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Jacques
Derrida: "Estoy en guerra conmigo mismo"
| Conversaciones
reunidas por Jean Birnbaum, Artículo aparecido en la edición
del 19 de agosto del 2004, en Le Monde. Traducción al español
de Ernesto Hernández B., Agosto 2004 |
A los 74 años,
Jacques Derrida, filósofo de renombre mundial, prosigue su camino
de pensamiento con singular intensidad, afrontando la enfermedad. En su
casa de Ris-Orangis, en París, evoca para Le Monde, su obra, su
itinerario y su camino.
LM:
Desde el verano de 2003, su presencia nunca ha sido más manifiesta.
No solo ha firmado muchas nuevas obras, sino recorrido el mundo para participar
en numerosos coloquios internacionales organizados alrededor de su trabajo
-de Londres a Coimbra pasando por París, y en estos días
por Río de Janeiro. Vemos que se le consagrará una segunda
película (Derrida, por Amy Kofman y Kirby Dick, después
de la muy bella Derrida de Safaa Fathy en el 2000) así como muchos
números especiales, principalmente del Magazin Littéraire
y de la revue Europe, y un volumen de los Cahiers de l'herne, particularmente
rico en inéditos, cuya aparición esperamos para el otoño.
Esto es mucho para un año, y sin embargo, no lo esconde, usted
esta...
JD: ... digalo,
peligrosamente enfermo, es verdad, y experimento un tratamiento temible.
Pero dejemos eso, si usted quiere, no estamos aquí para un boletín
de salud publica o secreta...
LM: Sea, en
el umbral de esta entrevista, hagamos un retorno a "Espectros de
Marx" (Galilée, 1993). Obra crucial, libro-etapa, enteramente
consagrado a la cuestión de una justicia futura, y que se abre
con este exordio enigmático: "Alguien, usted o yo, se adelanta
y dice: quisiera aprender a vivir al fin". Diez años después,
¿en dónde está hoy en día, en cuanto a ese
deseo de "saber vivir"?
JD: Sobre
todo está la cuestión de una "nueva internacional",
subtítulo y motivo central del libro. Más allá del
"cosmopolitismo", más allá del "ciudadano
del mundo" como de un nuevo estado-nación mundial, ese libro
anticipa todas las urgencias "altermundialistas" en las cuales
creo y que aparecen mejor ahora. Lo que yo llamaba entonces una "nueva
internacional" y que, lo decía en 1993, nos impondría
una gran número de mutaciones en el derecho internacional y en
las organizaciones que regulan el orden del mundo (FMI, OMC, G8, etc.)
y sobre todo la ONU, de la cual es necesario cambiar la Carta, la composición
y de entrada el lugar de residencia -lo más lejos posible de New
York...
LM: En cuanto
a la formula que usted cita ("ensañar a vivir al fin"),
una vez terminé el libro me vuelve. Juega de entrada, pero muy
seriamente, con su sentido común. Aprender a vivir, es madurar,
también educar. Apostrofar a alguien para decirle "voy a enseñarte
a vivir", esto significa a veces, con el tono de amenaza, voy a formarte,
a dirigirte. Pues, lo equivoco de ese juego me interesa de entrada, ese
suspiro se abre también a una interrogación más difícil:
vivir, ¿puede aprenderse? ¿enseñarse? ¿podemos
aprender, por disciplina o por aprendizaje, por experiencia o experimentación,
a aceptar, mejor, a afirmar la vida? A lo largo de ese libro resuena esta
inquietud de la herencia y de la muerte. Ella atormenta tanto a los padres
como a los niños: ¿cuándo te volverás responsable?
¿cómo responderás al final de tu vida y de tu nombre?
JD: Entonces,
bueno, para responder, yo, sin darle más vueltas a tu pregunta,
no, yo nunca he enseñado a vivir. Pero entonces, ¡en modo
alguno! Enseñar a vivir, debería significar enseñar
a morir, a tomar en cuenta, para aceptarlo, la mortalidad absoluta (sin
salvación, ni resurrección, ni redención), ni para
si, ni para el otro. Desde Platón, es la vieja exhortación
filosófica: filosofar es aprender a morir.
