia total permanece igual, su cualidad, su esencia es nueva por completo» (Auger, 1966,). Así, la mezcla de dos gases que son el amoníaco y el ácido clorhídrico da lugar molecularmente al cloruro de amonio só­lido. El ejemplo aparentemente banal, de hecho muy complejo, del agua nos muestra que su carácter líquido (a temperaturas ordinarias) es debido a las propiedades, no de los átomos sino de las moléculas de H20 de unirse entre sí de modo muy flexible.

         Las cualidades nacen de las asociaciones, de las combinaciones;  la asociación de un átomo de carbono, en una cadena molecular, hace emerger la estabilidad, cualidad indispensable para la vida. En lo que concierne a la vida, «está claro que las propiedades de un or­ganismo sobrepasan la suma de las propiedades de sus constitu­yentes. La naturaleza hace algo más que adiciones: integra[DN11] » (Ja­cob, 1965) y está claro que la célula viva detenta propiedades emer­gentes (Monod, 1971) ‑alimentarse, metabolizar, reproducirse.

Estas propiedades emergentes, cuyo haz es llamado precisamente vida, empapan el todo en tanto que todo y retroactúan sobre las partes en tanto que partes. De la célula al organismo, del genoma al pool genético se constituyen totalidades sistémicas dotadas de cuali­dades emergentes.

En fin, el postulado implícito o explícito de toda sociología hu­mana es que la sociedad no podría ser considerada como la suma de los individuos que la componen, sino que constituye una entidad dotada de cualidades específicas.

Es completamente remarcable que las nociones, aparentemente elementales, de materia, vida, sentido, humanidad, corresponden de hecho a cualidades emergentes de sistemas (Serres, 1976,). La materia no tiene consistencia, sino a nivel del sistema atómico. La vida, acabamos de verlo, es la emanación de la organización viva;  y no es la organización viva la que es la emanación de un principio vital. El sentido que los lingüistas buscan a tientas en las pro­fundidades o recodos M lenguaje no es otro que la emergencia misma del discurso que aparece en el despliegue de las unidades globales y retroactúa sobre las unidades de base que lo han hecho emerger. Lo humano, en fin, es una emergencia propia del sistema cerebral  hipercomplejo de un primate evolucionado. Así, definir al hombre por oposición a la naturaleza, es definirlo exclusivamente en función de sus cualidades emergentes.

 

 

 

 

Las micro‑emergencias (la parte es más que la parte)

 

La emergencia es un producto de organización que, aunque inse­parable del sistema en tanto que todo, aparece no solamente a nivel global, sino eventualmente a nivel de los componentes. Así, las cualidades inherentes a las partes en el seno de un sistema dado está ausentes o son virtuales cuando estas partes están en estado aislado, no pueden ser adquiridas y desarrolladas más que por y en el todo[DN12] . Como se ha visto, el neutrón adquiere cualidades de duración en el seno del núcleo; los electrones adquieren cualidades de individuali­dad bajo el efecto organizacional del principio de exclusión de Pauli. La célula crea las condiciones de pleno empleo de cualidades mole­culares sub-utilizadas en el estado aislado (catálisis). En la sociedad humana, con  la constitución de la cultura, los individuos desarrollan sus aptitudes en el lenguaje, en el artesanado, en el arte, es decir que sus cualidades individuales más ricas emergen en el seno del sistema social. Así, vemos sistemas donde las macro-emergencias retroactúan en micro‑emergencias sobre las partes. A partir de ahora, no sólo el todo es más que la suma de las partes, sino que la parte es en y por el todo, más que la parte[DN13] .

 

La realidad de la emergencia

 

Los fenómenos de emergencia son muy evidentes, desde el mo­mento en que se notan. Pero estas evidencias están dispersas, singu­larizadas, no han sido meditadas ni teorizadas.

En la idea de emergencia están estrechamente ligadas las ideas de:

 

-         cualidad, propiedad,

-         producto, puesto que la emergencia está producida por la or­ganización del sistema,

-         globalidad, puesto que es indisociable de la unidad global,

-         novedad, puesto que la emergencia es una cualidad nueva con relación a las cualidades anteriores de los elementos.

 

Cualidad, producto, globalidad, novedad son pues, nociones que es preciso unir para comprender la emergencia.

La emergencia tiene algo de relativo (en el sistema que la ha producido y del que depende) y de absoluto (en su novedad); tene­mos que considerarla pues, bajo estos dos ángulos aparentemente antagonistas.

 

Cualidad nueva

 

La emergencia es una cualidad nueva con relación a los constitu­yentes del sistema. Tiene, pues, virtud de evento  puesto que surge de forma discontinua una vez se ha constituido el sistema; tiene, por supuesto, el carácter de irreductibilidad;.es una cualidad que no se deja descomponer, y que no se puede deducir de los elementos anteriores[DN14] .

Acabamos. de decir que la emergencia es irreductible ‑fenomé­nicamente‑ e indeducible lógicamente. ¿Qué quiere decir esto? Para empezar, que la emergencia se impone como hecho, dato fenoménico que el entendimiento debe constatar primero[DN15] . Las pro­piedades nuevas que surgen en el nivel de la célula no son deducibles de las moléculas consideradas en sí mismas. Incluso cuando se la puede predecir a partir del conocimiento de las condiciones de su surgi­miento, la emergencia constituye un salto lógico, y abre en nuestro entendimiento la brecha por donde penetra la irreductibilidad de lo real...

 

Entre epifenómeno y fenómeno

 

¿Cómo situar la emergencia? Tanto nos parece producto, resultante, cuanto el fenómeno mismo que hace a la originalidad del sistema...

Tomemos el ejemplo de nuestra conciencia. La conciencia es el producto global de interacciones y de interferencias cerebrales inse­parables de las interacciones e interferencias de una cultura sobre un individuo. Efectivamente se puede concebir como epifenómeno, relámpago que surge y se apaga enseguida, fuego fatuo incapaz de modificar un comportamiento mandado o «programado», por otra parte (el aparato genético, la sociedad, las «pulsiones», etc.). La conciencia también puede muy justamente aparecer como super‑estructura, resultante de una organización de las profundidades y que se manifiesta de manera superficial y frágil, como todo lo que es secundario y dependiente. Pero una tal descripción omitiría re­marcar que este epifenómeno frágil es al mismo tiempo la cualidad global, más extraordinaria del cerebro, la autorreflexión por la que existe el «mí, yo». Esta descripción ignoraría también la retroacción de la conciencia sobre las ideas y sobre el comportamiento, los tras­tornos que puede aportar (conciencia de la muerte). Esta des­cripción ignoraría, en fin, la dimensión totalmente nueva y a veces decisiva que la aptitud auto‑critica de la conciencia puede aportar a la personalidad misma. La retroacción [DN16]  de la conciencia puede ser más o menos incierta, más o menos modificadora. Y, según los momentos, según las condiciones, según los individuos, se­gún los problemas afrontados, según las pulsiones cuestionadas, la conciencia aparecerá, sea como puro epifenómeno, sea como super­estructura, sea como cualidad global, sea como capaz o como incapaz de retroacción...

Así el concepto de emergencia no se deja reducir por los de su­perestructura, epifenómeno, o incluso globalidad; pero mantiene re­laciones necesarias, oscilantes e inciertas con estos conceptos[DN17] . Es precisamente a la vez su irreductibilidad y esta relación imprecisa y dialectalizable lo que lo impone como noción compleja. Además, la sola caracterización de la emergencia como superestructura resulta irrisoria. La emergencia está demasiado unida a la globalidad, y es­ta última está demasiado unida a la organización para poder ser superficializada.

Acabamos de verlo con la conciencia: ésta es una cualidad do­tada de potencialidades organizadoras, capaces de retroactuar sobre el ser mismo, de modificarlo, de desarrollarlo. En este punto, es preciso abandonar la jerarquía simple entre infra (textura, estructu­ra) y supra (textura, estructura) en provecho de una retroactividad organizacional [DN18] donde el producto último retroactúa transformando lo que él produce.

infra                                        supra

textura                                    textura

estructura                                estructura

 

Así, la emergencia nos constriñe a complejizar nuestros sistemas de explicación de los sistemas. Fruto del conjunto organizacional/ sistémico, puede ciertamente ser descompuesta en sus elementos constitutivos. Pero como ocurre en el fruto, esta descomposición la descompone. Como la fruta, es siempre última (cronológicamente) y siempre primera (por la calidad). Es a la vez producto de síntesis y virtud de síntesis. Y al igual que la fruta, producto último, es al mismo tiempo el ovario portador de las virtudes reproductoras, del mismo modo la emergencia puede contribuir retroactivamente a producir y reproducir lo que la produce.

 

 

La emergencia de la realidad

 

La realidad fenoménica

 

Las emergencias, cualidades nuevas, son al mismo tiempo las cualidades fenoménicas del sistema. Como he dicho, son lógicamen­te indeducibles, y físicamente irreductibles (se pierden si el sistema se disocia). Pero, por lo mismo, constituyen el signo y el indicio de una realidad exterior a nuestro entendimiento. Volveremos a en­contrar esta idea en nuestro camino: lo real no es lo que se deja ab­sorber por el discurso lógico, sino lo que se le resiste. Nos parece, pues, aquí que lo real no se encuentra solamente escondido en las profundidades del «ser»; surge también en la superficie de lo que está, en la fenomenalidad de las emergencias.

 

La arquitectura material

 

Lo hemos puesto de relieve anteriormente; la naturaleza es po­lisistémica. Del núcleo al átomo, del átomo a la molécula, de la mo­lécula a la célula, de la célula al organismo, del organismo a la so­ciedad, una fabulosa arquitectura sistémica se edifica. Aquí no se trata de dar cuenta de esta arquitectura, sino de indicar que no es concebible, sino introduciendo la noción de emergencia.

En efecto, las emergencias globales del sistema de base, el átomo, se convierten en materias y elementos para el nivel sistémico que engloba la molécula, cuyas cualidades emergentes, a su vez, se con­vertirán en los materiales primarios de la organización celular, y así sucesivamente... Las cualidades emergentes se montan unas sobre las otras, convirtiéndose la cabeza de las unas en los pies de las otras, y los sistemas de sistemas de sistemas son emergencias de emergencias de emergencias.[DN19] 

 

La emergencia de la emergencia

 

La noción de emergencia apenas emerge. Y sentimos ya la nece­sidad polivalente de ésta. Nos permite comprender mejor el sentido profundo de la proposición según la cual el todo es más que la suma de las partes. Aun cuando organización y globalidad pueden ser considerados como emergencias, se comprende ahora que este más, no es sólo la organización que crea la globalidad, es también la emergencia que hace florecer la globalidad.

La emergencia nos abre una nueva inteligencia del mundo feno­ménico; nos propone un hilo conductor a través de las arborescen­cias de la materia organizada. Al mismo tiempo, nos plantea problemas; es preciso que la situemos de manera compleja en las rela­ciones entre todo y partes, entre estructuralidad (super, infra‑estruc­tura) y fenomenalidad, lo que nos impone ir más lejos en la teoría del sistema.

