La plenitud: modo de empleo

"La experiencia nos enseña que los momentos de felicidad son simples y están lejos del éxtasis", sostiene el gurú existencial más leido de Francia. Comte-sponville fustiga el culto al silencio en la filosofía.



CARLOS ALFIERI, en Madrid. .




El francés André Comte-Sponville pertenece al reducido mundo de los filósofos cuya obra ha conocido la gloria equívoca de la popularidad. Nacido en París en 1952, estudió en la Ecole Normale Supérieure y en la Sorbona, donde tuvo como maestros al marxista Louis Althusser y el postestructuralista Jacques Derrida. Desatento a las modas, visitante perpetuo de los grandes filósofos de la Antigüedad, Comte-Sponville no oculta su desdén por la filosofía entendida como disciplina profesional y su empeño en resaltar su condición de herramienta para la vida. Igualmente nítidas son la suspicacia que le inspiran los grandes sistemas cerrados y su preferencia por pensadores asistemáticos como Montaigne y Pascal. Tanto la limpidez de su expresión como su vigoroso estilo comunicativo han posibilitado que sus libros —la mayor parte de los cuales han sido traducidos al castellano— conquistaran a amplios sectores de público. Así, su Pequeño tratado de las grandes virtudes (Espasa Calpe, España, 1996) se convirtió en un imprevisible best-seller en su país y fue traducido a una quincena de lenguas. Vasta resonancia lograron también otros libros suyos, como La sabiduría de los modernos: diez preguntas para nuestro tiempo (Península), La felicidad, desesperadamente, El amor la soledad e Invitación a la filosofía, estos tres editados en Paidós. Su última obra, el Diccionario Filosófico será distruibuida en los próximos meses en la Argentina, también por Paidós. La siguiente entrevista fue realizada durante su reciente visita a España.

—Usted ha definido la filosofía como "una práctica discursiva cuyo objeto es la vida, cuyo medio es la razón y cuyo fin es la felicidad". El positivismo lógico o la filosofía analítica parecen tener difícil acomodo en esta definición. ¿No los considera dignos de estar encuadrados en ella?

—Es bastante más complicado que eso. Diré que toda definición de la filosofía implica, evidentemente, una cierta filosofía. Y desde mi punto de vista el positivismo lógico o la filosofía analítica no son filosofías completas. ¿Por qué? Son filosofías, al menos parcialmente, porque tienen la vida por objeto y la razón por medio, pero no está claro que tengan la felicidad por fin. Dicho de otro modo: muchos positivistas lógicos o filósofos analíticos parecen haber renunciado a lo que ha sido la vocación de la filosofía, inscripta en su mismo nombre de origen griego, que como es sabido significa "amor a la sabiduría", la búsqueda del saber para procurarnos una vida más lúcida, más libre, más feliz. Al amputarse una parte tan importante, estas filosofías resultan incompletas.

—Una constante de su pensamiento es la oposición entre la dificultad de la filosofía y lo que llama "la pura sencillez del mundo". Lo real es sencillo porque simplemente existe, está ahí. Pero la sensación de sencillez debido a la presencia pronto se diluye y da paso a la perplejidad: ¿Y por qué eso es sencillo? ¿No se trata de una sencillez tramposa?

—Tiene razón. Cuando pensamos en lo real nos enfrentamos a algo complicado y misterioso. Pero el problema de pensar en lo real es que el instrumento que empleamos, el pensamiento, es ya complicado. Por eso vivimos en la complejidad, por eso hacemos filosofía, y la filosofía es casi por definición, diría yo, complicada, es una disciplina intelectual ardua, abstracta. Pero por el contrario, la sabiduría está del lado de la simplicidad. La diferencia que hay entre la filosofía y la sabiduría radica en que la primera es una cualidad del discurso, mientras que la segunda es una cierta cualidad del silencio. La paradoja de la filosofía consiste en poner el discurso al servicio del silencio. No se trata de hablar por hablar, sino de hablar para vivir. Se puede decir que la filosofía está al servicio de la vida. La experiencia humana nos enseña que los momentos de sabiduría y felicidad son momentos simples. Pero añadiría que la simplicidad no es fácil, es siempre difícil, y la filosofía es la herramienta que permite afrontar estas dificultades.

—Dicen sus libros: "El mundo es sencillo porque es la única respuesta a las preguntas que no se plantea". ¿Para qué agrega esta afirmación, que no es sencilla?

