Primeras Jornadas Virtuales de Esquizoanalisis - 2004

 

 

Máquina Expositora Real

Cuentos

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"Cuentos Interruptus"

 



Armando piezas


Te armo, te imagino por pedazos, parte a parte, formo con tus piezas esquivas la imagen perfecta que me marca el sueño, pero una milésima antes de verte completa, se rompe frágil y debo comenzar de nuevo. Caen revueltos los fragmentos en el suelo, entre hojas y pétalos del jardín del olvido, los separo de nuevo con paciencia y los ensamblo de mil formas, buscando inventar la figura que irrumpa con su magia en acople magistral. Esa metáfora sublime, sin remiendos entre empalmes, que irradiando la luz ámbar ciegue cualquier indiferencia… y en el último suspiro verte fantasía aparecida, aquí, de frente.
Y entonces, ver premiado el esfuerzo cuando sea turno de que empieces tú a armarme.

 


Al borde

Al final del abismo, por donde asomaban los pensamientos luciendo trajes multicolores, está mi indulto contenido. Temeroso de salir entre el gentío, fluye en contravía, abriéndose paso entre trajes monótonos y corbatas sombrías, se adentra, huye de mí, de ti, de nosotros. Antes de lanzarse suicida por el fondo del despeñadero que lo aleja, da una mirada queda, se fija en mi sedienta tristeza y la hace suya. Arrepentido de su miedo, intenta devolverse y mientras gira, un cúmulo de sentencias lo derriban. Se levanta molesto y decidido, toma como referencia mi avidez al borde de ese precipicio que nos separa, convierte su puño en mano, brinca afuera y se transforma en gota de agua cuando te escucho, diciéndome que regresas.

 


El talón

Que más podrías, hija de Aquiles, que cantar entre las pulsaciones de tu atrapado corazón, que rogar porque el veneno se riegue entre el bamboleo de mimos y el desfile de vidrios triturados que presientes. Herida estás, de muerte, entregada a que los ríos de savia te desborden en la intoxicación por sobredosis de cobalto, febril esperas que se extienda en tu paisaje aquella pócima que en certera puntería te ha irrigado la saeta enviada. Goza y cántale al oportuno festín de los perniles, que de un solo bocado te ha tragado. De nada vale retirar el dardo que encontró tu débil punto, déjalo volver allí las veces que prefiera; pide que lo lance otra vez, ruega porque encuentre de nuevo esa nota que a vibrar te manda. Clave de sol, que entre acordes te convierte en Mesalina, entrégate toda, déjate pulsar, abre el compás de tus piernas que te convierte en melodía.

 


Cueva de Mime

Despierta, Brunhilde, vela para que no te paralice el desaliento, recuerda que posees la calidad esencial de todo buscador de la verdad: la falta de miedo; vamos, forja para mí la espada que ningún herrero ha podido regalarme. Yo por ahora blando la desbaratada Nothung, ya que soldé sus pedazos y la rehice a pulso sin consejo de artesano. Vamos, sé tú el caldero, vierte el cálido metal y deja que yo golpee sobre el yunque hasta fundirla-fundirnos en aleación sonora. Y entrégame el anillo, no seas obstinada, déjate domar por quien sólo conoce miedo y derrota en las hojas del diccionario. Decide rápido, apúrate, ya llego. Me sumergiré hacia tu roca rodeada de fuego, pasaré firme entre ella sin quemarme, guiado por el ave de la intuición despertaré y cortejaré a la belleza durmiente, buscando que me concedas lo que con tanto ardor he perseguido durante muchas vidas. Sin desviarme, te acogeré en mis brazos y en la armonía de las esferas con un beso ferviente, despertaré al espíritu de la verdad de su largo sueño y cabalgaremos desde la madrugada hasta la medianoche en el más impetuoso de los corceles celestes. Despierta, Brunhilde, no sigas sumida en sueños, despabila tu intrepidez soltando el nudo que te ata, quema esos lazos en el círculo de las llamas encendidas. Entérate insomne que lo que voy a decir se cumplirá: Si vuelvo a encontrarte delirando como ahora, no seré llamado Siegfried y diré que Mime, el feo Nibelungo no es un enano; si, echándote mano, no te despojo del vestido que cubre tus vergüenzas y no te envío golosa a tocar la flauta entre los lirios. Advertida quedas.