Por otro lado, nos hace desembocar en los aspectos más asombrosos de la physis; el salto de la novedad, de la síntesis, de la creación... Esta noción, precisamente en el salto lógico y físico de las cualidades de los elementos a las cualidades del todo, lleva tam­bién, como todas las nociones portadoras de inteligibilidad, su mis­terio. Este misterio de emergencia, el mismo de la vida y de la con­ciencia, aparece ya en el misterio físico del átomo, de la molécula o incluso de un circuito en resonancia (Stewart).

Podemos en fin, presentir mejor lo que teje, y deshace nuestras propias vidas. Si es verdad que las emergencias no constituyen vir­tudes originarias, sino virtudes de síntesis, si es verdad que, siendo siempre cronológicamente secundarias, son siempre primeras por la cualidad, si es verdad, pues, que las cualidades más preciosas de nuestro universo no pueden ser sino emergencias, entonces es preciso que invirtamos la visión de nuestros valores. Queremos ver estas virtudes exquisitas como esencias inalterables, como fundamentos ontológicos, cuando son frutos últimos. [DN20] En la base no hay más que constituyentes, mantillo, abonos, elementos químicos, trabajo de bacterias. La conciencia, la libertad, la verdad, el amor son frutos, flores. Los encantos más sutiles, los perfumes, la belleza de los rostros y de las artes, los fines sublimes a los cuales nosotros nos abocamos, son las eflorescencias de sistemas de sistemas de siste­mas, de emergencias de emergencias de emergencias... Representan lo que hay de más frágil, de más alterable: un nada las desflorará, la degradación y la muerte las golpearán primero, siendo que nos­otros las creemos o las querríamos inmortales.

 

Los constreñimientos: El todo es menos que la suma de las partes

 

Desde que se concibe el sistema, la idea de unidad global se im­pone hasta tal punto que ciega, lo que hace que a la ceguera reduc­cionista (que no ve más que los elementos constitutivos) le suceda una ceguera «holista» (que no ve más qué el todo)[DN21] . Así, si se ha re­marcado muy a menudo que el todo es más que la suma de las par­tes, muy raramente se ha formulado la proposición contraria: el to­do es menos que la suma de las partes[DN22] . Y que yo sepa ni siquiera ha soñado en unir las dos proposiciones:

 

S > SI + S2 + S3 + SI ... > S

S < SI + S2 + S3 + SI ... < S

 

Es una formulación de Jacques Sauvan la que me ha hecho con­cebir la segunda proposición: yo la he unido a la primera de modo aparentemente absurdo, es decir: S = ¹ S o S > < S y he buscado el fundamento organizacional de la paradoja.[DN23] 

 

 

 

 

Los constreñimientos

 

El todo es menos que la suma de las partes: esto significa que las cualidades de las propiedades, unidas a las partes consideradas aisladamente, desaparecen en el seno del sistema[DN24] . Raramente es re­conocida una idea semejante, y sin embargo, deducible de la idea de organización, y se deja concebir mucho más lógicamente que la emergencia.

Ashby había observado que la presencia de una organización entre variables es equivalente a la existencia de  constreñimientos en la producción de posibilidades (Ashby, 1962). Se puede generalizar esta proposición y considerar toda relación organizacional ejer­ce restricciones o constreñimientos en los elementos o partes que le están ‑la palabra es buena‑ sometidos[DN25] .

En efecto, hay sistemas cuando sus componentes no pueden adoptar todos sus estados posibles.

El determinismo interno, las reglas, las regularidades, la subor­dinación de los componentes al todo, el ajuste de las complementa­riedades, las especializaciones, la retroacción del todo, la estabili­dad del todo y, en los sistemas vivos, los dispositivos de regulación y de control, el orden sistémico en una palabra, se traducen en otros tantos constreñimientos. Toda asociación implica constreñi­miento: constreñimientos ejercidos por las partes interdependientes las unas de las otras, constreñimientos de las partes sobre el todo, constreñimiento del todo sobre las partes. Pero, mientras que los constreñimientos de las partes sobre el todo se refieren en principio a los caracteres materiales de las partes, los constreñimientos del todo sobre las partes son en primer lugar de organización.

 

El todo es menos que la suma de las partes

 

Toda organización comporta grados de subordinación diversos a nivel de los constituyentes (veremos que el desarrollo de la organiza­ción no significa necesariamente incremento de constreñimientos, veremos incluso que los progresos de la complejidad organizacional se fundan en las «libertades» de los individuos que constituyen el sistema).

Hay siempre, y en todo sistema, e incluso en los que suscitan emergencias, constreñimientos en las partes, que imponen restric­ciones y servidumbres. Estos constreñimientos, restricciones, servi­dumbres, les hacen perder o les inhiben cualidades o propiedades. En este sentido el todo es pues, menos que la suma de las partes.

Los ejemplos citados anteriormente pueden ser leídos a la inver­sa. Una unión química determina constreñimientos en cada elemen­to unido y, por ejemplo, la adquisición de la cualidad sólida por unión de dos moléculas gaseosas se paga evidentemente con la pér­dida de la cualidad gaseosa. Pero estos ejemplos físico‑químicos son muy poco serios y prueban bien poco. En efecto, allí donde la organización crea y desarrolla regulaciones activas, controles y especializaciones internas, es decir, partiendo de las primeras organizaciones vivas ‑las células‑ hasta las organizaciones antropo‑sociales, es donde se manifiesta con resplandor, tanto el principio de emergencia como el principio de constreñimiento.[DN26] 

Así la regulación de la actividad enzimática, en el seno de la cé­lula, comporta un constreñimiento inhibidor cuando el producto fi­nal de una cadena de reacciones enzimáticas se fija en un lugar (lla­mado alostérico) de una enzima del otro extremo de la cadena y bloquea en consecuencia todas las reacciones que tendrían que ha­berse seguido. Del mismo modo, la regulación genética se efectúa mediante una molécula específica ‑significativamente llamada «represor»‑ que se fija a un gen y le impide expresarse. De hecho, como se verá, hay un juego complejo de bloqueo/desbloqueo en los circuitos a través de los cuales se efectúa la organización me­diante constreñimientos que inhiben en ciertos momentos el juego de procesos relativamente autónomos.

Como veremos, toda organización que determina y desarrolla especializaciones y jerarquizaciones determina y desarrolla constre­ñimientos, sojuzgamientos y represiones. Actualmente sabemos que cada célula de un organismo lleva en sí la información genética de todo el organismo. Pero la mayor parte de esta información está reprimida, sólo la ínfima parte que corresponde a la actividad espe­cializada de la célula puede expresarse.

Los constreñimientos que inhiben enzimas, genes, incluso célu­las no disminuyen una libertad inexistente a este nivel, no emergien­do la libertad más que en un nivel de complejidad individual en que hay posibilidades de elección;[DN27]  inhiben cualidades, posibilidades de acción o de expresión. Los constreñimientos no pueden ser destruc­tores en libertad, es decir, no pueden llegar a ser opresivos más que como individuos que disponen de posibilidades de elección, de deci­sión y de desarrollo complejo[DN28] . Así, este problema de los constreñimientos se plantea de forma a la vez ambivalente y trágica en el ni­vel de las sociedades y singularmente de las sociedades humanas.

Ciertamente, es la cultura la que permite el desarrollo de las po­tencialidades del espíritu humano. Ciertamente, es la sociedad la que constituye un todo solidario que protege a los individuos que respe­tan sus reglas. Pero es también la sociedad la que impone sus coer­ciones y represiones a todas las actividades, desde las sexuales hasta las intelectuales. En fin y, sobre todo, en las sociedades históricas la dominación jerárquica y la especialización del trabajo, las opre­siones y las esclavitudes inhiben y prohiben las potencialidades crea­doras de los que las soportan.

Así, el desarrollo de ciertos sistemas puede pagarse con un for­midable sub‑desarrollo de las posibilidades que se incluyen en él.

 

EL TODO ES MÁS

 

emergencias

 

globalidad

 

organizaciones - interrelaciones

 

constreñimientos

 

virtualidades

 

Y MENOS QUE LA SUMA DE LAS PARTES

 

En el plano más general, desembocamos en una visión de complejidad, de ambigüedad, de diversidad sistemática. En lo sucesi­vo debemos considerar en todo sistema, no solamente la ganancia en emergencias, sino también la pérdida por constreñimientos, sojuzgamientos, represiones[DN29] . Un sistema no es solamente enriqueci­miento, es también empobrecimiento y el empobrecimiento puede ser más grande que el enriquecimiento. Esto nos muestra igualmen­te que los sistemas no sólo se diferencian por sus constituyentes físicos o su clase de organización, sino también por el tipo de pro­ducción de constreñimientos y de emergencias. En el seno de una misma clase de sistemas, puede haber una oposición fundamental entre los sistemas donde predomine la producción de las micro y macro‑emergencias y aquellos donde predomina la represión y el sojuzgamiento.

 

La formación del todo y la transformación de las partes

 

El sistema es a la vez más, menos, distinto de la suma de las par­tes. Las partes mismas son menos, eventualmente más, y en cual­quier caso distintas de lo que eran o serían fuera del sistema.

         Esta formulación paradójica nos muestra en principio lo absur­do que sería reducir la descripción del sistema a términos cuantitativos. Nos significa, no solamente que la descripción debe ser también cualitativa, sino sobre todo compleja. Esta formulación paradójica nos muestra al mismo tiempo que un sistema es un todo que toma forma al mismo tiempo que sus ele­mentos se transforman.[DN30] 

La idea de emergencia es inseparable de la morfogénesis sistémica, es decir de la creación de una forma nueva que constituye un to­do: la unidad compleja organizada. Se trata de morfogénesis puesto que el sistema constituye una realidad topológica, estructural y cualita­tivamente nueva en el espacio y el tiempo.[DN31]  La organización transforma una diversidad discontinua de elementos en una forma global. Las emergencias son las propiedades, globales y particulares, surgidas de esta formación, inseparable de la transformación de los elementos.

Las adquisiciones y las pérdidas cualitativas nos indican que los elementos que participan de un sistema son transformados, y en principio en partes de un todo.

Desembocamos en un principio sistémico clave: la unión entre formación y transformación. Todo lo que forma transforma[DN32] . Este principio se volverá activo y dialéctico a escala de la organización viva, donde transformación y formación constituyen un circuito re­cursivo ininterrumpido.

 

3. LA ORGANIZACIóN DE LA DIFERENCIA.

COMPLEMENTARIEDADES Y ANTAGONISMOS

 

La diferencia y la diversidad

 

Todo sistema es uno y múltiple. La multiplicidad puede no con­cernir más que a los constituyentes parecidos y distintos, como los átomos de un conjunto cristalino. Pero basta con esa diferencia, para que se constituya una organización entre estos átomos, que im­pone sus constreñimientos (en la disposición de cada átomo) y pro­duce sus emergencias (las propiedades cristalinas). No obstante, ta­les sistemas son «pobres» con relación a los sistemas que, de los átomos a los soles, de las células a las sociedades, son organizadores de, en y por la diversidad de los constituyentes.