Creo en esta verdad sin mas, cada vez menos. No he aprendido a aceptar
la muerte. Todos nosotros somos sobrevivientes con prorroga (y desde el
punto de vista geopolítico de Espectros de Marx, la insistencia
va sobre todo, en un mundo más desigual que nunca, hacía
los millones de vivientes -humanos o no- a quienes les son rehusados,
nada menos que los "derechos del hombre", que datan de hace
dos siglos y que se enriquecen sin cesar, pero de entrada al derecho a
una vida digna de ser vivida). Pero sigo siendo ineducable en cuanto a
la sabiduría del saber-morir. A ese respecto no he aprendido ni
adquirido nada. El tiempo de la prorroga se encoje de manera acelerada.
No solamente porque yo sea, con otros, heredero de tantas cosas, buenas
o terribles: cada vez más frecuentemente, la mayor parte de los
pensadores a los cuales me encontraba asociado están muertos, se
me trata de sobreviviente: el último representante de una "generación",
a grosso modo, la de los años 60; lo que, sin ser rigurosamente
cierto, no me inspira solamente objeciones sino sentimientos de revuelta
un poco melancólicos. Como, por añadidura, se hacen presentes
ciertos problemas de salud, la cuestión de la supervivencia o de
la prorroga, que me ha frecuentado, literalmente, a cada instante de mi
vida, de manera concreta e incansable, se colorea de modo diferente hoy
en día.
Siempre me he interesado en esta temática de la supervivencia,
de la que el sentido no se añade al de vivir o morir. Es originario:
la vida es sobrevivir.
Sobrevivir en el sentido corriente quiere decir continuar viviendo, pero
también vivir después de la muerte. A propósito de
la traducción, Walter Benjamín subrayaba la distinción
entre überleben de una parte, sobrevivir a la muerte, como un libro
puede sobrevivir a la muerte del autor, o un niño a la muerte de
los padres, y, de otro lado, fortleben, living on, continuar viviendo.
Todos los conceptos que me han ayudado en el trabajo, principalmente aquel
del trazo o de lo espectral, estaban ligados al "sobrevivir"
como dimensión estructural. No deriva ni de vivir ni de morir.
No más que lo que yo llamo el ""duelo originario",
que no espera la muerte llamada "efectiva".
LM: Usted
ha utilizado la palabra "generación". Noción de
uso delicado, que vuelve frecuentemente bajo su pluma: ¿cómo
designar lo que, en tu nombre, se trasmite de una generación?
JD: Esa palabra,
me he servido de ella aquí de manera un poco amplia. Podemos ser
el contemporáneo "anacrónico" de una "generación"
pasada o por venir. Ser fiel a quienes se asocian a mi "generación",
hacerse guardián de una herencia diferenciada pero común,
esto quiere decir dos cosas: de entrada, mantener, eventualmente contra
todo y contra todos, las exigencias compartidas, de Lacan a Althusser,
pasando por Levinas, Foucault, Barthes, Deleuze, Blanchot, Lyotard, Sara
Kofman, etc.; sin nombrar a tantos pensadores, escritores, poetas, filósofos,
o psicoanalistas afortunadamente vivos, de los que herede también,
otros sin lugar a dudas en el extranjero, más numerosos y a veces
más próximos todavía. Designo así, por metonimía,
un ethos de escritura y de pensamiento intransigente, incorruptible (Hélène
Cixous nos apoda los "incorruptibles"), sin concesión
aún respecto de la filosofía, y que no se deja asustar por
lo que la opinión publica, los medios, o el fantasma de un lectorado
intimidante, podrían obligarnos a
simplificar o a rechazar. De ahí el gusto severo por el refinamiento,
la paradoja, la aporía.
Esta predilección sigue siendo una exigencia, no sólo une
a aquellos y aquellas que he evocado un poco arbitrariamente, es decir
injustamente, sino a todo el medio que los sostenía. Se trataba
de una época provisionalmente revuelta, y no simplemente de tal
o cual persona. Hay que salvar o hacer renacer eso, entonces, a toda prisa.