—En el pasaje que usted alude está implícita una pregunta ineludible que encarna el principal enigma metafísico: ¿Por qué hay algo en vez de nada? Pero ciertamente no es el mundo quien se la plantea, somos nosotros. Cuando digo "el mundo es la única respuesta a las preguntas que no se plantea" me refiero a eso que llamamos "el silencio del mundo". Al regresar a Alemania desde Italia, Hegel se encontró ante la inmensidad de los Alpes; entonces su genio especulativo sólo atinó a exclamar: "¡Es así!". No había nada que interpretar. Una actitud de sencillez ante el silencio del mundo, que no responde a la gran pregunta metafísica, sólo puede balbucear: "Es así". Y es que no hay respuesta ante el misterio de la existencia. Esto me recuerda la fórmula de Woody Allen: "La respuesta es sí, pero ¿cuál es la pregunta?"

—¿Qué propone ante lo real? ¿El éxtasis en lugar de las preguntas?

—Yo no propongo nada. Me contento con observar y reflexionar. Y lo que observo es que mis momentos de alegría son momentos de simplicidad, no forzosamente momentos de éxtasis. El éxtasis está siempre en relación con otra cosa, en última instancia con Dios, y como usted sabe yo no creo en Dios, no creo en otra cosa que en el mundo, y el éxtasis es salir del mundo, algo que no he experimentado. Lo que he experimentado no es la salida de mí mismo y del mundo sino lo contrario, el énstasis, la fusión con el mundo, la re-unión con él. Pero no se trata de algo que propongo como un programa de humanidades; es una experiencia personal. Cuando no se espera otra cosa más que lo que es aprendemos a amar, a conocer, a aceptar y a transformar el mundo. Estoy con una filosofía de lo real y de la acción, de la unidad con lo que es y no de salida del mundo.

—Hay en sus reflexiones un permanente juego de enfrentamientos entre la filosofía y la vida. ¿Para qué escribe filosofía en lugar de dedicarse simplemente a vivir?

—Es que yo no estoy tan dotado para la vida como para vivirla sin filosofar...Precisamente porque creo que el fin de la filosofía es la felicidad, tanto más necesito filosofar cuanto mejor quiero vivir. Sé que hay mucha gente que se levanta cada mañana llena de alegría y sin necesidad de entregarse a las reflexiones filosóficas para vivir. Mi primera reacción cuando me despierto, por el contrario, no es de alegría, sino más bien de fatiga y angustia. Por ende, si quiero aprender a amar la vida, tengo que reflexionar.

—¿Sólo es feliz quien no espera serlo? ¿Sólo es sabio quien no espera serlo? ¿La desesperanza es entonces sinónimo de la sabiduría?

—Sólo aquel que no espera nada tiene verdaderamente todo. Dice el "Sankhya-Sutra": "Sólo es feliz quien ha perdido toda esperanza; porque la esperanza es la mayor tortura que existe, y la desesperanza la mayor dicha". La desesperanza no es la tristeza ni la desdicha, sólo es el efecto de no esperar nada. A esto llamo yo la alegre desesperanza. Y esta es una verdad que vemos confirmada en la experiencia de la vida: los momentos de felicidad son aquéllos en los que nos sentimos completos, en los que no esperamos otra cosa más que lo que es.

—Ha escrito en sus libros: "Muchos no han inventado su filosofía más que para protegerse. Un sistema es un vestido que protege y enmascara". ¿De qué cree que se protegía Hegel? Y en todo caso, ¿no admira la prodigiosa arquitectura intelectual de su máscara?

—Yo admiro a Hegel. Es, evidentemente, uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos. Y, a la vez, no me aparto de la idea de que su sistema completo, cerrado, en el que todo está explicado, es una especie de protección. Puedo pensar que como todo filósofo se protegía de la fragilidad de su propia existencia, de la soledad, de la contingencia, del sufrimiento. Y yo no amo demasiado a los filósofos que se protegen así; amo a los que filosofan más cerca de su propia vida, a los que en vez de compensar su fragilidad personal con un sistema monumental tratan de avanzar por el pequeño camino de todo el mundo: Montaigne, Pascal, Nietzsche... No se trata de autores de sistemas sino de pensadores que filosofan en primera persona. Por otra parte, los grandes sistemas, los de un Kant, un Descartes, un Hegel, un Spinoza, se contradicen mutuamente: nos vemos obligados a elegir entre ellos. En cambio está claro que lo que dice Montaigne no pretende ser la verdad absoluta, es sólo la verdad de Montaigne. Los que han filosofado sobre su propia existencia siempre tienen razón.

—¡Qué poco sinceras suenan algunas de sus confesiones! Por ejemplo: "La filosofía no tiene ninguna importancia. Apenas leo a los filósofos, excepto para preparar mis clases". Parecen frases calculadas para épater desde la confortabilidad de quien es reconocido como filósofo.