 


Del jardín perfumado

“Que venga el domador que quiere domesticarme, este que me ha puesto puñal incrustando la carne de mi ánimo con bozales de alambradas de púas” Quién eres

Fany G. Jaretón


Maceraba plantas y flores para obtener ungüentos. Sabía componer igual de bien perfumes o venenos. Transfería al almizcle y al ámbar un poco de lo divino, un poco de lo profano. Amante al fin, mostraba su secreto a cuentagotas y en el charco así formado cabía el cielo. Un día escuchó la música que le trajo su nariz y la lució coqueta detrás del lóbulo de sus orejas, pretendiendo que las pulsaciones del corazón potenciaran el aroma. En el bouquet floral, y a la espera del abatido, turnaba en el deshojado: lima, mandarina, limón y naranja.
Apretó una cáscara entre sus dedos atomizando gotas en el aire, se estremeció ante ellas y, bajo su techo, se sintió descubierta por los oídos del otro. La ausencia también se huele, se percibe. En el jardín inexplorado, el paciente se refugió entre las candilejas huecas del aplauso. Ella propició el cambio. Se apoderó el perfume de una inmensidad en la memoria con la angustia del pez cuando le falta el aire. La suave y envolvente huella de la flor que le brindó para curarle, creó un discreto aura e hizo persistente la fragancia. Defensora de su territorio de palabras desentrañó el misterio, a la vez que inauguraba otro. En tanto, la fugacidad planeaba el éxodo, su firma quedó estampada, no en el agua, en el cuello del viajero de su embrujo, que aspira ahora morir oliendo a su perfume. Pero los mágicos brazos le señalan el camino: fuera de su tienda le espera un regimiento.

 


Viajera

El Sol de media noche alumbra para ti, empeñada en mirar el termómetro que marca la ausencia; sólo el frío te arropa desde lejos. El olor a bacalao seca tu boca, que intentas endulzar, escuchando a Edward Greig; te recuestas ingenua en el recuerdo de aquel barco que ya zarpa, ves girar allí tus distintas posiciones de ánimo y fatigada, apartas la mirada de ese elixir. Aún no es tiempo de regresar, atrapada en medio de las gargantas labradas entre las rocas, gimes la última vocal queriendo salir de ese laberinto vertebrado.

La Aurora boreal se te sube a la cabeza, las tristezas y el aire entran fatigados haciendo esquí entre tus grietas, sueñas el retorno y pretendes ser pluma de águila ártica y regresar al tibio nido. Las miríadas de mosquitos te despiertan, un Troll roba tus huevos y una gota salada se abre paso hasta tu boca, la bebes y reanudas la lectura de los petroglifos llegados de la
distancia.

Tu jersey de pura lana de alce y hecho a mano, contiene el trepidar de tus fibras que añoran volver a donde surgieron, es el dolor más septentrional del mundo, una separación cubierta de musgo, un reclamo es cada célula pidiendo que retornes. Posas entonces tu silencio en el hombre que te mima, le perdonas que
sea semilla de esa tierra que te tiene prisionera. Le prodigas tu cadencia en clave de mi contenida, lo haces vibrar con una nota si a la deriva, mientras lo consuelas dejando que sea intérprete de tu instrumento afligido. Te pregunta de tus planes y le ocultas que acaricias la idea de volver, que tus oídos reclaman
los susurros de tu patria. Todo es tristeza en ti, dulce Vikinga estacionada.

 


Pantagruélica esperanza


La curiosa Luna ya no observa tras las cortinas la amalgama de engranajes chirriantes. El óxido de la costumbre los ha dejado obsoletos y los vanos intentos de preámbulo sólo liberan un graznido fastidiado que se pega a los alaridos de las paredes. El lugar permanece ileso a los pesares que nos aplastaron, solamente la confusión escapa dando bofetones a las aguas de la inundación pasada. Un mortecino espejo plasma sobre la cama los delirios allí abandonados. Las tinieblas afilan su garganta para celebrar el olvido, pero la ternura con su aliento ofrece un boca a boca al agonizante idilio. La promesa de un nuevo manantial se despliega como escarcha, el barro agrietado comienza a humedecerse, las puertas y ventanas de la reseca cáscara anuncian nuevo oleaje.
A manera de una lluvia al revés gotea la esperanza. Mas, ¡ay!, grande es la angustia y el desencanto, cuando al ir a tomar de aquella espléndida alfaguara, sorbo el licor salado de mis lágrimas.

 

Aymer Waldir Zuluaga Miranda

 

 

 

 

 

 

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Cuento publicado en www.medicinayarte.com/libros-digitales/auditorio/cuentos/zuluaga.htm

Resonancias poéticas http://www.medicinayarte.com/libros-digitales/guattari//foro/resonancias.htm

Políticas de salud y poemas http://www.medicinayarte.com/libros-digitales/guattari//foro/politicas_de_salud/10_2004.htm#ponencia

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