Y la responsabilidad hoy en día es urgente: invoca una guerra inflexible
a la doxa, a quienes se llaman ahora los "intelectuales mediáticos",
a ese discurso general formateado por los poderes mediáticos, ellos
mismos en manos de lobbies político-económicos, frecuentemente
editoriales y académicos también.
Seguramente siempre europeos y mundiales. Resistencia no significa que
uno deba evitar los medios. Es necesario, cuando es posible, desarrollarlos
y ayudarlos a diversificarse, recordarles esta responsabilidad.
Al mismo tiempo, no olvidar que, en esta época "dichosa"
de no hace mucho, nada era irónico, ciertamente. Las diferencias
y los diferendos asolaban en ese medio que era todo menos homogéneo
como para poder reagruparlo, por ejemplo, con el epíteto débil
del género "pensamiento 68", del que la consigna o la
acusación dominan frecuentemente hoy en día en la prensa
y en la universidad. Ahora bien, aún si esta fidelidad toma alguna
vez la forma de la infidelidad y del desvío, hay que ser fiel a
estas diferencias, es decir continuar la discusión. Yo, yo continúo
discutiendo con Bourdieu, Lacan, Deleuze, Foucault, por ejemplo, que continúan
interesándome ampliamente más que aquellos autores de los
cuales se precia la prensa hoy en día (salvo excepciones, seguramente).
Yo conservo vivo este debate, porque ni se hace servil, ni se degrada
en la denigración. Lo que he dicho de mi generación vale
para el pasado, de la Biblia a Platón, Kant, Freud, Heidegger,
etc., no quiero renunciar a lo que sea, no puedo. Sabe usted, aprender
a vivir, eso es siempre narcisista: se quiere vivir tanto como sea posible,
salvarse, perseverar, y cultivar todas esas cosas que, por infinitamente
grandes y potentes que sean, no obstante hacen parte de ese pequeño
"yo" que ellas desbordan por todas lados. Exigirme renunciar
a lo que me ha formado, a lo que tanto amo, es exigirme morir. En esta
fidelidad hay una especie de instinto de
conservación. Renunciar, por ejemplo, a una dificultad de formulación,
a un pliegue, a una paradoja, a una contradicción suplementaria,
porque no se la va a comprender, o mejor aún porque tal periodista
que no sabe leer, no lee el título de un libro, y cree comprender
que el lector o el auditor no comprenden y que el Audimat o su gana-pan
sufrirán por eso, para mi es una obscenidad inaceptable.
Es como si me exigieran inclinarme, humillarme, o morir como un tonto.
LM: Usted
ha inventado una forma, una escritura de la supervivencia, que conviene
con esta impaciencia de la fidelidad. Escritura de la promesa heredada,
de trazo que salvaguarda y de la responsabilidad confiada.
JD: Si yo
he inventado mi escritura, lo he hecho como una revolución interminable.
En cada situación, hay que crear un modo de exposición apropiado,
inventar la ley del acontecimiento singular, tener en cuenta el destinatario
supuesto o deseado; y al mismo tiempo pretender que esa escritura determinará
al lector, el cual aprenderá a leer (a "vivir") esto,
que de todos modos no estaba habituado a recibir. Uno espera que él
renacerá, determinado de modo diferente: por ejemplo, esos trasplantes
sin confusión de lo poético sobre lo filosófico,
o ciertas maneras de usar los homónimos, de lo indecidible, de
los ardides de la lengua -que muchos extienden hasta la confusión
para así ignorar la necesidad propiamente lógica.
Cada libro es una pedagogía destinada a formar su lector. Las producciones
en masa que inundan la prensa y la edición no forman lectores,
suponen de manera fantasmática un lector ya programado. Si bien
terminan por formatear ese destinatario mediocre que de entrada han postulado.
Ahora bien, fiel a la fidelidad, como dice usted, en el momento de dejar
un trazo, solo puedo hacerlo disponible para quien quiera: no puedo dirigirme
singularmente a alguien.