Estos sistemas no son sólo, pues, uno/múltiples, son tambien uno/diversos. Su diversidad es necesaria para su unidad y su unidad es necesaria para su diversidad[DN33] .

Uno de los rasgos más fundamentales de la organización es la aptitud para transformar la diversidad en unidad, sin anular la di­versidad (asociación de protones, neutrones, electrones en el átomo, asociaciones de átomos diversos en la molécula, de moléculas diver­sas en la macromolécula) y también para crear la diversidad en y por la unidad. Así, el principio de exclusión de Pauli impone, en el seno del átomo, una individualización cuántica que singulariza cada uno de los electrones idénticos. La organización celular produce y mantiene la diversidad de sus constituyentes moleculares. La consti­tución de un organismo adulto a partir de un huevo es un proceso de creación intraorganizacional de millones o billones de células a la vez diferenciadas, diversificadas e individualizadas (que disponen de autonomía organizadora). Todo lo que es organización viva, es de­cir, no solamente el organismo individual, sino también el ciclo de las reproducciones, los eco‑sistemas, la biosfera ilustran el encade­namiento en circuito de esta doble proposición: la diversidad organiza la unidad, que organiza a la diversidad:  

 

                diverso                  o uno

               organización         

 

Así la diversidad es requerida, conservada, mantenida, sosteni­da, incluso creada y desarrollada en y por la unidad sistémica, que ella misma crea y desarrolla.

Hay ciertamente un problema de relación compleja, es decir, complementaria, concurrente, antagonista, entre diversidad y unidad, es decir, entre el orden repetitivo y el despliegue de la va­riedad, que resuelve, como indica Atlan (Atlan, 1974), la fiabilidad de la organización, es decir su aptitud para sobrevivir. El predomi­nio del orden repetitivo [DN34] ahoga toda posibilidad de diversidad inter­na, y se traduce en sistemas pobremente organizados y pobremente emergentes, como lo ha indicado el ejemplo de los conjuntos crista­linos. En el otro límite, la extrema diversidad corre el riesgo de ha­cer estallar la organización y se transforma en dispersión. No hay un óptimo abstracto, un «justo medio» entre el orden repetitivo y la variedad. En mi opinión, todo incremento de complejidad se tradu­ce en un incremento de variedad en el seno de un sistema, este incre­mento, que tiende a la dispersión en el tipo de organización en el que se produce, requiere desde ahora una transformación de la organización, en un sentido más flexible y más complejo. El desarrollo de la complejidad requiere, pues, a la vez una riqueza más grande en la diversidad y una riqueza más grande en la unidad[DN35]  (que se fun­dará, por ejemplo, en la intercomunicación y no en la coerción). Así, en principio, van a la par los desarrollos de la diferencia, de la diversidad, de la individualidad internas en el seno de un sistema, la riqueza de las cualidades emergentes, internas (propias de las individualidades constitutivas) y globales y la cualidad de la unidad global.

 

 

Doble identidad y complementariedad

 

En estas condiciones, lo uno tiene una identidad compleja (a la vez múltiple y una). Las partes, cosa que casi no ha sido señalado, tienen una doble identidad[DN36] . Tienen su identidad propia y participan de la identidad del todo. Por muy diferentes que puedan ser, los ele­mentos o individuos que constituyen un sistema tienen al menos una identidad común de pertenencia a la unidad global y de obediencia a sus reglas organizacionales.

En las sociedades humanas, el individuo tiene desde su naci­miento la doble identidad, personal y familiar (se define individual­mente del resto como «hijo de»); va a desarrollar su propia origi­nalidad individual y adquirir correlativamente su identidad social, en y por la cultura.

Todo sistema comporta, pues, una relación, muy variable según las clases y tipos de sistemas, entre diferencia e identidad. Se puede extrapolar mucho más allá del lenguaje lo que decía Ferdinan de Saussure: «El mecanismo lingüístico funciona por completo en las identidades y las diferencias, no siendo estas más que la contraparti­da de aquéllas» (Saussure, 1931).

 

La organización de la diferencia

 

La organización de un sistema es la organización de la diferen­cia[DN37] . Establece relaciones complementarias entre las diferentes y di­versas partes, así como entre las partes y el todo.

Los elementos y partes son complementarios en un todo. Esta idea es trivial, roma, falsa. La idea no trivial es: las partes están or­ganizadas de forma complementaria en la constitución de un todo. Pues nos lleva a interrogarnos sobre las condiciones, modalidades, limites, problemas, que plantea esta complementariedad[DN38] .

La complementariedad organizacional puede instituirse de diver­sas formas como, por ejemplo:

 

Ø      interacciones (interacciones gravitacionales entre astros y pla­netas que constituyen un sistema solar, interacciones eléctricas entre el núcleo y los electrones que constituyen un sistema atómico);

Ø      uniones que instituyen una parte común; así uno o varios electrones son comunes a los átomos que forman molécula;

Ø      asociaciones y combinaciones de actividades complementa­rias (especializaciones funcionales)

Ø      comunicaciones informacionales; en este caso, la identidad común entre las partes, seres, individuos diferentes puede limitarse a la participación de un mismo código.

 

La organización de la diferencia conoce sus desarrollos origina­les en el estado biológico. Estos van a seguir dos vías:

 

Ø      el desarrollo de la especialización, es decir, de la diferencia­ción organizacional, anatómica, funcional de los elementos, indivi­duos o subsistemas; tal organización está asociada a fuertes constre­ñimientos y al desarrollo de aparatos de control y orden;

Ø      el desarrollo de las competencias y de la autonomía de las in­dividualidades que componen el sistema, que va a la par de una or­ganización que desarrolla las intercomunicaciones y cooperaciones internas (Changeux, Danchin, 1976).

 

Abordaremos estos problemas de frente en su momento y lugar (t. 11). Pero adivinamos que habrá tantas combinaciones como an­tagonismos entre estos dos tipos de organización. Sabemos por nuestra experiencia antropo‑social que la imposición de especializa­ciones a las individualidades dotadas de ricas competencias organi­zadoras reduce e inhibe la diversidad que ha creado el desarrollo or­ganizacional mismo.

Desde ahora, en el plano de los principios sistémicos más generales, vamos a ver que la organización de la diferencia, al instituir complementariedades, crea aunque no sea más que virtualmente, antagonismos y que la aposición lleva en sí una potencialidad de oposición.

 

El antagonismo organizacional

 

Interrelación y antagonismo

 

Toda interrelación organizacional supone la existencia y el juego, de atracciones, de afinidades, de posibilidades, de uniones o de co­municaciones entre elementos o individuos. Pero el mantenimiento de las diferencias supone igualmente la existencia de fuerzas de exclusión, de repulsión, de disociación, sin las cuales todo se confundiría y ningún sistema sería concebible[DN39] [5]. Es preciso pues, que en la organización sistémica, las fuerzas de atracción, afinidades uniones, comunicaciones, etc., predominen [DN40] sobre las fuerzas de re­pulsión, de exclusión, de disociación, que inhiban, contengan, controlen, en una palabra virtualicen.

Las interrelaciones más estables suponen que las fuerzas que son antagonistas de éstas sean a la vez mantenidas, neutralizadas y supe­radas allí. Así las repulsiones eléctricas entre protones son neutrali­zadas y superadas por las interrelaciones llamadas fuertes, que com­portan la presencia de neutrones, y más ampliamente el conjunto M complejo organizacional nuclear. La estabilización de las uniones entre átomos en el seno de la molécula comporta una espe­cie de equilibrio entre atracciones y repulsiones. A diferencia de los equilibrios termodinámicos de homogeneización y de desorden los equilibrios organizacionales son de fuerzas antagonistas.         

Así, toda relación organizacional y por tanto todo sistema, com­porta y produce, el antagonismo al mismo tiempo que la comple­mentariedad[DN41] . Toda relación organizacional necesita y actualiza un principio de complementariedad, necesita y más o menos virtualiza un principio de antagonismo.

 

El antagonismo en la complementariedad

 

A los antagonismos que supone y virtualiza toda unión o toda integración se conjugan los antagonismos que produce la organiza­ción de las complementariedades.

Como hemos visto, la organización de las complementariedades es inseparable de constreñimientos o represiones, estas virtualizan o inhiben propiedades que, si se expresaran, llegarían a ser anti­organizacionales y amenazarían la integridad del sistema.

As!, las complementariedades que se organizan entre las partes segregan antagonismos, virtuales o no; la doble y complementaria identidad que coexiste en cada parte es en sí misma virtualmente antagonista. Es, pues, el principio de complementariedad mismo el que nutre en su seno al principio de antagonismo[DN42] 

 

entre partes                                                       entre

                                                                   las partes

                                                                   y el todo

 

Complementariedades

 

ORGANIZACIÓN

 

Constreñimientos

Inhibiciones

represiones

 

Antagonismos

virtuales o

actualizándose

 

entre                                                                             

partes                                                                                             entre partes

                                                                                y el todo

        

 

Todo sistema presenta, pues, una cara diurna emergida, que es asociativa, organizacional, funcional, y una cara de sombra, inmer­sa, virtual que es el negativo de aquella. Hay antagonismo latente entre lo que está actualizado y lo que está virtualizado. La solidari­dad manifiesta en el seno del sistema y la funcionalidad de su orga­nización crean y disimulan a la vez este antagonismo portador de una potencialidad de desorganización y desintegración. Se puede, pues, anunciar el principio de antagonismo sistémico: la unidad compleja del sistema a la vez crea y repríme al antagonismo[DN43] .

 

La organización de los antagonismos

 

Los soles y los seres vivos son sistemas cuya organización in­tegra y utiliza actividades antagonistas. La estrella es una máquina salvaje, un motor en llamas que ni existe ni perdura, como hemos visto, más que en y por la conjunción organizacional de dos proce­sos antagonistas, uno de naturaleza implosiva, el otro de naturaleza explosiva, que a la vez se provocan, se sustentan, se inhiben, se equilibran entre sí, y cuya asociación, a la vez complementaria, con‑

currente y antagonista, se convierte en regulación y organización[DN44] . En tales condiciones, los antagonismos no son de ninguna manera virtuales, son activos, y no sólo activos, son ellos los que crean la complementariedad organizacional fundamental de la estrella.

Todo sistema cuya organización sea activa es de hecho un siste­ma en el que los antagonismos son activos. Las regulaciones supo­nen un mínimo de antagonismos en guardia. La retroacción que mantiene la constancia de un sistema o regula una realización es lla­mada negativa (feed‑back negativo), término muy esclarecedor: de­sencadenada por la variación de un elemento, tiende a anular a esta variación. La organización tolera, pues, un margen de fluctuaciones que, si no fueran inhibidas más allá de un cierto umbral, se desarrollarían de forma desintegrante en retroacción positiva. La retroacción negativa es, pues, una acción antagonista sobre una acción que en sí misma actualiza fuerzas anti‑organizacionales. Se puede concebir la retroacción negativa como un antagonismo de an­tagonismo, una anti‑desorganización o anti‑anti‑organización. La regulación en su conjunto puede ser concebida como un acopla­miento de antagonismos donde la actuación de un potencial anti­organizacional desencadena su antagonismo, el cual se reabsorbe cuando la acción anti‑organizacional se reabsorbe.

