Primeras Jornadas de Esquizoanalisis  -  2004 - Coord. Stella Maris Angel Villegas
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Primeras Jornadas Virtuales de Esquizoanalisis - 2004

 

 

Máquina Expositora Real

Ensayistas deleuzianos

 

 

Spinoza y las pasiones

                                                   Por Claudio Giannini *

 

“Los hombres ven lo mejor y lo aprueban, pero eligen y hacen lo peor.”

“La conciencia, la religión o la pura Razón

profundizan estos desvíos...”

“Juzgamos que algo es bueno porque nos esforzamos por ello,

lo queremos, lo apetecemos y deseamos.”

Out of join. Desquicio. Hay una grieta, una hendidura, trazada en cada ser humano y no siempre somos capaces de mirar en ella. Al parecer, es una experiencia que causa terror.

¿Cuándo se abre la grieta? ¿Cuándo podemos palparla? En el momento de la pasión. Un episodio aislado en lo ingente de la existencia.

Pero la grieta no está sola. No se trata simplemente de una herida abierta por “la vida”. Están ellos. Detractores de la pasión o ideólogos de las pasiones tristes, quienes torcieron la vida para que los hombres luchen por su esclavitud como si se tratase de la libertad.

La consciencia o la Razón “pura” (pura: intocada, virgen) nos brindan una pantalla, una estabilidad. Pero lo que nos advierte Spinoza es que no hay tal pureza en nuestros razonamientos y representaciones mentales. Están sostenidas en un sustrato afectivo, pasional. Y este tiene toda una lógica y un tinte particular. No es tan pura ni tan virginal.

Podríamos, al hablar de la consciencia, hacer mención del afecto, pero no de la pasión o lo pasional. La pasión implica el arrobamiento, el salirse de sí. Descubrir el desquicio, la grieta que nos habita. Implica poder ver el trayecto de nuestras vidas con todas sus turbulencias, saltos, emblemas, caminos tomados y trazados. Donde las cosas no son “buenas” y tranquilas como en los afectos; orientados hacia nuestro Bien. En lo pasional estamos siendo arrastrados, “siendo-sidos”, habitados por una terceridad, un anonimato esencial. Sin espejos en donde reconocernos.

¿Pero por qué fue perseguido Spinoza? Si simplemente hubiese descrito una cuestión estructural del hombre, como si fuese un monje budista develando lo ilusorio que es el “yo”, las cosas quizás hubiesen sido más sencillas. Quizás. Pero no. Habla de los ideólogos de las tristes pasiones. Denuncia.

No es una cuestión de estructura del ser humano ni de la vida. El sufrimiento y la negación provienen de un lugar determinado y hay quienes lo propagan.

Ahí donde otros dicen: las pasiones destruyen, aferrémonos al juicio y la noble Razón, Spinoza hace responsables de que esas pasiones sean tristes a quienes temen a toda esa efervescencia que llama desde el fondo, desde lo profundo del yo. Quienes temen al contacto. Quienes propagan una sociedad de unos ante el Uno.

Al parecer el orden social está en riesgo. Eso declaman este corso triste de ideólogos religiosos. ¿Es cierto?

Vivir las pasiones implicaría responsabilidad o madurez. Pero esto es un contrasentido. Las pasiones des-responsabilizan. Si puede palparse lo transitorio e ilusorio que es el yo, ya no hay tantas cosas de qué preocuparse. Aquí hay entonces una encrucijada. Dos caminos que permanecen subterráneos aún cuando la consciencia no quiera saber nada de ellos. El camino a una alegría real. “Estoy vivo, me siento vivo, aquí y ahora está todo lo que puedo necesitar.” El otro modos de pensar es: “ahí donde no puedo controlarme no soy yo, por lo tanto nada tiene sentido.”

En última instancia la detracción a la vida, la traición, consta de un pensamiento disociado de su sensación. El placer lleva en sí mismo la certeza de la vida. De ahí que los hombres vean y aprueben lo mejor. Pero si el pensamiento está dislocado, si constantemente se desenvuelve desde lo que se ve como futuro, desde la proyección invisible de un futuro hacia los hechos del pasado, nos encontramos con un circuito ya hecho. De ahí a decir que la vida es sufrimiento y que debemos sacrificarnos por una vida futura, hay menos que un paso. Vida futura es la proyección imaginaria de un futuro que ha sido acuñado por el miedo bajo los instrumentos de la Razón, el pensamiento dislocado. Entonces: pura especulación.

Desde la sensación puede abrirse otra vía. Un pensamiento que ya no recorra los circuitos trazados de antemano por las tristes pasiones. Desde donde el miedo, que es primario y arcaico, pueda disolverse.

La prolongación del estado de indefensión propio de la infancia, esa es la obra del cristianismo.

La paternidad, el amor, la vida y la muerte. Sabidurías que excluyen el concepto. Inaprehensibles por esencia. Llevan el movimiento de lo Real y son todavía inalcanzables para un niño. El cristianismo les dio una entidad y selló con un mito su dogma. Se necesita la apertura del niño para recepcionar con inocencia, pero se necesita no ser un niño para no creer en la sobriedad y solemnidad de la tristeza.

 

 

* Claudio Giannini. Psicólogo. Rosario. Argentina