Cada vez, por fiel que se quiera ser, se está traicionando la singularidad
del otro a quien nos dirigimos. A fortiori cuando se escriben libros de
una gran generalidad: uno no sabe a quien le habla, uno inventa y crea
las siluetas, pero en el fondo ya no nos pertenece. Orales o escritos,
todos esos gestos nos abandonan, se ponen a actuar independientemente
de nosotros. Como las máquinas, o mejor como las marionetas -me
explico mejor en Papier Machine (Galilée 2001). En el momento en
que dejo publicar "mi" libro (nadie me obliga), devengo, apareciendodesapareciendo,
como ese espectro ineducable que nunca habría aprendido a vivir.
El trazo que dejo me significa a la vez mi muerte, por venir o ya advenida,
y la esperanza de que me sobreviva. Esa no es una ambición de inmortalidad,
es estructural. Yo dejo hay un pedazo de papel, parto, muero: imposible
salir de esa estructura, ella es la forma constante de mi vida. Cada vez
que yo dejo partir algo, yo vivo mi muerte en la escritura. Experiencia
extrema: uno se expropia sin saber a quien está confiada propiamente
la cosa que se deja. ¿Quién la heredará y cómo?
¿Habrá herederos? Es un asunto que podemos plantear hoy
más que nunca.
Me ocupa permanentemente.
El tiempo de nuestra tecno-cultura ha cambiado radicalmente en este aspecto.
La gente de mi "generación", y a fortiori los más
viejos, estaban habituados a un cierto ritmo histórico: creíamos
saber que tal obra podía o no sobrevivir, en función de
sus calidades, durante uno, dos, o aún, como Platón, veinticinco
siglos.
Pero hoy en día la aceleración de las modalidades del archivo,
pero también la usura y la destrucción transforman la estructura
y la temporalidad de la herencia.
Para el pensamiento, la cuestión de la supervivencia toma ahora
formas absolutamente imprevisibles.
A mi edad, estoy próximo a las hipótesis más contradictorias
a este respecto: he simultáneamente, debe usted creerme, el doble
sentimiento de que, de un lado, para decirlo sonriendo e inmodestamente,
no se me ha comenzado a leer, que si hay, ciertamente, muchos buenos lectores
(algunas decenas en el mundo, quizá), en el fondo, solo más
adelante todo esto tendrá la oportunidad de aparecer; pero también
que, de otro lado, quince días o un mes después de mi muerte,
ya no quedará nada. Salvo lo que está guardado en el depósito
legal de la biblioteca. Se lo juro, creo sinceramente y simultáneamente
en esas dos hipótesis.
LM: En
el corazón de esta esperanza tenemos la lengua, y de entrada la
lengua francesa. Cuando usted lee, siente en cada línea la intensidad
de su pasión por ella. En El monolingüismo del otro (Galilée,
1996), usted se nos presenta, irónicamente, como el "último
defensor e ilustrador de la lengua francesa"...
JD: Que no
me pertenece, si bien que eso es lo único que "yo tengo"
a mi disposición (y todavía). La experiencia de la lengua,
con seguridad, es vital.
Entonces mortal, nada hay original en esto. Las contingencias han hecho
de mi un Judío francés de Argelia de la generación
nacida antes de la "guerra de independencia": tantas singularidades,
aún entre los judíos y entre los judíos de Argelia.
Yo he participado en una transformación extraordinaria del judaísmo
francés de Argelia: mis bisabuelos estaban, eran muy próximos
a los árabes por la
lengua, las costumbres, etc.
Después del decreto Crémieux (1870), a fines del siglo XIX,
la generación siguiente se aburgueso: si bien mi abuela se caso
casi clandestinamente en el traspatio de un ayuntamiento en Argel a causa
de los progroms (en pleno asunto Dreyfus), ella mostraba a sus hijas como
burguesas parisinas (buenas maneras del distrito 16, lecciones de piano...).