Así, la organización activa une de modo complejo y ambivalente complementariedad y antagonismo. La complementariedad juega de modo antagonista respecto del antagonismo. y el antagonismo juega de modo complementario con respecto a la complementariedad[DN45] .

A todo incremento de complejidad en la organización, le corres­ponden nuevas potencialidades de desorganización. La organización viva funda su complejidad propia en la unión a la vez complementaria, concurrente y antagonista de una desorganización y reorganización ininterrumpidas. Suscita (por consumo de energía, transformaciones) degradación y desorganización (desórde­nes que despiertan los antagonismos, antagonismos que llaman a los desórdenes) pero éstas son inseparables de sus actividades reor­ganizadoras; las integra, sin que por eso pierdan su carácter desintegrador. Veremos más adelante que las relaciones a la vez comple­mentarias, concurrentes y antagonistas son constitutivas de los eco­sistemas. Veremos igualmente cómo el antago­nismo organizacional/anti‑organizacional está en el corazón de la problemática de las sociedades humanas, donde complementarieda­des y antagonismos son inestables, oscilando sin cesar entre actuali­zación y virtualización.

 

El principio de antagonismo sistémico

 

Aunque la teoría de los sistemas ha considerado de manera simplista («holista») el concepto mismo de sistema, a menudo se ha encontrado, no obstante, con la idea de antagonismo. «La teoría de los sistemas abiertos no tiene dificultades fundamentales para incluir armonía y conflicto en el mismo sistema» (Trist, 1970). Von Berta­lanffy proclama incluso, a la manera heracliteana, que «toda to­talidad se basa en la competición entre los elementos y presupone la lucha entre sus partes» (von Bertalanffy, 1968). Pero la teoría de los sistemas no ha formulado el carácter intrínsecamente organizacional del principio de antagonismo.

Recapitulemos los diferente niveles de antagonismos que nos han aparecido:

 

 

 

Así, la idea de sistema no es solamente armonía, funcionalidad, síntesis superior, lleva en sí, necesariamente, la disonancia, la oposición, el antagonismo.

Formulemos pues el principio: no hay organización sin anti­organización. Digamos recíprocamente: la anti‑organización es a la vez necesaria y antagonista de la organización. Para la organi­zación fija, la anti‑organización es virtual, latente. Para la organi­zación activa, la anti‑organización deviene activa.

 

La anti‑organización y la entropía organizacional

 

La idea de antagonismo lleva en sí la potencialidad desorganiza­dora.

Ahora bien, como acabamos de indicar, la desorganización va pareja a la reorganización en los sistemas estelares y los siste­mas vivos.

Al mismo tiempo, tales sistemas están sujetos a crisis. Toda cri­sis, cualquiera que sea su origen, se traduce en un decaimiento en la regulación es decir, en el control de los antagonismos. Los antago­nismos hacen irrupción cuando hay crisis, entran en crisis cuando están en erupción. La crisis se manifiesta por transformaciones de diferencias en oposición, de complementariedades en antagonis­mos, y el desorden se expande en el sistema en crisis. Cuanto más rica es la complejidad organizacional, más posibilidades hay pues de peligro de crisis, más capaz es también el sistema de superar sus crisis, incluso de sacar provecho de ellas para su desarrollo.

No se puede concebir, pues, la organización sin antagonismos, es decir, sin una anti‑organización potencial incluida en su existen­cia y su funcionamiento.

Desde ahora, el incremento de entropía bajo el ángulo organiza­cional, es resultado del paso de la virtualidad a la actualización de las potencialidades anti‑organizacionales, paso que más allá de ciertos umbrales de tolerancia, de control o de utilización, deviene irreversible. El segundo principio de la ciencia del tiempo quiere de­cir que tarde o temprano la anti‑organización romperá la organiza­ción y dispersará sus elementos. Los sistemas cuya organización es no activa, no reorganizadora, inmobilizan las energías de unión, que permiten contraequilibrar las fuerzas de oposición y de disociación. El incremento de entropía corresponde allí a una degradación ener­gética organizacional, sea que los antagonismos desbloqueen las energías, sea que las degradaciones de energía liberen los antagonis­mos. Los sistemas no activos no pueden alimentarse en el exterior con energía ni con organización restauradoras. Y es porque no pueden evolucionar más que en el sentido de la desorganización.

La sola posibilidad de luchar contra el efecto desintegrador de los antagonismos es activa, por ejemplo:

 

Esto es lo que hacen los sistemas vivos: y la vida ha integrado tan bien su propio antagonismo ‑la muerte‑ que la lleva en sí, constante y necesariamente.

Todo sistema, pues, cualquiera sea, lleva en sí el fermento in­terno de su degradación. Todo sistema lleva en sí el anuncio de su propia ruina donde confluyen en un momento dado la agresión ex­terna y la regresión interna. La degradación, la ruina, la desintegración no provienen solamente del exterior, también provienen del interior. La muerte aleatoria del exterior viene a tomar la mano de la muerte escondida en el interior de la organización.

Así, todo sistema está condenado a muerte desde su nacimiento. Los sistemas no transaccionales perduran sin vivir, se desintegran sin morir. A media vida, solamente media muerte. Sólo la compleji­dad trágica de la organización viva corresponde a los seres que sufren la plenitud de la muerte. Para ellos, el antagonismo significa de forma complementaria, concurrente, antagonista e incierta: vida, crisis, desarrollo, muerte.

 

4. EL CONCEPTO DE SISTEMA

 

Los objetos dejan su lugar a los sistemas. En lugar de esencias y sustancias, organización; en lugar de unidades simples y elementa­les, unidades complejas; en lugar de agregados que forman cuerpo, sistemas de sistemas de sistemas.

El objeto ya no es una forma‑esencia y/o una materia‑sustancia. No hay forma molde que esculpa la identidad del objeto desde el ex­terior. Se conserva la idea de formar, aunque transformada: la forma es la totalidad de la unidad compleja organizada que se manifiesta fenoménicamente en tanto que todo en el tiempo y en el espacio; la forma Gestalt es producto de catástrofes, de interrela­ciones/interacciones entre elementos, de la organización interna, de condiciones, presiones, constreñimientos del entorno. La forma deja de ser una idea de esencia para convertirse en una idea de existencia y de organización[DN46] . Del mismo modo la materialidad deja de ser una idea sustancial, una ontología opaca y plena encerrada en la forma. Pero la materialidad no se ha desvanecido; se ha enriquecido al desreificarse: todo sistema está constituido por elementos procesos físicos (incluidos, como mostraré, los sistemas ideoló­gicos): la idea de materia organizada adquiere sentido en la idea de physis organizadora.[DN47] 

Así, el modelo aristotélico (forma/sustancia) y el modelo carte­siano (objetos simplificables y descomponibles), subyacentes uno y otro en nuestra concepción de los objetos, no constituyen principios de inteligibilidad del sistema. Este no puede ser tomado ni como unidad pura o identidad absoluta, ni como compuesto descomponible. Nos hace falta un concepto sistémico que exprese a la vez unidad, multiplicidad, totalidad, diversidad, organización y com­plejidad.

 

Más allá del «holismo» y del reduccionismo:

el circuito relacional

 

Ya lo hemos dicho y repetido: ni la descripción ni la explicación de un sistema pueden efectuarse a nivel de las partes, concebidas co­mo entidad aisladas, unidas solamente por acciones y reacciones. La descomposición analítica en elementos descompone también el sistema, cuyas reglas de composición no son aditivas, sino transfor­madoras.

También la explicación reduccionista de un todo complejo en las propiedades de los elementos simples y las leyes generales que rigen estos elementos, desarticula, desorganiza, descompone y simplifica lo que constituye la realidad misma del sistema: la articulación, la organización, la unidad compleja. Ignora las transformaciones que se operan en las partes, ignora el todo en tanto que todo, las cuali­dades emergentes (concebidas como simples efectos de acciones conjugadas), los antagonismos latentes o virulentos. La observación de Atlan concerniente a los organismos vivos se extiende a todos los sistemas: «El simple hecho de analizar un organismo a partir de sus constituyentes entraña una pérdida de información sobre este organismo» (Atlan, 1972).

No se trata de subestimar los brillantes éxitos conseguidos por la visión «reduccionista»: la búsqueda del elemento primero ha hecho descubrir la molécula, después el átomo, después la partícula; la búsqueda de unidades manipulables y de efectos verificables ha per­mitido manipular, de hecho, todos los sistemas, por la manipula­ción de sus elementos. La contrapartida es que la sombra se ha ex­tendido sobre la organización, que la oscuridad ha recubierto las complejidades, y que las elucidaciones de la ciencia reduccionista han sido pagadas con el oscurantismo. La teoría de los sistemas ha reaccionado ante el reduccionismo, en y por el «holismo», o idea de «todo»[6]. Pero creyendo sobrepasar el reduccionismo, el «holismo» ha operado, de hecho, una reducción al todo: de ahí, no solamente su ceguera para con las partes en tanto que partes, sino su miopía para con la organización, en tanto que organización, su ignorancia le la complejidad en el seno de la unidad global.

A partir de ahí, el todo se convierte en una noción eufórica (puesto que se ignoran los constreñimientos internos, las pérdidas de cualidad a nivel de las partes), funcional, aceitosa (puesto que se ignoran las virtualidades antagonistas internas), en una noción boba.

Reduccionista u «holistica» (globalista), la explicación, en uno y otro caso, busca simplificar el problema de la unidad compleja. La una reduce la explicación del todo a las propiedades de las partes conocidas aisladamente. La otra reduce las propiedades de las par­tes a las propiedades del todo, concebido igualmente en aislado. Es­tas dos explicaciones, que se rechazan entre sí, ponen de relieve un mismo paradigma.

La concepción que de aquí se desprende nos sitúa de repente más allá del reduccionismo y del «holismo», apelando a un principio de inteligibilidad que integra la parte de verdad incluida en uno y otra: no debe haber aniquilación del todo por las partes, ni de las partes por el todo. Importa, pues, aclarar las relaciones entre partes y todo, donde cada término remite al otro: «Tengo por imposible conocer las partes sin conocer el todo, y también conocer el todo sin conocer cada una de las partes», decía Pascal. En el siglo xx, las ideas reduccionistas y «holistas» todavía no se izan al nivel de una tal formulación.

Y es que en verdad, más aún que un remitirse mutuamente, la interrelación que une la explicación de las partes a la del todo y recíprocamente, es de hecho una invitación a una descripción y ex­plicación recursiva: la descripción (explicación) de las partes depen­de de la del todo que depende de la de las partes, y es en el circuito:

 


Partes                   todo

                       

 

donde se forma la descripción o explicación.

