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Claudio Giannini. Psicólogo. Argentina

 

 

De por qué el “hacete cargo” es un resabio religioso

 

Es un instrumento para cualquier despoblador, es una herramienta ideal para cuando se quiere congelar a alguien de por vida en cierta posición.

Partimos del supuesto de que los catálogos son sólo una descripción geográfica, nada más. No hay clínica en eso. Podemos hablar de histeria, neurosis obsesiva, perversión, psicosis y decir necedades tales como que “uno se debe a su estructura”, “un sujeto actúa en conformidad a los significantes que lo determinan”, y muchas frases que resuenan como campanadas de acuerdo en todo el ámbito psi, más allá de que se trate de psicoanálisis o no –porque el psicoanálisis, como bastión cultural, ha creado cuestionamientos, que por ser verdaderos prestaron todo un armazón teórica que se prestó perfectamente al arte de tomarlos a la ligera, para mejor ignorarlos y usar toda una hermosa gama de etiquetas aquí y allá; ejemplo: la represión sexual de hoy día está a un millar de kilómetros de distancia de lo que era en la época de Freud, eso no quita que una sujeto cuyo posicionamiento sea histérico, sea un ápice diferente en cuanto al tema princeps en la histeria, es decir, el dejar siempre al otro pagando; y sin embargo no se deja de repetir, en el boliche de moda o en el bar de la esquina, “lo que pasa es que Pedrito es un reprimido sexual”, “Juanita es una histérica”, decantaciones de los esbozos de teoría que en algún momento habrían abierto puertas de indagación en un inconsciente marcado por el gestionamiento maquínico de la sociedad de una época, los mismos enunciados que en otra sociedad cierran cualquier puerta a la indagación del inconsciente –tranquilizan, adormecen, dejan descansar en paz.

De momento que pensamos en que la persona que está delante nuestro pertenece a tal o tal otra estructura y que eso lo determina ya estamos en un juego de ajedrez que no acabará más que en la tontería de ratificar que la teoría que nos enseñaron en la escuelita de turno era correcta. Hay un garante, hay una verdad, todos estamos religiosamente satisfechos en nuestra fe.

Lo diferente es pensar que se trata de constelaciones subjetivas. Posicionamientos. Una dominante y otras subrogadas. Lo que le tocó en suerte a una sujeto y con lo que se las está arreglando en la vida. El reparto de la baraja se ha efectuado, a tal lugar, a tal determinación social, a tal agenciamiento grupal corresponderá un posicionamiento edípico preciso. Una persona actúa como histérico en un lugar y como obsesivo en otro. Una paranoia puede ocultar una posición esquizofrénica. Una pantalla histérica puede ser la excusa para no caer en la melancolía. Un delirio puede ser reivindicativo, querellante, paranoico, y en última instancia no hace más que mostrar el afincamiento que logró el sujeto para no desvanecerse ante el Otro, realzándolo u oponiéndose, poco importa.

¿Qué hacemos cuando diagnosticamos? Simplemente ignorar la dinámica de la subjetividad. La posibilidad de virar, de hacer que el inconsciente deje de masticar el mismo hueso ad eternum.

No existen patologías psíquicas. La sola noción de higiene mental es posicionarse en un lugar de exclusión, fuera del grupo humano, una divinidad encarnada y capaz de juzgar. En cambio sí existen modos de sostener subjetividades, de hundirse o mantenerse a flote con cierto aire mecánico, heredado filogenéticamente de generación en generación. El trabajo de un clínico es mostrar eso. No es bajar líneas para dirigir ningún tipo de cura, como si se supiese hacia donde caminar para evitar la tormenta, como si estuviésemos tan curados, como si nos creyésemos aptos para soportar las creencias que siempre nacen de las flaquezas, de los generadores de desesperación.

El único lugar en el que la idea monástica de la abstinencia parece tener eficacia, y es ético practicarla, es en el momento de correrse del lugar de ser Verdad encarnada. Aquel a quien le está permitido emitir juicios porque garantizará mi goce, mi encubrimiento, mi tranquilidad en las firmes tierras de la fe, la apertura del más allá que hará que mi más acá sea plácidamente vivido tal y como siempre lo viví. ¿Y qué mejor forma de emitir juicios que callando, para que todos los juicios imaginables sean ratificados en el silencio complaciente de los labios de quien se hace llamar analista (palabra que es en sí misma una paradoja y un contrasentido, la garantía de que alguien está autorizado y sabe mirar a través del microscopio de teoría que supo construir la escuela de turno)?