Después fue la generación de mis padres: poco intelectuales,
sobre todo comerciantes, modestos o no, algunos explotaban ya una situación
colonial haciéndose representantes exclusivos de grandes marcas
metropolitanas: con una pequeña oficina de 10 metros cuadrados
y sin secretaria, se podía representar el "Savon de Marseille"
en África del norte... simplifico un poco.
Después fue mi generación (una mayoría de intelectuales:
profesiones liberales, profesorado, medicina, derecho, etc.). Y cerca
todo ese mundo de la Francia de 1962... yo, eso fue antes, en 1949, es
conmigo, apenas si exagero..., que los matrimonios "mixtos"
comienzan. De manera casi trágica, revolucionaria, rara y arriesgada.
Al igual que amo la vida, mi vida, amo lo que me ha constituido, y donde
el elemento mismo es la lengua, esa lengua francesa que es la única
lenguaque se me enseño a cultivar, la única también
de la que puedo decirme más o menos responsable.
He aquí el porque hay en mi escritura una manera, no diría
perversa, pero si un poco violenta, de tratar esa lengua. Para amar...
el amor en general pasa por el amor a la lengua, que no es ni nacionalista
ni conservador, pero que exige pruebas, y experimentaciones. No importa
que se haga con la lengua, ella nos preexiste, y nos sobrevive. Si se
afecta la lengua con algo, hay que hacerlo de manera
refinada, respetando en el irrespeto su ley secreta. Eso es la fidelidad
infiel: cuando yo violento la lengua francesa, lo hago con el refinado
respeto de lo que creo que es una conminación en esta lengua, en
su vida, su evolución. No leo sin sonreír, a veces con sorna,
a quienes creen violar, sin amor, justamente, la ortografía o la
sintaxis "clásica" de una lengua francesa, con sus aires
de virgos de eyaculación precoz, mientras la gran lengua francesa,
más intocable que nunca, los mira hacerlo esperando al próximo.
Describo esta escena ridícula de manera un poco cruel en "La
Carte postale" (Flammarion, 1980).
Dejar trazos en la historia de la lengua francesa, eso es lo que me interesa.
Aludo a esta pasión, sino para Francia, al menos para algo que
la lengua francesa ha incorporado desde hace siglos. Supongo que si amo
esta lengua como amo mi vida, y muchas veces más de lo que la aman
tal o cual francés de origen, es que yo la amo como un extranjero
que ha sido acogido, y que se ha apropiado de esta lengua como la única
posible para él. Pasión y ganas de emular...
Todos los franceses de Argelia comparten conmigo esto, sean judíos
o no. Quienes venían de la metrópoli eran igualmente extranjeros:
opresores y normativos, normalizadores y normalizados. Era un modelo,
un hábito o un habitus, teníamos que plegarnos. Cuando un
profe llegaba de la metrópoli con el acento francés, lo
encontrábamos ridículo... las ganas de emular vienen de
eso: sólo tengo una lengua, y al mismo tiempo esa lengua no me
pertenece. Una historia singular ha exacerbado en mi esta ley universal:
una lengua, eso no pertenece, no naturalmente ni por esencia... de ahí
los fantasmas de propiedad, de apropiación y de imposición
colonialista.
LM: En general,
le cuesta decir "nosotros" -"nosotros los filósofos",
o "nosotros los judíos", por ejemplo. Pero, a medida
que se despliega el nuevo desorden mundial, usted parece cada vez menos
reticente a decir "Nosotros los europeos". Ya en L'autre cap
(Galilée, 1991), libro escrito en el momento de la primera guerra
del Golfo, usted presentía como un "viejo europeo", como
"una especie de mestizo europeo".
JD: Dos puntos:
me cuesta decir "nosotros", pero he llegado a decirlo. A pesar
de todos los problemas que me torturan en este aspecto, comenzando por
la política desastrosa y suicida de Israel -y de cierto sionismo-,
pues Israel no representa, no a mis ojos, el judaísmo, no representa
la diáspora, ni aún el sionismo mundial u originario que
fue múltiple y contradictorio; por todas partes hay también
fundamentalistas cristianos que se dicen sionistas auténticos en
los USA. La potencia de su lobby cuenta más que la comunidad judía
americana, en la orientación conjunta de la política americano-israelí.