Esto significa que ninguno de los dos términos es reductible al otro. Así, si las partes deben ser concebidas en función del todo, deben ser concebidas también aisladamente: una parte tiene su pro­pia irreductibilidad en relación con el sistema. Además hay que cono­cer las cualidades o propiedades de las partes que están inhibidas, vir­tualizadas y son por lo tanto invisibles en el seno del sistema, no so­lamente para conocer correctamente las partes, sino también para conocer mejor los constreñimientos, inhibiciones y transforma­ciones que opera la organización del todo.

importa también ir más allá de la idea puramente globalizante y envolvente del todo. El todo no es solamente emergencia, tiene como vamos a ver, un rostro complejo, y aquí se impone la idea de un macroscopio (de Rosnay, 1975), o mirada conceptual que nos permite percibir, reconocer, describir, las formas globales.

El circuito explicativo todo/partes no puede escamotear, como se acaba de ver, la idea de organización. Debe, pues, ser enriqueci­do de este modo:

 

Elementos    ‑‑‑‑‑‑‑‑‑>interrelaciones ‑‑‑‑‑‑‑‑‑>organización‑‑‑‑‑‑‑> todo

           

 

Los elementos deben ser definidos, pues, a la vez en y por sus caracteres originales, en y con las interrelaciones de las que partici­pan, en y con la perspectiva de la organización en la que están dis­puestos, en y con la perspectiva del todo en el que se integran. In­versamente, la organización debe definirse con relación a los elemen­tos, a las interrelaciones, al todo y así sin interrupción. El circuito es pofirrelacional. En este circuito, la organización juega un papel nucleante que será preciso que intentemos reconocer.

En cierto sentido, este circuito está cerrado, se embucla necesa­riamente puesto que el sistema es una entidad relativamente autónoma. Pero también es preciso abrirlo, porque esta autonomía es precisamente relativa: será necesario que concibamos el sistema en su relación con su entorno, en su relación con el tiempo, en fin, en su relación con el observador‑conceptuador.

Así, el sistema debe ser concebido según una constelación conceptual, donde podrá al fin tomar forma compleja. Vamos a considerar,  pues, ahora:

 

-         la problemática del todo (el todo no es todo),

-         la problemática de la organización,

-         el dasein físico del sistema (su situación en un entorno y en el tiempo),

-         la relación del sistema con el observador/conceptuador.

 

El todo no es todo

 

El todo es más que el todo

El todo es menos que el todo

 

El todo es ‑mucho más que forma global. También es, lo he­mos visto, cualidades emergentes. Es todavía más: el todo, retroac­túa en tanto que todo (totalidad organizada) sobre las partes. El átomo o la célula retroactúan sobre los constituyentes qué los for­man y todo discurso retroactúa sobre los elementos que lo constitu­yen en tanto que totalidades organizadoras. Asi, para que las pa­labras tomen un sentido definido en la frase que forman, no basta con que sus significaciones sean registradas entre otras en el diccio­nario, no basta con que estén organizadas según la gramática y la sintaxis, es preciso que haya retroacción de la frase sobre la palabra, conforme a su formación, hasta la cristalización definitiva de las palabras por la frase y de la frase por las palabras.

Es pues, porque el todo es hegemónico sobre las partes, por lo que su retroacción organizacional puede ser concebida muy justa­mente como sobredeterminación, por lo que el todo es mucho más que el todo[DN48] .

Pero el todo no podría ser hipostasiado. El todo sólo no es más que un agüjero. El todo no  funciona en tanto que todo más que si las partes funcionan en tanto que partes. El todo debe ser relacionado con la organización. El todo, en fin y sobre to­do, lleva en sí escisiones, sombras y conflictos.

 

Escisiones en el todo (lo sumergido y lo emergente,

lo reprimido y lo expresado)

 

Cuando las emergencias se expanden en las cualidades fenomé­nicas de los sistemas, los constreñimientos organizacionales sumer­gen en un mundo de silencio a los caracteres inhibidos, reprimidos, comprimidos en las partes[DN49] . Todo sistema comporta así su zona sumergida, oculta, oscura, donde bullen las virtualidades ahoga­das[DN50] . La dualidad entre lo sumergido y lo emergente, lo virtualiza­do y lo actualizado, lo reprimido y lo expresado es fuente de esci­siones y disociaciones, en los grandes polisistemas vivos y sociales, entre universo de las partes y universo del todo, incluso entre las múl­tiples esferas internas y la esfera del todo propio. También, aunque haya. interrelación e interdependencia, hay no‑comunicación entre lo que pasa a nivel global del comportamiento exterior de un animal y lo que pase en cada una de sus células. Ninguno de los treinta billones de células de Antonio sabe lo que pasa cuando Antonio habla de su amor a Cleopatra, y Antonio ignora que él está constituido por treinta billones de células. Un gran imperio es un ser social que ignora las necesidades, los amores, los sufrimientos, el hambre, la conciencia de los millones de individuos que lo constituyen, y pa­ra estos individuos el grado de existencia y de presencia de este ser parece ser una fatalidad exterior y lejana. La idea freudiana del in­consciente psíquico, la idea marxiana del inconsciente social, nos revelan ya el abismo sin fondo que se ha abierto en la identidad y la totalidad. El problema del inconsciente encuentra su fuente ‑y solamente su fuente pues, como se verá, no es cuestión de redu­cir todo en este trabajo a términos sistémicos‑ en esta escisión pro­funda entre las partes y el todo, entre el mundo de lo interior y el mundo de lo exterior.

La dualidad entre lo exterior y lo interior lleva en germen, no solamente la escisión entre el universo del todo y el universo de las partes sino también una escisión entre el universo fenoménico, donde el sistema existe de forma extrovertida con sus cualidades emergentes, y el universo introvertido de la organización, especial­mente de las reglas organizativas que se designan con el nombre de estructuras. Así, el todo fenoménico puede quedar en la superficie, ignorando la organización y las partes, aunque pueda controlarlas globalmente y retroactuar sobre sus acciones o movimientos.

Damos cuenta, a nuestra manera, de esta dualidad cuando dis­tinguimos, en un sistema, su «estructura» de su «forma» y nuestra lógica reduccionista tiende por lo demás, a reducir como simples efectos, los caracteres fenoménicos a los caracteres estructurales.

Hay una gran exactitud en lo que concierne no solamente a los sistemas sociales, sino también a los sistemas biológicos al concebir­los bajo el ángulo de una reacción acooplada infra/superestructura, donde la segunda ignora o olvida la otra. Además hay que observar que la primera ignora y olvida igualmente a la segunda, y sobre todo concebir que esta ignorancia mutua se sitúa en el seno de una solidaridad indisoluble, donde la «superestructura» no es más que un vago epifenómeno, que retorna a la infraestructura por una débil retroacción, pero que participa recursivamente de la estructuración de la infraestructura. Es preciso, pues, que concibamos la comple­jidad biológica y sociológica de lo que, siendo fundamentalmente uno, comporta varios niveles de organización, de ser, de existencia, deviene múltiple, disociado y, en el límite, antagonista de sí mismo.

 

El todo insuficiente

 

Acabo de indicar problemas que no toman vida más que con la vida, puesto que no emergen en tanto que tales más que en los seres vivos y sociales. Además, son estos seres los que, aunque no se les puede encerrar en la noción de sistema nos permiten poner de re­lieve verdaderamente todas las riquezas y complejidades latentes que se encuentran en el seno de esta noción.

Aquí quiero despejar la complejidad de la idea demasiado ho­mogeneizada a menudo de totalidad. De la totalidad no se ha visto más que su cara esclarecida, es decir, la mitad de su realidad y de su irrealidad. La totalidad, y sé que lo he indicado muy/demasiado sumariamente, es mucho más, mucho menos de lo que se cree. Hay en la totalidad huecos negros, manchas ciegas, zonas de sombra, de rupturas. La totalidad lleva en sí sus divisiones internas que no son solamente las divisiones entre partes distintas. Son escisiones, fuen­tes eventuales de conflictos, incluso de separaciones. Es muy difícil concebir la idea de totalidad en un universo dominado por la simplificación reduccionista. Y una vez concebida, sería irrisorio concebir la totalidad de forma simple y eufórica. La verdadera tota­lidad está siempre rajada, con fisuras, incompleta. La verdadera concepción de la totalidad reconoce la insuficiencia de la totalidad. Este es el gran progreso, aún desapercibido y desconocido en Fran­cia, de Adorno sobre Hegel, del cual es el fiel continuador: «La totalidad es la no‑verdad».

 

El todo incierto

 

         En fin ‑y volveré sobre esta idea bajo otro ángulo‑, el todo es incierto, es incierto porque muy difícilmente se le puede aislar, y porque verdaderamente no se puede nunca cerrar un sistema entre los sistemas de sistemas de sistemas a los cuales está enlazando, y

donde puede aparecer, como muy bien lo ha dicho Koestler, a la vez como todo y como parte de un todo mayor. Es incierto, para los sistemas de alta complejidad biológica en la relación indivíduo/es­pecie, y sobre todo, para este monstruo trisistémico que es el homo sapiens, constituido por interrelaciones e interacciones entre especie, individuo, sociedad. ¿Dónde está el todo? La respuesta no puede ser más que ambigua, múltiple e incierta. Con seguridad se puede ver la sociedad como un todo y el individuo como parte, la espe­cie como un todo y tanto la sociedad como el individuo como par­tes. Pero también se puede concebir al individuo como el sistema central y a la sociedad como su ecosistema o su placenta organiza­dora, y esto tanto más cuanto que la emergencia de la conciencia se efectúa a escala del individuo y no a escala del todo social; igualmente, podemos invertir la jerarquía especie/individuo y considerar al individuo como el todo concreto, no siendo la especie más que un ciclo maquinal de reproducción de los individuos. A decir verdad, no se podría decidir absolutamente, es decir, que es necesario, no sola­mente por prudencia sino también por sentido de la complejidad, con­cebir que estos términos se finalizan el uno en el otro, se remiten el uno al otro en un circuito que es el «verdadero» sistema:

                   especie ‑‑‑‑‑‑‑ > individuo ‑‑‑‑‑‑‑ >sociedad

 

 

Pero semejante sistema es una totalidad múltiple, una politotali­dad, cuyos tres términos inseparables son al mismo tiempo con­currentes y antagonistas.

De lo anterior se desprende que en ciertos momentos, bajo cier­tos ángulos, en ciertos casos, la parte puede ser más rica que la tota­lidad. Mientras que un «holismo» simplificador privilegia toda tota­lidad sobre sus elementos y la más vasta de entre las totalidades, sa­bemos desde ahora que no hemos de privilegiar necesariamente toda totalidad sobre los componentes. Debemos considerar el precio de los constreñimientos con que se pagan las emergencias globales, debemos preguntarnos si estos constreñimientos no aniquilan la posibilidades de emergencia aún más ricas en el nivel de los componentes. El sistema de control más provechoso para las partes no de­be excluir la bancarrota del conjunto (Stafford Beer, 1960). La bancarrota de megasistemas imperiales puede permitir la consti­tución de sistemas federales policéntricos.