—Sin embargo, son absolutamente sinceras. Hace cinco años que no doy cursos de filosofía, estoy en disponibilidad. La filosofía ha sido mi primera pasión: he dedicado gran parte de mi vida a practicarla, a trabajar sobre sus textos. Pero hoy pienso que la vida tal cual es, el mundo tal cual es me interesan antes que los libros de filosofía. De todos modos, cuando digo que la filosofía no tiene ninguna importancia, empleo un poco una fórmula...

—Una fórmula retórica...

—No, tampoco es eso. En el fondo es verdad. La mejor experiencia que he tenido es ser padre de familia. Tengo tres hijos y la vida de mis hijos me importa más que la mía, sinceramente. Pero que ellos se dediquen o no a la filosofía, sobre todo desde el punto de vista universitario, me tiene absolutamente sin cuidado. Lo que me importa de verdad es su salud, su felicidad. Por supuesto, sí deseo que sean lúcidos y reflexivos, en definitiva, que sientan la necesidad de filosofar como una actitud existencial, porque ayuda a vivir. Pero me da igual que lean o no a Hegel, a Kant o a Heidegger. Lo que más amo de los grandes filósofos es eso que nos reenvía a la vida tal cual es, a la experiencia humana.

—¿Cómo se sitúa ante el concepto de posmodernidad?

—Me deja un poco perplejo, no se trata de un concepto unívoco. En la arquitectura, por ejemplo, percibo muy bien que las tendencias posmodernas renuncian a la vanguardia y a ciertas tradiciones, pero lo hacen de una manera que podríamos llamar lúdica. Si Bofill vuelve a utilizar columnas en sus inmuebles, no es para que le sirvan de soporte sino de adorno, en función decorativa. Ahora bien, ¿qué es un pensamiento posmoderno? En general, llamaría posmoderno a todo pensamiento que renuncia a hacer de la modernidad el valor absoluto, y muy especialmente a cultivar el mito de la vanguardia. En este sentido, yo soy un pensador posmoderno. La segunda cuestión es la relación con el pasado. Cuando aparecieron mis libros, mu chos se preguntaban: "¿Pero quién es este tipo que en todas las páginas habla de Epicuro o Spinoza y no dedica ni una línea a Derrida?" Y el periodismo me bautizó enseguida de posmoderno. En efecto, a mí me interesan sobre todo los filósofos antiguos, y aclaro que siento un enorme respeto por Derrida, que por cierto fue mi profesor. Pero yo no me relaciono con el pasado de un modo lúdico, decorativo, anecdótico; no adquiero ciertos elementos de Spinoza o Epicuro para jugar con ellos sino para tratar de retomar el camino de su pensamiento. Y debo decir que cuando me refiero al estilo lúdico de vinculación con el pasado no utilizo el término posmoderno en un sentido positivo.

—Citar a Epicuro, Spinoza y Woody Allen ¿es una provocación al mundo académico?

—No, en absoluto. Admiro a Woody Allen como cineasta, actor, autor de aforismos. Para sacar la filosofía del ambiente cerrado de los especialistas hay que considerar la vida humana en toda su multiplicidad. Al fin y al cabo, ver películas o leer periódicos también nos pueden enseñar cosas sobre la existencia.

—A veces parece resonar en sus textos un eco del cristianismo, no sólo el más evidente del budismo: el aprendizaje del desprendimiento, la liberación del ego, el perderse para ganarse. ¿Lo asume?

—Sí, lo asumo. A menudo me defino como "ateo fiel". Es verdad que desde un punto de vista especulativo, conceptual, estoy mucho más cerca del budismo, pero también es cierto que he nacido en el cristianismo, he sido cristiano hasta los 18 años. En una ocasión, cuando el Dalai Lama visitó Francia para dar unas conferencias, un joven se le acercó y le dijo: "Su Santidad, yo quisiera convertirme al budismo". Entonces el Dalai Lama, con inmensa sabiduría, le respondió simplemente: "¿Y por qué al budismo? Usted tiene el cristianismo, y está muy bien". Si yo me siento próximo al budismo no es por practicar una especie de exotismo. Sin embargo, intento también explorar mi propio mundo, mi tradición cultural, avanzar sobre un camino que es el mío, y no puedo dejar de reconocer ciertos valores que son cristianos. Es más: reivindico una cierta fidelidad a valores morales que son judeo-cristianos. Me gusta decir: "La fidelidad es lo que queda de la fe cuando ésta se ha perdido". Porque al fin y al cabo, ¿qué oponemos al fascismo y la xenofobia sino valores que son judeocristianos?

—¿Es suficiente la lucidez, el conocimiento de la verdad para vivir?

—No. En primer lugar, no nos protege de la enfermedad, por ejemplo. La filosofía no es una panacea, no es una garantía contra el sufrimiento, contra la adversidad. Simplemente, si se tiene más o menos salud y suerte, la filosofía nos ayuda, a su manera, a vivir un poco mejor.