Bien, a pesar de todo esto y de tantos otros problemas que tengo con mi
"judeidad", nunca la denegaría.
Siempre diré, en ciertas situaciones, "nosotros los judíos".
Ese "nosotros" tan atormentado está en el corazón
de lo que hay de más inquieto en mi pensamiento, ese al cual he
llamado, apenas sonriendo, "el último de los judíos".
Sería en mi pensamiento como eso que Aristóteles dice profundamente
de la plegaría (eukhè): no es ni verdadera ni falsa. Es
por todas partes, literalmente, una plegaría. En algunas situaciones,
entonces, yo no titubearía en decir "nosotros los judíos",
y también "nosotros los franceses".
Después, desde el inicio de mi trabajo, y esa será la "deconstrucción"
misma, he seguido siendo extremadamente critico respecto del eurocentrismo,
con la modernidad de sus formulaciones, en Valery, Husserl o Heidegger,
por ejemplo. La deconstrucción en general es una empresa que muchos
han considerado, con justeza, como un gesto de desconfianza respecto de
cualquier eurocentrismo.
Cuando me sucede, en ese momento, decir "nosotros los europeos",
es coyuntural y muy diferente: todo lo que puede ser deconstruido de la
tradición europea no impide que, justamente a causa de lo que ha
pasado en Europa, a causa de las luces, a causa del estrechamiento de
este pequeño continente y de la enorme culpabilidad que transita
en adelante por su cultura (totalitarismo, nazismo, genocidios, Shoah,
colonización y descolonización, etc.), hoy en día,
en la situación geopolítica que es la nuestra, Europa, otra
Europa pero con la misma memoria, podría (en todo caso es mi deseo)
unirse a la vez contra la política de hegemonía americana
(respecto de Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld, etc.) y contra un teocratismo
árabe-islámico sin Luces y sin porvenir político
(pero no despreciemos las contradicciones y las heterogeneidades de esos
dos conjuntos, y aliemonos con quienes resisten al interior de esos dos
bloques).
Europa se encuentra bajo la conminación de asumir una responsabilidad
nueva.
No hablo de la comunidad europea tal como ella existe o se dibuja en su
mayoría actual (neoliberal) y virtualmente amenazada por tantas
guerras internas, sino de una Europa por venir, y que se busca, la Europa
"geográfica" y todas las otras. Lo que llamamos algebraicamente
"Europa" tiene que tomar responsabilidades, para el porvenir
de la humanidad, para el derecho internacional -es mi fe, mi creencia.
Y allí, no vacilaré en decir "nosotros los Europeos".
No se trata de hacer votos por la constitución de una Europa que
sería otra superpotencia militar, protegiendo su mercado y haciéndole
contrapeso a los otros bloques, sino una Europa que sembraría la
semilla de una nueva política altermundialista, la cual es, para
mi, la única salida posible.
Esta fuerza está en marcha. Aún si los motivos todavía
son confusos, pienso que fcomunidad nada la detendrá. Cuando digo
Europa, es esto: una Europa altermundialista, transformando el concepto
y las prácticas de la soberanía y el derecho internacional.
Y disponiendo de una verdadera fuerza armada, independiente de la OTAN
y de USA, una potencia militar que, ni ofensiva, ni defensiva, ni preventiva,
intervendría sin tardar al servicio de las resoluciones por fin
respetadas de una nueva ONU (por ejemplo, es urgente, en Israel, pero
también en muchas otras partes). Es también el lugar desde
el cual podemos pensar mejor ciertas figuras de la laicidad, por ejemplo,
o de la justicia social, y otras tantas herencias europeas.