En fin, no hemos de privilegiar la totalidad de la totalidad de la totalidad. ¿Qué es el cosmos sino una totalidad en dispersión poli­céntrica cuyas riquezas están diseminadas en pequeños archipiéla­gos? Sí que parece que «pequeñas partes de¡ universo tengan un po­der reflexivo más grande que el conjunto» (Gunther, 1962). Parece incluso, como lo indica audazmente Spencer Brown (1969), que el poder reflexivo no puede efectuarse más que en una pequeña parte medio desligada del todo, por medio de la virtud y el vicio de su alejamiento, su distancia, su finitud abierta con respeto a la to­talidad... A partir de ahí se nos muestra de nuevo que el punto de vista de la totalidad sola es parcial y mutilante. Se nos muestra no solamente que «la totalidad es la novedad», sino que la verdad de la totalidad está dentro (o pasa por) la individualidad parcelaria. La idea de totalidad deviene mucho más bella y rica cuando deja de ser totalitaria, cuando se vuelve incapaz de encerrarse en sí misma, cuando se vuelve compleja.[DN51]  Resplandece más en el policentrismo de las partes relativamente autónomas que en el globalismo del todo.

 

La organización de la organización

 

La organización es el concepto crucial, el nudo que une la idea e interrelación a la idea de sistema. Saltar directamente de las inter­relaciones al sistema, retroceder directamente del sistema a las interrelaciones, como hacen los sistemistas que ignoran la idea de or­ganización, es mutilar y desvertebrar el concepto mismo de sistema.

La idea de organización es en este trabajo el concepto que volve­ré a tomar, desarrollaré y transformaré, del sistema a la máquina, de la máquina al autómata, del autómata al ser vivo, del ser vivo a la sociedad, al hombre y a la teoría, que es una organización de ideas.

La organización une, transforma, produce, mantiene. Une, transforma los elementos en un sistema, produce y mantiene este sistema.

 

Segunda Parte Organización Morín

 

La relación de las relaciones

La organización que puede combinar de forma diversificada di­versos tipos de unión[7], liga los elementos entre si, los elementos en una totalidad, los elementos a la totalidad, la totalidad a los ele­mentos, es decir, une entre sí todas las uniones y constituye la unión de las uniones.

 

La formación transformadora y la transformación formadora

La organización es a la vez transformación y formación (morfo­génesis). Se trata de transformaciones: los elementos transformados en partes de un todo pierden cualidades y adquieren otras nuevas; la organización transforma una diversidad separada en una forma global (Gestalt). Crea un continuum ‑el todo interrelacionado‑ allí donde estaba el discontinuo; opera de hecho un cambio de forma: forma (un todo) a partir de la transformación (de los elementos).

Se trata de morfogénesis: la organización da forma, en el espa­cio y en el tiempo, a una realidad nueva: la unidad compleja o sis­tema.

Así, la organización es lo que transforma la transformación en forma[DN52] ; dicho de otro modo, forma la forma formándose ella mis­ma; se produce a sí misma al producir el sistema, lo que hace aparecer su carácter fundamentalmente generador.

 

El mantenimiento de lo que mantiene

 

La organización es al mismo tiempo el principio ordenador que asegura la permanencia.

La permanencia del ser de los átomos, moléculas, astros no corresponde a la inercia, sino a la organización activa[DN53] . La organi­zación es morfoestática: mantiene la permanencia del sistema en su forma (Gestalt), su existencia, su identidad.

Esta permanencia aparece en dos niveles, que es preciso a la vez distinguir y unir:

‑ el nivel estructural (reglas organizacionales) y generador (productor de la forma y del ser fenoménico).

‑ el nivel fenoménico, donde el todo mantiene la constancia de sus formas y de sus cualidades a despecho de los alea, agre­siones y perturbaciones, eventualmente a través de fluctuaciones (corregidas por regulaciones).

Repitámoslo: la permanencia no es una consecuencia de la iner­cia, la pesadez, la «fuerza de las cosas». Hemos visto que todo sis­tema está amenazado por desórdenes exteriores e interiores. Es de­cir, que todo sistema es también una organización contra la anti­organización o una anti‑anti‑organización. Cuando además el siste­ma trabaja sin cesar, como el sistema vivo, produce por lo mismo degradación y desorganización, por lo que debe consagrar una parte enorme de su organización a reparar las degradaciones y las desor­ganizaciones que provoca su organización, dicho de otro modo, re­generar su organización. As¡ la formidable organización viva com­porta gastos, trabajos, refinamientos inauditos abocados únicamen­te a mantener su mantenimiento, es decir, a esta tautológica finali­dad de permanencia: sobrevivir.

El orden de la organización y la organización del orden

La transformación de la diversidad desordenada en diversidad organizada es al mismo tiempo transformación del desorden en orden.

Las invariancias, constancias, constreñimientos, necesidades, re­peticiones, regularidades, simetrías, estabilidades, desdoblamientos, reproducciones, etc., se conjugan en un determinismo que constitu­ye el orden autónomo del sistema. Este orden puede irradiar even­tualmente, sobre una vasta zona, a veces incluso a distancias muy grandes (así nuestro planeta vive bajo el reino del orden solar).

La relación orden/organización es circular: la organización pro­duce el orden que mantiene la organización que lo ha producido, es decir, coproduce la organización. Este orden organizacional es un orden construido, conquistado sobre el desorden, protector contra los desórdenes: en un mismo movimiento, el orden transforma la «improbabilidad» de la organización en probabilidad local, salva­guarda la originalidad del sistema, y constituye un islote de resisten­cia contra los desórdenes del exterior (alea, agresiones) y del interior (degradaciones, desencadenamiento de los antagonismos).

El orden organizacional es, pues, esta «invariancia» o «estabili­dad» estructural (Thom, 1972), estratificada (Bronovski, 1969), que no solamente es como la armadura o el esqueleto de todo sistema, sino que permite, sobre esta base, edificar nuevas organizaciones que también constituirán su orden propio, sobre el cual se apoyarán a su vez otras organizaciones, y así sucesivamente, permitiendo con eso la aparición, el despliegue, el desarrollo de sistemas de sistemas de sistemas, de organizaciones de organizaciones de or­ganizaciones...

 

Organización, orden y desorden

 

El desorden no es eliminado por la organización: en ella, es transformado, permanece virtualizado, se puede actualizar, prepara en secreto su victoria.[DN54] 

No se puede concebir el nacimiento de la organización fuera de los encuentros aleatorios. Según la muy chocante expresión de Atlan, hay un «azar organizacional». Pero este hijo bastardo del azar o del desorden es anti‑azar, anti‑desorden y constituye un islote, un aislado al que su determinismo protege contra los desórdenes ex­teriores e interiores.

Volvemos a encontrar en el cuadro sistémico, de forma original, la relación trinitaria:

 

organización                                                                                     orden

desorden

El desorden interior tiene dos rostros: al primero, potencializado en los antagonismos latentes, refrenado en y por los constreñimien­tos, lo hemos nombrado aquí anti‑organización. El segundo es la entropía. Estos dos rostros constituyen el uno la expresión organiza­cionista, el otro la expresión termodinámica de la misma realidad, la de un principio de desorganización inherente a toda organización, es decir, a todo sistema. Este principio significa que todo sistema es perecedero, que su organización es desorganizable, que su orden es frágil, relativo, mortal.

Vemos, pues, que el orden organizacional está sitiado y minado por el desorden. En los sistemas no activos, fragmentos de neguen­tropía creados por coincidencia, este desorden es un centinela olvi­dado y perdido en el torrente del tiempo. En los sistemas activos, reprime sin cesar. Sísifo infatigable, mediante la reorganización y desorganización permanentes.

Ahora bien, es en los sistemas fundados sobre la reorganización permanente donde el desorden es «desviado», captado (convirtién­dose la desorganización en un constituyente de la reorganización, sin ser no obstante reabsorvido, ni excluido, sin que haya dejado de llevar en sí su fatalidad de dispersión y de muerte.

Cuanto más compleja se hace la organización, más se mezcla su orden, cada vez más íntimamente, a los desórdenes, más juegan su papel los antagonismos, las desinhibiciones, los alea, en el ser del sistema y su organización.

Así la triada desorden/orden/organización adquiere un carácter original en el seno de los sistemas. El orden organizacional es un orden relativo, frágil, perecedero, pero también, ya lo veremos, evolutivo y constructivo. El desorden no solamente es anterior (interacciones al azar) y posterior (desintegración) a la organización, está presente en ella de forma potencial y/o activa. La exclusión del desorden caracterizaba la visión clásica del objeto físico; la visión organizacionista compleja incluye el desorden.

La organización no puede organizarse y organizar más que incluyendo la relación orden/desorden en sí, no solamente en la virtualización/inhibición del desorden, sino también como se muestra en los soles y en los fenómenos vivos, en su actualización.

 

La estructura de la organización y la organización

de la estructura

 

La noción de estructura, muy útil e integrable en la idea de orga­nización, no puede resumir en sí esta idea. La estructura es tan in­tegrable que es bajo su cobertura, o más bien en su ganga, donde las realidades organizacionales han comenzado a emerger a la concien­cia teórica (Piaget, 1970).

Es en general el conjunto de reglas de ensamblaje, de unión, de interdependencia, de transformaciones, que se concibe bajo el nombre de estructura, y ésta, en el límite, tiende a identificarse con la invariante formal de un sistema[DN55] .

La reducción del sistema a la organización ya entrañaría una pérdida de fenomenalidad y de complejidad. Ahora bien, la organización es una noción más rica y compleja que la de estructura. Pues, ni el sistema fenoménico (el todo en tanto que todo, sus pro­piedades emergentes), ni la organización en su complejidad pueden ser deducidos de reglas estructurales. Toda concepción solamente estructuralista, es decir, solamente interesada en reducir los fenóme­nos sistémicos y los problemas organizacionales a términos de es­tructura entrañaría un gran desperdicio de inteligibilidad, una pér­dida bruta de fenomenalidad, una destrucción de complejidad [DN56] En efecto, la idea de estructura no concibe mas que una conjunción de reglas necesarias que manipulan y combinan las unidades de base. Permanece, pues, en la dependencia del paradigma del orden (aquí intrasistémico) y de los objetos simples,. es ciega para con el objeto complejo, el sistema; es ciega para con las relaciones complejas y, por tanto, fundamentales, entre la organización y la anti‑orga­nización...

La idea de organización, por el contrario, debe referirse necesa­riamente a la unidad compleja y, como veremos cada vez mejor en adelante, a un paradigma de complejidad; debe ser concebida nece­sariamente en función del macroconcepto trinitario sistema/organi­zación/interrelación en el que se inserta; debe ser pensada de forma no reduccionista, sino articuladora, no simplificante, sino multirra­mificada; comporta de manera nuclear las ideas de reciprocidad, de acción y de retroacción; esta última, que embucla al sistema sobre sí mismo en un todo que vuelve sobre sus partes, hace, al mismo tiempo, que la organización se embucle sobre sí misma; a partir de ahora la organización aparece como una realidad cuasi recursiva, es decir, que sus productos finales se embuclan sobre los elementos iniciales; de ahí la idea de que la organización también es siempre, al mismo tiempo, organización de la organización.