Entonces, “hacerse cargo”, ¿de qué? ¿De los significantes con los que pude construir algo de mi subjetividad y que cimentan mi goce? Supongo que no podría dejar de hacerlo, no si me los son mostrados. Pero “aceptarlo” y hacer de eso mi bandera no deja de ser la declaración mundial de la muerte de la clínica, la inhumación definitiva del descubrimiento del inconsciente. La a-temporalidad que deja en suspenso la vida, el frío glacial con que puebla sus sueños un masoquista. Es la precipitación a la pendiente del “identificarse al síntoma”, obra maestra de cierta escuela francesa que prefiere hacer rulos en la cresta de la abstracción antes que ensuciarse las manos con la mundanidad del inconsciente cotidiano.

“Hacerse cargo” encierra la moralización de la clínica[1]. Tal como el psiquiatra no es otra cosa que un policía con delantal de pureza y con cierta ampliación de su inteligencia profesional, las “responsabilidades” subjetivas no encubren otra cosa que la insistente y denodada culpabilización con la que dos mil años de cristianismo han tratado de fijar la subjetividad, de instaurar territorios de poder, distribución de identidades, repartir roles.

El “hacerse cargo” olvida con demasiada facilidad que la subjetividad nace de un Otro como matriz, de un diálogo que se decanta de una época de inermidad ante el mundo que dejó como secuelas el mismo Edipo –con la completa gama de variantes de perpetuación o de fuga, con todos sus trayectos de anti-edipización y sus regresiones intrauterinas–, un diálogo que sólo en el menor porcentaje de casos adopta maneras lenguajeras –las preferencias se vuelcan para el lado de los actos, los montajes, los tartamudeos y el espectro total de símbolos que la humanidad haya forjado.

“Hacerse cargo” encierra la creencia no confesada de que existe un hombre responsable, consciente de sus actos, completo por donde se lo vea, adulto, serio, que sabe siempre lo que hace, dueño y señor de cada palabra, incapaz de ser sorprendido. En otras palabras: un hombre que no tenga inconsciente, que en su pre-consciente, o incluso en su consciencia, abarque la totalidad de los procesos que suceden en él. 

Las palabras nos llevan a una paradoja: o las tomamos como cosas (y nos ganamos el direccionamiento a cierta página de un diccionario elemental psiquiátrico en la que se nos alertará de que somos psicóticos), o la tomamos como simples palabras, tan variadas y cambiantes como el aire que pasa por nuestra garganta para pronunciarlas (y con eso es seguro que ya las podremos usar a voluntad, las habremos hecho inofensivas). La variante del “hacerse cargo” encaja con la primera vertiente, creer en su fijeza constante (así le llamemos a eso significante en lugar del término “palabras”). Aunque los hay quienes saben cargar al otro –llámese paciente– de todas las mochilas en forma de cruces que la boca vacilante y la imaginación en vilo puedan crear –por obra de la sugestión o de las noches de insomnio–, sin por ello quedar atrapados en sus propias redes –y esa es otra de las virtudes de hablar poco, casi nada, preguntar en lugar de afirmar, callar las propias enunciaciones en beneficio de repetir las enunciaciones del denominado paciente, en resumen: hablar siempre desde ningún lugar (que también es el lugar de Dios).

La respuesta no es ni uno ni otro callejón sin salida. La respuesta es que tras las mostraciones de sus posicionamientos, de las construcciones adecuadas (que es distinto a interpretar, a callar o a hacer preguntas sin ton ni son esperando alegremente a que el sujeto se ponga a trabajar por pura voluntad de abandonar el goce que pueda tener), de los cortejos en torno a cierta verdad inherente a un sujeto, una persona pueda investir las palabras, apropiárselas, adquirir autenticidad. Y todo esto es diametralmente opuesto a la moralina imbécil de “hacer que el otro se haga cargo”, tan oscuro y propagador de impotencias como pedir que se “acepte la castración” –signo de que los analistas no hacen otra cosa que sostener los intereses del poder: pedir que el sujeto lisa y llanamente se adapte a las fijaciones que se le asignaron.

Tan inocente como pensar que con hechar luz una persona dejará de repetir en torno a su goce, tan inocente como creer en la fuerza de voluntad, en el salvador, en el pecado, en Dios...        

 



[1] Al igual que teorizar al deseo como falta, como castración, o incluso como descarga. A pocos pasos estamos ahí de hablar del pecado original y toda esa estela religiosa.

 

 

 

 

 

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