Acabo de decir "laicidad". Permítanme aquí un
largo paréntesis. La "laicidad" no concierne al velo
en la escuela sino al velo del "matrimonio". He mantenido mi
firma sin vacilar en la iniciativa bienvenida y llena de coraje de Noël
Mamère, aún si el matrimonio entre homosexuales constituye
un ejemplo de esa bella tradición que los americanos han inaugurado
en el siglo pasado, bajo el nombre de "desobediencia civil":
no por desconfiar de la Ley, sino desobedeciendo a una disposición
legislativa a nombre de una ley mejor -por venir o ya inscrita en el espíritu
o la letra de la Constitución. Y bien, he "firmado" en
ese contexto legislativo actual, porque me parece injusto -para los derechos
de los homosexuales-, hipócrita y equivoco en su espíritu
y en su letra.
Si yo fuera legislador, propondría simplemente la desaparición
de la palabra y del concepto de "matrimonio" en el código
civil y laico. El "matrimonio", valor religioso, sacro, heterosexual
-con sus votos de procreación, de fidelidad eterna, etc.-, es una
concesión del Estado laico a la Iglesia cristiana -en particular
en su monogamismo que no es ni judío (fue impuesto a los judíos
por los europeos en el último siglo y no constituía una
obligación para algunas generaciones del Maghreb judío)
ni, esto lo sabemos muy bien, musulmán. Suprimiendo la palabra
y el concepto de "matrimonio", este equivoco o esta hipocresía
religiosa y sacra, que
no tiene ningún lugar en una constitución laica, lo reemplazaríamos
por una "unión civil" contractual, una especie de pacto
generalizado, mejorado, refinado, flexible, y ajustado entre los compañeros
de sexo o número no impuesto.
En cuanto a quienes quieren, en sentido estricto, ligarse por el "matrimonio"
-para el cual mi respeto esta intacto-, ellos podrían hacerlo frente
a la autoridad religiosa de su elección, es de todos modos así
en otros países que aceptan consagrar religiosamente los matrimonios
entre homosexuales. Algunos podrán unirse según un modo
u otro, algunos en dos modos, otros no unirse ni según la ley laica
ni según la ley religiosa. Fin del parentesco conyugal. Es una
utopía pero yo la fecho.
Lo que yo llamo "deconstrucción", aún cuando esta
dirigida contra algo de Europa, es europeo, es un producto, una relación
en sí de Europa como experiencia de la alteridad radical. Desde
la época de las luces, Europa se autocritica permanentemente, y
en esa herencia perfectible, hay una oportunidad de porvenir. Al menos
quisiera esperarlo, y es lo que nutre mi indignación frente a los
discursos que condenan definitivamente a Europa, como si solo fuera el
lugar de sus crímenes.
LM: En cuanto
a Europa, ¿no está usted en guerra consigo mismo? De un
lado señala que los atentados del 11 de septiembre arruinaron la
vieja gramática geopolítica de las potencias soberanas,
signando así la crisis de un cierto concepto de lo político,
que usted definía como propiamente europeo. Del otro, usted mantiene
un apego a este espíritu europeo, y de entrada al ideal cosmopolítico
de un derecho internacional del cual usted describe, justamente, el declive.
O la sobrevi...
JD: Hay que
"relevar" (Aufheben) lo cosmopolítico (ver Cosmopolites
de tous les pays, encore un effort!, Galilée, 1997). Cuando decimos
política, nos servimos de una palabra griega, de un concepto europeo
que siempre ha supuesto el Estado, la forma polis ligada al territorio
nacional y a la autoctonía. Sean las que sean las rupturas al interior
de esta historia, ese concepto de lo político sigue siendo dominante,
en el momento mismo en que muchas fuerzas están dislocándose:
la soberanía del Estado ya no está ligada a un territorio,
las tecnologías de la comunicación y la estrategia militar
menos, y esta dislocación pone efectivamente en crisis el viejo
concepto europeo de lo político, y de la guerra, y de la distinción
entre civil y militar, y del terrorismo nacional e internacional.
Pero yo no creo que la falla se lleve contra lo político. Igual
para la soberanía, de la que creo que tiene algo bueno en ciertas
situaciones, para luchar, por ejemplo contra ciertas fuerzas mundiales
del mercado. Ahí aún, se trata de una herencia europea que
es necesario guardar y transformar. Es también lo que yo digo,
en Voyous (Galilée, 2003), de la democracia como idea europea,
que al mismo tiempo nunca ha existido de manera satisfactoria, y está
por venir. Y en efecto, usted encuentra siempre ese gesto en mi, para
el cual yo no tengo una última justificación, salvo que
soy yo, es ahí donde estoy.