Es una noción circular que al remitir al sistema, se remite a sí misma; en efecto, es constitutiva de las relaciones, formaciones, morfoestasis, invarianza, etc., que la constituyen circularmente. La organización debe concebirse, pues, como organización de su propia organización, lo que quiere decir, también, que se vuelve a cerrar sobre sí misma cerrando el sistema con respecto a su entorno.

 

La clausura y la apertura organizacionales:

el sistema ha de ser abierto y cerrado

 

La Teoría de los Sistemas, siguiendo a la termodinámica, opone sistemas abiertos (que efectúan los  intercambios materiales, energéticos y/o informacionales, con el exterior) a los sistemas cerrados que no efectúan intercambios con el exterior. La teoría de los sistemas ha puesto de relieve de modo totalmente pertinente la idea de que la apertura es necesaria para el mantenimiento, para la renovación, en una palabra, para la supervivencia de los sistemas vivos, pero no ha revelado verdaderamente el carácter organizacional de la apertura, y ha planteado la idea de apertura como alternativa de exclusión a la idea de cierre.

Ahora bien, vamos a ver que apertura y cierre, a condición de considerar organizacional y no sólo termodinámicamente estos tér­micos, no están en oposición absoluta.

Para empezar, un sistema llamado «cerrado» (que no opera cam­bios materiales/energéticos) no es una entidad hermética en un es­pacio neutro. No está aislado, ni es aislable. Caracteres aparente­mente intrínsecos, como la masa, no pueden ser definidos más que en función de las interacciones gravitacionales que los unen a los cuerpos que constituyen su entorno. Es decir, que el tejido de un sistema, incluso cerrado, se funda en relaciones exteriores; si no está verdaderamente «abierto», no está totalmente «cerrado».

Si todo sistema cerrado no está verdaderamente cerrado, todo sistema abierto comporta su cierre. Se puede incluso decir: allí donde hay verdaderamente apertura organizacional, hay verdadera­mente cierre organizacional.

Toda organización, en el sentido en que impide tanto la hemorragia del sistema en su entorno, cuanto la invasión del entorno en el sistema, constituye un fenómeno de clausura. Y la clausura organizacional es tanto más necesaria cuanto que, como siempre, toda amenaza interior abre las puertas a la amenaza exterior.

La idea de clausura aparece en la idea clave de retroacción del todo sobre las partes que embucla al sistema sobre sí mismo dibuja la forma en el espacio;  aparece con la idea recursiva de organiza­ción de la organización que embucla a la organización sobre sí mis­ma. La una y la otra realizan conjuntamente la autonomía de la unidad compleja en este buclaje/cierre que, no solamemente es compa tible con la apertura de los sistemas abiertos, sino que no se con­vierte en bucle activo más que en ellos.         [DN57] 

El buclaje de los sistemas organizacionalmente no activos (lla­mados cerrados) no es un verdadero buclaje, es un bloqueo. Es, si se puede decir, un bucle bloqueado, o un bloqueo en forma de bucle cerrado. Este bloqueo conserva por inmovilización una neguentropía original que va a resistir más o menos tiempo a las fuerzas de desintegración internas y externas. La organización es fi­ja, no trabaja. Este cierre es pues pasivo.

En cambio, las organizaciones activas de los sistemas llamados abiertos aseguran los intercambios, las transformaciones que nutren y operan su propia supervivencia: la apertura les sirve para refor­marse sin cesar; se reforman encerrándose mediante múltiples bucles, retroacciones negativas, ciclos recursivos ininterrumpidos (cfr. parte segunda, cap. 11). Así se impone la paradoja: un sistema abierto está abierto para volverse a cerrar, pero está cerrado para abrirse y se vuelve a cerrar al abrirse. El cierre de un «sistema abierto» es el buclaje sobre sí. Intentaré de trar esta proposición más adelante. Así, la organización embuclatas se distingue radicalmente de la organización bloqueada; es cierre activo que asegura la apertu­ra activa la cual asegura a su vez su propio cierre:

 

Apertura                            cierre

 


y este proceso es fundamentalmente organizacional. Así la organi­zación viva se abre para volverse a cerrar (asegurar su autonomía, preservar su complejidad) y se vuelve a cerrar para abrirse (inter­cambiar, comunicar, gozar, existir ... ).

Es preciso pues, que sobrepasemos la idea simple de cierre que excluye la apertura, la idea simple de apertura que excluye el cierre. Las dos nociones pueden y deben ser combinadas; necesariamente juntas, llegan a ser relativas la una a la otra, como en la idea de frontera, puesto que la frontera [DN58] es lo que prohibe y autoriza el pas­o a la vez que lo cierra y que lo abre. Ahora bien, no se puede establecer este vinculo más que en el seno de un principio organiza­cionista complejo. Por lo demás, veremos que cuanto más complejo es un sistema, más amplia es su apertura, más fuerte es su cierre.

 

El órgano

 

La organización es un concepto polifónico, poliscópico. La or­ganización une, forma, transforma, mantiene, estructura, ordena, cierra, abre un sistema.

Es decir, que liga orgánicamente lo que une, forma, transforma, mantiene, estructura, ordena, cierra, abre el sistema.

Lo que nos ha llevado a considerar la organización como un concepto de segundo orden o recursivo cuyos productos o efectos son necesarios para su propia constitución: la organización es la re­lación de las relaciones, forma lo que transforma, transforma lo que forma, mantiene lo que mantiene, estructura lo que estructura, cierra su apertura y abre su cierre; se organiza al organizar y organi­za al organizarse. Es un concepto que forma un bucle consigo mis­mo, cerrado en este sentido, pero abierto en el sentido de que, naci­do de interacciones anteriores, mantiene relaciones e incluso opera intercambios con el exterior.

Estos rasgos son pertinentes, creo yo, para todos los sistemas y a título de tal constituyen los universales organizacionales. Los capítulos y tomos siguientes nos mostrarán sus desarrollos, diversi­ficaciones y complejizaciones.

 

 

 

 

El dasein físico: la relación en el tiempo

 

El antiguo objeto físico estuvo en un principio fuera del tiempo. Era, por postulado, perenne, perecedero solamente por accidente. El segundo principio ha mostrado que podía, debía, degradarse, que era perecedero por naturaleza y probabilidad, pero sólo su degrada­ción se convertía en temporal; su formación permanecía intempo­ral, como si el sistema estuviera dado para toda la eternidad o susci­tado por un deux ex machina.

En lo sucesivo podemos concebir el nacimiento del sistema en y por las interacciones que se convierten en interrelaciones, y su exis­tencia en las condiciones exteriores dadas. Pues todo sistema físico es un dasein (honor de finitud que se creía reservado al hombre) un ser allí dependiente de su entorno y sometido al tiempo.

Todo sistema físico es plenamente un ser del tiempo, en el tiem­po, que el tiempo destruye. Nace (de interacciones) tiene una histo­ria (los eventos externos e internos que le perturban y/o le transfor­man), muere por desintegración. Evidentemente, cuando la vida to­me forma, nacimiento y muerte tomarán un sentido fuerte.

El tiempo sistémico no es solamente aquel que va del nacimiento a la dispersión, es también el de la evolución. Lo que es evolutivo en el universo, lo que se desarrolla, prolifera, se complejiza, es la organización.

Un sistema es evolutivo en su existencia, puesto que, en relación con sus constituyentes, es una forma nueva, una organización nueva, un orden nuevo, un ser nuevo dotado de cualidades nuevas. Consti­tuye la base de nuevas morfogénesis que utilizarán sus emergencias como elementos primarios.

La modificación en la disposición de sus constituyentes puede hacerlo evolucionar. En fin, y sobre todo, son las interrelaciones e intercombinaciones entre sistemas las que serán evolutivas. Efecti­vamente, hay una evolución de la materia como se reconoce en ade­lante. Va de la constitución de los primeros núcleos en la nube pri­mitiva a la formación de los astros y a la formación de los átomos, en el seno de los astros; después, más localmente, vienen las molé­culas y las macromoléculas, en fin, en un punto quizá solo, quizá uno entre otros en el universo, se crea una célula viva. Esta evolu­ción de la materia es de hecho la evolución de la organización que va a continuar después de la célula viva, con los organismos, las sociedades y, las benjaminas, las ideas, formas noológicas de orga­nización.

 

El principio de selección física

 

La idea de los encuentros es necesaria, pero insuficiente para comprender la evolución de la physis organizada, a partir de los núcleos atómicos y de las concentraciones astrales, hacia sistemas de sistemas más complejos. Es necesario también, dada la improba­bilidad y fragilidad cada vez mayor de lo que deviene complejo, comprender la evolución a partir de la consolidación de la fragili­dad y de la improbabilidad en y por el orden organizacional, en y por la adquisición de cualidades emergentes (de ahí las cualidades organizacionales más flexibles, cada vez más aptas para resolver problemas fenoménicos), en y por la aptitud para anudar relaciones organizacionales con otros sistemas. Así el universo de la organización, nacido al azar de los encuentros, se mantiene por el orden, la necesidad, aunque también por las cualidades, que hacen sobrevivir y perdurar lo que de otro modo habría debido disolverse y disper­sarse.

Todo lo que se estabiliza se convierte a la vez en una ciudadela organizacional que protege el sistema contra los alea; y en una base de partida para nuevas aventuras.

Clausura organizacional, estabilidad estructural, orden interno, permanencia o constancia fenoménica constituyen una indisociable constelación conceptual que da cuenta de la resistencia del sistema a las presiones destructoras del interior y del exterior.

La selección no rige solamente a lo que resiste pasiva, calmada e imperturbablemente, las perturbaciones y agresiones exteriores. Ri­ge también para lo que es complejo, contrabalanceando su fragili­dad las ventajas de la complejidad. La resistencia a los alea puede efectuarse no sólo por insensibilidad a los alea, sino también por respuesta a los alea. Así, la adaptación al alea y la integración del alea en la organización van a constituir igualmente un principio de selección. Lo que la organización, al complejizarse, pierde en cohesión y rigidez, lo gana en flexibilidad, aptitud para regenerarse, para jugar con el evento, el azar, las perturbaciones.

Igualmente la selección no rige solamente para lo solitario (las partículas y átomos dispersos por el universo), rige también para lo que es solidario, es decir, las coaliciones, asociaciones, sistemas de sistemas de sistemas. Dicho de otra manera, la selección física rige para una forma de organización, rige para las formas más diversifi­cadas de organización, rige para la organización misma. Y el que todo no esté disperso al azar no es sólo por azar.



[1] El término elemento no remite aquí a la idea de unidad simple y sustancial, sino que es relativo al todo del que forma parte. Así, los «elementos» de los sistemas de los que vamos a hablar (moléculas, células, etc.) son ellos mismos sistemas (que de­vienen subsistemas a partir de ahora) o/y eventos o/y individuos (seres complejos dotados de una fuerte autonomía organizadora). Un todo complejo, como el ser hu­mano, puede aparecer como elemento/evento de un sistema social y de un sistema de reproducción biológica.