Estoy en guerra contra mi mismo, es verdad, usted no puede saber hasta
que punto, más allá de lo que usted adivina, y yo digo cosas
contradictorias, que están, digamos, en tensión real, me
construyen, me hacen vivir, y me harán morir. Esta guerra, yo la
veo a veces como una guerra terrorífica y penosa, pero al mismo
tiempo yo sé que es la vida. No encontraré paz más
que en el reposo eterno.
Entonces yo no puedo decir que asumo esta contradicción, pero yo
sé también que es lo que me mantiene en vida, y me hace
plantear la pregunta, justamente que usted recordaba, "¿cómo
aprender a vivir?".
LM: En dos
libros recientes, "Chaque fois unique, la fin du monde" y Béliers,
Galilée, 2003; usted vuelve sobre esta gran pregunta por la salud,
el imposible duelo, en una palabra por la supervivencia. Si la filosofía
puede ser definida como "la anticipación inquieta de la muerte"
(ver Donner la mort, Galilée, 1999), ¿podemos ver la "deconstrucción"
como una interminable ética de la supervivencia?
JD: Como ya
lo he recordado, desde el inicio, y mucho antes de las experiencias de
la supervivencia, que son las mías en el presente, yo he señalado
que la supervivencia es un concepto original, que constituye la estructura
misma de lo que llamamos la existencia, el Da-sein, si usted quiere. Somos
estructuralmente supervivientes, marcados por esa estructura del trazo,
del testamento. Pero, habiendo dicho esto, no quisiera que nos vayamos
por la interpretación según la cual la supervivencia está
mucho más del lado de la muerte, del pasado, que de la vida y del
porvenir. No, todo el tiempo, la deconstrucción está del
lado del sí, de la afirmación de la vida.
Todo lo que digo, al menos desde Pas (en Parages, Galilée, 1986),
de la supervivencia como complicación de la oposición vida-muerte
procede en mi de una afirmación incondicional de la vida. La supervivencia,
es la vida más allá de la vida, la vida más que la
vida, y el discurso que sostengo no es mortífero, al contrario,
es la afirmación de un viviente que prefiere vivirlo y entonces
sobrevivir a la muerte, pues la supervivencia, no es simplemente lo que
queda, es la vida más intensa posible. Nunca he estado tan atormentado
por la necesidad de morir que en los momentos de alegría y gozo.
Gozar y llorar la muerte que acecha, para mi es la misma cosa. Cuando
recuerdo mi vida, tengo tendencia a pensar que he tenido esta oportunidad
de amar aún los momentos desafortunados de mi vida, y de bendecir
casi todos esos momentos, casi sin excepción. Cuando recuerdo los
momentos dichosos, también los bendigo... al mismo tiempo ellos
me precipitan hacía el pensamiento de la muerte, hacía la
muerte, porque son pasado,
finalizado...
Conversaciones
reunidas por Jean Birnbaum
JACQUES DERRIDA,
nació en 1930 cerca de Argel, ha enseñado principalmente
en la Sorbona, en la Escuela normal superior y en la Escuela de altos
estudios en ciencias sociales (EHESS, París).
Ha publicado De la grammatologie (Minuit, 1967), Schibboleth, pour Paul
Celan (Galilée, 1986), Spectres de Marx(Galilée, 1993),
entre otros. Sus obras más recientes son publicadas en éditions
Galilée : dos ensayos acerca del 11 de septiembre, Voyous y Le
"Concept" du 11 septembre (con J. Habermas), y el bello texto
del adiós a los amigos desaparecidos (Levinas, Blanchot...), titulado
Chaque fois unique, la fin du monde, así como el volumen que constituye
la introducción, Béliers, un "dialogo ininterrumpido"
consagrado a la muerte de seres amados y a lo que Derrida llama un "cogito
del adiós, ese saludo sin retorno".
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