 

[2]Un agregado es diversidad no relacionada, por lo que no constituye un sistema. Puede ser que las condiciones exteriores impongan una cierta unidad. Así, se habla de sistema cerrado para un recipiente hermético que encierra un gas. Pero este gas, población de moléculas que se mueven y chocan al azar sin establecer interrelaciones, no constituye un sistema; está en un sistema: el recipiente. En un sistema, las interre­laciones entre elementos/eventos o individuos son constitutivos de la totalidad, y por ello constituyen la organización del sistema.

[3] La oposición, a la vez de sinonimia y de complementariedad, entre los términos de organización y de sistema, indica en François Jacob que los dos términos constitu­yen dos caras del mismo fenómeno, que se recubren sin ser redundantes.

 

[4] Las interrelaciones o uniones pueden ir desde la asociación (unión de elementos o individuos que conservan fuertemente su individualidad) a la combinación (que implica una relación más íntima y más transformacional entre elementos y determina un conjunto más unificado). Las uniones pueden ser aseguradas: * por dependencias fijas y rígidas, * por interrelaciones activas o interacciones organizacionales, * por retroacciones reguladoras, * por comunicaciones informacionales.

 

[5] Como dice excelentemente Lupasco: «Para que un sistema pueda formarse y existir, es preciso que los constituyentes de todo conjunto, por su naturaleza  por las leyes que los rigen, sean susceptibles de acercarse y, al mismo tiempo que de excluirse, de atraerse y repelerse a la vez, de asociarse y disociarse, de integrarse y desintegrarse (S. Lupasco, 1962, pág. 332).

[6] Debemos a von Bertalanffy en particular, a la General Systems Theory en general, el haber dado pertinencia y universalidad a la noción de sistema, el haber con­siderado el sistema como un todo no reductible a las partes, haber abordado de hecho algunos problemas organizacionales a través de las nociones de jerarquía, ha­ber formulado la noción de sistema abierto. Llegaré enseguida a la idea, en mi opi­nión extraordinariamente fecunda de apertura (a condición de que no oculte la de clausura), y examinaré en el tomo II el problema organizacional de jerarquía. No obstante, General Sistems Theory no ha explorado teóricamente el concepto de siste­ma, más allá de algunas verdades «holisticas» que se oponían esquemáticamente al reduccionismo; se ha embrollado en una taxonomía poco heurística. La idea de uni­dad compleja y la idea de organización permanecen embrionarias. La interesante idea de holon ha emergido al margen de esta teoría (Koestler, 1968).

 

[7] Recordemos, las uniones pueden ser aseguradas por:

-dependencias fijas y rígidas,

-interacciones reciprocas,

-constituciones de elementos comunes a dos sistemas asociados (que se convier­ten en subsistemas del sistema constituido),

‑ retroacciones reguladoras y

‑ comunicaciones informativas.

 


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 [DN1] Todas las crisis son dobles si queremos salir del mundo dicotómico.

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 [DN2] Mutación de las preguntas y el espacio cognitivo partiendo siempre de una “organización” por la cual y solo por la cual el sistema es tal y sus componentes son partes.

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 [U3]Es importante distinguir entre un “concepto” puro de “sistema” y un campo fértil de significados de este significante que nos abre a una familia amplia de posibilidades de “ser o devenir sistema”.

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 [DN4] Organización es siempre emergente, Coevolutiva y Formativa. Acontecimiento que ocurre en el anudamiento y tuerce el espacio-tiempo.

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 [DN5] El tiempo aquí es activo-interno. No hay un antes de la organización, ni un después. Sólo un devenir a partir de la conformación del sistema.

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 [DN6] El la organización está incluida la perspectiva dinámica global y particularmente los intercambios con el medio (que en las interrelaciones no están). (Organización-Vínculos / Sistema-Interrelaciones)

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 [DN7] La noción de organización también es la base de una epistemología post-positivista pues todo conocimiento es producción y organización de sentidos en modos específicos de interacción sujeto-social/mundo.

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 [DN8] Se repelen y excluyen sólo en los principios de la lógica clásica.

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 [DN9] Peligros del lenguaje adaptado al modo clásico. Unidad global heterogénea Auto-organizada en su ambiente, Co-evolutiva, Autonomía Ligada. Para mi las ideas de originaria, individual y hegemónica confunde más de lo que aporta.

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 [DN10] La emergencia es el término que da cuenta de la aparición de un todo organizado y de la novedad que implica tanto en relación al medio, a las relaciones y las partes que devienen tales sólo cuando se ha producido la emergencia.

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 [DN11] Idea de Ensamble Dinámico como Integración no totalizadoras.

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 [DN12] Las partes son siempre en relación al todo, incluso ontológicamente. En este sentido se es padre en tanto se participa de la dinámica familiar, por ej. No hay “una padridad” anterior o exterior a la dinámica familiar. Fuera de esa dinámica devengo “mujer”, “epistemóloga”, etc.  Posiciones o lugares de la cultura (no de la subjetividad) que resultan admisibles y admitidas (aquí se juegan el deseo, la capacidad, la potencia, la habilidad).

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 [DN13] Y, también menos!!! Pierde grados de libertad respecto a otras dinámica en las que participa. Visto esto desde un “observador” externo –a veces uno mismo-.

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 [DN14] La emergencia es siempre del orden del acontecimiento. No puede ser explicada causalmente ni linealmente en el tiempo. Exige una remodelación completa de nuestro campo de interrogantes: de la pregunta por el “agente causal” a la pregunta por el “territorio de emegencia” ----pasaje del mecanismo a la “ecología cognitiva”. Creación, Fertilización y cultivo de espacios de posibilidades.

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 [DN15] Toda posibilidad se da siempre a posteriori.

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 [DN16] Aquí empieza la cuestión de los sobre y sub determinantes como retroacciones no lineales de lo macro a lo micro o global /local.

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 [DN17] Red conceptual y significado situacional según el “corte” o “atravesamiento”peculiar que se haga del sistema.

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 [DN18] Pasar de la linealidad a la no linealidad en el pensamiento organizacional. “Re-shape” permanente en un dinámica evolutiva.

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 [DN19] Multidimensionalidad dinámica: el concepto de organización es ya al menos tri-dimensional (elemento, interacciones, organización)

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 [DN20] Inversión circular de la temporalidad sin eterno retorno.

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 [DN21] Cegueras complementarias: reduccionismo-holismo (sobre la base de un espacio cognitivo de “Unidad Homogénea”

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 [DN22] Que yo sepa una originalidad absoluta de Morin.

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 [DN23] El concepto de organización está ausente de los paradigmas clásicos porque no pueden tolerar la paradoja que implica.

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 [DN24] Otra forma de formularlo es que las partes pierdes –inevitablemente- grados de libertad (¡Pero ganan otros! Gracias a las emergencias). El tema más delicado es que las “partes” en si no existen siempre están en una u otra relación o “trama base” y por tanto no “pierden o ganan” respecto a una “libertad abstracta” sino respecto a uno u otro sistema en el que podrían participar.

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 [DN25] El constreñimiento aquí no tiene un carácter “negativo” sino constructivo y podría llevarnos incluso a pensar las “virtudes del sometimiento”.

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 [DN26] Pueden ser pensados como un principio no-dual emergencia/constreñimiento.

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 [DN27] Salir de la filosofía de la escición exige repensar la noción de “libertad”

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 [DN28] Los constreñimientos son constructivos a todos los niveles. Lo que ocurre a nivel de las elecciones humans es de otro tenor y tiene que ver no con los constreñimientos sino con las “relaciones de dominación”.

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 [DN29] En realidad se va haciendo absurdo hablar de “pérdidas y ganancias” porque sostendrían un lugar absoluto que no existe por definición.

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 [DN30] “virtud formativa”

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 [DN31] Morfogénesis emergente: exnihilo pero no in-nihilo ni tampoco cum-nihilo. (Castoriadis)

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 [DN32] Los principios “formativos” no son independientes de los “contenidos”.

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 [DN33] Por eso es más interesante hablar de “Unidades Heterogéneas” porque da cuenta de la diversidad.

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 [DN34] El rango de la complejidad es intermedio (pero no necesariamente justo medio) entre la redundancia total y variedad total.

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 [DN35] No se trata de un incremento de fragmentos aislados de “diversidad” sino en el nacimiento orgánico de la misma en la dinámica y por lo tanto siempre ligada y exgiendo a la vez libertad y ligazón.

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 [DN36] Me parece mejor hablar de “identidad dinámica no-dual” (ni-ni)

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 [DN37]organización de y en la diferencia

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 [DN38] Más allá de la complemetariedad “idílica” (media naranja platónica), exiten otros modos de complementariedad. Elucidar el campo posible de encuentros ydesencuentros en un todo organizado.

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 [DN39] No dualismo de base

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 [DN40]Pero no aplasten o arrasen porque sino el sistema colapsa. Puede darse también que en un momento determinado predominen las fuerzas desintegradoras puesto que en la dinámica esto es momentaneamente posible, aunque no lo sea si tenemos en cuenta toda la historia del sistema.

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 [DN41] Por eso la complementariedad es abierta (fit y no match), es dinámica y no fija.

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 [DN42] Complementariedad no dualista

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 [DN43] También podría llamarse principio de “complementariedad no complementaria”. Que plantea la tensión como absolutamente ineludible y nos exige salir de los modelos de “balance” o “base O” (ética buenoide absolutista).

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 [DN44] Organización implica siempre regulación y mediación (al interior y al exterior que a su ves no son fijos).

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 [DN45] Paradoja fundante de la dinámica organizacional

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 [DN46] Forma-Proceso y no Forma Modelo

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 [DN47] Materia y Forma toman otros significados en la Complejidad

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 [DN48] Hay que trabajar en la noción de “Sobredeterminación” (especialmente en relación a la dinámica puesto que no se trata de un “dominio” mecánico sino de un feedback organizacional)

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 [DN49] obstaculizados, suspendidos, vedados, sometidos, constreñidos, cohibidos,

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 [DN50] bullen activamente en su plano de virtualidad

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 [DN51]La totalidad compleja es siempre dinámica y por lo tanto “no totalizable”, en tanto emergente.

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 [DN52] La organización es la estabilización relativa de los modos de interrelación y las relaciones partes/todo

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 [DN53]La inercia es el modo de ser de los sistemas mecánicos, la organización de los sistemas complejos

 

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 [DN54] visión paranoica del desorden

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 [DN55] Esto es así en las cs. Humanas debido a la influencia del estructuralismo. Es necesario distinguir las múltiples formas en que “estructura” cobra significado”.

 

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 [DN56] Y sumado a ello la incapacidad absoluta de encontrarse con la singularidad

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 [DN57] Paradoja de los sistemas: combinación activa de cierre y apertura, movilidad de las relaciones ext-interior.

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 [DN58] El límite permeable es un tema clave de la complejidad: mediaciones, modulaciones, regulaciones sólo pueden ser pensados desde este lugar.